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Tres cuentos del libro Historias de la ruina

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Para domar a las Furias

“Tal vez sea la propia simplicidad del asunto
lo que nos conduce al error”.

Edgar Allan Poe

En vano lo intenté todo: el engaño, el recurso, la técnica adecuada. Como la gangrena que trepa desde la planta del pie hasta alcanzar la cintura, la inutilidad de mis esfuerzos me ha venido conduciendo a la desesperación. Hoy, mientras escribo, después de asomarme a la ventana para contemplar una horda de trabajadores que se organiza allá abajo, una colmena de sombras apilándose en el silencio del patio de maniobras, tengo la certeza de que la historia está próxima a su fin: un ritual exacto; la cuota de sangre exigida para bautizar las losetas del vestíbulo. Y no sé bien por qué, pero tengo la impresión de que ahora podré descansar.

Sucede que no creía en las leyendas donde se cuenta que, en cada obra, debe existir por lo menos un difunto. Tales historias me parecieron siempre producto de la imaginería de albañiles o carpinteros borrachos que gritonean en las cantinas, en medio de un orgullo desolado, mientras se encargan de agotar hasta el último centavo de sus rayas. Como toda persona que se precia de cierto rigor científico, desconfiaba de la veracidad de los trabajadores. Sin embargo, no se trataba de ninguna broma; hablaban en serio, lo podía adivinar en sus ojos expectantes.

—Ingeniero —me decían algunos—, ya llevamos tres meses, y ni un muertito.

—Inge —me comentaba el maestro yesero, ya vamos para el año y medio y todavía nada; el edificio se nos va a caer. Recién estrenado se nos va a caer, ya se lo digo.

—Figúrese, la torre de arriba, la de “Residencial de los Demiurgos”, se desplomó hace dos meses, así sin más. Nunca se supo por qué, pero luego de las averiguaciones, dicen que fue porque nadie se había muerto mientras la levantaban. ¿Cómo ve?

En un inicio estos comentarios me parecieron necedades, creencias absurdas de un gremio primitivo e ignorante; pero una vez que llegamos a los dos años y ya cerca de la terminación de obra, sucesos extraños empezaron a ocurrir. Un lunes, muy temprano, saquearon la bodega; el miércoles siguiente nos clausuraron durante tres días debido a conflictos con el sindicato; el sábado tuvimos un conato de incendio en el piso veintinueve; y a la semana siguiente, asombrados nos enteramos de que el contador de la empresa había cometido un fraude que impidió comprar materiales con la prestancia requerida. En resumen, que el programa de entrega se vino abajo, atrayendo en su caída multas y sanciones. El día de la Santa Cruz, cediendo un poco a las costumbres de los trabajadores, quise organizar una misa bajo el pretexto de respetar la fiesta, pero sobre todo con la oculta intención de bendecir la obra contra las malas voluntades. Para mi pésima fortuna, el sacerdote que estaba programado para tal fecha no pudo llegar, pues justo aquella mañana cayó enfermo de tifoidea. La idea empezó a obsesionarme. ¿Y si dijeran la verdad? ¿Si la lógica en tal caso tuviera que ceder ante la superstición? Si bien era cierto que no me convencían sus argumentos, también era cierto que la torre del residencial vecino se había derrumbado de una manera misteriosa. Después de todo, detrás de cada superstición existe un soporte histórico, un asomo de realidad. Tal vez las leyendas novohispanas donde se rumora que enterraban cadáveres de niños en los basamentos de los puentes para aumentar su resistencia, no eran tan infundadas como pudiera suponerse.

En el aislamiento que levantar un edificio en la periferia de la ciudad implica, víctima de una angustia creciente al comprobar la proximidad de la terminación, imaginaba de vez en vez que un fierrero se aproximaba a una de las orillas del nivel trece, sin fijar el arnés; que trastabillaba con una varilla mal colocada o resbalaba con una plasta de impermeabilizante. Mi mente eufórica lo veía caer, descompuesto y suplicante, destrozándose cada hueso al impacto del concreto de la planta baja, semejante a un costal de cascajo. Me da vergüenza aceptarlo, pero una vez hasta me reí al pensar lo que dirían los demás al ver el charco de ese líquido espeso y oscuro escurriendo desde su cráneo. Sin embargo, devuelto a la realidad, lejos de este tipo de fantasías sádicas, con tristeza comprobaba que nada había ocurrido. Entonces me sentaba sobre una pila de sacos de mortero a meditar el problema, en medio de la sospecha y las murmuraciones de los demás.

