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A por el pan

Voy andando hacia la panadería intentando no vomitar
en las aceras,
y cuando llego,
la panadera me recibe con un saludo
efusivo y desinteresado en lo adecuado
y hace que se me vayan las ganas de vomitar.

Se le ha olvidado guardarme la barra,
no pasa nada, le digo,
dame una espiga.
Lo siento Oscar, no sé como...
tranquila, no pasa nada, mujer...

Salgo de la panadería y me dirijo
a los chinos que hay a la vuelta
y entro y saludo,
me saludan la madre y el hijo
también
y más bien o mucho más bien
que el resto de los blancos,
pillo 2 litronas,
pago,
y al pagar el hijo
me dice
“¿qué tal”?,
(me conocen)
oh, bien, bien,
le digo,
mucho calor, ¿verdad?, dice,
sí, mucho, le digo,

y mañana hará más ¿sabes?,
dice,
oh, ya, ya, sí, es verdad,
le digo
sin saberlo,
por supuesto.

Hasta luego y muchas gracias, tío,
le digo,
hasta luego,
me dice,
y saliendo de la tienda
el sol se volvió más amarillo,
la calle menos asesina
y mi corazón
más tranquilo y delicioso,
igual que la vida
solo
en ese justo
y preciso momento.

 

Asimilación

No acabo de afinarme,
sin embargo sé que estoy a punto,
que me queda poco,
casi nada
para comprender todo.

Pero
eso para mí
no significa nada,
porque sé que me faltan
al menos 3 vidas más para
hacerme a la idea de que tengo
que “intentar”
asimilar
esta.

 

Una señora...

Va por la calle, lleva falda negra por las rodillas
y zapatillas de andar por casa,
el pelo le llega al hombro, peinado normal
pero tirando a recién levantada,
castaño claro, con calvas.

Cuando cruza la calle
hace el ademán de mirar hacia un lado,
hacia el lado que debe mirar,
pero no llega a mirar del todo,
nota que se avecina el coche
pero sabe que le da tiempo a cruzar,
parece como si no le importase que la pillara.

Mete la pierna en la primera franja
del paso de cebra sin miedo
y sigue atravesándolo con la cabeza gacha,
mirando de reojo,
cruza.
Trinca la acera y enfila otro paso de cebra
que hay a su derecha,
con el rabillo del ojo derecho alerta.

Sigue adelante con la cabeza gacha
hasta donde la vista de los demás
deja de ser vista
y se torna imaginación.
Desaparece,
y a nadie le importa,
salvo
quizás
a
mí.

 

El niño de los cojones

Pelo un pepino en la cocina, le echo sal,
me sirvo un vaso de vino blanco
y me asomo a la ventana,
consciente de que mi barriga está aumentando,
consciente de mis arrugas, de mi cansancio,
veo pasar a un negro con un rollo de papeles en la mano,
currículos, supongo.

Al otro lado de la acera,
junto a la tienda de suministros de fontanería
hay 2 mujeres hablando
mientras un niño de 10 o 12 años
le mete puñetazos a la madre en un brazo,
quiero creer que es la madre,
al crío ya lo conozco,
andaba por el supermercado haciendo picias
hace unos días.
La madre le regaña un par de veces
pero él sigue, la rodea y sigue con el brazo
y a veces cambia al culo,
si no es retrasado mental va a ser un buen elemento
dentro de 6 o 7 años.

Cierro la ventana para que no entre más calor
y eso es todo
en este ½ día infernal de agosto
cercano al juicio final,
o a lo que sea.