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Nota del editor
Con este relato, la escritora española Blanca del Cerro obtuvo a finales de febrero el Primer Premio en el II Certamen de Relatos de la revista Punto de Libro.
¿Los terroristas se confiesan?

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Permaneció quieto, lívido, estático, sumido en un nubarrón de interrogaciones diversas y temblores, y dudas, muchas dudas que surgieron repentinas arropadas en briznas de cábalas, misterios y preguntas, preguntas enmarañadas, persiguiéndose, fustigándose, amontonándose, especialmente una que estalló sin quererlo en el fondo de su cerebro obnubilado repentinamente transformado en una amalgama de oscuridades. Y así hubiera permanecido durante nadie sabía cuánto tiempo de no ser por la chispa que prendió en su piel y le llevó a levantarse para solventar la duda sobrecogedora de saber quién era aquel hombre que acababa de descargar su alma.

Mientras sus piernas iniciaban el movimiento, la pregunta borboteaba incesante en el puchero de las incógnitas.

Álvaro abrió la puerta del confesionario, uno de los dos existentes en la pequeña iglesia de aquel pueblo verde de pinos y azul de olas, echó una mirada al crucifijo situado sobre el altar como pidiendo ayuda, y salió del recinto. Una metralla de frío le abofeteó el cuerpo.

Tengo que saber quién es, se dijo mientras iniciaba la persecución de una silueta ya lejana, tengo que saber quién es.

Y la pregunta se abrió paso por sus venas, y rascó y rascó en su alma hasta casi hacer daño, y reventó formando flecos desparramados:

¿Los terroristas se confiesan?

Y tras ésta surgieron otras, cúmulos, manadas de preguntas, un aluvión avasallador, como miríadas de pedruscos taladrando su cerebro. Pero no tenía respuestas por el momento porque lo que debía hacer en ese instante era olvidar todo aquello que no fuera la persecución de aquel hombre que se difuminaba para descubrir su identidad.

El pueblo, abrazado entre montañas de picos infinitos por el norte y abierto al mar en escarpados acantilados por el sur, contaba con unos mil o mil quinientos habitantes. A lo largo de los cinco o seis años que llevaba allí a cargo de su iglesia, Álvaro había llegado a conocer más o menos a gran parte de ellos, a unos más que a otros, y no podía imaginar quién sería el hombre que en ese instante se escurría entre las esquinas. El hombre que había aparecido aquella tarde por su iglesia con el rostro semioculto. El hombre que hacía unos minutos se había confesado acusándose de ser uno de los terroristas más sanguinarios y más buscados de la historia.

¿Los terroristas se confiesan?

La silueta no corría porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo. No podría ni siquiera imaginar que iba a ser perseguido en un lugar tan tranquilo y seguro como aquel, y mucho menos que su perseguidor sería el cura del pueblo. Tal vez se dirigiera a su hogar, o a una fonda, o a un hotel, o a un automóvil, algo en lo que Álvaro ni siquiera pensó, limitándose a no perder de vista la figura borrosa que caminaba y caminaba serpenteando a través de unas callejuelas tintadas de malva por el atardecer.

La tarde había rebozado sus pinceles de brisa en un arsenal de tubos pastosos y, con una delicadeza especial, casi sin percatarse, empezaba a maquillar la noche de oscuridades profundas.

¿Los terroristas se confiesan?

