Esto sucedió en una central camionera, mientras veía a la gente ir y venir cargando maletas y cajas, algunos inclusive llevando niños de la mano. Yo, sentado en una silla metálica incómoda, observaba las pantallas, esperando el momento en que anunciaran la salida del camión que me llevaría de vuelta a casa.
En ese entonces me dedicaba a la venta de colorantes para telas. Mis viajes consistían en pasar nueve o diez horas en un camión, entregar los embarques y volver. Estuve en muchas ciudades del país, aunque no llegué a conocer ninguna. Con frecuencia pensé que el jefe me enviaba a esos aburridos encargos sólo para fastidiarme. ¿Acaso no existían las empresas de mensajería? El jefe siempre me dijo: “Es que los cobros se hacen a contra entrega, con cheque, y sólo un hombre de confianza puede encargarse de ellos”. ¿Acaso no existían las transferencias electrónicas? ¿No existían los depósitos bancarios? Él se alzaba de hombros y me daba otra caja. Al final renuncié. Recuerdo esa ocasión en la central porque fue la última en que viajé para aquella empresa. Nunca antes fui tan infeliz como en ese empleo.
Yo comía un sándwich de jamón cuando lo vi. A lo lejos estaba José Quiñones observando el boleto que llevaba en la mano. Vestía con un arrugado traje color café y sombrero. Primero dudé en saludarlo. Lo reconocí pero no estaba seguro de que fuera él. Ahora José usaba bigote y tenía una gran panza que amenazaba con romper los botones de su camisa. Al verlo me sentí viejo, mucho más viejo de lo que en realidad soy. Luego de pensarlo algunos minutos, me armé de valor y caminé hacia él.
José había sido el músico en nuestro grupo de amigos. En la preparatoria siempre lo vi cargando una guitarra. Era frecuente encontrarlo en las jardineras rodeado de chicas que lo escuchaban cantar. Era un artista. Componía sus propias canciones y asistía a los concursos de talentos. Nunca ganó. Él decía que los jueces no reconocerían el verdadero arte ni aunque lo adornaran con luces color neón. Se enojaba, pero pronto lo veías otra vez cantando y tratando de enterarse de alguna nueva convocatoria. Al salir de la escuela no volví a saber de él. Me gustaba imaginar qué había sido de mi amigo. Cuando en la televisión anunciaban cantantes aficionados siempre esperé verlo, pero nunca sucedió. Leía la sección de espectáculos esperando encontrar alguna noticia donde lo nombraran, pero no. Hasta ese día en la central, José sólo había sido un buen recuerdo.
¿Quiñones?, dije.
Me miró durante unos instantes y luego contestó.
¿Alfredo Trujillo? Sus ojos abiertos muy grandes. ¿Eres tú? Qué gusto verte, mano.
Nos dimos un abrazo y luego de intercambiar algunas palabras le pregunté si tenía tiempo de tomarse un café conmigo. Su camión, al igual que el mío, aún tardaría tres cuartos de hora en salir. Él aceptó.
En la época en que conocí a José casi todos los compañeros soñaban con formar parte de alguna banda de rock. Claro que no todos tenían el talento para tocar un instrumento, o la paciencia para aprender a hacerlo. Yo era uno de ellos. Nací con mal oído para la música. Por eso mis intereses en aquellos tiempos eran otros (aunque no voy a negar que me hubiera gustado ser parte de alguna banda tipo Guns and Roses o Nirvana). Yo dibujaba. Siempre quise dedicarme a eso. Pero en algún momento desvié el camino.
José me dijo que ahora vivía en San Luis Potosí, en un pueblo de la Huasteca del cual yo jamás había escuchado. Ahí se casó. Me dijo que ahora trabajaba para el gobierno local otorgando los permisos de construcción, valuando las propiedades y resolviendo cualquier asunto que requiriera de obra civil. En realidad, al ser ese un pueblo pequeño, alejado de la capital del estado, la inversión para construir era casi nula. Eran más las solicitudes de asfaltado de calles, de reparación de baches, de composturas a tuberías de agua, que las construcciones nuevas, y en virtud de que el gobierno casi no asignaba presupuesto a las reparaciones, la mayoría de las solicitudes eran rechazadas. Me dijo que solía llegar tarde a la oficina y cerrarla temprano. Junto con él sólo trabajaba una secretaria y el tesorero.
