Los críticos literarios han escrito acerca de Augusto Pérez, personaje de Niebla, ente de ficción (del latín entis, lo que es, existe o puede existir) y de quien resulta atrayente referir algunas citas redactadas por diversos autores, porque este ente está en busca de su identidad y, además, porque don Miguel de Unamuno, filósofo y su creador literario, expresó en sus personajes sus sentimientos e ideología personal. Como la vida y la muerte, el yo y los sueños, la existencia y la agonía son las vivencias del ser humano y en este ser existe la estructura psíquica que definió el psicoanálisis de Sigmund Freud; es atrayente analizar qué relación coexiste entre el pensamiento y el sentir de Unamuno y la estructura psíquica que conceptualiza Freud en relación con estos significados.
El beneficio de este intrascendente ensayo se halla en el interés personal de comprender estas nociones en Miguel de Unamuno, desde la profundidad psíquica de su ser hasta la capacidad de transmutarlas, temáticamente, en su obra.
Este ensayo pretende diferenciar los aspectos filosóficos, literarios y psíquicos inherentes en algunos párrafos de la novela Niebla y contenidos en los principios que el psicoanálisis investiga para discernirlos. Cabe aclarar que este ensayo es breve y con limitaciones tópicas filosóficas y psicológicas, ya que estas humanidades basan sus investigaciones y análisis en metodologías profundas.
Antecedentes
Niebla, novela con una gran riqueza de nociones literarias, filosóficas y psicológicas, es escrita en 1907 por Miguel de Unamuno (continuador de Gustavo Adolfo Bécquer). En Niebla, Augusto Pérez, que no sólo es el personaje protagonista sino una figura en busca de su identidad, ha sido cuestión de estudio por los críticos literarios y filosóficos, pero además es importante examinar a este individuo desde las enunciaciones que afirma Sigmund Freud, padre del psicoanálisis.
Se debe recordar que la obra de Unamuno está directamente afectada por la situación histórica de España en la que el desastre es símbolo: el desastre de Cuba y Filipinas en 1898. Igualmente, hay que rememorar que Unamuno perteneció a la Generación del Noventa y Ocho, por lo que el lenguaje de su obra deleita con las siguientes cualidades:
- Antirretoricismo y antibarroquismo.
- Creación de una lengua natural ceñida a la realidad de las cosas que evoca.
- Enriquecimiento “funcional” de la lengua, rebuscado en la lengua popular regional o en la raíz etimológica.
- Lenguaje definitivo al servicio de la inteligencia.
- Lengua válida para todos.
Por las peculiaridades anteriores, el lenguaje del Noventa y Ocho tiende a la unidad de la inteligencia y a la lengua universal entendible para todos.
Sigmund Freud comenzó su obra Esquema del psicoanálisis (Abriss der Psychoanalyse) en julio de 1938, resumiendo de un modo breve y claro todo el contenido principal de su teoría, pero en 1939 la investigación de Freud quedó interrumpida en su final por la muerte del autor.
Con base en las particularidades del lenguaje del Noventa y Ocho y a la sucesión de las fechas de las obras citadas, este ensayo expone algunos conceptos implícitos en la obra Niebla, como la muerte, el yo, la existencia, los sueños y algunas de las distintivas del personaje de Augusto Pérez, porque algunos conceptos en relación a esto los esclareció el psicoanálisis de Freud, posteriormente, según la cronología de la inspiración de Niebla (1907) y del Esquema del psicoanálisis (1939).