Álvaro Uriante, ya cerca de la cincuentena, alto, un poco grueso, el rostro agitanado, los ojos del color de la tierra que le rodeaba, como si la hubiera ido succionando a lo largo del tiempo, el cabello salpicado de canas, se sentía feliz en su entorno. Vivía en un mundo inundado de paz. Sus feligreses, al igual que el resto de los vecinos, eran personas tranquilas. La iglesia presentaba algunos problemas y le daba algún que otro quebradero de cabeza, pero nada que no pudiese solucionar con relativa facilidad. Habitaba en una pequeña casita de piedra, siendo atendido por la vieja Teófila, cascarrabias y gruñona, quien le preparaba la comida y lavaba y planchaba su ropa. Álvaro se encontraba inmerso en un semiparaíso de costumbres y candores al que se había habituado y no deseaba abandonar. Celebraba misa todos los días a las siete de la tarde y, a partir de esa hora hasta el anochecer, permanecía en la sacristía o en el confesionario para recibir a cualquier alma descarriada o solucionar cualquier asunto que requiriera su atención. Y aquella tarde de hielo y carámbanos colgados de la bruma había aparecido ese hombre, la cabeza gacha, el rostro hundido en el cuello levantado de un grueso chaquetón, entreverado de sombras, y se había arrodillado en el lateral del confesionario, en el lugar donde lo hacen las mujeres, y había empezado a hablar en susurros, y había continuado hablando a chorros, como arrancándose la miseria y la mugre del alma a pedazos inmensos. Yo soy Niho Galiano, el terrorista, el jefe supremo del Frente Salvador de la Patria. Al oír esas primeras palabras, Álvaro percibió un temblor terrorífico caracoleando por su cuerpo. Yo soy Niho Galiano, el responsable directo de todos los crímenes del FRESP. Álvaro se vio sumergido en una laguna de terrores. Yo soy Niho Galiano. Y no sé por qué estoy aquí, pero estoy, y no sé si me arrepiento, supongo que no, o sí, qué más da, pero sé que debo hacerlo, que debo volcar mi alma y sacar todo eso que llevo dentro porque me quema, me come, me abrasa. Álvaro sintió el vello de la nuca erizado, y relámpagos de terror trastabillando por sus venas, y un grito estrangulado que debía morder suavemente. Yo soy Niho Galiano, el terrorista más buscado del mundo, y vengo... qué quiere que le diga, no sé por qué vengo, tal vez un exceso de soledad que acaba comiendo por dentro hasta dejarte reducido a migajas, o ansias de volcarme, qué sé yo, y no puedo hablar con nadie, ¿sabe lo que eso significa?, no, no lo podría saber jamás, eso hay que vivirlo, sólo con usted, con usted sí, porque usted no puede decir nada, ni una palabra, está obligado a ello, y yo necesito gritarlo porque son demasiados años, y demasiados agobios, y demasiado silencio guardado... Aquel hombre continuó hablando y hablando —parecía impregnado de ahogo—, y la cabeza de Álvaro se transformó en un barro pastoso que engullía sílabas, y temblaba como si fuera una estrella, una tiritera descomunal, la cabeza en forma de tiovivo, de un lado a otro, sin poder pensar, sólo escuchar palabras manchadas de sangre, mucha sangre, y miseria, toneladas de miseria resbalando por las laderas de la nada sombría a su alrededor. Finalmente, arropado en aquel rumor inconcebible que trazaba un pentagrama de furia retorcida en el viento, le fue imposible decir nada, ni siquiera una frase de consuelo, o de reproche, o una pregunta, y se limitó a trazar la señal de la cruz mientras musitaba: Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, sin siquiera haberle impuesto una penitencia, o saber si el hombre oscuro mostraba verdadero arrepentimiento, o si pensaba repetir sus espeluznantes hazañas, o...

¿Los terroristas se confiesan?

Decidió seguirle. No pensó por qué pero decidió hacerlo. Necesitaba imperiosamente saber quién era el dueño de aquella sombra.

La silueta continuó su marcha por las calles empedradas de suspiros y noche. Álvaro se cruzó con algunas personas conocidas a las que saludó, sin perder de vista al hombre oscuro que decía ser Niho Galiano, el terrorista más sanguinario y perseguido de la historia. No habían transcurrido más de cinco minutos cuando la figura se detuvo ante una casita de piedra con un simulacro de jardín en la parte delantera, sacó unas llaves del bolsillo de su chaquetón y empezó a abrir la verja de color verde. Álvaro observó sus movimientos desde la esquina. Muy quieto, hecho estatua de hielo y silencio, pensó en la persona que habitaba en aquel lugar. Y supo quién era. La oscuridad engulló su sorpresa y su furia con tragos diminutos.

