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El Jadji Amadou NdoyeEl Jadji Amadou Ndoye: cuando el sol se cae

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Cuando por estas fechas muchos senegaleses rompen su ayuno del Ramadán a las siete de la tarde, cuando el sol se cae. Es difícil para nosotros olvidar el sabor del té, el sonido de los escobones que barren el patio endamascado de la casa de Aïsatta y Amadou en la Grand Medina de Dakar, el aroma a mirra e incienso que sobre el carbón humean en la marmita que perfumará toda la estancia. Sus hijos son ya mayores, algunos trabajan en la capital, otros en Francia. Aïsatta sonríe cuando Amadou le traduce, al francés o al wolof, un breve poema:

Aïsatta

Mujer orgullo toucouler
Samba de Yela
Corazón que aflora
Del mar africano
Couba de rezos
Ola de saxofones
Gracias por el bello tiempo
De patio azul
Endamascado de mosaicos
Risas y bissaps
En la noche el mar
De nuevo rumor
Profundo como un augur
De esperanza

¡Hay que comer más gofio!, nos dice amable e irónicamente de un lector de español que nada había escuchado de la existencia de la literatura canaria.

Amadou sabe todo de las mañas y geitos de la lucha canaria y la contrasta con la de Senegal, donde hoy nuestro “león blanco” hace maravillas.

En estos días el sol se ha puesto para muchos de los que lo conocimos. La muerte de Amadou Ndoye nos ha hecho languidecer y aquellos días radiantes del continente, y aquella mágica luz de la pequeña isla de Goree, parecen transfigurarse tiñendo de nostalgia el sonido de pájaros y flautas, de niños en sus playas, de koras y djembés y la bocina del trasbordador.

Pero es la hora del té y ¡hay que seguir luchando! Nadie sabe si con la misma fuerza, entereza y empeño que él puso en su camino. Ahínco sembrado de prudencia y honestidad. También de frescura y buen humor a cada paso, en el crossover de su psicología africana con la del hombre insular, que hizo suya hasta en los mínimos detalles, magnificándola si cabe, al recitar con denuedo los más disímiles versos de los vates insulares. Y refiriéndose a nuestra condición con frases del repertorio africano como “la sombra no se puede enterrar”, con la que comenzara algunas de sus charlas magistrales para convenir que “el pasado africano de Canarias es milenario, mientras que el europeo sólo es centenario”. Preguntando a continuación: ¿de dónde viene el gofio? ¿De dónde vienen los bereberes?

Si hay un lugar de las islas por el que Amadou Ndoye sentía predilección, este era sin duda “La Laguna vieja”, como él la llamaba. Una belleza de libro histórico de la inigualable Aguere que recién me habían obsequiado, lo intercalé como pude en su equipaje para que al abrirlo no perdiera detalle de los vetustos caserones, de las calles, y de tantas gentes que aquí lo agasajaron y a quienes tanto amó.

 

Nota del editor
En las líneas que siguen, Roberto Cabrera nos ofrece el texto con el que presentara, en la Librería Foro Literario de Santa Cruz de Tenerife, el libro Estudios sobre narrativa canaria, de Amadou Ndoye, publicado en 1996 por la editorial Baile del Sol.

Estudios sobre narrativa canaria

Hace unos meses suscitó diversos comentarios en la prensa canaria este libro del intelectual senegalés Amadou Ndoye. Leyendo algunas reseñas se incide en lo insólito de este estudio exhaustivo que ha llevado a cabo durante los últimos lustros de forma constante el recientemente doctorado por su tesis La novela canaria de los 70, el profesor africano Amadou Ndoye.

Ha sido la paciente labor de este metódico y cartesiano analista certero de nuestra realidad cultural la que ahora arroja este fruto maduro cuya edición aparece ya agotada a los pocos meses de su eclosión.

