Letras
Primavera

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Cuando desperté sentí el frío de la mañana. Creí que había llovido durante la noche. Todavía me dolía el cuello y a propósito de eso el resto de mi flanco izquierdo estaba rígido. Era como si esa parte de mi cuerpo hubiera estado atada con una cuerda toda la noche. Miré hacia la ventana buscando la luz del sol, pero ésta era muy tenue y además se veía nublado. Hice a un lado las sábanas e intenté incorporarme, pero la punzada en mi cuello me regresó hacia la almohada otra vez y llevé mi mano izquierda hacia él y la dejé ahí por unos momentos en tanto pasaba el dolor.

Después me incorporé. A la mitad del camino el dolor apareció otra vez, pero en esa ocasión no me detuve y realicé fuerza con el abdomen para terminar de incorporarme. Cuando estuve sentado sobre la cama y pude observar bien por la ventana descubrí que no había llovido. La noche había sido fría y eso era todo. Esa primavera estaba resultando ser totalmente distinta a las anteriores. No habíamos tenido días calurosos ni nada por el estilo, sólo podía decírsele primavera por la fecha, pero nada más.

Salí al jardín. La casa estaba en silencio. Estaba solo. Eso era todo. Ya no había risas ni personas hablando, nadie de ellos estaba ya cerca ni había meseros que se acercaran a ofrecer más bebidas ni platillos. Todo eso se había ido. Comencé a recordar lo ocurrido durante la noche; el frío en la cara cuando dejé el lugar, la brisa moviendo el cuello de mi camisa y los ojos cerrándoseme por ese ligero viento que levantaba polvo a su paso. Frío, eso es lo que recuerdo más de aquella noche. Vi a las personas que salían junto conmigo de ese lugar. Todas se cubrían. Algunas mujeres llevaban sobre sus hombros algunas chaquetas e incluso suéteres prestados de sus acompañantes. Todos iban cubriéndose porque quizá no esperaban ese viento ni tampoco ese frío. Me apresuré a llegar a mi auto para guarecerme. Una vez dentro soplé dentro del cuenco que había formado entre mis manos para calentarlas. Después encendí el motor y comencé a conducir.

 

II

Aún a esa hora encontré gente en las calles. Había también muchos autos esperando el paso en las esquinas. Ahí justamente fue que observé a una familia entera trabajando. Mientras un hombre hacía algunas suertes con un bastón de madera encendido con fuego en los extremos, los más pequeños se movían con rapidez entre los autos detenidos para pedir unas monedas. Algunos seguían de largo sin detenerse a ver si es que alguno de los conductores alargaba la mano hacia ellos. Dos de ellos sostenían incluso a dos bebés que dormitaban sobre sus brazos, y sus piernas y sus manos colgaban sin fuerza, abandonados ya de toda resistencia. Algunos otros llegaban directo a las ventanillas y tocaban con sus nudillos para llamar la atención de los conductores, justo como lo hizo la niña que llegó junto a mi puerta. No la vi venir. Yo observaba a los demás realizando la recolección del dinero e hice cuentas sobre cuánto estarían recibiendo en ese momento. Multipliqué con rapidez los minutos que duraba el alto en el semáforo. Calculé la cantidad de veces que la luz roja aparecía en el espacio de una hora y estimé cuántos autos podrían detenerse y más aun, a cuántos autos los niños podrían acercarse y cuánto dinero recibirían por cada conductor que sacara su mano por la ventanilla. Hacía los cálculos cuando me sorprendieron los dedos apremiantes de la pequeña. No puedo negarlo; su rostro me asustó, no porque estuviera deforme ni fuera fea, no, era un rostro como el que no me esperaba, como si toda la definición enciclopédica de un limosnero hubiera estado errada desde siempre. Era una niña casi rubia, sucia de la cara sí, así como de todas sus ropas, pero no era una niña que pareciera engendrada, amamantada, criada en la calle. Era una niña que no pertenecía a ese sitio simplemente. Escuché su voz pidiendo una moneda. Estaba ahí, de pie, afuera sin una chaqueta que la protegiera del frío. Casi siempre había sido renuente a dar dinero a los vagabundos y los limosneros, pero esa noche mi mano se movió por automático y de mi bolsillo saqué todas las monedas que tenía y las puse en sus manos. Eran varias monedas. Ella quizá sólo esperaba una o dos, de manera que cuando recibió todas las monedas que deposité en sus manos algunas cayeron al suelo. En ese momento la luz verde apareció y los autos comenzaron a moverse. La última vez que la vi ella estaba agachada levantando las monedas caídas. Las ruedas de los autos pasaban cerca de ella, pero ella no terminaba de recoger toda su cosecha. Cuando todos los autos terminaron de pasar ella se introdujo a los carriles en busca de la última de las monedas que había rodado debajo de mi auto.