No pudo dormir en toda la noche. Los susurros del confesionario retumbaban en su cabeza como chirridos incesantes, como lobos aullando a la luna. Niho Galiano, el mayor terrorista de la historia, el responsable de miles de muertes, el hombre cuyo rostro nadie conocía y del que todo el mundo hablaba, el cerebro del terror, el paradigma del espanto, allí, en su pueblo, en su propio pueblo, un lugar olvidado, le parecía imposible, le parecía una broma de mal gusto, no podía ser cierto, pero él lo había confesado. ¿Los terroristas se confiesan? A su modo de entender, los terroristas eran seres sin alma insensibles al dolor humano, y no creía que se confesasen. Y Niho Galiano, cuya identidad nadie conocía, tenía fama de implacable por el rastro de sangre que, a lo largo de muchos años, había dejado y seguía dejando tras de sí. La conciencia, tal vez la conciencia había gritado y aullado, pero los terroristas no tienen conciencia. Por su mente divagaba la imagen de una sombra entrando en casa de Lucas, el escultor, y el farol de la calle iluminando su rostro. Álvaro no daba crédito a lo que había contemplado. Lucas, con su calva incipiente, sus ojos penetrantes, su media sonrisa en forma de línea torcida y dedicado a sus pequeñas esculturas, vecino del pueblo desde hacía algunos años, taciturno, serio, callado, compañero ocasional de dominó, el que se mantenía un poco apartado de todos, el que desaparecía de cuando en cuando supuestamente para asistir a exposiciones, el que conversaba suavemente con él en la taberna, el que parecía un hombre tranquilo y afable, el que jamás pisaba la iglesia, no era realmente Lucas, el escultor. Era Niho Galiano, el terrorista.

La noche se transformó en un nido de eternidad.

Álvaro se levantó varias veces de la cama. ¿Por qué? ¿Por qué allí, en su pueblo, cuando existían miles y millones de lugares donde podía ocultarse? ¿Por qué tenía que confesarse si los terroristas supuestamente no se confiesan ya que supuestamente no se arrepienten de sus actos? ¿Qué había devanado la mente de aquel hombre hasta llegar al confesionario? ¿Por qué precisamente a él que era un sencillo cura rural? ¿Por qué le había cargado con tanto dolor? Porque era dolor lo que sentía brincando a manadas por dentro. Y no podía hablar. Y no podía decir nada. Y no podía denunciarlo. Y no podía acusarlo. Estaba obligado a callar por el secreto de confesión. ¿Por qué a él habiendo tantos sacerdotes en el mundo? ¿Por qué a él que llevaba una vida sencilla y sin problemas mayores? ¿Por qué a él? ¿Por qué? Las preguntas rebotaban contra las paredes de su mente formando un monte de amargura inquieta.

La mañana llamó a su puerta como un candil recién encendido. El sacerdote permaneció largo rato bajo la ducha caliente, se afeitó y vistió, entró en la cocina y preparó café. No había dormido en toda la noche.

Álvaro se mantuvo el día entero en un extraño estado entre la divagación y la ausencia, con miles de pensamientos arañando su cerebro, pensando y dando vueltas, y volviendo a pensar, y pensando de nuevo, para nada, simplemente para nada, pues nada era lo que podía decir, el silencio era y sería su eterno acompañante, pero el dolor de saberlo, el dolor de conocer al asesino más sanguinario del universo y tener que callar, callar, callar, tragarse la furia, la rabia, el odio, tener que ahuyentar, desterrar y olvidar la acusación, era algo que le reconcomía el alma una y otra vez. El susurro se repetía en su mente. Y la persecución. Y el descubrimiento de la identidad del terrorista. Las ideas se transformaban en mariposas negras revoloteando a su alrededor.

Esa misma noche, mientras la televisión le arrullaba con su sonido de cantos moribundos, una voz más temblorosa que el resto informó a los televidentes sobre el riesgo inminente de un brutal atentado por parte del FRESP, probablemente en la capital. Las entrañas de Álvaro quedaron reducidas a escombros de angustia, como gusanos royendo su furia con dientes muy chiquitos. La figura de Niho Galiano reventó en su cabeza, además de cuerpos destrozados, ayes de dolor, arroyos de sangre, bombas, gritos, explosiones, un inmenso aguacero de pesares. Él sabía quién era el responsable de tantas y tantas muertes, él conocía la identidad del cerebro de multitud de masacres, él había descubierto sin desearlo uno de los secretos mejor guardados del mundo. Tal vez en sus manos estuviera la posibilidad de detener aquel horror. Pero debía callar. En sus manos, en sus manos, la frase se repetía incesante, en sus manos, imposible, no podía, en sus manos atadas por una cuerda de silencio, tal vez debiera consultar con alguna autoridad eclesiástica superior, o enfrentarse directamente al terrorista, o tomar ignoraba qué tipo de medidas, o actuar de alguna manera, pero ¿qué podía hacer? Se pasó los dedos por el rostro como queriendo amasar y aplastar mil pensamientos.