Construir unos universales a partir de experiencias y aportaciones singulares y concretas como parecen ser las novelas de cuatro narradores canarios, para la narrativa en particular y para la literatura en general no es tarea fácil. Pero en la humildad Amadou Ndoye ha encontrado la llave con la que abrir las herrumbrosas galgas del viejo caserón de nuestra identidad. En el amor, también, por una tierra que él ha hecho suya, y que siente y conoce en la voz de nuestros poetas. Hablar a través del hombre insular, del hombre sojuzgado, amordazado y extranjero de su propia realidad, es este y no otro el mensaje identitario de la obra de Amadou Ndoye.

En el trabajo periodístico de José Almeida, Galería de canariólogos, se vierten opiniones que alentaron o desencadenaron el interés de nuestro autor por la narrativa canaria. “Canarias ha sido tradicionalmente una tierra de poetas, de muy buenos poetas como Tomás Morales, Saulo Torón, Alonso Quesada, Agustín Millares Sall, etc., aunque yo creo que también ha habido narradores que no se han valorado lo suficiente...”, y cita a Ángel Guerra, Benito Pérez Armas o Francisco Pimentel. Añade unas causas a esa prevalencia del discurso poético: “No se valoraba bastante la narrativa incluso por motivos editoriales ya que era más fácil editar una colección de poemas que editar una novela...”.

Cifra Amadou en los años 70 la fecha en la que comienza a pensarse en una buena narrativa en las islas. Y añade que hay que estar atentos porque pueden surgir textos bastante interesantes.

El presente libro, cuando aún era proyecto editorial, es analizado por Ndoye así: “Me he ceñido a un aspecto concreto de cuatro novelas de cuatro escritores canarios. Por ejemplo, me he interesado por la conducta del canario en la reveladora novela Nos dejaron el muerto, de Víctor Ramírez; me he interesado también por los símbolos y la poesía que aparecen en El camarote de la memoria, de Agustín Díaz Pacheco; me he interesado por el tema del Descubrimiento en la novela de J. J. Armas Marcelo, Las naves quemadas, y por último me he detenido en Faycán, de Víctor Doreste, que a mi modo de ver encierra lecciones que todavía son válidas para las Canarias en los años 90, aunque este texto se haya escrito en 1944...”.

En estas líneas muestra nuestro autor la futura estructura que tomará el libro actual.

Amadou Ndoye, investido con collares de guijarros de interminables mareas del Oeste africano, intérprete de cábalas y teorías del número, se propone empujarnos al exorcismo de nuestras engastadas limitaciones caracterológicas insulanas. Y así cada obra de la narrativa canaria deberá ser vista como un punto de ruptura para dejar atrás un pasado e inventar en él un futuro imaginario, una configuración sustraída al tiempo.

 

El narrador canario y sus fantasmas

“Canariedad y negritud” ha titulado Alfonso O’Shanahan la introducción a estos estudios. Se pregunta “por qué un africano senegalés, por más señas, se interesa específicamente por esos años (los 70), yo creo que es porque en ese tiempo emerge la conciencia africana de las islas de mano de dos procesos descolonizadores (Guinea Ecuatorial y Sahara Occidental, cita), al tiempo que sucede una explosión de libertad popular (el Manifiesto de El Hierro está datado en 1976)”. Nosotros añadiremos que fueron los años de una auténtica “insurrección popular”. Creo que se pedía “más amor y menos colonialismo”, en una acertada frase del pintor tinerfeño Maximiliano Benítez.

Amadou Ndoye, cita O’Shanahan, es “nueva estirpe de hispanistas, surgido al calor del Departamento de Español de la Universidad de Dakar, en el que un canario, Juan Manuel González Martel, dejó su semilla, supongo que tras maravillarse (...) que, hacia el Sur, existe un universo fabuloso que ignoramos, el mundo del África Negra”.