 

III

Cuando ya no pude verla por el retrovisor volví la vista al asfalto delante de mí. Los niños volvían al sitio de donde habían partido y se acercaban al hombre que había estaba haciendo suertes con el bastón en llamas. Una mujer estaba sentada dentro del camellón. Algunos niños también se aproximaban a ella y entregaban el dinero recolectado. Si al principio había pensado que se trataba de una familia ahora me desengañaba. Había niños morenos y algunos más altos que otros y me di cuenta de que en todos las facciones eran distintas. Casi ninguno llevaba protección para el frío. Después ya no pude ver más. No puedo explicar lo que sentí al ver todo aquello. Es fácil decir que sentí rabia e indignación, pero lo que experimenté era más allá. Después todo se olvidó, es decir, olvidé el frío y las monedas que ya no estaban en mi bolsillo, eso es lo que olvidé, pero no olvidaba el rostro de esa niña ni la hora. La hora y el frío.

 

IV

Busqué el camino de regreso a esa misma calle. Me sentí ya un criminal y eso que aún no había ocurrido nada. Incluso llegué a bajar la velocidad cuando descubrí a una patrulla que venía de frente a mí y evité mirar a los oficiales cuando pasaron junto a mí. Me sentí un criminal. Debo decir que es una mentira el haber mencionado que olvidé las monedas que ya no estaban en mi bolsillo, al contrario, las recordaba, recordaba su peso, no su cantidad ni su valor, sino su peso.

Cuando encontré la calle me detuve con suficiente distancia del semáforo. Los vi nuevamente a lo lejos. Se repetía lo mismo. El hombre girando el bastón encendido, luego los niños corriendo a los autos, los cuales para mi fortuna ya eran muchos menos. Luego los niños regresando con la mujer para entregarle los frutos de su cosecha.

Esperé.

No fue por mucho. Cuando vi la luz verde me acerqué con lentitud, dejando espacio suficiente para que el hombre comenzara a prepararse para su siguiente acto. Delante de mí sólo estaba un auto pero lo dejé adelantarse. El hombre con el bastón puso un pie sobre el asfalto para comenzar con su rutina. Entonces llegó la luz roja, sólo había un par de autos incluyendo el mío. Y lo hice. Aceleré todo lo que el motor me permitió y embestí al hombre. Su cuerpo rebotó de la defensa y golpeó el cofre y todavía alcanzó a tocar un poco el parabrisas y luego cayó. Pude ver por los espejos que los niños corrían a su lado y que la mujer salía de su letargo. Lo único que temía era que el conductor del otro auto se decidiera a perseguirme pero la fortuna estuvo de mi lado y alcancé a ver cómo salía del auto para dar auxilio al caído. El bastón encendido del hombre estaba en el suelo, a unos dos metros de las manos que tantas veces lo habían sostenido y girado, encendido y sofocado. Sonreí.

No supe por qué mi cuello quedó adolorido al día siguiente, quizá es sólo porque dormí en una mala postura. No lo sé. A mi auto apenas le quedó una pequeña marca del choque con las piernas del hombre. No he vuelto a pasar por esa calle. No sé qué es lo que haya ocurrido con los niños ni con la mujer ni tampoco con la niña que una noche fría tocó a mi ventanilla pidiendo unas monedas. Eso es verdad, no lo sé.

Eso sucedió en una noche cuando volvía a casa, cuando ya era primavera pero aún no lo parecía.