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—Hay algo que no entiendo —le dijo Stalin a uno de los demonios que lo recibió en las puertas del primer círculo—: si ustedes quieren que, sobre la Tierra, domine el mal, ¿por qué castigan a quienes tienen el mismo propósito? Yo he matado a miles de personas, he hecho tanto mal como casi nadie, y ustedes ahora pretenden torturarme... ¿No es absurdo?

El demonio se quedó pensando y encendió un cigarrillo. Unos instantes atrás le habían advertido de la astucia retórica del nuevo huésped, pero ahora no sabía qué pensar.

—Después de todo —continuó el ruso—, lo que hacen ustedes no es más que seguir instrucciones de arriba: de los capitalistas del cielo. Ellos quieren que ustedes castiguen, y ustedes bajan la cabeza y lo hacen, como si fueran corderos en lugar de seres infernales y monstruosos. En realidad, si yo hago mal, acá deberían premiarme. Es pura lógica. Además, si ustedes ofrecieran placeres eternos y cosas por el estilo que se comparasen con las que ofrecen allá arriba, tengan por seguro que en un mes esto se llenaría de pobres diablos.

El demonio lo miraba y sopesaba en silencio cada una de sus palabras. Cuando el ruso terminó de hablar, le hizo un gesto a los demonios que estaban con él y, sin decir nada, se fue caminando, meditabundo, hacia los demás círculos.

Al llegar al segundo, lo detuvo Belcebú y le preguntó en qué andaba.

—Me encomendaron el recibimiento de Stalin —le respondió—. Pero no sé a qué círculo enviarlo. Estoy un poco confundido. Justamente, le iba a preguntar a...

—No hace falta —interrumpió Belcebú—. Envíalo al octavo. A la novena fosa del octavo. Que le haga compañía a Mahoma.

El demonio entonces asintió y volvió hacia el recinto de entrada. Al abrir la puerta, sin embargo, se detuvo, azorado. Frente a él, los otros demonios formaban un círculo protector alrededor de la figura del ruso y lo miraban en forma amenazante.

—Este se queda acá —dijo uno de ellos, adelantándose—. No lo vamos a entregar, y aun más: hemos estado pensando y llegamos a la conclusión de que todo esto ya es intolerable. Andamos desnudos, como cirujas. Tenemos el mismo tridente oxidado desde hace siglos; trabajamos casi quince horas por día y la comida es espantosa. Exigimos de forma inmediata se ponga fin a todo esto. Tomá... —estiró su brazo y le alcanzó una hoja—. Acá está el petitorio, firmado por todos.

El demonio, desorientado, lo tomó y salió por la puerta, a buscar de nuevo a Belcebú. Pero afuera no había nadie y no tardó mucho en descubrir que tanto su jefe como todos los altos mandos del infierno se habían escapado.

Ahora estaba solo y, de pronto, empezó a sentir calor. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se secó el sudor de la frente.

A lo lejos, todavía volaba la tierra por las hélices del helicóptero.