Así fue como decidí cumplir mi objetivo. En un inicio, justifiqué mi próxima acción con la excusa del bienestar colectivo. Luego, pretexté los intereses de la empresa, intentando descargar mi conciencia. Poco tiempo después me di cuenta de que había dos o tres trabajadores mugrosos y vulgares a los que no me molestaría desaparecer. Supe que si era necesario el sacrificio para evitar una tragedia mayor, no podría negarme a ejecutarlo. Una tarde —aprovechando uno de esos momentos en que la soledad reina entre trabes y columnas de hormigón, justo antes del almuerzo de la 1:00 pm— me acerqué sigiloso a un oficial albañil que se hallaba colocando tabique para un muro en el décimo piso, y lo lancé al abismo. Corrí con tan mala suerte que el pobre diablo logró medio aferrarse a la cornisa, y alcanzó a rebotar en el tapial recién instalado por los colocadores de cantera. Cayó dos pisos abajo. Sólo se rompió una pierna. Por supuesto, tuve que ofrecer una disculpa imbécil y nerviosa después del suceso; pero él no aceptó mis excusas. Con docilidad movía la cabeza de un lado a otro, con una resignación tan evidente que me hizo comprender que no le hubiera importado convertirse en víctima si eso contribuía a la consumación del rito. Su comportamiento, debo admitirlo, me sorprendió.

—No se preocupe, Ingeniero, no tiene por qué disculparse. Es la ley y hay que cumplirla.

Sus palabras me animaron. Me sentí misionero en medio de una selva de acero corrugado, un oficiante de la justicia constructiva. Era el elegido para hacer cumplir la tradición; ergo, ser un asesino en estas circunstancias representaba incluso un acto de heroísmo. Aquella tarde descubrí el poder inmenso que ejercía sobre aquellos hombres, sobre esa masa de gente inmunda e ignorante que jamás podría reflexionar en su vida conceptos tan básicos como la felicidad y la conciencia. Recordé un cuento que había leído hace mucho tiempo sobre una caja literaria que contenía otras cajas literarias, en una sucesión infinita. Así de interminable me parecía la mediocridad de estos pobres diablos. Me di cuenta de que era muy superior a ellos: yo había leído mucho, estudiado a fondo las leyes físicas y matemáticas; en cambio, ninguno de estos miserables ignorantes valía un centavo. Podía desaparecer a un trabajador en la revolvedora de concreto cuando se me antojara, sepultarlo bajo paletadas de tierra en el fondo de la barranca contigua, o mejor aun, ahogarlo con discreción en la cisterna del último sótano para acabar con esta jodida pesadilla. Nadie diría nada; el edificio se convertiría en una tumba discreta y agradecida.

Lo intenté, el cielo sabe que intenté con ahínco, con método. Pero fallé en cada ocasión. Cada jornada hubo algún error o un titubeo de inexperto que impidió la consumación del plan. El tiempo, implacable, siguió su camino. Justo ayer, cuando revisé el programa de obra, tuve la certeza de que apenas nos quedaba un mes para concluir los trabajos: un trémulo temblor de impotencia se adueñó de mí; miré a mi alrededor, asustado. En una extensa fila de clavos que circundan las paredes de mi oficina, colgaban, como reses en espera del final, un sinfín de llaves etiquetadas con el número del departamento o la bodega a la que pertenecen. ¿Cómo podrían escapar estos desdichados de mi voluntad? Parece inadmisible. La frustración se yergue como sombra funesta sobre los corredores desnudos del edificio y dentro de mi corazón. Ayer los trabajadores estuvieron desconsolados, apenas comieron un poco y, a la hora de la salida, muchos ni se acercaron a despedirse de mí.

Hoy, en cambio, estoy seguro de que podré descansar, porque hemos llegado al fin. No hay plazo. Lo supe esta mañana cuando, al analizar el plano de las terrazas para comprobar el acabado en la mampostería de la última jardinera, escuché sus murmullos apagados entre los corredores; cuando percibí sus miradas de complicidad mientras recorría los estacionamientos. Lo supe en el momento en que el personal administrativo abandonó la obra para ir a casa, mientras ellos permanecían inamovibles en el patio de maniobras. Lo sé ahora que los veo ascender, piso por piso, la escalinata de la torre en una espiral de luz inmensa, cargando cada cual su antorcha encendida, entonando loas negras y secretas; enfundados en largas túnicas púrpuras que guardaban no sé dónde. Vienen ascendiendo sin prisa, con los ojos ocultos tras el misterio sacro que les confieren sus capuchas. He visto fulgurar la daga entre las ropas de uno de ellos. Imagino la belleza de un arma ceremonial, la precisión de su filo. Sé que vienen por mí, sé que vienen a cerrar el ciclo, a practicar la liturgia: una horda de cuervos escarlata en pos de cumplir con los códigos establecidos durante siglos. Están cerca, cada vez más cerca. No puedo continuar. Busco una salida. La ventana da directo al patio; no es una opción, hay treinta y tres pisos que me impiden intentar el salto. Alguien llama a la puerta de la oficina; no es un ruido estruendoso pero resulta amenazador por su insistencia. Debo prepararme para lo que viene.

