Me estremeció el olor de la estancia. Aquel olor indescriptible a rincones no olvidados y recuerdos mustios. Atravesar el umbral del que fuera mi antiguo hogar me obligaba a sumergirme en inevitables remembranzas que daban paso al dolor y a la amargura. Fue en esta casa donde la conocí a ella, la de belleza sublime; y el sentido de mi vida tomó un nuevo rumbo. Y fue en esta misma casa donde la perdí, dándome cuenta de un solo golpe de que la felicidad dura poco y de que la vida no siempre es como uno quiere, que es más bien una sinuosa montaña rusa, con muchos altibajos; pero en mi caso a la montaña rusa se le había caído un buen tramo y yo bajaba vertiginosamente al vacío. He vuelto ahora, dos años después de la muerte de Laura, y todavía me parece injusto el hecho de que el infortunio me la hubiera arrebatado. No tenía derecho a quitármela. Seis meses de convivencia es muy poco para dos almas que se encuentran, y el amor era mucho... Es mucho, porque aún la quiero y su imagen me persigue, a veces hasta la desesperación. Después de la tragedia, decidí viajar fuera del país, intentando huir de su intangible presencia grabada en mi mente, pero fue inútil. Al cabo del tiempo pensé que lo mejor era regresar. Sería como una manera de exorcizar su intenso recuerdo lejos de mi presente, esperando que al encararlo se alejase por fin.
Había puesto la casa en venta, con todo y muebles. No sé por qué esperé tanto para hacerlo. Aunque era la única herencia que me dejó mi difunto padre, ya no quería tener nada que ver con ella. Tenía la esperanza de volver a vivir aquí algún día, pero comprendí que eso era imposible. Eran demasiados los buenos momentos que quedaron flotando en todo este ámbito: los pasos suaves de Laura al entrar de puntillas en nuestra habitación para que yo no la oyera; su cristalina voz saliendo del baño al cantar en la ducha todas las mañanas; la suave tonada de su risa arrullando mis oídos; el cálido aleteo de sus blancas manos rozando mi piel cuando hacíamos el amor sobre la alfombra. No, creo que nunca podría volver a vivir en esta casa; aquel nudo que sentía en la garganta y que no me dejaba respirar lo confirmaba.
—Señor, ¿desea alguna cosa o ya me puedo ir?
La voz de doña Gertrudis me sobresaltó. Era el ama de llaves que mi madre había contratado para que mantuviera la casa limpia y ordenada.
—Eh... no, puede irse, gracias; yo me quedare un rato más.
—Entonces usted cierra —dijo, entregándome las llaves—. Hasta mañana, señor.
—Doña Gertrudis, espere un momento.
—Diga, señor —dijo, devolviéndose.
—¿Cuánto tiempo tiene trabajando en la casa?
—Un año, señor.
—O sea que la casa estuvo ese mismo lapso de tiempo abandonada. Me imagino que debía estar llena de polvo y telarañas, con los muebles descuidados. Le digo estas cosas por lo que desde la muerte de mi esposa no había vuelto aquí sino hasta hoy y no he estado muy al tanto de la situación. Me desconecté totalmente de mi familia y sólo hasta ayer pude hablar con mi madre, quien me dijo que usted estaba a cargo de las funciones domesticas.
—Ah, sí, señor, pero fíjese que no encontré señales de abandono por ninguna parte —replicó doña Gertrudis—. Cuando entré a la casa me sorprendí, ya que no había mucho que hacer. Todo estaba limpio, sin polvo ni nada. Como todo estaba cerrado fue por eso que se mantuvo así. Mi trabajo acá consiste en barrer el patio, arreglar el jardín y mostrarles la vivienda a los posibles compradores. Adentro si no hay nada que limpiar, porque aunque las ventanas se mantienen abiertas durante el día, no entra polvo ni ningún tipo de suciedad, es que ni una mosca, imagínese usted la maravilla.