Así erige a Ndoye y Martel en hitos de una relación que en el pasado tuvo otro prodigioso encuentro, el que se produjo entre nuestro poeta García Cabrera y Leopold Shengor. Termina nuestro prologuista con un dibujo de la inconveniencia de la ignorancia mutua entre dos pueblos que comparten común espacio en la fachada atlántica. Destacando la audacia que supone el paso dado por Amadou sentándose entre nosotros para ocupar un sitio vacío.

 

Faycán, El camarote de la memoria, Nos dejaron el muerto y Las naves quemadas

Siguiendo esta vertebración que ha escogido Amadou para su libro crítico, el autor ha hecho aparecer tras los encabezados capitulares una serie de citas conductoras. Faulkner y Leandro Perdomo anteceden a lo que Amadou titula “el viaje de retorno al rompecabezas de la identidad canaria”. Del amplio estudio señalaré los fragmentos que más han llamado mi atención. Así, esta novela Faycán constituye un alegato a favor de valores y viejas tradiciones, cuya lengua acogedora de topónimos hace de faro para otear la noche del tiempo.

Los protagonistas de Faycán son perros que viven en cuevas como lo hicieron los guanches hasta después de la conquista. El retrato corresponde al canario sojuzgado y desposeído, socializado e imbuido de una conciencia de esclavo. Y “cuyas cicatrices manan más sangre que las mismas llagas”. Víctor Doreste se remonta al origen tapándose bajo el velo del cuento. No es azar, cada máscara desempeña su papel dentro de su estrategia.

Sobre las fuentes de oralidad en las que bebe Doreste, Amadou reflexiona sobre las Canarias de posguerra, donde se perpetuaban las relaciones de oralidad, en un esquema campesino, entre miembros de los grupos sociales. Confirma con ello que algunas de estas características de estilo tienen su origen en tradiciones orales y se han perpetuado con los tiempos. La preocupación del Víctor Doreste cuentista le parece muy africana, seguir una cronología de aconteceres.

El que cuenta despliega varios papeles: dramaturgo, cuentista, actor; dice: “La verdad del arte adapta las situaciones a las metas que se ha fijado. Los perros se humanizan casi como en aquella copla: ¡que calle el hombre, que ladre el perro!”.

Aprovecha así para disertar un poco sobre el cuento, y así afirma que el cuento es un sociograma que permite la participación de la asamblea en su conjunto y no sólo el protagonismo de los actores-autores. Sobre la duplicidad psicológica del canario entre dos personalidades distintas y a veces opuestas.

La actualidad y vigencia del texto es evidenciada por Amadou cuando nos habla de la autenticidad y valores de autores como Víctor Doreste. Resalta la conciencia contestataria, su lucha contra la fatalidad, denuedo por estar cerca de las fuentes orales remotas, su conciencia de la época. Contra el desprecio cultural la nómina nos parece enormemente positiva en tiempos como estos en que se piden cribas a troche moche para los nuevos narradores isleños.

El camarote de la memoria, de Agustín Díaz Pacheco, aparece con el subtítulo de “la historia simbólica y poética de varias marginaciones” y allí nos son desvelados los más insospechados secretos sobre esta novela borondina. “El canario lucha contra unos enemigos invisibles, peligrosos e inasibles cuanto que viven, respiran, duermen con su dueño (...), como decía Galdós, el hombre lleva dentro de sí mismo su propio infierno. Contradicciones e inestabilidades le sacuden y zarandean a despecho suyo para mantenerlo fuera del ser. Así el capitán Montelongo en la novela no dispondrá de hombres sino de “una colección de incertidumbres, un nudo de desconfianzas”. Así el isleño como aquel protagonista, surgirá de la oscuridad y avanza sigilosamente, sorprendiendo a sus interlocutores cuando sale a escena. A lo largo del relato se expone que las sombras, las tinieblas, surgen al compás de la lectura. Todo lleva la marca de la nocturnidad. La noche encubre lo que uno se esconde hasta a sí mismo. Hijos de la noche, cita Amadou, los protagonistas caminan, se internan en los meandros y recovecos de su aventura, aparentemente indolentes, sin importarles demasiado la utilidad de sus fines; pero hay otra razón, el capitán pensará que “lo importante en esta travesía ha sido ir al encuentro del temporal y capturar la luz. La altura y el abismo de la luz”. Ha pensado en el viaje del insular hacia el mundo de los “hombres libres”. Los procedimientos poéticos de que se vale Díaz Pacheco son apreciados por Amadou como reminiscencias de la originalidad surrealista canaria. La poesía hace que los personajes se incorporen a una realidad cósmica donde fluye una corriente de animismo que nos permitirá proyectarnos al tiempo mítico para resucitar la unidad perdida entre historia, personajes, fuerzas exteriores e impulsiones íntimas. Hombre e isla abrigan el mismo sentimiento.