Sentí curiosidad de saber por qué alguien como él había ido a parar a ese sitio. Yo no puedo imaginarme lejos de la ciudad, de los grandes edificios, del ruido, de los cines, lejos de los bares que cierran en la madrugada. Los pueblos me gustan sólo cuando estoy en ellos durante poco tiempo. No comprendo a las personas que en algún momento sienten la necesidad de abandonarlo todo e irse a esconder lejos de la civilización.
“La culpa la tuvo mi abuelo”, dijo. En su voz había algo de amargura. Por un momento se quedó en silencio, pensando en quién sabe qué cosas. Su mirada fija en ninguna parte. Yo esperé a que continuara. Luego me dijo que su abuelo, poco antes de morir, pidió que lo enterraran en el pueblo donde había nacido. En la familia todos habían discutido al respecto, pues a nadie le interesaba tenerlo tan lejos. “Piensen en los días de muerto o cuando queramos ir a dejarle flores o limpiar su tumba. Va a ser imposible”. Entonces mi amigo José, quien, me pude dar cuenta de inmediato, amaba a su abuelo como seguramente ninguna otra persona en su familia, se ofreció a llevarlo hasta ese sitio. Nadie quiso acompañarlo. Después de la cremación del cuerpo, José subió a un camión con la urna entre sus manos y se dispuso a cumplir aquella última voluntad.
Después de depositar la urna en el mausoleo, José descubrió que no había nadie más de su familia en ese pueblo. Ni hermanos de su abuelo ni algún otro pariente. Él aún se encontraba demasiado triste por la pérdida, así que decidió quedarse unos días, recorrer las calles, conocer los sitios turísticos (si es que en ese lugar había algo parecido a un sitio turístico). Nunca antes había estado ahí, el sitio del cual verdaderamente provenía toda su familia. De donde en realidad eran sus raíces. Un lugar del cual solamente había escuchado hablar en las historias del abuelo, en aquellas historias de niñez y temprana juventud que durante mucho tiempo llenaron los sueños de mi amigo.
“Sentí que caminaba dentro de las calles de una leyenda”, dijo José. “La forma de hablar de la gente en el pueblo era la misma que la de él. Usaban los mismos modismos, tenían el mismo acento. Era como haber llegado a un lugar donde todos eran mi abuelo. Y me di cuenta de que estando ahí me sentía tranquilo”.
Cuando se encontró con el anuncio del ayuntamiento en el que solicitaban un ingeniero civil, tomó la decisión de quedarse. Llamó a su familia, les dijo que tenía trabajo y que durante todo el tiempo que estuviera en el pueblo se encargaría de cuidar la tumba. A regañadientes, su familia aceptó (al fin y al cabo mi amigo estaba lejos y por teléfono hay poco que se pueda hacer en contra de algo así). Luego de unos meses conoció a la chica que ahora es su esposa y el resto era historia.
En algún momento entre que me terminaba el primer café y traían el segundo, le pregunté sobre qué había sido de aquellos sueños de preparatoria donde se dedicaba a tocar la guitarra y entrar a todos los concursos de aficionados. Le pregunté si aún lo hacía. Y aproveché para decirle que siempre tuve la esperanza de verlo en la televisión. José sonrió amargamente antes de contestar. Aquí es donde comienza su verdadera historia.
José había aprendido a tocar la guitarra desde pequeño. De hecho quien le enseñó fue su abuelo, que en esos años formaba parte de un grupo de música regional huasteca. Le compró una guitarra y comenzó enseñándole el círculo de sol y la manera correcta de rasgar las cuerdas. Su abuelo de inmediato se entusiasmó con el único de sus nietos que mostraba interés por la música.
Al principio, el abuelo lo llevaba a tocar en festivales locales o en pueblos y ciudades cercanas a la capital. Los padres de José, sobre todo su madre, se ponían nerviosos si mi amigo se alejaba demasiado de su casa, por eso los viajes generalmente duraban un día o dos, no más. En esos tiempos José comenzó a desarrollar la idea de que su hogar era el centro del universo, un centro pesado, denso como un agujero negro que le impedía moverse más allá de su órbita. Pero entendió que él aún era muy pequeño para estar lejos y que su abuelo, un hombre grande, no podía hacerse cargo por completo de una criatura como él. Así que tuvo que conformarse con esos viajes esporádicos unas cuantas veces por año, los cuales disfrutaba más que ninguna otra cosa.