Por un momento me quedé ahí, en silencio, recorriendo con la mirada la inmutable quietud de toda la estancia, hasta que mis ojos se detuvieron en las incandescentes rosas rojas que adornaban el centro de la mesa del comedor.
—Son hermosas, ¿verdad? —exclamó doña Gertrudis.
—Bellísimas —dije, acercándome a la mesa.
—Hace más de veinte días las corté y las puse en ese florero. Pero mírelas, están tan frescas como si las hubiese cortado hoy mismo.
—Es extraño —sonreí.
—Sí, señor, es esta casa. Hay algo en el ambiente, algo que hace que las cosas y las personas se sientan mejor. Yo misma he experimentado la placidez, la serenidad que se percibe al entrar en ella. En alguna ocasión he llegado a trabajar deprimida o algo triste, pero, aunque suene raro, estando aquí me pongo feliz sin razón alguna, teniendo como único motivo el hecho de estar viva y sentirme útil.
—¿Y... usted a qué cree que se deba eso? —pregunté un poco perturbado por la cálida convicción en las palabras de la ama de llaves.
—Para mí, que un sentimiento muy grande creció aquí, un sentimiento puro, limpio. Debe ser el amor que usted y su esposa se profesaban, señor; y ese amor se quedó viviendo en esta casa, aún después de la muerte de la señora Laura.
Estremecido, bajé la mirada al piso; había tal certeza en la voz de aquella mujer que no pude evitar sentirme conmovido.
—Si me lo permite, señor, le diré algo. No venda la casa, viva de nuevo aquí. Yo sé que los recuerdos duelen, pero hay que enfrentarlos. Al principio será difícil, pero verá que el paso del tiempo todo lo apacigua, todo lo calma; y llegado el momento ya los recuerdos sólo nos fortalecen el espíritu y nos hacen vivir la realidad de nuestro presente, porque cuando aparecen ya no nos hieren, solamente nos reconfortan.
El escuchar aquellas palabras de alguien que apenas conocía me llenó de sosiego y en cierta forma mitigó un poco mi congoja.
—Gracias por su consejo, lo tendré en cuenta —dije con esfuerzo.
—Hasta mañana, señor.
Al irse doña Gertrudis me sentí más solo que nunca, pero al mismo tiempo esa sensación de soledad me colmaba de una extraña serenidad. Lentamente me dirigí a la sala. El sonido de mis pasos se me hizo hueco, casi lastimero. Me detuve al pie de la amplia escalera que llevaba a la planta de arriba, donde estaban las habitaciones. Con suavidad acaricié el pasamanos de lustrosa madera y subí un escalón tras otro detenidamente, como saboreando la feroz nostalgia que me embargaba. Fue bajando por estas escaleras que la vi por primera vez. Laura estaba en la sala hablando con Ricardo, mi mejor amigo. Eran los primeros invitados a una pequeña reunión que organizó mi madre con motivo de mi graduación como abogado. Él me la presentó. Al encontrarse mis ojos con ese intenso verdor de su mirada tuve una especie de revelación. Nunca olvidaría aquel momento, estaba grabado a fuego en mi memoria. Al llegar a la puerta cerrada de la que fuera nuestra habitación matrimonial me detuve. Parecía que los fuertes latidos de mi corazón resonaban por toda la casa, sentí faltarme el aire. Desde aquella funesta mañana, dos años atrás, jamás volví a entrar a este cuarto, me era imposible, no podía soportarlo. Pero era consciente de que había llegado el momento de enfrentar el pasado, así que con una ansiedad sofocante atenazándome el pecho, giré el picaporte y abrí lentamente. Al entrar, los recuerdos me golpearon con furia. Como en el resto de la casa, aquí también el tiempo se había detenido, todo estaba igual: los muebles, el armario, el tocador, todo lucía impecable y lustroso; ni la más tenue brizna de polvo