Tras un tiempo indefinido que no supo calcular, decidió salir a dar una vuelta porque necesitaba que el frío de la noche se perfilase en su piel. Se acercaría a los acantilados, el lugar donde tantas veces se refugiaba para rezar o para meditar. Posiblemente no encontraría a nadie porque el frío había hecho que las casas engulleran a sus habitantes, pero en ese momento no importaban las presencias o las ausencias, lo que le resultaba imprescindible era salir de su hogar, no quedarse allí acumulando pensamientos porque le avasallaban, le arrasaban, le inundaban, le acribillaban de tal manera que se le hacía imposible mantenerse quieto.

Álvaro salió al resplandor de los faroles, atravesó el pueblo, solitario a esas horas, y se dirigió directamente hacia el sonido de unas olas que bramaban y bramaban sin cesar. Sus pasos sonaban tibios. Los acantilados se abrían a un mar que se confundía con la noche y repartía un soliloquio de espumas entre el aire y la oscuridad.

Una horda de variopintos pensamientos martilleaba el cerebro del sacerdote.

Las piedras del camino arrullaban nanas nocturnas en voz baja. Al fondo, sobre el horizonte iluminado por las estrellas y una luna perezosa en cuarto menguante, se delineaba una silueta. Álvaro se detuvo unos instantes con la duda apretada de desandar el camino, pero continuó adelante. Pese a necesitar de la soledad, tal vez en ese momento le viniera bien un poco de conversación. La silueta, enfundada en un grueso abrigo, con el cuello levantado y las manos en los bolsillos, permaneció impertérrita al borde mismo de uno de los acantilados.

El mar rugía desmadejado y ausente repitiendo incansable su continuo lamento de soledades.

Álvaro se aproximó despacio. Al llegar al mismo lugar donde se encontraba la silueta, el rostro del hombre allí presente se giró, y al sacerdote le pareció que dos brasas atravesaban sus pupilas agotadas.

—Buenas noches, padre Álvaro —musitó la sombra que tenía delante.

—Buenas noches, Lucas —respondió el sacerdote con el alma columpiándose en un hilo de terror.

Álvaro quedó atrapado entre el rugido infinito de las olas y el bramido incesante de sus pensamientos. Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, a su lado, junto a él, tricotando ideas dispersas en el inacabable tapiz de las miserias, y el mundo del silencio absorbiendo poco a poco tanto dolor desplegado que harían falta varios universos para abarcarlo. Niho Galiano se encuentra a unos centímetros de mi cuerpo, y no puedo decir nada, y no puedo hacer nada. No hablaron. No cruzaron ni una sola palabra. Niho Galiano, nadie sabe quién eres salvo yo. Y tú no sabes que yo lo sé. Se limitaron a contemplar la oscuridad herida casi de muerte por las estrellas y una luna triste en cuarto menguante. Niho Galiano, eres el responsable de demasiadas desgracias, eres lo peor del ser humano, lo más bajo, lo más abyecto, eres un asesino, asesino, asesino, asesino... Y a mí no me queda más remedio que perdonarte en nombre de Dios. Las ideas de Álvaro retumbaban en las piedras y quedaban suspendidas entre los dedos inmensos y pálidos de la noche.

Después de no supo cuántos minutos u horas de silencios compartidos, Álvaro dio media vuelta, se despidió de la sombra que lo había acompañado hasta el fin de un día casi eterno, y tomó el camino de su casa. Llevaba en el alma un racimo mustio de tristeza y soledad.

Días de lluvia y niebla empezaron a galopar junto a los habitantes del pueblo que permanecieron resguardados al calor de sus hogares, pero Álvaro, sumido en un nubarrón ofuscado de dudas y con el eterno deseo de liberar sus pensamientos, se acercaba diariamente a los acantilados a reposar cuerpo y alma. Unas veces se encontraba con Lucas y otras no. Hola y adiós, nada más entre ellos. Siempre se limitaban a compartir silencios. Por sus venas corría y saltaba el potro indomable de la furia contenida.

Fue una noche de principios de diciembre en la que pedacitos de niebla empezaron a adherirse lentamente a las calles y las piedras del pueblo, cuando el sacerdote encendió la televisión y se dispuso a cenar. El rostro de una joven rubia y bella apareció en la pantalla. La noticia reventó en el cerebro de Álvaro y lo pobló de asco y miseria: a las ocho y diez de la tarde, un vehículo cargado con varios kilos de explosivos había estallado en una importante plaza de la capital, muy concurrida a esas horas, dejando un saldo de cinco muertos y cuarenta y seis heridos, además de numerosas pérdidas materiales. El FRESP se había atribuido el atentado mediante una llamada telefónica.