 

Todos somos licenciados

“Si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable.
Si quieres que algo se demore eternamente,
nombra una comisión”.

Napoleón Bonaparte

—En este país nos encantan los trámites. Estamos capacitados para imponerlos y darles solución. Los permisos, las actas y los certificados nos entusiasman sobremanera. A algunos extranjeros este gusto les puede parecer un poco raro, pero si se mira con detalle, nuestra costumbre no despierta mayor extrañeza que un velo inquisidor sobre el cuerpo de las mujeres en Afganistán, o la masacre de delfines que se practica año con año en Dinamarca...Un segundo, voy a poner la cafetera.

—...

—Qué bueno que viene. Me emocionan las entrevistas; pienso que es una manera digna de reconocer el trabajo de personas sobre las que nadie sabe, pero quienes son fundamentales para la maquinaria social. ¿Una tacita de café? Ya veo, desayunó temprano. Yo también, aunque tres o cuatro cargas por la mañana vienen bien.

—...

—Es una larga tradición que fomentamos, señalando a los noveles la importancia que tiene un papel o una credencial en la vida de una mujer o un hombre. Es indispensable inculcar la cultura legal, pues de otra manera el caos se apoderaría de nuestras calles el día menos pensado. Somos claros y sinceros y recalcamos la relevancia del trámite; sabemos desde hace más de un siglo que la existencia de un ser humano sólo puede comprobarse mediante un acta o un pasaporte. Cualquier otro medio resulta ineficiente y hasta irrisorio. No es para sorprender, entonces, la cantidad de literatura que hemos difundido explicando en novelas, ensayos y folletines, la desgracia de no ser reconocido por otros, en la sociedad actual, a falta de un comprobante.

—...

—No. No puede ser. Sin credenciales es imposible concebir la existencia de cualquier individuo.

—...

—Ese es el objetivo. Hemos emprendido una larga lucha para desacreditar cualquier religión que imponga la idea de que basta el reconocimiento divino para aceptar nuestros pasos en el planeta. Es lamentable contemplar cómo la ignorancia y el fanatismo pueden cegar a muchos, al extremo de cuestionar nuestro bien fundamentado sistema de comprobación existencial, mediante el título correspondiente.

—....

—¿Los científicos y los intelectuales? Esos son los peores. No les gusta alinearse. De vez en cuando alguno que otro rijoso ha intentado debilitar nuestro sistema con planteamientos filosóficos acerca de la presencia del ser humano en la Tierra sin la necesidad de trámites, desafiando al mismo tiempo las influencias creacionistas. ¡Imagine nada más la bipolaridad de sus argumentos! Incluso han recurrido a citar la prehistoria como ejemplo de que en esencia somos animales autónomos, entes orgánicos que podemos vivir sin ninguna ley o norma. Pregonan que los marcos jurídicos contravienen las leyes naturales y el concepto de libertad establecido por un ecosistema. Estúpidos. Por supuesto, hemos impuesto la razón sobre los necios, aunque alguna vez hayamos recurrido, sólo en esos casos, a la violencia ligera.

—...

—¿Qué es violencia ligera? Algunos latigazos, tres o cuatro lapidaciones.

—...

—¿Muertos? Jamás. Hemos cuidado mucho la magnitud del castigo.

—...

—Mire. Existen organizaciones de derechos humanos, por supuesto. Pero iniciar un proceso requiere de siete años, como mínimo. Ya no hablemos del tiempo que puede durar el juicio. Hay casos documentados sobre partes acusadoras que fallecieron esperando una respuesta del tribunal. Los trámites son precisos, y debemos tener cuidado al aplicar la metodología. Este tipo de incidentes colaterales no demuestran, de ninguna manera, fallas en nuestra organización. Al contrario, reafirman el concepto de una justicia lenta, pero efectiva.

—...

—Olvídese de eso. No deseo que sean las desavenencias con un grupo de pequeños revolucionarios el tema de la entrevista. No vino a que hablemos de eso. ¿O sí? Lo que quiero puntualizar es el regocijo al cumplir setenta y cinco años de un sistema gubernamental impecable. Una maquinaria donde las oficinas y las dependencias sostienen al aparato federal. Cualquier pugna, cualquier altercado insignificante, puede resolverse en nuestro sistema en el plazo no menor a tres años. Es envidiable el nivel de institucionalidad que hemos conseguido. Me atrevería incluso a catalogarlo como estético; una apología a la santa ciencia de la tramitología. Algo de lo que pocas naciones pueden preciarse.

—...

—Lo definiría en una palabra: orgullo. Trabajar en una dependencia de gobierno ha sido mi mejor experiencia. Desde que cursaba el tercer año de secundaria y tuve que empezar a decidir mi vocación, me sedujo la idea de gestionar los oficios de otros, convencido de la alta responsabilidad de un empleo como éste. Por supuesto, estoy lejos de ser el único: en el país, un ochenta y dos por ciento de la población se dedica a las mismas funciones, debido al incremento desmedido de solicitudes, comprobantes y demandas; o bien, debido al amor que le profesan a este género de trabajo.

