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En la otra tierra del sueño
Cuentos

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El reflejo de Mister Raven Nevermore

La lluvia con su aliento frío une piedras y almas. Mister Raven Nevermore, con gabardina negra y paraguas, llega a la puerta de su casa. Gorgonas talladas en las planchas de roble y grandes clavos herrumbrosos reciben la sombra de una llave. Entra. El vendaval bate las ventanas. Una vela parpadeante ilumina los muebles isabelinos. En un sillón un escritor compone un poema a Leonor. Musita su nombre y llora. “Ha de ser Poe”, se dice Mister Raven Nevermore. Se despoja de la gabardina, cuelga el paraguas, y chasquea su afilado pico de ave. Abre la mano, salen las afiladas garras. Ya tiene a Edgar a su alcance. Escucha sus meditaciones. “The death of a beutiful woman is, unquestionablly, the most poetical topic in the world”. Raven disfruta la frase. Quisiera escuchar más. Algo que hiera de belleza su alma. Mira la madera con volutas oscuras. La talla de algún maestro perdido en el pasado. Clava sus garras en los brazos de Poe y le da un picotazo en la nuca. Siente cómo se quiebra una de sus vértebras. Edgar profiere un bellísimo verso. “...dreaming dreams no mortals ever dared to dream before”. Mister Raven cree morir dulcemente en esas líneas. Quiere escuchar más. Pero el poeta calla. Entonces destroza a picotazos su cuello y su cabeza. Un gran silencio se extiende sobre la alcoba. Las sombras se alargan en el suelo. Mister Raven da la vuelta, quiere contemplar la cara de Poe para averiguar su mudez. Pero no hay nada del otro lado. Tan sólo un espejo en el que Mister Raven ve su faz de cuervo antiguo y majestuoso.

 

La seducción de Don Rodrigo

Don Rodrigo se marchó al Monte de las Ánimas esta noche. Allí dejé mi collar de perlas. Si lo encuentra seré de él. Dicen que los fantasmas de los monjes templarios vagan allí y decapitan al que se atreva a perturbar su descanso. Pero el hombre que me quiera tener ha de ser diferente a todos. Quizás Rodrigo lo sea. No sé, pero salió al galope bajo la tormenta. Candelabro en mano me dirijo a mi alcoba. No rezo. La piedad no es mi fuerte. Sólo me gusta ver cómo los hombres me aman hasta la locura. Quizás eso mismo hicieron mis antepasadas. Hijas de un noble Califa de Córdova y de lo que quedaba de la nobleza visigótica: aquellos que presumían la sangre azul de las montañas. Miro mis brazos pálidos. Tomo las sábanas. Me cubro. Afuera cae granizo. Las campanas de conventos sumergidos en la niebla suenan. Escuchó una jauría, caballos, ruidos de acero. Quizás una batalla. Parecen bajar esos ruidos del Monte de las Ánimas. Luego hay un gran silencio. Un caballo llega al castillo. Las herraduras rompen maderas viejas. El viento silba entre las almenas. Murmura entre las cortinas. Los pasos de un hombre con armadura recorren la antesala. Una mano de hierro abre mi puerta. Ha de ser Don Rodrigo. Siento un aliento frío en la mejilla. Escucho su voz. “Aquí está el collar de perlas, ahora eres mía”. Su mano me toma por el cuello. El cuerpo baja para besarme. La escasa luz de las velas ahora lo ilumina completo. Le falta la cabeza. Ahora una pasión sin boca ni labios pretende besarme. Seré la esposa de un muerto.

 

El rey del bosque

Soy el rey del bosque. Asesiné a mi predecesor para ocupar su trono, pero en el centro de la floresta el castillo está vacío. No hay súbditos ni perros de caza. En los techos infatigables arañas miden el aburrimiento con sus hilos. Cometí el crimen para hacer mía a la Dama del Bosque. A veces la veo reflejada en los espejos. Sobre el lago flota el eco de sus cantos, pronunciados en otro tiempo y para otro amante. Nunca he podido tocarla ni verla de cuerpo completo. Me acuesto junto a los ríos y descubro pedazos de vestidos blancos. He llegado a recomponerla juntando los dibujos del sol cuando pasa entre las hojas y las piedras.