Sigmund Freud y el aparato psíquico del ser humano
Instancias del aparato psíquico que instituye Freud
1ª instancia psíquica, el ello: “Su contenido es todo lo heredado, lo congénitamente dado, lo constitucionalmente establecido... Esta parte más arcaica del aparato psíquico que seguirá siendo la más importante durante la vida entera”.1
2ª instancia psíquica, el yo: “Oficia de mediadora entre el ello y el mundo exterior... Su tarea es la autoafirmación, y la realiza en un doble sentido. Frente al mundo exterior, aprende a conocer los estímulos, acumula (en la memoria) experiencias sobre los mismos, evita (por la fuga) los que son demasiado intensos, enfrenta (por adaptación) los estímulos moderados y, por fin aprende a modificar el mundo exterior adecuándolo a su propia conveniencia (actividad). Hacia dentro, frente al ello, conquista el dominio sobre las exigencias de los instintos, decide así si han de tener acceso a la satisfacción, aplazando ésta por los momentos y circunstancias más favorables del mundo exterior, o bien suprimiendo totalmente las excitaciones instintivas... El yo tiende al placer y quiere eludir el displacer... Periódicamente el yo rompe sus comunicaciones con el mundo exterior y se retrae al estado de reposo o sueño, modificando profundamente su organización. A juzgar por el estado de sueño, cabe suponer que dicha organización consiste en una distribución peculiar de la energía psíquica”.2
3ª instancia psíquica, el superyó: “En la medida en que se separa del yo o se le opone, este superyó constituye una tercera potencia, que el yo ha de tener en cuenta. Un acto del yo es correcto cuando satisface al mismo tiempo las exigencias del yo, del superyó y de la realidad, es decir, si logra conciliar mutuamente sus respectivas pretensiones... Se advierte que, pese a todas sus diferencias fundamentales, el ello y el superyó coinciden entre sí al representar las influencias del pasado: el ello, las heredadas; el superyó, principalmente, las recibidas de otros, mientras que el yo es determinado esencialmente por las vivencias propias, es decir, por lo actual y accidental”.3
Teoría de los instintos
“El poderío del ello expresa el verdadero propósito vital del individuo: satisfacer las necesidades que ha traído consigo. No es lícito adjudicar al ello el propósito de mantenerse vivo y de protegerse mediante el miedo contra los peligros; esta es la misión del yo, que además debe buscar la forma de satisfacción más favorable y exenta de peligros, prestando consideración al mundo exterior. El superyó puede hacer valer nuevas necesidades, pero su función principal reside en restringir las satisfacciones. Tras grandes reservas y vacilaciones nos hemos decidido a aceptar sólo dos instintos fundamentales: el Eros y el instinto de destrucción (la antítesis entre instinto de autoconservación y de conservación de la especie, así como otra entre amor de sí mismo y amor de objeto, debe incluirse dentro de los límites del Eros). El primero tiene por fin constituir y conservar unidades cada vez mayores, es decir, tiende a la unión; el instinto de destrucción, por el contrario, persigue la disolución de las vinculaciones, la aniquilación.
”En lo que a éste se refiere, podemos aceptar que su fin último parece ser el de llevar lo viviente al estado inorgánico, de modo que también lo denominaremos instinto de muerte”.4
Miguel de Unamuno, Augusto Pérez y Sigmund Freud
1. La muerte
Alexander A. Parker enuncia: “El deseo que tiene Augusto por morir es el deseo de paz por medio de la renuncia de la razón consciente... Así, la muerte de Augusto es transformada en la propia muerte de Unamuno y la muerte de cada uno de nosotros. Pero en su interior, el autor (el Unamuno contemplativo ahora), no quiere privar a su sufriente criatura del deseo de la muerte”.5
Asimismo, es importante traer a la memoria las experiencias sobre la muerte que influyeron en la vida de Miguel de Unamuno, y que las menciona Manuel Blanco: “La primera muerte significativa fue la de un compañero de colegio. ‘Un día, sobrecogidos de terror misterioso, supimos que había muerto’. La inquietud por aclarar este misterio tuvo momentos culminantes, como la muerte de su hijo Raimundo, de seis años, en 1902. Unamuno experimentó, en la historia dramática de este hijo, que sufría hidrocefalia, la presencia permanente de la muerte en su hogar, lo que le condujo a plantearse, con todo rigor y realismo, el problema de su propia muerte, y le llevó a situaciones emocionales incontrolables que le precipitaron en la crisis de 1897... Otras muertes seguirán afectándole, como de la de su madre, en 1908, a la que no pudo asistir... Y la de Concha, su mujer, en 1934, ante la que Unamuno llega a preguntarse si la muerte de su esposa no es también la suya propia”.6
Armando F. Zubizarreta evoca: “En 1897 también lo acosaba la neurosis cardíaca, enfrentándolo a la muerte personal”.7
Lo anterior me hace pensar que la muerte estuvo presente, como una experiencia, durante toda la vida de Miguel de Unamuno, razón por la que el autor lo único que podía hacer con ella es percibirla, es decir, en vida anticiparla con la imaginación, vivirla en sí misma, sentirla con sus propias emociones y agonizar en los personajes de su novela para asimilarla, porque él como ser viviente no la ansiaba, Unamuno no quería morir: “Tales reflexiones le llevaron en la oscuridad solitaria de la noche la emoción de la muerte, emoción viva que le hacía temblar a la idea del momento en que le cogiera el sueño, aplanado ante el pensamiento de que un día habría de dormirse para no despertar”.8 Y si la misión del yo, como la expresa Freud, tiene el propósito de mantener vivo y de proteger al ser humano mediante el miedo contra los peligros, en el yo de Unamuno hay una inquietud constante y prevalece el Eros, instinto de conservación, porque el autor no quería dejar de existir como ser viviente, pero sí trascender a la inmortalidad filosófica y literaria con Augusto Pérez, como don Quijote de La Mancha.