El tenedor quedó suspendido entre el plato y la boca del sacerdote mientras una inmensa náusea le cercenaba el estómago y ascendía en espiral hasta su garganta. Las escenas de la plaza, ambulancias, policía, médicos, enfermeros, heridos, testigos, ataques de pánico, llantos, público, lamentos, gritos, una gran mancha de sangre repartida por el asfalto y las aceras, se repetían incesantemente. Niho Galiano, tú eres culpable, fue su primer pensamiento, eres culpable de todo, no sé por qué te confesaste si te da igual, absolutamente igual, llevas la muerte en las venas y la maldad, no en el alma que no posees, sino en la piel y en los huesos, porque tu piel y tus huesos están construidos de maldad, no sé por qué te confesaste, los terroristas no se confiesan, por supuesto que no se confiesan, los terroristas únicamente vomitan su podredumbre, podías haberte ahorrado el esfuerzo, y a mí el dolor de saberlo, y así seguiremos eternamente mientras haya seres como tú, y como tú habrá siempre alguien pero...

Una furia y una rabia de color amarillo limón le hicieron levantarse de la silla. Necesitaba aire, necesitaba pasear su odio, necesitaba gritar al viento todo lo que llevaba soportando a lo largo de días y días. No puedes hacer nada, Álvaro, nada en absoluto, decía una voz en su interior más profundo. Sí puedo, sí puedo, sí puedo, claro que puedo, respondía un susurro similar al silbido de la brisa, iré a buscarlo, hablaré con él, le diré, le convenceré, le haré ver, tal vez, quién sabe...

Descolgó el chaquetón del perchero situado junto a la puerta, se calzó unos gruesos guantes, abrió la puerta de su pequeña vivienda y salió.

Unos cachitos de niebla lo recibieron sonrientes y le golpearon en las mejillas.

En su cerebro se repetían las imágenes del atentado como una persecución sin principio ni fin. Tanta muerte inútil, tanta pena inútil, tanta orfandad inútil, tanta viudedad inútil, tantas tumbas inútiles, tanta y tanta pena inútil. Un latido descomunal rebosaba en su pecho plagado de rabia, o furia, o desesperación, o dolor, un gran dolor arrasando por dentro, como jamás había experimentado.

El camino hasta los acantilados transportaba más oscuridad que de costumbre mientras la noche se columpiaba en el hilo de las incoherencias. Los pasos de Álvaro parecían barrenadoras aplastando la niebla.

Una silueta se perfiló contra el cielo. Allí estaba. Allí estaba Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, quieto, impasible, al borde del acantilado como siempre, de cara a unas olas furiosas que reventaban, respirando la misma brisa que el mundo que se dedicaba a destrozar. Tendría que escucharle, tendría que atenderle, tendría que razonar, era imprescindible, tendría que hacerle renegar de sus creencias, o al menos intentarlo, tendría que atender a razones, no podía seguir en esa línea, porque Álvaro emplearía todo su poder de convicción y le haría comprender la inutilidad del camino que había emprendido hacía años, y Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, le escucharía, y hablarían y hablarían durante horas mecidos en el rumor del agua, el sacerdote quizás conseguiría lo que nadie había logrado porque el terrorista se había confesado, y los terroristas no se confiesan.

Lucas escuchó pasos en el camino, pero ni siquiera giró la cabeza. Sabía quién era porque allí se encontraban casi todas las noches y se dedicaban a compartir sonidos, fragores, estrellas y el mundo a sus pies sin palabras.

Álvaro se aproximó despacio. Un rayo de tinieblas atravesó su alma desolada en tanto que los cuerpos destrozados de las víctimas reventaban en su cabeza. Ésas y otras víctimas. Tantas a lo largo del tiempo. Llegó al borde del acantilado, se situó detrás de Lucas, el escultor, o de Niho Galiano, el terrorista. Hablaría con él. Procuraría, debía intentarlo, y él le escucharía, estaba seguro, porque se había confesado... Gritos, pena, impotencia, fuego, llamas, interrogantes, odio. El sacerdote quiso decir algo, pero le fue imposible, no pudo pronunciar ni una palabra de saludo porque sería una incongruencia, porque debería ser un adiós, porque ahora sabía lo que tenía que hacer en nombre de tantas víctimas inocentes. Sangre, aullidos, dolor, demasiado dolor desperdigado.

