Letras
Un destino cualquiera

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He has the soul of a warrior
(at that time, you know,
people really talked in that way)...
Joseph Conrad

Je songeais avec un serrement de cœur
que rien n’est plus lent
que la véritable naissance d’un homme.
Marguerite Yourcenar

A Quiquito no le impresionó enterarse de que su padre había muerto en el presidio, ni siquiera interrumpió la relación de las puñaladas que los tres hermanos Malambria le prodigaron, y sólo cuando estuvo en su casa, en su cama, le ganó el retortijón y vomitó algo verde. Se dijo que su papá nunca había sido papá y que más valía verlo como muerto desde hacía mucho. Para Quique papá, la familia existía únicamente dentro de la casa y la casa se hacía un lugar bueno para estar sólo cuando había partido de fútbol en la tele, de modo que pronto Quiquito se acostumbró a encontrarse con su padre, papá, progenitor, autor de sus días, en la calle, sin ser reconocido por el hombre enorme que se derrumbaba cada tres metros y era arrastrado por mujeres que buscaban ganar algo de ese naufragio alcohólico. Más tarde Quiquito oiría en el hospital a los psicólogos hablar de figuras de autoridad y modelos primarios, y se dijo que él no tenía nada que ver con todo eso, que lo más sencillo era verse como una suerte de huérfano. Oyó de vínculo y relación, y supo que la única experiencia parecida que conoció Quique empezó cuando Willy, el hijo mayor, alcanzó los diecisiete años y empezó a trabajar.

Empezó también a regresar tarde y cada vez más ebrio, y una vecina contó que ahora se le veía con Quique en la cantina del Guardia, como colegas orgullosos uno del otro. Se supo también que era Willy quien pagaba las cervezas. Una semana de muchas idas y venidas intempestivas terminó con la aparición de la policía. El sargento, un gordo con cara de sueño y voz ronca que se quebraba en bostezos, entró en la casa sin dar explicaciones, revisó la cama de Willy y le dijo al policía que lo seguía que apuntara algo. Willy no volvió a aparecer y medio año más tarde alguien dijo haberlo visto en Tocache recolectando en una motocicleta la cocaína artesanal que ofertaban las familias.

El problema de Quiquito empezó cuando Quique quiso ver en él un reemplazo de su hermano. El exigente padre pronto se dio cuenta de que su hijo segundo tenía cabeza de pollo para el licor y que las visitas a la parroquia parecían haberle matado el gusto por las mujeres. En realidad las monjas de Santa Ángela Mericci encaminaron sin querer la vida de Quiquito cuando le enseñaron a poner inyecciones.

—¿Yo también puedo aprender, madre?

La monja de pronto no supo qué responder. Había pocas alumnas en la clase de primeros auxilios y siempre se podía admitir a alguien más, pero no estaba segura de la conveniencia de que un varón aprendiera artes curativas. Al final lo aceptó en el grupo y Quiquito se hizo imprescindible en la pequeña enfermería de la parroquia. No robaba, tenía buena memoria para los nombres de las medicinas y asombrosamente no contaba chismes sobre nadie.

Matilde, su madre, veía esto con preocupación. Lo había enviado allí con la misión de vigilar a su hermana, que pertenecía a un grupo juvenil, a ver si así se demoraba un poco el sabido destino de salir embarazada y casarse con prisas y lágrimas de emoción. Nunca imaginó que su hijo se quedaría allí por su propio gusto cuando su hermana encontró en las discotecas una socialización más activa y dejó los salones parroquiales. La predilección de la madre por Willy siempre fue clara, pero se acentuó cuando éste empezó a trabajar y, de vez en cuando, dejaba algo de dinero para la comida. Cuando se disolvió en el aire fue como si nunca hubiera existido y la madre se dedicó por entero a proteger con trucos de gobernanta la virginidad de su hija.

Por eso Matilde no se extrañó cuando Quiquito le dijo que le había pedido al padre Zegarra el dinero para la matrícula en un instituto de enfermería. Quique, en cambio, sí se preocupó. Reinició responsablemente las jornadas de tiempo compartido con su hijo y no las daba por terminadas hasta que lo veía tumbado sobre una mesa o en el suelo encima de sus vómitos. Quiquito nunca se negaba a acompañarlo pero tampoco simulaba un interés que jamás logró sentir por la bebida. Entendiendo que su posición de padre exigía mayores esfuerzos, Quique lo llevó al burdel. Quiquito cumplió con su deber. Cuando salió del cuarto de Kerly, su padre interrogó detalladamente a la chica sobre tamaños, formas, posiciones, comentarios que podrían ser sospechosos, fantasías y duración. Ella respondió con la seriedad de un fisiólogo y quedó claro que Quiquito no era marica. Su padre se resignó a que estudiara como una mujer y se olvidó de él. Su hermana, mientras tanto, ya había salido embarazada y se preparaba su casamiento con prisas y lágrimas de emoción.