Ser de la penumbra que anuncia tensiones y contradicciones que sacuden a la sociedad, el novelista, el intelectual, tiene un ingrato e incómodo papel, entre otros destruir mitos tranquilizadores y falsos. “Cuando el presente contempla ignorancia y enajenación, no se puede pintar la realidad como lo hacen los vendedores de sol, pisos y playas”. Servilismos, miedos, cobardías. Enquistados en el étnico inconsciente colectivo se hacen consecuencias en lo cotidiano. Sumisión y transgresión. “Entre el miedo y la valentía” titula Amadou su análisis de Víctor Ramírez: es difícil escapar del condicionamiento del miedo. Por ello el narrador alerta de que en las llamadas islas afortunadas “no todo el monte es orégano y que las apariencias engañan”. Ndoye hace patente que el narrador mantiene bajo su tónica de humor los deseos de superación y justicia y por ello apoya toda iniciativa a “sacudir la modorra” de sus conciudadanos. Luego destacará, superada la catarsis de la intimidad, las conductas sorpresivas, el aflojamiento de los lazos a la norma y la disciplina social. Añadiendo como conclusión que en el gueto de la marginalidad se descubre a unos hombres atenazados por férreos correajes de una sociedad opresiva. Son sombras de la platónica caverna que ante la luz respirarán salud e inocencia al descubrirse a sí mismos.

La obra de Juan Jesús Armas Marcelo, Las naves quemadas, mantiene el subtítulo “Una aproximación singular al tema del Descubrimiento”, ya que la obra es vista por nuestro autor como una lectura paródica de la historia. Novela de trastrueques y desajustes cronológicos, personajes entrecruzados. Así destaca entre sus rasgos: la parodia, la irrisión y la distancia irónica.

Tratando de acercarse aun más a J. J. Armas Marcelo, Amadou Ndoye menciona los orígenes acomodados de antiguos terratenientes antepasados de Armas Marcelo. Su paso por el colegio de los jesuitas y su visión del colegio como un lugar de tortura, como “una prensa laminadora de cerebros de donde ha brotado la anemia moral e intelectual del archipiélago”. Así hace notar que Armas Marcelo ve en su propio destino “lo que sufrieron unos canarios célebres que tuvieron que aguantar antes de él la hostilidad e incomprensión de envidiosos y paisanos”. Así lo expresa al recordar que según el escritor reina una mentalidad cainista en la isla y el que destaca recibe dentelladas. Si tiene que destacar en definitiva algo especial en la literatura de este escritor será su ludismo literario, el ingenio verbal y la vasta cultura literaria.

El libro, como hemos enunciado, responde a un objetivo didáctico. Dar a conocer una visión de nuestra narrativa desde la perspectiva más objetiva posible. Desde el vecino país de Senegal. Y aunque el mundo de las ideas tiene menos fronteras que las físicas o incluso las del idioma, nosotros nos quedaremos con el valor que supone para las letras canarias esta aportación ensayística desde el extranjero, que sin duda ayudará a que el fenómeno de la creación y el estudio crítico de nuestros autores aparezca en el tono de calidad y dignidad que Amadou Ndoye ha encontrado en la literatura canaria a la que estos textos pertenecen.