En una fracción de segundo menor a lo que dura el aleteo de una sombra, Álvaro dejó la mente en blanco, miles de excusas quisieron pasar por su cerebro pero las ahuyentó, cerró los ojos, tembló un instante, estiró los brazos y empujó a Lucas, el escultor, o a Niho Galiano, el terrorista. Miles de lamentos retumbaban sobre las olas. Gritos, ayes, pena, miseria, dolor... Las manos del sacerdote quedaron crispadas en el aire mientras el cuerpo del terrorista, tras recibir el inesperado impacto, caía, caía y caía al vacío absoluto envuelto en un grito que permaneció colgando gélido entre la bruma.

Una noche disfrazada de terror abrazó al mundo.

Álvaro ni siquiera oyó el sonido del cuerpo contra las rocas del fondo. Permaneció quieto, muy quieto, sin un mínimo movimiento, sin un solo pensamiento, con la mente totalmente obstruida a cualquier sensación que no fuera un grandioso alivio y una terrorífica pena.

Jamás llegó a saber cuánto tiempo transcurrió, tal vez horas o segundos. Los gritos de las víctimas no dejaban de apuñalar su mente. En un momento específico de la noche, el sacerdote despertó de un letargo agrio y pertinaz, abrió los ojos y se miró las manos como si jamás las hubiera contemplado. El cielo se acurrucaba en un abanico de incógnitas. Y empezó a comprender. Eran las manos de un verdugo, de un asesino, como aquel hombre, Lucas, el escultor, o Niho Galiano, el terrorista, igual, era lo mismo, y ahora se parecían más que nunca. En su cerebro desquiciado empezaron a encajar las piezas una a una. ¿Qué había hecho? Él había librado al mundo de una alimaña inmunda, lo que le hacía ingresar en el club de los indeseables. Él era un sacerdote, no un asesino, pero había quitado la vida a un ser humano, aunque aquello no era un ser humano sino un monstruo, pero él era un sacerdote atado por el silencio, nadie podría haber impartido justicia, sólo él, sólo él, sólo él... Dios mío, perdón, ¿qué he hecho?, perdón, perdón, una vida, era una vida, igual que aquellas que Niho Galiano cercenaba con su particular guadaña.

La oscuridad tragó el cuerpo agotado del sacerdote mientras caminaba hacia el pueblo. Le pareció escuchar el crujido de los remordimientos tras de sí. Con el alma apretada entre fardos de dolor, se dirigió hacia la iglesia, abrió la puerta y cayó de rodillas ante el altar. ¿Qué he hecho? Perdón, perdón, perdón, Dios mío, perdón. El cuenco callado de la noche lo acogió entre sus brazos y le infundió serenidad. La mañana le sobresaltó entre lágrimas.

Cuando la luz atravesó las vidrieras impregnando el suelo de distintos arcos iris, Álvaro se puso en pie, permaneció unos instantes quieto, como queriendo grabar en sus pupilas cada rincón del recinto, miró a la figura del Cristo crucificado y se despidió de Él para siempre.

Las calles del pueblo estaban vacías a esas horas de la mañana. Sólo se oían los pasos del sacerdote mezclados con los latidos de su corazón.

Llegó a la Plaza Mayor, acarició la piel del mundo, respiró la vida, agradeció todos y cada uno de los minutos de los que había disfrutado a lo largo de su existencia y entró en el cuartel de la Guardia Civil.

—Buenos días, padre Álvaro —saludó Fulgencio, el guardia del puesto, simpático y bonachón—. ¡Qué madrugador está usted hoy!

Álvaro no respondió. Ni siquiera pudo sonreír.

—Dígame qué desea.

Su corazón fue un bombardeo de pesares que caían formando surcos agrietados. Le embargó tanta amargura que a punto estuvo de desfallecer. Repentinamente sintió y supo con absoluta certeza que el mundo iba a derrumbarse a su alrededor y nada podía hacer para evitarlo.

Un soplo de brisa entró por la ventana y le besó en la frente.

—Vengo a entregarme. Acabo de matar a Lucas, el escultor.

El rostro de Fulgencio, boca y ojos muy abiertos, se transformó en una máscara de duda, estupor e incredulidad.

Nadie supo jamás las razones que llevaron al sacerdote a cometer tan deleznable acto. El silencio fue su eterno compañero de condena.