Letras
Nueve y medio

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Nueve centímetros y medio. Nunca había tenido unos tan altos, y te juro que lo primero que pasó por mi cabeza fue una imagen de mí misma cayéndome desde lo alto de aquellos “andamios”, con toda clase de desenlaces nefastos del estilo que tanto me gusta imaginar. Lo segundo que cruzó como un relámpago por mi cerebro fue un recuerdo de tu rostro, impregnado de esa sonrisa pícara, tan tuya. Esa que afloraba como por arte de magia cada vez que volvía de una tarde de tiendas y sacaba de la caja unos zapatos nuevos de tacón alto. Luego nunca me los ponía si no era contigo, porque ya lo sabes tú, Daniel, siempre he sido muy torpe, y sólo con tu mano enroscando la mía, o tu brazo alrededor de mi cintura, me creía yo capaz de andar sin acabar enredada en cualquier tapa de alcantarilla traicionera. Incluso podía soportar el fuego que empezaba en el nacimiento de los dedos de mis pies y que acababa convirtiéndose en un dolor punzante porque, como cada sábado noche, acababa ignorándolo cuando me pedías que me desnudara, pero que me dejara puestos los zapatos. Por eso aún te sigo recordando. Porque tú nunca fuiste capaz de acordarte de cómo nos conocimos, quizás por aquella mezcla de alcohol, absentismo y rebeldía que siempre iba contigo, y yo hubiera sido incapaz de memorizar tu nombre si no hubieras insistido en volver a vernos, pero recuerdo que comentaste lo bien que me quedarían unos zapatos. Y volviste a llamar. Y aparecí en aquel parque, escondiendo la vergüenza y las ganas de salir corriendo detrás de aquellos seis centímetros de más, que consiguieron sacarte la primera de aquella serie de sonrisas que tanto me gustaban. Siempre tuviste de mí todo cuanto quisiste. Éramos sólo unos niños, Dani, y tú siempre fuiste mío. Creo que siempre hemos sido incapaces de vivir uno sin otro, por eso nunca conseguimos distanciarnos aunque supiéramos que sólo nos estábamos haciendo daño. Y cada vez que alguna clase de comparación odiosa me llevaba llorando de vuelta a tus brazos, siempre abiertos, repetías una y otra vez la misma frase hasta que se me secaban las lágrimas.

—No te preocupes, niña, que de las caídas y los golpes siempre se acaba aprendiendo.

Pero nosotros nunca lo hicimos, y aquella espiral volvía a apoderarse de nosotros, y volvíamos a implicarnos en aquel torrente de sentimientos que nos arrastraba sin remedio. Quizás tampoco tratásemos de impedirlo, pero para cuando lograbas secar mis ojos, tus labios siempre trataban de alcanzar los míos, sin rastro de compasión, pero con ese gusto amargo que deja tratar de recuperar algo que nunca fue tuyo. El desenlace solía ser también repetitivo; la añoranza se hacía dueña de nuestra piel, y acabábamos dejándola al descubierto mezclándola con sentimientos encontrados, sábanas frías, y los zapatos con el tacón que tú eligieras. Y otra vez, Dani, un nuevo comienzo; yo volvía a sentir, como en aquella vieja canción de Fito, que tú no eras sin mí, y yo sólo era contigo; y tú jugabas a regalarme los oídos con promesas que terminé por saberme de memoria, de aquellas que hablaban de un futuro juntos, de amor eterno, de tratarme como una reina. Nunca me interesó nada, niño, salvo la certeza de que siempre estarías a mi lado, que se apoderaba de mí en aquellos momentos. Siempre había algo que regresaba, aunque pasara el tiempo, y tú y yo lo sabíamos, porque cada vez se abrían brechas más grandes entre nosotros; volvían los rencores, las peleas, las discusiones, las ganas de salir huyendo que éramos incapaces de reprimir. Y yo acababa por alejarme buscando unos brazos como los tuyos, que nunca supe ni pude encontrar. Se acabó nuestro tiempo, y eso es lo que más me duele. Porque el día que decidiste desaparecer para siempre sin darme explicaciones, sólo pude quedarme sentada en el sofá, y susurrar al viento que entraba por la ventana.

—Al final tenías que dejarme sola.

Y luego salí huyendo como un tiro, buscándote en los sitios que siempre fueron nuestros. En la última fila de nuestro cine, en el parque, en nuestro restaurante de comida rápida, en la playa, en mi cama y en el bar de abajo, en los pubs de tu ciudad y las salas de conciertos. A tu casa no pude ir, tenía miedo de que te hubieras ido de verdad sin haberte dicho nunca que no quiero perderte. Por eso me fui a comprar los zapatos con los tacones más altos, niño, esos que sabía que iban a gustarte, para demostrar que nosotros nunca quisimos aprender de las caídas que nos separaban. Porque sólo nos merecíamos estar juntos, y nunca lo logramos, y este será siempre tu fetiche, y ya no tengo tu mano para afianzar mi paso. Nueve centímetros y medio, Dani, y ni siquiera sé caminar con ellos.