2. El yo íntimo y la existencia
Bien, analicemos otros criterios. Carlos París escribe: “La lucha con el personaje creado, Augusto Pérez, se refería a la existencia misma. La lucha del yo público y privado es también la muerte con la máscara que llega a asfixiarnos, a inmolar el yo íntimo real que ingenuamente habría querido salvarse tras ella”.9
Ignacio R. M. Galbis opina: “Cuando Eugenia se fuga con su ex novio y deja a Augusto en una situación vergonzosa, él exclama: ‘Es que no me duele en el amor; ¡es la burla, la burla, la burla! Se han burlado de mí, me han escarnecido, me han puesto en ridículo; han querido demostrar... ¿qué se yo?..., que no existo”.10
Julián Marías advierte: “Cuando Unamuno anuncia a Augusto que ha decidido que muera, Augusto se aterra y se le revela de pronto la inanidad de esa existencia que acaba de afirmar frente a su creador. ‘Ahora que usted quiere matarme’, dice, ‘quiero yo vivir, vivir, vivir...’. Comprende que su vida depende de la del autor, que lo necesita para existir, que no es dueño de sí mismo: ‘quiero ser yo, yo, yo...’; en otros términos, se le descubre la insustancialidad de su existencia ficticia, que necesita de otra y no se basta para ser. Y al ver que Unamuno no rectifica su decisión de que muera, Augusto hace pie en su propia desesperación para enfrentarse con la existencia real de su mismo autor...”.11
Ernst Roberto Curtius piensa cómo Miguel de Unamuno: “se doctoró en filosofía y literatura y luego se presentó en oposiciones a cátedras: primero a una de psicología, lógica y ética, después a una de metafísica. Ambos intentos fracasaron... Probó luego fortuna con las lenguas clásicas. Dos oposiciones a una cátedra de latín terminaron en fracaso. Finalmente obtuvo una de griego”.12
Así, considero que Unamuno, hombre intelectual, que anheló enlazar la psicología a sus conocimientos de filosofía y letras, logró el propósito en su obra: la obra de Miguel de Unamuno está impregnada de estas humanidades, así como de la metafísica, “parte de la filosofía que trata del ser en cuanto tal, y de sus propiedades, principios y causas primeras”.13 Los conceptos de existencia y el yo íntimo real, contenidos en Niebla, son tratados dentro de la literatura con base en los conocimientos de la filosofía y la psicología. ¿Por qué? Porque “la madurez de la novela de Unamuno se encuentra en Niebla... Unamuno sigue avanzando hasta alcanzar profundidades mayores, con lo cual vemos que el género más verdaderamente vivo en Unamuno es, justamente, la novela...”.14 ¿Por qué esta profundidad filosófica y psicológica? Porque la filosofía estudia el conflicto ontológico del ser y la psicología la estructura psíquica del ser, y estas concepciones sobre el ser inquietaron a Unamuno de manera personal y en su formación intelectual lo cuestionó.
Por otra parte, recordemos la afirmación de Julián Marías: “Hemos visto cómo el tema de Unamuno era el hombre, para él la más importante realidad. Pero el hombre no como un ente abstracto, como una esencia fija, animal racional o lo que se quiera, ni como una cosa entre otras, sino como un organismo biológico. Es el hombre viviente, el que nace y muere, el que va desde su nacimiento hasta su muerte”.15 Unamuno, el hombre viviente, se sumerge en tres planos humanísticos paralelos entre sí, pero a la vez fusionados: la existencia filosófica, el yo íntimo filosófico-psicológico y ambos conciliados entre sí, crean su obra literaria.
