Letras
El aguacero, Lorca y Benedetti

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Para Carmen y Zo-Guiomar, dos continentes.
(Por llorar juntas el mismo día a las cinco de la tarde)

No eran tan malos los tiempos en los que una metáfora nos alcanzaba para toda la semana (sin contar los lunes). La más perdurable fue la voz de la soprano virgen, aquella que mientras fumaba un habano deshilachaba su himen con majador de sándalo y orinaba un arcoíris antes de suicidarse.

Digamos que te descubro todos o casi todos los signos que dejó incrustados la lluvia, me aferro a la hoja de salvia en mi bolsillo y comienzo por las gotas perezosas acampadas en tu pezón izquierdo —a veces fatuo e inarmónico como jazz prematuro— aunque, tal vez por ventura, una recién nacida alegoría salpique de llaneza sus motivos de ascendencia.

Un pezón nacido y coronado en el lado izquierdo de tu pecho podría volar equivocado como la paloma de Serrat, creer que es la pradera del corazón y acarrear estragos tardíos al vicio de alucinar.

¡Ven!

Fecundemos a Yerma, caminemos descalzos susurrando el nombre de Lorca mientras nuestras plantas indagan en el lodo, caracoles somnolientos en tu frente, capullos rotos entre tus piernas.

Ahora deja que beba esas gotas demoradas en tu cintura, exhala conmigo la porfía de nuestra sanguijuela fugada de la sangre. Muéstrame esa cresta renegada de tu diminuta ubre, voy a escucharla...

Le escucho...

Se mece en el último verso de Benedetti que leíste, dice que tu despedida es la voz del agua descendiendo por tus estrías, que el rastro del aguacero se convierte en semilla, beberá de tu sangre y la mudará en corolas con labios que sonrían, ordena que mis manos sean centinelas del nicho cálido apostado entre tus piernas.

Te empapo de embeleso mientras mi saeta dorada infiltra espasmos a tus labios que derriten la cera de mis alas. Eres pedestal, te convido a convertirte en mi altar y sonámbulos procreamos peldaño a peldaño el templo de Faetón.