Afuera de este bosque me suponen rey de la dicha y del todo. Un hombre se ha introducido en mis dominios para matarme y ocupar mi lugar. No le he dicho la verdad sobre el castillo. Cuando salgo de paseo él vigila mi sueño y mis pisadas. Por eso nunca abandono mi espada, cualquier momento puede ser el último. Ignora el mísero que este reino sólo tiene como sustancia la fábula y la leyenda. Afuera, lo sé, hablan de banquetes inacabables, de bufones con siete cabezas, de un ejército de dragones, y una caballería de faunos. Es mentira, pero no me atrevo a marcharme del bosque y revelar la verdad. Pensando en la gloria que me atribuyen en otros países, cumplo con mi reinado de esperar la muerte a manos del que pretende mi trono. Conservo una mentira que sólo le será revelada al que me acecha cuando logre matarme.

 

En la otra tierra del sueño

Busco un lugar del sueño donde he tenido una sensación jamás vivida en la vigilia. Floté sobre un bosque, una carretera y una muralla al mismo tiempo. Yo era ligero. Podía repartirme entre los tres lugares. Ahora, cuando me acuesto, trato de evocar ese sitio del sueño donde fui feliz. Doy vueltas. Regulo mi respiración. Intento recoger en mi mente cada molécula de mi cuerpo para imaginar que, licuado, se filtra a esa dimensión que nunca he vivido. Lo traslado al atisbo del muro. Sólo logro recrear unos centímetros. Junto a éste hay agua. Un agua que contemplé de niño en el río de mi ciudad. La corriente se transfiguró en un sueño que soñé también hace varias noches. En este yo había matado a varias mujeres, pero nadie me descubría porque asesiné a desconocidas sin relación conmigo, en un paraje desierto. Y las eché al río de mi infancia. Ahora yo visitaba a mi madre con la sensación de ser un homicida buscado.

El sueño con los bosques, las murallas y la carretera tiene una extraña relación con el de los homicidios. De alguna manera el río de mi infancia une todos los ámbitos pasando por tubos invisibles, bisagras que la conciencia no logra clarificar. Me dormiré sin encontrar las llaves de ese laberinto que une la muerte con los ríos y el paso de un tiempo irrecuperable.

 

La expedición

Desde hacía diez días no teníamos noticias de los exploradores que pretendían escalar el monte Otorten, en los Urales. Salimos a buscarlos. La nieve parece borrar al mundo. Hemos avanzado durante meses, pero nuestra vida sólo abarca el instante blanco y frío en el que intentamos existir. Al fin otro color interrumpe este infinito. Las tiendas de campaña de la expedición de Carlos Fadrique Iker destrozadas. Sus aperos dispersos a la redonda. Algo obligó a huir a los 15 exploradores. Buscamos y buscamos en círculos concéntricos. Pasamos por rocas, zanjas, el inicio de un bosque de coníferas... Entonces vemos los cadáveres. Quitamos la nieve de sus rostros. Eran jóvenes cuando partieron hace menos de un año. Carlos Fadrique, el más viejo, no llegaba a los cuarenta. Ahora son ancianos. Sus cuerpos transitaron por más de medio siglo en unos pocos meses. ¿Por dónde caminaron? ¿Qué lugar es este que comprime los años y los extiende a través de unos pocos segundos? Empezamos a envolver los cuerpos, debemos devolverlos a sus familiares. No podremos solos. Con nuestros radios nos intentamos comunicar a la ciudad de Magnitogorsk, nos responden en un idioma que no es el ruso. Suena más bien a graznidos y gruñidos. ¿Quién la habita ahora? No sabemos, pero cada vez tenemos menos fuerzas, nuestras manos muestran los estragos de la artritis, el cuello se nos ha llenado de arrugas y pliegues, hasta los vellos de nuestros brazos encanecieron. Carlos Fadrique nunca llegó a la cima del Otorten, pero sus pasos lo condujeron a un túnel del que ningún humano regresa.