¿Por qué Unamuno buscaba su yo íntimo? Psicológicamente, la misión del yo es la autoafirmación y en él está la tendencia al placer; un acto del yo es correcto cuando cumple al mismo tiempo las exigencias del yo, del superyó y de la realidad, es decir, si consigue conciliar, alternativamente, sus respectivas pretensiones, lo anterior lo refiere Freud. Filosóficamente, Kierkegaard “entiende por existencia el ‘ser’ interno aprehendido por la conciencia del hombre; ‘ser’ distinto de la existencia empírica, que no es la real”.16
Carlos París revela: “Hay, efectivamente, una peculiar connaturalidad de Unamuno por la problemática y aun la metodología psicoanalítica. El caso es muy interesante y profundamente instructivo. Freud y Unamuno son dos contemporáneos, que cubren casi exactamente el mismo período histórico. Freud nace en 1865, muere en 1939. La vida de Unamuno se desarrolla entre 1864 y 1936... Autoanálisis, regreso progresivo a la infancia, son resortes de toda la existencia unamuniana en su dura conflictividad. También, la liberación por el sueño vigilante, la fantasía, como en todo creador literario”.17
3. Los sueños
Julián Marías medita: “Lo importante es el sueño como realidad, lo soñado, el acontecer temporal que se sueña o se narra, el relato. En esto coincide el ente ficticio con el hombre real, y es lo que permite al primero reivindicar su existencia propia: ‘Cuando un hombre dormido e inerte en la cama sueña algo’, pregunta Augusto, ‘¿qué es lo que más existe: él como conciencia que sueña o su sueño?’. Y cuando Unamuno le arguye: ‘¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador?’, Augusto replica nuevamente: ‘En ese caso, amigo don Miguel, le pregunto yo a mi vez: ¿de qué manera existe él: como soñador que se sueña o como soñado por sí mismo?’ ”.18
Segundo Serrano Poncela analiza: “El protagonista de Niebla, el indeciso y a la vez trivial Augusto Pérez, nos ofrece un ejemplo de gratitud existencial, desembocando irremediablemente en la nada... Llega a confundir voluntariamente su vida con sus sueños; se acuesta esperando que, durante la noche, un terremoto pueda tragarse la ciudad; piensa en la posibilidad de ser águila en vez de hombre”.19
El escritor don Miguel de Unamuno valoró la existencia de los conceptos filosóficos y los psicológicos dentro de su obra: ¿qué es lo que más existe: él como conciencia que sueña o su sueño? Si Freud asevera que en el ello están las influencias heredadas del pasado, y en el yo el estado de reposo o sueño, entonces se altera la distribución propia de la energía psíquica; con base en esto, asevero que Unamuno tenía conocimiento de la objetividad de estas estructuras, aún no definidas por Freud; si Unamuno deliberó que, al acostarse, como lo afirma Segundo Serrano, durante la noche, sería águila en vez de hombre, creo que Miguel de Unamuno empezó a sospechar que el ello asoma durante los sueños, pese a que Freud inició sus estudios sobre el psicoanálisis en 1938 y Niebla fue escrita en 1907.
Conclusiones
Las nociones de muerte, el yo íntimo, la existencia y los sueños, don Miguel de Unamuno ya los había conceptualizado desde el marco filosófico y psicológico, pero fue necesario transmutarlos a su obra para confrontarlos en forma personal. Unamuno, hombre de gran madurez intelectual, se anticipó a la emoción de su propia muerte, se sumergió en su propia estructura psíquica, comprendiéndola, experimentando la esencia de su existir como buen filósofo existencialista y descubrió, con su especial poder analítico sobre sus propios sueños, los conflictos personales ocultos en su inconsciente, y así, éstos los constituyó como elementos de la creación literaria en la composición de su novela, Niebla.
En general, Miguel de Unamuno consagró todos sus conocimientos a su obra literaria y filosófica con la ventaja de percibir en forma personal todas sus inquietudes existenciales, metafísicas e ideológicas, y puedo aseverar que, antes de su muerte, él encontró la respuesta a las razones de su propia vida, al propósito de su existencia, mismas que constituyeron la expectación de su ser. Además, la inteligencia, la percepción, la intuición y todos los conocimientos filosóficos y literarios de don Miguel de Unamuno predijeron, en su obra y en su vida, las concepciones base del psicoanálisis de Sigmund Freud, a pesar del orden cronológico de las obras. Sin embargo el fin de la existencia de estos contemporáneos y extraordinarios escritores es próxima: don Miguel de Unamuno fallece el 31 de diciembre de 1936 y Sigmund Freud el 23 de septiembre de 1939. A ellos, un agradecimiento eterno por sus legados culturales.
Bibliografía
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- Freud, Sigmund. Esquema del psicoanálisis. México: Paidós Mexicana. 1996, pp. 12-15.
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- París, Carlos. Unamuno. Estructura de su mundo intelectual. Barcelona: Ediciones Península. 1968, pp. 34-385-386.
- Parker, Alexander A. “En torno a la interpretación de Niebla”. Unamuno. José Rubia Barcia. Berkley: Universidad de California, 1967.
- Serrano Poncela, Segundo. El pensamiento de Unamuno. México: FCE, 1953, p. 104.
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Referencias electrónicas
Notas
- Freud, Sigmund. Esquema del psicoanálisis. México: Paidós Mexicana. 1996, p. 12.
- Ibídem. p. 13.
- Ibídem. p. 14.
- Ibídem. p. 15.
- Parker, Alexander A. “En torno a la interpretación de Niebla”. Unamuno. José Rubia Barcia. Berkley: Universidad de California, 1967, pp. 219-220.
- Blanco, Manuel. La voluntad de vivir y sobrevivir en Miguel de Unamuno. El deseo del infinito imposible. Madrid: ABL Editor. 1994, pp. 149-150.
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- Marías, Julián. Miguel de Unamuno. 3ª ed. Madrid: Espasa-Calpe. 1960, p. 21.
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