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Erato de ojos azules vestida

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...a la mona.

En medio de un terrible frío, sentado en un escritorio recubierto de una pintura café oscura con múltiples grabados con ínfulas de propaganda política, estabas meditabundo con la mirada perdida como quien acaba de despertar, frotabas las manos una con otra tratando de ganar un poco de calor. Mirabas un grupo de gente que recorrían todo el salón, eufóricamente se saludaban todos con abrazos, besos y estrechones de mano. Siempre habías odiado eso, no soportabas que personas que no se conocieran tuvieran dicha confianza, no entendías de qué podían hablar a esas horas de la mañana y en la primera clase de toda la carrera. Te desesperaban de tal forma estos comportamientos seudosociales que tenías que empezar a pensar en otras cosas tratando de ser indiferente y distraer esa infundada rabia. Te tomabas ese largo y feo pelo con tus frías manos y pedías, a no se sabe quién, que llegara el profesor para que así se acabara ese ritual fútil que tanto te desesperaba. Pasaban los minutos y tú permanecías solo y sentado en la parte de atrás del salón, optaste por salir y comprar en la cafetería un tinto que te ayudara a despertar para poder estar atento a lo que dijera el hasta ahora desconocido profesor. Entonces tomaste tu maleta y saliste por un pequeño pasillo, cruzaste todo el recinto. Decidiste arrugar la frente y así hacer una mala mirada para que a nadie se le ocurriera tan siquiera saludarte. Viéndolos reflexionabas que no es que fueras asocial o algo por el estilo, sino que te molestaba que, sin conocerte, te trataran como a un amigo. Eras, sin que lo supieras, un embrión del antipático ser que te negabas a asumir.

Llegaste a la cafetería, pediste un tinto oscuro, pagaste, lo endulzaste y comenzaste a probarlo, te pareció horrible como casi todos los tintos de esta ciudad, renegabas del sin sabor del café, pero no había más remedio que tomarlo. Llevando el plástico pocillo a tu boca viste que todos los que estaban frente al salón corrieron presurosos a entrar, tú te apresuraste a hacer lo mismo, caminaste con afanado paso mientras el líquido caliente se derramaba entre tus dedos, tratando de equilibrar el frágil recipiente corrías pues sabías que esa era la señal de llegada del profesor. Acabaste rápido el tinto y entraste por medio del salón a buscar tu puesto, cuando ibas caminando hacia atrás del auditorio volteaste la mirada y Ahí Estaba, una niña rubia, con unos ojos azules enormes que calentaban la fría mañana, quedaste casi inmóvil con su sola presencia, a tal punto que desde ahí hasta llegar a tu lugar gastaste el mismo tiempo que desde ese mismo lugar hasta la cafetería. Te sentaste totalmente distraído, pensabas en lo impactantes que eran sus ojos; mecánicamente te sentaste con suavidad en tu silla, pensabas en que desde ese lugar se podía ver aquella niña que te había desconcertado. Así fue que el tinto que tomaste para poner atención fue echado al balde, pues, por estar mirando su cabeza cubierta de ese hermoso cabello sedoso y rubio, no pusiste atención a nada de lo que en hora y media dijo el envejecido profesor. Imaginabas que detrás de esa linda cabellera estaban esos hermosos y claros ojos acompasados de una boca delgada y pálida que retaba con anómalos tonos la consolidada teoría del color. En medio de esas elucubraciones volviste al salón de clase cuando el profesor dejaba para la siguiente sesión una pequeña consulta relacionada con lo expuesto por él a lo largo de toda su charla. Reaccionaste de repente y sacaste una pequeña libreta para tomar apuntes de lo que se debía presentar en la siguiente clase, tratando de memorizar temporalmente lo que se decía por parte del octogenario tutor, te enclavaste en esa libreta de tal forma que para cuando reaccionaste para buscar ver el cuerpo que soportaba tan hermoso rostro, ella ya se había marchado. Te quedaste sin saber para dónde o con quién se había ido. Fue esto como un terrible presagio de lo que seguirías viviendo desde ahí hasta ahora. No saber para dónde o con quién se va.

Ah, volviste a tu vida.

Un mundo de costumbres y monotonías que te distraían de una realidad llena de agravios y de injusticias. Saliste caminando con la parsimonia de aquel que no sabe a dónde ir. No te la podías sacar de la cabeza, su rostro se plasmó para siempre en la parte interior de tus párpados, así cada vez que los cierras la puedes ver.

Sonó el teléfono en medio de una caminata sin sentido. Era tu novia, no te acordabas que existía, se te había pasado ese pequeño detalle. —Hola, flaco —escuchaste en la bocina, saludaste como de costumbre y también como era habitual le hiciste saber tu ubicación para poder encontrarse.

