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Alejandra PizarnikAlejandra Pizarnik, loba en la noche

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La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Solo me oigo.

Poema “Silencios”

Flora Alejandra, a sus 29 años, en 1965, cuando su cuerpo levitaba la plena juventud, escribió su libro Los trabajos y las noches. Estaba sedienta de muerte y noche o, mejor, huía de la luz y el mediodía. Era una mujer que sólo se ocupaba de hacer de la vida una contradicción y pedía en silencio, pero con ansia, a la poesía que la liberara del yugo de los días. O era silencio y vacío o era un vaso que ofrecía su licor furioso.

Moradas.
En la mano crispada de un muerto,
En la memoria de un loco,
En la tristeza de un niño,
En la mano que busca el vaso,
En el vaso inalcanzable, en la sed de siempre (p. 1).

Cada libro que el escritor lanza a descabezarse por el mundo es una parte de sus entrañas. Lo signa como la hija o el hijo a sus padres. Significa otra piedra que edifica un templo, un oasis o una cárcel para encerrarse y gozar o sufrir, como sea el destino del momento.

Los trabajos, los de la palabra que es pared que estorba, boquete por donde escapa, única amiga que acompaña. Y las noches, esa pasajera de al lado en las horas que el mar ruge a su antojo y que lame las llagas de los afanes, las horas se cuecen con el sol del día. En ese libro sin nombre de poesía se apretujan 47 cantos de infancia, madrugadas, ausencias, crepúsculos y despedidas.

A medida que los versos salen de sus yemas le hablan y turban su memoria que gira sobre un vórtice de huellas de un amor cerrado.

Mendiga voz.
Y aún me atrevo a amar
el sonido de una voz en una hora muerta,
el color del tiempo en un muro abandonado.

En mi mirada lo he perdido todo.
Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay (p. 92).

Aunque su lenguaje es fuerte, Flora Alejandra Pizarnik ha tocado temas tan dulces como el de la infancia. Para el niño no hay recuerdos fatales, sólo hay ratos con abuelos, paseos a regiones encantadas y montar a la grupa de un caballo con la cofia de gnomo o de princesa. Los ojos apenas alcanzan a llegar al fondo de la hoja. Cuando más, como lo hizo Alicia, se cuela por el hueco del espejo para conversar con el gato Cheshire... al otro lado.

Infancia
hora en que la yerba crece
en la memoria del caballo.
El viento pronuncia discursos ingenuos
en honor de las lilas,
y alguien entra en la muerte
con los ojos abiertos
como Alicia en el país de lo ya visto (p. 83).

El amor, vestido de Palabra, aparece en la penumbra de Alejandra y es dulce huésped que hiere con solo su anuncio. Siempre lo presintió a escasos pasos, fue luz, noche abierta de presagios donde sólo es posible su presencia. En la noche “el amor habla y se anuncia como la sed” (p. 80).

Por entre los versos serpentean y se arquean las ceremonias de los humanos, un hormigueo en el cuerpo la acosa y Alejandra lucha por ser como la piedra o como un barco que navega sobre ríos de rocas. Imagina su vida como un “naufragio y una tragedia del viento”. Dialoga con su otro yo que es la Palabra y, entonces, una puerta se abre con su llave para volver a ver la cara de la muerte.

Revelaciones.
En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
El deseo de morir es rey.

Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones (p. 77).

Entre minuto y minuto para Alejandra no hubo descanso. En cada instante sus ojos estaban abiertos para desgarraduras de los sentimientos, para masticar abrojos y aun “el frío es verde y jadea y grazna, en mero muro, es mudo, mira y muere” (p. 91) Antes de que aparezca el sol ella ya tiene preparada debajo de las sábanas la tonada de delirios que la arrinconan como “Anillos de ceniza”:

Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.

Hay, en la espera,
un rumor de lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición del sol en pequeños soles negros.
Y, cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta,
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio (p. 85).

Debajo de esa cara joven, bella, pálida y con ojeras prematuras y el cabello descuidado, mira al mundo con piedad de monstruo, sin sonrisa. Acaso su destino fue sufrir y recoger en su interior el zumo de los desconsuelos, pesadumbres y dolores. Cada palabra que fluía por sus dedos o pensamiento que caía cabizbajo sobre el papel estaban signados con sangre de silencio, mutilación o muerte.

Como una loba, su vida transcurrió en la soledad del bosque en medio de animales y donde el rey es el cazador de fieras y gacelas. Al lado de ofidios, perros de monte, sapos grises y pequeñas comadrejas formó su cueva. Poeta y mártir de sí misma nos ha podido legar un compendio de intimidad de muro lacerado de impiedades. Nos lo dice en sus poemas como en este que dio nombre a su libro:

Los trabajos y las noches
para reconocer en la sed mi emblema
para significar el único sueño
para no sustentarme nunca de nuevo en el amor

he sido toda ofrenda
un puro errar
de loba en el bosque
en la noche de los cuerpos

para decir la palabra inocente (p. 82).

Alejandra se nos fue como se pierde el peregrino en el final del recodo. Sin que nos diéramos cuenta de cómo daba vuelta su cuerpo en el momento de decir adiós y levantaba su mano para recibir el beso, florecida. Por anticipado hizo un testamento mínimo para decir lo que deseaba.

Sombra de los días por venir
Mañana
me vestirán cenizas al alba.
me llenarán la boca de flores.
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración
de un animal que sueña (p. 93).

 

Notas

Los poemas están tomados del libro Alejandra Pizarnik. Obra completa. Editorial Árbol de Diana. Selección y compilación de Gustavo Zuluaga Herrera. Medellín, 2000.