Los que laboramos en el ramo lo hacemos convencidos de la urgencia de resolver los contratiempos de los ciudadanos. Para demostrar la importancia con la que ejecutamos nuestras labores baste citar una anécdota conmovedora, ocurrida hará cosa de un año o año y medio, cuando el Secretario de Educación Pública, en ocasión especial, en medio de un gran convite, se levantó de pronto, y en un arrebato de patriotismo irreprochable pronunció la frase que algunos eruditos consideran cercana al aforismo: “¡Señores! ¡No cabe duda: en este país todos somos licenciados!”.

—...

—¿Qué me pareció? ¿No se lo estoy diciendo? Al ver el gesto que esgrimía su rostro, resuelto y glorioso, los invitados derramamos algunas lágrimas. Y es que es imposible no darle la razón al Secretario: lo licenciado se nos nota enseguida en la corbata lustrosa y los zapatos impecables; nos acusa la cortesía, el preámbulo, el saludo; costumbres que hemos conservado al paso del tiempo y que no queremos abandonar jamás.

—...

—No puedo defender eso. Es cierto que muchos de nosotros no cursamos ni la preparatoria, pero eso no tiene importancia. Por ejemplo, yo leo un libro cada año. Hace poco seguía la lectura de un texto donde el personaje principal era el Cuento mismo. No entendí nada. Pero a quién le importa ese libro. Quién necesita de ficciones. Lo que necesitamos son documentos palpables, físicos. Además, la carencia de cultura no nos impide pasear por los amplios corredores de las dependencias, entre las plazas expectantes de las universidades, sobre el silencio intolerable de un anfiteatro. Somos quienes somos. Son simples reglas de urbanidad y política. Hay que ver con qué porte, con qué desenvoltura nos inclinamos ligeros, haciendo la reverencia adecuada cuando nos topamos con un cofrade: “¡Buenos días, señor licenciado!”. “¿Cómo le va, licenciado?”. “¡Y la familia, ¿cómo está? Hace mucho tiempo que no lo visito, licenciado; usted comprende, las ocupaciones..!”.

—...

—¿Usted podría hacerlo mejor? Lo dudo. Hemos ensayado cada frase para no parecer sobrados o ceremoniosos; mucho menos para demostrar sinceridad, eso no se nos permite. De otra manera no funciona; hace falta talento para conducirse en una asamblea. Debo advertir que a cada uno de nosotros, antes de las fiestas de fin de año, la Secretaría nos dotó con un espejo de cuerpo entero para colocarlo en la pared de nuestra habitación. La intención es ensayar en vísperas de algún evento. Se nos hacen recomendaciones y se nos amonesta cuando el trato con los otros se vuelve natural o espontáneo. No nos permitimos errores en una fiesta municipal o en la visita de algún gobernador. La perfección forma parte de nuestra naturaleza.

—...

—Existe, por supuesto. En la nación gozamos de una completa libertad de expresión. Si bien es cierto que hace un par de meses, en un humilde poblado, algunos fanáticos intentaron (sin autorización oficial) el ajusticiamiento de un grupo de estudiantes que se negaba a mostrar sus credenciales, este hecho está lejos de representar una regla. Comprenda. El problema no fue el hecho violento, sino la falta de la autorización correspondiente para emprenderlo. Que murieran los estudiantes no nos importaba demasiado. Pero el linchamiento estaba fuera de orden. En el país no trabajamos de esta manera. Aunque, reitero, se trató de un hecho aislado. No hablemos más de ello.

—...

—La censura no existe. No porque no podamos impedir a algún despistado o rebelde expresar su desacuerdo con respecto a los lineamientos; sino porque, afortunadamente y después de un largo proceso judicial que duró veintiocho años, conseguimos anular la existencia de la censura. Así, es virtualmente imposible censurar a alguien aunque se ejerza presión sobre el inconforme. Al anular el concepto hemos anulado la esencia. ¿No le parece una solución genial? Por ello le reitero que no existe la censura.

—...

—Desde luego, hemos sido cuestionados por grupos moralizantes provenientes de culturas ajenas a la nuestra; sus críticas ácidas casi nos hicieron perder la unión y aun nuestras convicciones una década atrás. Pero gracias a la tenacidad que incluso envidiarían los terribles espartanos, hemos repelido de manera heroica cualquier intervención sobre nuestro estilo de vida. Cada ataque no ha hecho más que fortalecer al grupo. Nuestra empatía es tan intensa, casi simbiótica, que me atrevo a declarar sin tapujos que conformamos una hermandad. Así lo hacemos saber a nuestros interlocutores en los encuentros internacionales sobre economía y orden mundial; lo transpiramos en las paredes húmedas y oxidadas de nuestras ciudades; lo denotamos en la risa y el cortejo; lo reafirmamos en cada frase recitada por una boca colectiva, a cada latido. Tramitar nos inflama el pecho, nos vuelve poderosos. No entendemos el mundo de otra manera. Ser licenciado es un oficio que ejercemos de tiempo completo, con la mayor alegría imaginable; y de eso, estoy convencido, no cualquier nación se puede jactar.