***

En la escuela de enfermería, Quiquito evitaba hablar de su familia, quizás porque no la sentía suya. La mayoría de los estudiantes era mujeres, algunas bonitas, y todas con una clara idea de las ventajas que significaría el concubinato con un médico gordo y demasiado viejo para andar buscando más amantes. Entre los pocos chicos que estudiaban con él, Quiquito aceptó la amistad de un muchacho delgado y de modales finos. Salieron al cine un par de veces; el chico delgado le empezó a hablar de otros chicos y de la figura de los profesores. Cuando se decidió a hacerle una propuesta explícita, Quiquito lo rechazó con calma y firmeza y no volvieron a salir juntos.

***

Matilde pareció darse cuenta de que su hijo segundo existía cuando empezó a llevar dinero para la comida. Su aprecio se manifestó en platos con mayores porciones de arroz que Quiquito comía sin entusiasmo, sólo por cumplir. A las prácticas en el hospital se sucedieron diversas tareas en postas médicas y finalmente el retorno al hospital. Era un caserón enorme y lóbrego, donde las cucarachas reinaban gloriosamente. Si algún paciente lograba recuperarse, lo normal era que dejara el hospital con una infección debida a la cocina. Era un moridero. Y sin embargo allí Quiquito descubrió un placer hasta entonces desconocido: tenía el poder de aliviar a las víctimas que llegaban a la sala de emergencias; con una inyección, muchas veces sin receta de los indolentes médicos, él serenaba los dolores y concedía, como un dios benigno, el don del sueño y el reposo. Pronto los enfermos y sus familiares aprendieron a dirigirse a él en busca de atención o de respuestas, las que a veces eran más ansiosamente requeridas que las medicinas, porque los médicos juzgaban que los cholos no entenderían sus diagnósticos y por lo tanto no se tomaban la molestia de decirles qué enfermedad tenían ni cuál sería el tratamiento. Mientras tanto las enfermeras seguían ignorándolo y el enfermero de los enfermos, el santo de las madres que traían bebes con cólera y tuberculosis, dejaba el trabajo sólo para recorrer media ciudad enlatado en un bus infernal y hundirse en su cama hasta que empezara un nuevo día. Eso sí, con una gran porción de arroz.

***

La mujer tenía una nariz monstruosa y era tan fea que Quiquito no podía creer que fuera doctora. Era española, le dijo una enfermera, y pertenecía a la misión europea que estaba supervisando la gestión del hospital. Con ella vino el doctor Galíndez y la vida de Quiquito estuvo a punto de enderezarse derechito hacia la felicidad, como en las telenovelas. Una noche, en la sala de emergencias, a una joven con convulsiones el médico de guardia le recetó Diazepam y cuando pasó de nuevo por la cama de la enferma estalló en cólera porque su indicación no había sido obedecida.

—Su madre dice que un psiquiatra le ha administrado Haldol —informó Quiquito sin perder la calma—. Necesita una dosis de biperideno para contrarrestar los efectos secundarios del antipsicótico.

El doctor Galíndez intervino diciendo que el enfermero tenía razón y el médico de guardia se marchó sin ganas de enfrentarse a un blanco. El español pareció olvidar el incidente hasta tres días más tarde. En un momento de descanso entre emergencias se acercó a Quiquito con dos tazas de café, le dio una y le preguntó dónde había aprendido sobre los efectos secundarios del haloperidol y las formas de controlarlos. Quiquito le habló del doctor Mollendo, que dictaba clases en el hospital y hacía que sus alumnos reconocieran en los pacientes los síntomas descritos en los libros, e incluso encontraba agradable señalar las inesperadas excepciones que el organismo, le gustaba decir, presenta con la caprichosa originalidad de un artista inspirado. Les tomaba examen a sus alumnos sobre lo explicado y solía ocurrir que los enfermos, que prestaban más atención que los estudiantes, respondían mejor las preguntas o completaban lo que faltaba decir. También Quiquito, que se quedaba detrás del grupo de alumnos, sabía las respuestas, pero nunca abrió la boca.

Con el doctor Galíndez, el enfermero sintió un placer nuevo, el gusto de hablar de algo que para él no era indiferente. De alguna manera había aceptado como natural lo que para la mayoría de los hombres y mujeres es una condena: la soledad. Los goces de la discusión le eran desconocidos. Galíndez le preguntó qué especialidad le interesaba más y Quiquito calló por un largo rato. Nunca se había preguntado eso. Para él la medicina era un inagotable universo por el que transitaba sin límites, irresponsablemente. Terminó por responder que le gustaban todas por igual. Al día siguiente el doctor Galíndez le entregó un volumen de etiología y le pidió que lo leyera en una semana.