Luego, cuando entramos a la preparatoria, José dejó de tocar huapangos para dedicarse al rock urbano, que era la moda en aquel entonces. Decidió alejarse de sus raíces y tocar algo diferente. “De jóvenes somos unos idiotas”, me dijo mientras le daba un sorbo a su capuchino. “No sabes lo mucho que lamento no haber estado junto a mi abuelo todos esos años. De hecho, el deseo que tuve de ganar cualquiera de esos concursos era porque quería demostrarle que aun sin tocar huapangos yo podía ser un buen músico. Pero jamás lo logré, lo sabes. Al terminar la preparatoria me di por vencido y, sin concederle la victoria a mi abuelo, hice lo que mis padres querían que hiciera; terminar una carrera universitaria y me olvidé de la música durante varios años”.
José siempre fue el tipo de persona al cual invitaban a todas las fiestas. Siempre llevaba puesta una sonrisa y colgando del hombro su guitarra color miel. Era de esos tipos que todos los fines de semana tienen un lugar a dónde ir, una reunión, algún evento, y que generalmente jamás te van a decir que no. Pero ahora me doy cuenta que en realidad lo conocí poco. El José que estaba delante de mí era muy diferente al José de mis recuerdos. Este era una persona seria, con la apariencia que tienen casi todos los empleados de gobierno que llevan muchos años detrás de un escritorio. Era un hombre triste que se esforzaba por volver a sonreír.
“No volví a tocar la guitarra en público con excepción de una sola vez”, dijo. “Y debo reconocer que ese día fui tan feliz como nunca lo he vuelto a ser con ninguna otra cosa”.
Todo comenzó en una cena de navidad, dijo José mientras le daba vueltas al agitador de plástico dentro de su capuchino. Nos reunimos los primos y los tíos y los abuelos. La verdad es que no sentía muchas ganas de asistir pues no tenía cara para enfrentarlo. La noche anterior me la había pasado mirando el techo, pensando en una respuesta para la pregunta que seguramente me haría; ¿cómo vas con la guitarra? A pesar de tener uno de los mejores promedios en la universidad, me sentía un fracasado, ¿puedes creerlo? Entendí que mi abuelo era la persona con más poder sobre mí. Que sus palabras, su mirada, su actitud, podían hacerme cualquier cosa. Ante él yo siempre sería el niño pequeño al que enseñó a tocar un instrumento. En la fiesta lo evité todo el tiempo que pude. Me senté en otra mesa. Si lo veía venir, caminaba en sentido contrario. Jamás me he sentido tan traidor como esa noche. Pero debí suponer que no podría evitarlo eternamente, así que en algún momento de la madrugada, mientras destapaba otra cerveza en la cocina, a solas, escuché su voz que me dijo: “Cualquiera podría pensar que te estás escondiendo de mí”. Al dar la vuelta le dije que no. Que simplemente estaba ocupado. Se acercó hasta la barra, en su mano llevaba una cerveza igual a la mía. Se sentó y con un gesto de la mano me dijo que me sentara frente a él. Las piernas me temblaban. Mi mente estaba en blanco. No sabía cómo contestar a cualquier otra pregunta que me hiciera. El abuelo tomó la cerveza de mi mano y la destapó, luego me la devolvió. Lo vi darle un trago a la suya y entonces me dijo: “¿Aún tienes tu guitarra?”. Le dije que sí moviendo la cabeza. “Mañana en la noche tengo que tocar en un festival. ¿Vienes conmigo?”. No supe qué hacer. En realidad, de todas las preguntas que imaginé que el abuelo me haría jamás pensé que una vez más iba a invitarme a tocar con él. Me tomó por sorpresa, debo admitirlo. El abuelo me miraba fijamente, balanceando suavemente la cerveza con sus dedos. Me di cuenta, al mirar su rostro, que habían pasado muchos años desde la última vez que estuvimos tan cerca. Lo noté más viejo, más cansado. Sus párpados hundidos y su mirada vidriosa. Su cabello blanco. Quise abrazarlo, pero no pude moverme. Entonces acepté.
Al volver del evento, el último que hicimos juntos antes de que enfermara y el doctor le dijera que ya no podía viajar más, me dijo algunas cosas que sólo hasta hace poco volví a recordar. En ese entonces no las tomé en serio. Como ya dije, uno es joven y bastante idiota. Ahora sé que hay cosas que podemos apreciar sólo hasta después de muchos años. Las palabras, los consejos de los mayores, son unas de ellas. Y mi abuelo era muy sabio. No sólo buen músico y excelente persona, sino también muy sabio. Pero esto último lo supe sólo hasta después de que murió.