—...

—Usted de dónde es originario?

—...

—Ya veo.

—...

—¿Cómo dice? ¿En desacuerdo con nuestro sistema? No podemos permitir eso. Quiero decir, no comparto sus opiniones. Usted aseguró que se trataba de una entrevista para dar a conocer nuestro aparato legislativo a otros continentes. No mencionó nada acerca de este tema.

—...

—¿Cómo? No conozco a esa persona que usted nombra. ¿Quién es usted? ¿Qué quiere? Me parece que ha sido un error concederle tiempo. Hay tantas cosas por hacer. Disculpe, tengo que dejarlo.

—...

—Vamos, verifique en los registros. Donde usted quiera. No existen ni las credenciales, ni el pasaporte de esa persona, no sabemos que se haya hospedado en el hotel que menciona. El Congreso de las Naciones sí se celebró en esa fecha, en esta ciudad. Se habló mucho sobre libertad, igualdad y esas mamarrachadas. Comento esto para que pueda apreciar la transparencia de mis palabras. Pero le reitero que esa persona no existe. Si no está documentado, no existe. No hay más. Es simple. Le recomiendo que a la brevedad retorne a su país, porque en este mismo momento voy a corroborar con la Secretaría de Relación Exterior su carta de autorización para introducir equipo de filmación y de sonido para realizar esta entrevista. Detecto irregularidades muy graves en su visita.

—...

—Sí, imaginé que no tiene permiso para el equipo.

—...

—Ya veo. No sé cómo le franquearon el acceso en el aeropuerto. Perdemos el tiempo, amigo. No quisiera ser descortés. He contestado a cada una de sus preguntas, sin recelo, de manera sincera y explícita. Debemos concluir. Además, la cafetera necesita una nueva carga porque se acerca el mediodía, y una pila inmensa de trámites y permisos está esperándome en el escritorio para que pueda darle solución. Discúlpeme. En verdad lo lamento. Esta entrevista terminó.

 

Historia del desasosiego

“Para comprender, me destruí. Comprender es olvidarse de amar.
No conozco nada más al mismo tiempo falso y significativo
que aquel dicho de Leonardo da Vinci
de que no se puede amar u odiar una cosa
sino después de haberla comprendido”.

Fernando Pessoa

Faltaban diez minutos para las dos cuando se inició el enfrentamiento. Una cifra exacta en el infortunio. Enfrentarse es destruir la imagen que se tiene de sí mismo, desatar los lobos de la conciencia; desplomarse desde un cenit indomable. ¿Comprendes? Yo no puedo, no alcanzo a tanto. Iniciar, en este caso, era alterar el orden de los elementos. Nadie debe jugar con eso.

Lo primero que hice, en medio de la multitud, fue contemplar mi reloj de carátula rosa. Me consumía la impaciencia. La muchedumbre intentaba contraerse para hacer espacio a los recién llegados. Se necesitaban huestes numerosas en una situación tan delicada, ya podrás imaginarlo. Era necesario fortalecer cada bando, como se ha venido haciendo desde el origen de las civilizaciones. De manera casi litúrgica, de manera casi ridícula. A pesar de un sol en plenitud, el viento entraba por las mangas de las blusas y las camisas y salía, limpio, por el cuello de las mismas. No hacía un calor extenuante; se podía respirar y poco más que eso. Lo que sí generaba tensión era la proximidad del hecho inédito, la cercanía de las dos de la tarde. Aunque, en apariencia, gobernaba una calma extensa y reconfortante.

Las hostilidades fueron iniciadas tres meses atrás por un amargado historiador que deseaba, de manera sincera, demostrar su ateísmo extremo. Cuando descubrió el correo electrónico, en su computadora personal, donde algún grupo anónimo aseguraba la visita del personaje divino, dio un respingo, gruñó tres veces, y carraspeó de manera repetida antes de comenzar una campaña en contra de tal visita. Las intenciones de los anunciantes pudieron provenir de un impulso fanático o desequilibrado, pero no tenían carácter de provocación. Cualquiera podría decir incluso, para no desentonar con el ambiente religioso que se había generado, que pecaban de ingenuidad. Las acciones del historiador desde un inicio tuvieron la finalidad de recalcar la supremacía del pensamiento cartesiano y del propio rigor científico por encima de las especulaciones místicas. Pero aun con ello se podría acusar al personaje de alcanzar variaciones violentas. Decidió ingresar a las filas de la apostasía de manera oficial. De la misma manera, hizo que todos sus hijos y su esposa siguieran el mismo proceso. Incluso llegó a prohibir cualquier imagen de corderos o de vacas dentro de su hogar, como una muestra firme de su desinterés por cualquier imagen zoologizada que guardara alguna referencia divina.