***

La doctora Huertos, que era la mujer fea, acompañó al doctor Galíndez la noche que Quiquito recordaría siempre. También estaba en la sala un médico alemán de cara extraordinariamente seria y que hablaba poco pero en un excelente castellano. Sin previo aviso, el joven enfermero sufrió un metódico interrogatorio y puso tanto esfuerzo en responder con claridad y precisión que sólo al final, dos horas más tarde, se dio cuenta de que le habían tomado un examen oral y que lo había aprobado.

—Hay que ver con qué concisión se expresa —comentó la doctora Huertos como si Quiquito ya no estuviera presente.

—No —discrepó el alemán—. Ustedes los españoles hablan demasiado.

Tres días después el doctor Galíndez tuvo que partir a Barcelona y Quiquito sintió que perdía un amigo para siempre. Al despedirse, el español no le adelantó nada, pero una semana más tarde la doctora Huertos le informó que el doctor Galíndez enviaría una solicitud para que el consulado español le concediera una visa de trabajo y que además se había hecho arreglos para que postulara a la escuela de medicina de la Universidad Autónoma de Barcelona. Esa noche Quiquito descubrió que no conocía a nadie a quién comunicarle la noticia y lloró de felicidad en la cama.

***

En los días de esta historia los servicios de comunicación eran muy diferentes a los actuales. No existían teléfonos celulares. Sólo los ricos o la clase media tenían teléfono en casa y era tan difícil conseguir una línea telefónica que las familias que obtenían una al cabo de un año de trámites y paciencia podían venderla muy cara. Y, como era de esperar, los teléfonos públicos eran pocos y la mayoría no funcionaba.

Durante la entrevista con el empleado del consulado español, Quiquito pudo ver, no sin cierto asombro, que nadie le pondría obstáculos para su viaje de inmigrante y futuro estudiante de medicina. Sólo le recomendaron, con cierta insistencia, que aprendiera catalán. Quiquito se sintió un conquistador que remontaba el camino de retorno. “Voy a descubrir España”, se dijo, como seguramente muchos otros antes que él.

Siete días más tarde, el enfermero con veleidades de conquistador renacentista salió de casa a llamar al consulado para conocer la fecha del final de su trámite. Llevaba consigo un pequeño maletín con instrumentos de cirugía que la doctora Huertos había insistido en prestarle, a manera de talismán, para que los examinara y jugara con ellos. Un recorrido de varias cuadras le demostró la inutilidad del esfuerzo: ningún teléfono público funcionaba. Resignado, tomó un bus y viajó a otro distrito, donde la calidad social de sus habitantes exigía un mayor celo de la policía, que se traducía, entre otros beneficios, en el cuidado de los teléfonos de la calle.

Allí encontró uno en buen estado. Le respondieron que el señor Borrell acababa de salir a por un café y lo podría pillar si le llamaba en diez minutos. Quiquito invirtió ese tiempo en pensar cuán afables habían sido los españoles con él y qué raro era el español que hablaban. Se dijo, con tímida emoción, que su viaje sería como ir a otro planeta. Poco antes de que se cumpliera el plazo de espera, un obrero alto y con un cinturón lleno de herramientas, cables y piezas de metal usó el teléfono. Dio instrucciones sobre cómo tratar a un niño, su hijo, aparentemente, y ordenó la llegada de alguien a algún lado de inmediato. Cuando colgó el fono, Quiquito, con un movimiento natural, se dispuso a tomarlo, pero el otro insertó otra moneda y volvió a discar. Esta vez su voz trataba, sin éxito, de ser seductora, y recitó una sarta de lugares comunes a una dama que no debía ser muy leída: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”, le oyó decir Quiquito.

La tercera llamada indignó a Quiquito.

—Señor —dijo con calma—, es una llamada por usuario. Ya es mi turno, por favor.

El hombre alto no respondió. Metió una moneda más para prolongar su conversación y entonces Quiquito lo increpó con más firmeza:

—¡Oiga!

El hombre lo miró desde la altura de su cuerpo esbelto y sólido y esta vez sí contestó.

—¿Y qué vas a hacer, maricón? —y le dio la espalda.

Un vértigo como una ola dominó al ofendido. Miró la espalda de su enemigo como nunca había visto nada antes de ese momento y luego miró su propia mano derecha que sostenía, sin saber cómo, un bisturí de la doctora Huertos. Antes de avanzar supo con una lucidez implacable lo que hacía y presintió el Nuevo Mundo que para él se abría; no el de la España por descubrir ni el de los rigores de la ciencia ni el de la gratitud de los pacientes. Supo, como en una revelación, que su nombre le quedaba chico. Se despidió por segunda vez del doctor Galíndez, acaso el único amigo en su destino, y de la vida que pudo ser allá, en la otra margen del océano. La yugular del hombre alto se abrió como una fuente espléndida.