Llegó a ti la mujer que hasta ese momento te había acompañado por algo más de doce meses. La viste caminar hacia ti y en ese pequeño lapso de tiempo pensabas en si de verdad la querías. Sí, claro que la querías. Era tu compañera, la que había estado contigo en las malas y en las buenas. Era extraño, eso no cambiaba que esa mujer rubia de mirada distraída que habías visto en el salón de clase fuera tu principal pensamiento en el momento en que saludabas con ese acostumbrado beso a tu novia. Ella sin saber nada te saludaba con tradicional ternura, seguía su libreto, mientras tú tratabas de seguir el tuyo para que no sospechara nada. Junto a ella caminabas meditabundo por los pasillos de la facultad, salías y entrabas al edificio con menuda frecuencia esperando que pasara el tiempo para poder ir a descansar a tu casa de un día de total quietud. Soltándola de la mano con el pretexto de una supuesta molestia, te vio parar de repente, girar la cabeza y mirar a tu alrededor. —Qué le pasa —se preguntaba ella viéndote la alta cara. Estabas tentando a la suerte para agotar la última esperanza de verla esa mañana. Como es obvio y teniendo en cuenta tu relación conflictiva con el azar, nunca pasó nada, la suerte como de costumbre era indiferente contigo.

Saliste de la Universidad en búsqueda de algo que calmara la hasta ahora mitigada hambre, sentado en una pequeña mesa veías cómo su rostro se empalagaba en lo más profundo de tu cabeza. Cerrabas los ojos con fuerza y te tomabas la cara con ambas manos haciendo cortos movimientos de un lado a otro tratando de sacarla de tus pensamientos. —Qué pasa —escuchaste en voz alta. Sorprendido, retiraste las manos de tu cara y abriste los ojos para ver quién era. Tu novia. Quien hasta ese momento se había quedado mirándote y pensando en que algo estaba pasando. Para ti ella había desaparecido. —Nada, estoy pensando en algo que dijeron en clase. No es nada —atinaste a responder. Las cosas no estaban bien, en tan solo unos minutos (o tal vez horas) tu novia estaba al tanto de que algo pasaba contigo.

—Me tengo que ir a hacer un trabajo para mañana —dijiste.

—Pero cómo, si es el primer día de clase.

—Lo dejaron para mañana, yo que puedo hacer.

—Pues vamos los dos.

Cómo decirle que no. Pensabas en qué excusa sacarle para no ir con ella, pero definitivamente necesitabas irte solo, o por lo menos sin ella.

—Pero es que tengo que ir hasta la Luis Ángel porque en la biblioteca de la U no está el libro —vaya imaginación la tuya, ¡qué corto de historia, por Dios!, cómo creías que con esa explicación ella se iba a conformar. “Bruto, que bruto”, pensabas.

—¿Hasta la Luis Ángel? —dijo ella—. Yo no puedo, tengo que ir a donde mi mamá que me pidió un favor.

Con cara de tragedia fingida, la miraste y del fondo de tus secas mejillas se trató de asomar una pequeña sonrisa que tapaste de inmediato. —Ah, pensé que me ibas a acompañar —le dijiste con sólida apariencia de tristeza.

Terminaste lo que habían pedido en ese lugar que a manera de eufemismo se llamaba “Restaurante la U”, te pusiste de pie y pagaste la cuenta. Pensabas mientras la señora en voz alta discriminaba el precio total, en que hasta ese momento no sabías por qué te querías ir solo, podrías ir con ella o con algún amigo o tu hermano, pero ¿por qué solo? Te despediste con un distraído beso y con un “Yo te llamo”.

Te fuiste para tu apartamento como era habitual, pero algo había cambiado ese día, el mundo cotidiano había tenido una revolución cromática, se habían cambiado los colores y solo veías cabelleras rubias, ojos azules, teces blancas y figuras perfectas que se entrecruzaban artísticamente para formar su uniforme cuerpo de deidad nórdica. Intentabas leer, escribir, hablar o cualquier cosa, pero estabas tan distraído que desde ese momento y hasta hoy cada vez que piensas en ella se te olvida el resto de tu mundo.              

Pasó así un corto tiempo, en el cual días tras día la detallabas con minuciosa atención. Cada día la veías más y más hermosa. La veías en las largas noches disfrazada como una pequeña mariposa que rondaba por tu habitación con sus anchas y azules alas en cuyo interior se dibujaba suavemente un pequeño universo lleno de luz, de azul y de pasión, llena de esa mirada profunda del primer día en que la viste.

Traición, confusión, dolor, ilusión. ¿Qué sentías?

En qué pensabas si no era en ella. Traición o ilusión. Traición e ilusión. No había dos caminos, debías elegir. Pero, ¿cómo?, cómo elegir si ella no estaba, ella era tan solo esa niña que viste el primer día de clase, no era sino esa ilusión de rubia cabellera y azules ojos. Cómo saber si ella se interesaba en ti. ¿Arriesgarías un mundo estable por una pequeña ilusión? No. Eres un cobarde, preferiste pájaro en mano.   