 

La tumba viva

El recorrido siempre es el mismo. Un museo donde hay una catacumba que baja muchos metros. La escalera es estrecha. No recuerdo de qué modo desemboca en el subterráneo. Allí hay una tumba, pero no presiento ningún peligro. Los huesos, dentro de ella, están muertos. Entonces comienzo a dar indicaciones a alguien. Mis palabras delinean una gran mansión a unos cien metros. Durante años la gente ha visto esa casa, pero no imaginan lo que hay adentro. Otra tumba, pero ésta alberga a un muerto vivo. Me manda señales todas las noches. En una de ellas aparece un hombre canoso, algo gordo, que viste una vieja casaca gris. Es un habitante del siglo XVIII o XIX, creo yo. En su amplia biblioteca están las claves de mantenerse vivo dentro de la tumba. Eso era casi cada noche que lo veía. Una vez, sólo una, estaba yo sentado en mi cuarto. A continuación, después de una pared, estaba el hombre canoso. Leía invocaciones. De la tumba (es una tumba ambulante, lo mismo está en la gran mansión que en mi barrio) se levantó un ser verdoso que tiene aproximadamente 5 mil años de antigüedad. Se separa sólo unos 30 centímetros de su ataúd. Creo que sus fuerzas irán aumentando poco a poco y un día el cadáver viviente me mirará a los ojos y me tocará el rostro.

 

Julio Ruelas muere en París

El buche de sangre cayó sonoro en la escupidera. Tal vez se deslizaban allí pedazos de pulmones, de hígado... Hacía días que no se levantaba de la cama en aquel hotel de París gris y frío. Venían a verlo amigos, pero la fiebre y el delirio le impedían saber de quiénes se trataba. Sólo notaba con claridad un ser que revoloteaba en las esquinas del cuarto. Era rechoncho, con alas de mosca, tetas de mujer, obesas, usaba gafas, tenía orejas de murciélago, y un pico largo y afilado. El ente parecía habitar tanto el sueño como la vigilia. Se dormía Julio Ruelas y veía la gran catedral de Zacatecas, de cantera rosa, barroca, con los dos campanarios, y en el de la derecha el abejorro regordete volaba entre las campanas. En esta ocasión portaba un largo rosario para sus rezos y un velo de mujer, semitransparente, cubría su rostro. Ruelas, entonces, era un niño de 7 años, y fue el único habitante de Zacatecas que vio al extraño feligrés. Pasaron los años, olvidó al gran moscardón andrógino. Ahora echaba un nuevo buche de sangre, los dientes se aflojaban, y también caían tintineantes. Entonces el abejorro se acercó, se plantó en el pecho de Ruelas, y dirigió su afilado pico a la garganta. Empezó a destrozarle la tráquea, luego picó la columna vertebral, rompió huesos y nervios... El alma de Ruelas salía quejumbrosa. El ser alado la absorbió lentamente a través del pico y se la llevó volando sobre los tejados de París.

 

Thomas de Quincey busca a Ann

Thomas de Quincey vio la silueta de una mujer vestida con velos oscuros en una esquina de Oxford Street. Pensó que era Ann, la prostituta que meses atrás le había salvado la vida. ¿Los millones de posibilidades de que nunca la encontrara habían declinado su fuerza a la única posibilidad de coincidir en el universo? Tocó el hombro de la mujer, ella se volvió y mostró su rostro de criada de provincias. No, no era Ann, la dulce prostituta de 16 años que consumía su carne luminosa entre los rufianes. La había buscado incesantemente desde que regresó de aquel viaje al País de Gales. Habían acordado que en aquella esquina, a las 6 de la tarde, se verían. “No sé qué día regrese, Ann, pero luego de una semana ven aquí todas las tardes, yo también vendré y te encontraré”. Thomas de Quincey había cumplido la promesa. Arribaba diariamente a la esquina. Esperaba a que el bulto de alguna mujer surgiera del crepúsculo. La abordaba. Ninguna había sido Ann. Lamentó no haberle preguntado dónde vivía, o por lo menos su apellido. Una vasta oscuridad hecha de casualidades se extendía entre él y ella. Intentaba imaginar los diversos tipos de azares que pudieron alejarlo de la muchacha. Ya había contabilizado 234 posibles causas para no encontrarla. Podría llegar al infinito. Mientras tanto seguía viniendo a aquella esquina. Cada mujer que se detenía allí tenía una razón para hacerlo, mientras que en el otro extremo de la lógica o del absurdo Ann tenía un motivo para ausentarse.