osaba tocar ninguna de sus superficies. Aspiré profundamente aquel aire en el cual quedaron suspendidos los suspiros y la risa de Laura. Aún podía sentir su olor, esa esencia natural de su cuerpo que yo tanto adoraba. Con pasos lentos me acerqué a la amplia cama, el lugar donde nuestro amor se hacía una entidad tangible, podía verse, tocarse, oírse, percibirse en toda la extensión de los cinco sentidos. Pero también era el lugar donde empezó mi amargura, mi dolor; desde aquel día en que desperté y la sentí rígida, fría a mi lado. Estaba muerta. Nunca se supo la causa. La autopsia dictaminó que había sido pura y simple muerte natural, algo insólito en una persona tan joven. Su desaparición me dejó consternado, me llenó de rabia y angustia. Una especie de fobia contra aquel cuarto y toda aquella casa se apoderó de mí. Por esa razón me fui, tratando de escapar de todo lo que me recordara a esa mujer que tanto idolatraba. Pero ahora otra vez estaba aquí, en la que fuera nuestra habitación, haciéndole frente a mi nueva realidad, buscando un poco de la paz que emanaba de este lugar, aunque la tristeza me estuviera devorando con ansias.
Una corriente de aire entraba por algún lado, sentí su ligero roce; además el pausado movimiento de las cortinas así lo indicaba. Doña Gertrudis debió olvidar cerrar la ventana.
Me disponía a hacerlo cuando en un instante todo mi mundo se detuvo. Un estremecimiento sacudió todo mi cuerpo, mientras mi cerebro trataba de asimilar lo que estaba pasando. Paralizado y sintiendo el enloquecido palpitar de mi corazón en la cabeza, no daba crédito a lo que mis ojos veían.
Ahí, en medio de la mortecina luz de sol de las cinco de la tarde; entremezclada en la vaporosa levedad de las cortinas ondulantes, una etérea Laura me regalaba su verde mirada una vez más. Era ella, no podía creerlo. Desafiando todas las leyes naturales y lógicas, su imagen estaba frente a mí. Parecía hacer parte de la tenue luminosidad del entorno, fundiéndose a su vez en el suave tejido de la tela. Su sobrenatural presencia irradiaba un halito de serenidad que me traspasaba. Cómo quise tocarla, cómo ansié acariciar sus cabellos de nuevo. Una lágrima se me escapó, dejando un ardoroso surco en mi mejilla para quedar al fin en vilo, colgante, negándose a caer desde mi mentón. De repente, con un leve centelleo, la frágil aparición de Laura comenzó a borrarse, a difuminarse en la agonía de aquel atardecer. Sólo duro el tiempo suficiente para que mi lágrima furtiva decidiera caer al vacío y llegara al piso antes de que el último reflejo de luz se extinguiese.
Lentamente, sin dejar de mirar las ahora inmóviles cortinas, salí de la habitación. Bajé por las escaleras con pasos cautos, como contándolos; parecía haber perdido la noción del tiempo. Mi mente divagaba, daba vueltas como en un torbellino, aunque en mi corazón sentía una placentera calma.
Abajo, la casa se fue llenando de sombras, dando paso a la imperturbable oscuridad. Viéndola así, empezando a ser atrapada por la noche, la estancia tomaba otro aspecto, más distante, más incierta, pero no menos hermosa. De nuevo la sentí mía, como si nunca me hubiese ido. Abrazado por las tinieblas, cada vez más espesas, me dirigí al comedor. Las rosas que se negaban a morir todavía lanzaban sus rojizos destellos en la noche recién nacida. Con suavidad arranqué uno de sus pétalos y lo guardé en el bolsillo de mi camisa; la tenue luminosidad que éste aún emitía se fue apagando poco a poco mientras yo atravesaba la sala y llegaba a la puerta. Salí, y cerrando con llave tuve la certeza de que mañana regresaría.