Ese fue también el viaje más lejano que hicimos juntos. Cinco horas en automóvil. Esa ocasión yo manejé. De regreso me sentía bien. Te repito que luego de varios años sin subirme a un escenario me sentí excelente. Escuchar los aplausos, las miradas de las chicas, que los organizadores me trataran como una estrella... es algo que alguna vez deberías probar. Se te olvida todo. Los problemas, las angustias, la tarea de la escuela, todo pasa a segundo plano mientras estás ahí. Recuerdo al abuelo mirándome mientras tocaba la guitarra. Lo vi sonreír. Vi que sus ojos se llenaban de lágrimas. Pero jamás hablamos de eso. Y mientras viajábamos de vuelta el abuelo me contó una historia.
La primera vez que él tocó en un escenario junto a su abuelo, igualmente se sintió feliz, continuó José. Me dijo que fue como caminar sin tocar el suelo, como si alguien le hubiera puesto encima una cobija muy suave que en lugar de arroparlo lo acariciaba. Que los colores le parecieron más brillantes y que toda la gente le resultó más amable. Que esa fue la primera vez que supo que el mundo en realidad no era un lugar tan malo a pesar de que ellos, su familia, eran gente muy pobre que andaba de un sitio a otro, sin un hogar fijo, yendo a cualquier fiesta donde los llamaran. La niñez del abuelo no fue fácil. Siempre tuvo que trabajar y eso no le dejó tiempo para ir a la escuela.
Justo esa noche él durmió en la misma habitación de hotel con su abuelo. Mi abuelo, de apenas diez años, le preguntó al suyo por qué no tenían una casa a la cual regresar. Le cuestionó por qué toda la gente tenía un sitio donde guardar sus cosas, en el cual sentarse en las noches a platicar, pero ellos no. Entonces su abuelo le respondió que un hogar no siempre es una construcción con paredes y puertas y ventanas, sino cualquier sitio donde nos sintiéramos tranquilos y felices.
¿Tú en dónde te sientes feliz?, le dijo su abuelo al mío.
Cuando estamos haciendo música.
Entonces ese es tu hogar.
José guardó silencio una vez más. Su mirada se perdió de nuevo en algún lugar de la nada. Yo le di el último sorbo a mi café y miré las pantallas que anunciaban las salidas de los camiones. Dentro de unos minutos partiría el que me llevaría de vuelta a casa. Pedí la cuenta.
Antes de despedirnos, José me dijo: “Creo que aún no he respondido completamente tu pregunta”. Y me contó que hacía apenas unas semanas, al darse cuenta de lo infeliz que era en su trabajo donde en realidad no hacía nada, había decidido regresar a la música. Me dijo que por las mañanas aún seguía yendo a la oficina, pero que en las tardes, las cuales siempre tenía libres y que sólo las dedicaba a mirar la televisión o platicar con su esposa, había decidido fundar un pequeño taller de música en el pueblo. Que iba a comenzar con niños de ocho a diez años. Que de hecho ahora iba en un viaje para comprar los instrumentos (los cuales compraría con una partida especial del dinero del pueblo destinada a proyectos culturales). Compraría violines y guitarras. Que comenzarían tocando música regional. Huapangos de la huasteca potosina. Y ese fue el único momento en que de verdad vi a mi amigo ser feliz. En que vi a aquel José que yo recordaba, mostrándome de nuevo su eterna sonrisa.
Aquella tarde, cuando me subí al camión, mientras revisaba los cheques y los pedidos de colorantes que llevaba de vuelta al trabajo, me puse a pensar en la historia que acababa de escuchar. Pensé en mi vida y en el rumbo que había tomado. Y decidí llamar a mi madre y decirle que la quería mucho y que no me gustaría que me abandonara nunca. Le pregunté si le molestaría que me pusiera a buscar un nuevo trabajo. “¿Por qué respiras así?”, me dijo. “¿Estás llorando?”. Y le dije que sí, que no podía dejar de hacerlo, que no sabía qué me pasaba. Mamá me dijo que me calmara, que todo iba a estar bien. Y yo le contesté que sí, que eso iba a hacer. Cuando colgué el teléfono el camión ya había salido de la central y yo no pude parar de llorar durante todo el regreso.