Reconstruyendo la historia me doy cuenta de que topo con pared, de que la imprecisión domina mis memorias. ¿Quién anunció en la radio el encuentro con Dios? Es confuso. Tal vez el monje taoísta que fue a parar a la cárcel bajo sospecha de tráfico de armas y de agitación social; tal vez el sacerdote protestante que garantizaba comunicarse en sueños con el invitado. Quizás el poderoso hacker que decidió emprender una demanda, despechado por una mujer que nunca decidió quitarse el burka para besarlo sin reservas. El concepto divino es intrincado. Indagar, en esas circunstancias, es una labor tan infructuosa como la del perro que persigue su propia cola, tirando mordidas al aire. Considero que la vulgaridad de la condición humana radica en su engrandecida soberbia. Un orgullo desmedido que nace de la ignorancia que despierta la pequeña seguridad de su cuerpo, de su espacio ínfimo. Es algo así como las fantasías de Lewis Carroll, el maldito pederasta ese: misterios detrás de las puertas... pasillos que se empequeñecen, galletitas susurrantes. Un universo retorcido donde la reina de los naipes —ser superior y vengativo— puede cortarnos de tajo la cabeza, por mero capricho, a todos nosotros, que no sabemos cómo escapar de los intrincados senderos. Sin embargo, creemos con firmeza que, al igual que Alicia, somos más listos y más veloces que la propia reina. Pero esta idea no pasa de ser un cuento para chicos. Lo mismo sucede con la grandeza personal.

En el momento que se vive, hacer memoria representa una labor inútil. En adición, rastrear el origen de los hechos no permite tampoco escabullirnos del desconcierto que han generado desde entonces: los seguidores de Nietzsche, varios nihilistas y dos o tres incondicionales de Sartre, valiéndose de los medios que estuvieron a su alcance, convocaron a la resistencia. La voz corrió de gremio en gremio, de grupúsculo en secta, alcanzando niveles masivos, escandalosos; hasta el punto donde las televisoras llegaron a reñir para cubrir la noticia a nivel nacional. El público se dividió en dos bandos. De manera extraña, hubo pocos tibios que se negaran a emitir un juicio. La atención de todo el país estaba concentrada en lo que ocurría. La guerra mediática se había declarado.

Miré el cielo. Permanecía despejado, las nubes se deslizaban sobre el fondo azul. Es imposible presagiar hechos catastróficos —un contratiempo siquiera—, cuando la naturaleza sonríe, ¿no lo crees? No recordé las horrorosas masacres de pingüinos que ejecutan los lobos marinos, bestias carniceras de caritas tiernas y ojos miopes, en aguas polares. Olvidé los salvajes ataques de osos peludos y pachones que confunden a los seres humanos con enemigos de su propio hábitat, para arrancarles la cabeza de un zarpazo. Ignoré por completo que, aunque nos incomode la idea, la naturaleza no conoce la piedad.

Todos se preguntaban si era posible que ocurriera. Si la aparición, el indicio más insignificante, estaba próximo. Si la interrogante por la que durante tantos siglos habíamos clamado encontraría respuesta en aquella hora apacible. Una congregación políglota y extraña había acudido a la cita: grupos de católicos ortodoxos, judíos conversos y testigos de Jehová; protestantes, budistas, mormones-físico nucleares y hasta una horda de fanáticos de Maradona —quienes esperaban ver aparecer a Dios vistiendo la camiseta del Boca Juniors. También había raelitas llenos de escepticismo, y algunos practicantes del culto satánico, a los cuales se les denominó grupo de choque, en alusión a sus tendencias radicales. Por supuesto, los ateos acudieron numerosos, llenos de una indiferencia provocadora, en medio de silbidos y empujones.

La antipatía era evidente. Sabía que no tardarían la hostilidad y el jaloneo. ¿Has pensado alguna vez en el movimiento caprichoso de las corrientes de agua dentro de una bañera? ¿Sabes a qué lógica obedece? A la voluntad del caos, a la entrega de una sinfonía sin pies ni cabeza donde un simple tambor de hojalata pretende gobernar la armonía y los tempos. Algo parecido ocurría en esa plaza. El rechazo de las ideas del otro es la negación de sí mismo, del derecho propio de opinar; es la castración de la libertad. Nosotros habíamos decidido castrarnos.

La idea de la visita me había provocado una ansiedad escandalosa, escalofríos constantes, hasta insomnio durante las noches previas. Era imposible dar marcha atrás. ¿Podríamos saber, poseer un acercamiento a un dato verídico, palpable? ¿Qué es la verdad, si no el mito fantástico generado por un narrador-Homero, parcial y tendencioso? El único consuelo inútil con el que justifiqué mi desasosiego ante la proximidad del evento, era la certeza de que había otros miserables como yo suplicando que la historia tuviera un final inteligible.

Sin embargo, en el concepto divino, estas argucias no podrían tener validez. Quiero decir, lo celestial debe conducirse de un modo inimaginable a nuestros ojos mortales. Piénsalo bien. Se trataba de una encrucijada, de un terrible cisma que se desarrolla milenios después de generar el misterio. Qué era este asunto de un ente superior riéndose de nuestra ignorancia, ajeno a nuestra angustia. Qué era esta posible invención del hombre a manos de un ser posiblemente inventado por él mismo. Durante milenios habíamos deseado tanto la verdad; sin intermediarios ni profetas. Las escrituras y los manuscritos no bastaban. Era hora de exigir explicaciones. Era urgente. ¿Si Dios estuviera muerto; si fuera víctima de una broma malintencionada de otro demiurgo lejano? ¿Si se tratara de un padre irresponsable y alcohólico?

El viento soplaba, recordándonos que la vida continuaba con su naturalidad. Revisé mi reloj una vez instalado en las gradas asignadas para la prensa, y abarqué, desde ese punto estratégico, la totalidad del espectáculo en la plaza. Miles de cabezas se movían de un lado a otro, cediendo al suave empuje de los recién llegados. De pronto me parecieron un rebaño de ovejas torpes, boquiabiertas, víctimas del desamparo más espantoso; una secta ridícula de primitivos rindiendo un culto irracional al cielo.

—¡Dios, clamamos, nos tienes engañados! —comenzaron los inconformes, a manera de cánticos que me hicieron reflexionar en la naturaleza litúrgica de las manifestaciones. Alguien pasó con una pancarta muy al estilo gringo: “Dios para presidente”; alguien más mostró, satisfecho, un ladino “Se busca”. Un monopólico consorcio de refrescos de cola preparó una edición especial con la imagen conmemorativa del evento, repartiendo corcholatas a los asistentes.

—¡Vuelve pronto, Señor, vuelve pronto con amor! —se esparcían los gritos discretos, entre la incertidumbre y la orfandad de los fieles.

La humanidad no debería creer. Tampoco ser ajena a la posibilidad de hacerlo. No sé si valga la pena preocuparse por la fe. Es decir, es tanto el desamparo en el que coexistimos, tanta la soledad espiritual que se pasea en las calles de las ciudades pobres, en las chozas lejanas atacadas por la tifoidea y los virus, que preocuparnos por justificar las acciones bajo circunstancias superiores o pasarnos la vida en la negación, se vuelven cargas emocionales insoportables. Es mejor ir al cine. Con una buena película uno se olvida de los problemas más profundos. Tome este ejemplo: una vez leí, no sé si en un libro, o en una revista, una historia donde se desarrollaba un teletransportador infernal que lo único que provocaba era angustia en los usuarios. Podríamos comparar la volubilidad de la ciencia con la de la divinidad. Generan las mismas expectativas, y a final de cuenta, los mismos riesgos. Aunque tienes razón, estoy evitando continuar. Perdóname, es difícil para mí. Tú no estuviste en ese lugar, esa tarde.

Uno de los asistentes, no se sabe de qué bando, no soportó la presión. De su mochila extrajo una roca, no mayor al tamaño de una taza, y la lanzó al aire. El objeto tomó una altura amenazante, y después se desplomó sobre el bando contrario, como un meteoro. Una chica iluminista miró caer la roca, pero lo atribuyó a una señal divina. Considerándose ungida, metió la cara para que el proyectil se estrellara de lleno. Cayó al suelo, fulminada. Su nariz, rota, borboteaba sangre de manera escandalosa. La chica comenzó a proferir unos aullidos terribles. Lo que ocurrió después lo sabe el mundo entero, pero ninguno podría explicarlo de manera detallada. Los anarquistas comenzaron a reír, imitando los chillidos de la chica hasta transformarlos en aullidos de un cerdo que se niega al sacrificio. Uno de los cardenales, que se hallaba cerca, les recriminó su cinismo. Con la mirada cargada de rencor, extrajo una escopeta debajo de su sotana, y comenzó a disparar sobre la masa de incrédulos, rebajándolos a perros conculcadores. Los que no creían, comenzaron a creer: en la venganza. Mostraron los palos, las armas blancas, y hasta alguna metralleta que tenían guardada en caso de amenaza. Los del bando creyente, por su parte, tenían infiltrados algunos policías secretos para la seguridad del evento. Los policías estaban armados, muy bien armados...

Espera, quiero parar.

No es de mi interés seguir con la historia. Preferiría admitir el desconcierto de mi destino. Concluir que mi carácter de átomo en un planeta gigantesco me brinda la oportunidad del anonimato y la indiferencia. Somos mínimos, casi etéreos. ¿Qué dices? ¿Quieres que continúe? No sabes lo que fue eso. ¿Lo sabes? ¿No estás mintiendo?

Si insistes, voy a intentar alcanzar el final: en medio de los disparos, acorralados, los individuos se transforman. Los más pacíficos, los que no pensaron nunca en cargar un arma, los que confiaron en la buena disposición de sus hermanos, se tornan fieras terribles. Mordieron, arrancaron orejas, estrangularon; estrellaron muchas cabezas contra el pavimento. Se hicieron de pistolas o murieron en el intento. Los musulmanes y los católicos demostraron una saña particular. Molieron a palos a sus víctimas hasta dejarlas irreconocibles. Las crueldades de los extremistas no creyentes, por otra parte, no quiero ni repetirlas. Baste decir que vi ojos, brazos, piernas y penes tajados, agitándose sobre las cabezas, como siniestros trofeos. Yo intentaba escapar, alejarme de la angustia y el horror, pero era imposible avanzar dos o tres pasos sin tener que cubrirse la cabeza de algún palo, o ser rechazado por un muro humano.

Entonces, en medio de la batalla, empapados de sangre propia y ajena, lo inexplicable: un estertor insondable se impuso en medio de la plaza. Un quejido enorme, el inicio del desconcierto. Fue tan impactante la magnitud de ese quejido que la lucha paró de pronto. Incluso las tanquetas del ejército, que se aprestaban a poner orden pisoteando a los revoltosos, detuvieron su marcha. Miré mi reloj otra vez, como un acto mecánico. Eran las dos de la tarde con un minuto. Comencé a gritar desesperado que era demasiado tarde, que la hora había pasado sin que nos diéramos cuenta. Que éramos unos estúpidos. En medio de la batalla, nadie se había preocupado por confirmar la visita de Dios.

Los que sufrían de paranoia corrieron a refugiarse a los edificios aledaños. Yo imaginé que esto se convertiría en Sodoma y Gomorra, que ya no tardaría en cargarnos la chingada convirtiéndonos en estatuas de sal. Pero los misterios de lo desconocido son indescifrables. Dicho de otra forma: ahora éramos piezas en un tablero de ajedrez que quizás nadie estaba jugando. Me rehúso a aceptar que algún ente tenga tal capacidad de crueldad como para dejarnos navegar en la incertidumbre absoluta. No sucedió nada.

¿Qué había sido todo este espectáculo? ¿Un aparatoso truco publicitario de alguna empresa hollywoodense? ¿Una demostración concreta de la visita de un padre iracundo; el último lamento de un agonizante? ¿Por qué no se dignó a hablar el invitado; no éramos acaso sus pequeños Frankenstein? ¿Es que nos consideraba bastardos, productos vergonzantes de una prostituta con la que tuvo amoríos en su juventud; o sencillamente era un viejo dictador que no quería revueltas, y que advertía, mediante ese lamento, hacer uso de sus fuerzas represivas?

Preguntas, preguntas, sólo preguntas. Desde que el ser humano ha pisado la Tierra, ha sido condenado a padecer la estancia del desconcierto. Estamos hechos de papel, somos vulnerables a cualquier rumbo que delimite un vendaval. Por ejemplo, yo podría jurar que existo y que soy sólo una ficción de mí mismo. O la invención de otro que me sueña o escribe. Que lo que cuento no sucedió. Por otra parte, defiendo mi derecho a existir y declarar el turbulento evento del que fui testigo.

Esa tarde reí un poco considerando que quizás había acudido al simulacro del Apocalipsis. Lo cómico provenía de que la parafernalia conducía más bien a pensar en la publicidad de una cartelera de box en Las Vegas. Dios, en su infinita inteligencia tan recurrida, parecía haberse propuesto un juego maldito donde brindaba un par de pistas para resolver un acertijo imposible. Una especie de oficio lúdico donde, por supuesto, él asumía el papel de gato, y nosotros de ratonzuelos insignificantes. Sin embargo, la idea a la que me refiero es muy limitada. Para buscar su aceptación habría que superar los hechos que motivaron el evento y reconocer la presencia de un ente superior. Desde luego, muchos no estarían de acuerdo con esta idea, y así regresaríamos a este juego de batallas sin fin.

Desde esa tarde hablo solo. Diserto de manera profunda sobre la naturaleza de los hechos y juro haber planteado más de veintisiete hipótesis diferentes para encontrar una explicación convincente. En mi cabeza se reproduce de manera recurrente el estertor que llenó de zozobra a los asistentes. No dejo de meditar sobre ello. Pero me niego a acercarme a cualquier teólogo que haya escrito sobre este motivo, y sobre todo, a desperdiciar mis ahorros en interminables sesiones con un psicólogo insidioso, que no haga otra cosa que llenarme la cabeza con interminables interpretaciones de aquello que, para nuestra eterna miseria, nunca nos será posible alcanzar.