Meses tras meses, mentiras e ilusiones, juegos y tragos pasaron. La amistad llegó, ella te notaba como a todos y tú entre todos solo la notabas a ella. Te acostumbraste a ser su “amigo”. Estabas junto a ella cada día, cada semana, cada semestre. Ella se había conseguido a alguien, un hombre introvertido, inteligente y algo más. Y tú, seguías con la misma mujer de hace ya bastante tiempo. Por fin la olvidaste. Pensabas. ¡Mentira! No podías olvidarla, estaba dibujada suavemente en tus ojos con un pequeño pincel cargado de brillo celestial.

Después de tanto tiempo, por fin supiste para qué eras bueno. Eras un excelente autoflagelador, un ser que vivía un mundo de costumbres que querías hacer ver como amor y un mundo de enamoramiento cubierto de una falsa amistad. Claro que sí. Aun sabiendo que estabas enamorado, la mirabas con ojos de amistad engañosa. ¡Qué buen trabajo hacías!

Te mortificabas cuando, en uno de tantos momentos de distracción en una clase cualquiera, volteabas y la veías de espalda, mostrando su bello cabello amarillo, inclinando ocasionalmente su cabeza para concentrarse en los apuntes que con dedicación en cada clase tomaba. Te atormentaba cuando la veías por segundos distraída, mirándolo a él con ojos de inocencia y sonrisa de enamorada. “¿Cómo cambiarme por él?”, pensabas con furia y resignación. “¿Qué sería lo tan bueno que haría aquel hombre para merecer esa mirada y esa sonrisa?”.

Llegó la noticia. El chisme ya recorría todos los pasillos de la facultad, te lo contaron sin ninguna clase de intención más que la de llamar la atención por parte de la fuente por el corto periodo de tiempo que podía durar su narrativa. Pensabas en esa trágica dualidad que esta vez te ponía la vida, esa paradoja que siempre te había perseguido por largos y largos caminos. ¿Cómo alegrarse, si sabías que ella lo quería y que el hecho de separarse la pondría triste y melancólica? Y, ¿cómo no alegrarse, si ya no había quien pusiera su boca en contacto con sus hermosos labios? Sabías que no era mucho lo que tú pudieras hacer, el ser su amigo-consuelo no estaba dentro de tus posibilidades, no solo porque no eres de esos, sino porque entre tú y ella no existía esa clase de amistad. Tampoco podías pretender ser su próximo compañero, aquel que podría saber a dónde va, saber cuáles son sus problemas, ser el que posiblemente le ayudara a sobrellevarlos. No, no lo podías hacer por lo menos por dos razones, una; tal vez tu novia ya se había dado cuenta de tus ojos cuando hablabas de ella o de tu sonrisa cuando la veías, pues cada vez que se enteraba de que la veías o que la ibas a ver, se sobresaltaba e iniciaba con un monólogo lleno de reclamos e injurias que parecía eterno. Y si esto no fuera poco, en todo este tiempo que había pasado, nunca habías dejado de ser un completo cobarde. Es decir que para este punto de la historia, no te quedaba más que resignarte a que en tus noches de insomnios (que son casi todas) le desearas el mejor de los bienes, le auguraras noches de felices sueños y despertares de anímicos soles.

Recuerdo que aprovechabas esas noches para inventar para ti vidas y amores con su blanca presencia. Te elevabas a lugares difuminados por su rostro, la tomabas de la mano y la invitabas a caminar en medio de risas y besos. Cuando volvías en ti, era impensable evitar sonreír y era totalmente imposible evitar soñar con ella. “Que pases buenas noches”. Eran tus últimas palabras antes de caer en morfeicas tierras. Largos ocasos te pasaban de igual forma...

Preocupado por algún parcial, intentabas estudiar con tus amigos. Digo intentabas porque te encontrabas con ellos a beber aguardiente, cerveza y a jugar billar, salías ebrio para tu clase con tal suerte que en la mayoría de las ocasiones salías avante y con buena nota de estas evaluaciones. En medio de esta ya tradicional actividad te enteraste de que ella comenzaba a interesarse en uno de tus más cercanos amigos. ¡¿Qué te parece?! Otra jugada de la vida, otra vez eres el hazmerreír de esa pedante e irónica historia. No lo podías creer. “¿Por qué, por qué?”, era la pregunta que te hacías una y otra vez.

Incrédulo te acercaste a aquel amigo con doble intención, tenías que saber de primera mano si esta terrible noticia era verdad, o tan solo una de tantas habladurías de la gente desocupada.

—Que más —saludaste.

—Nada, todo bien. Y usted qué, cómo va —contestó él con la indiferencia del que en realidad no sabe absolutamente nada.

—Pues bien será —hiciste una pausa mientras te decidías a hacerle la pregunta. Tu miedo no era por preguntarle a él, no, tu miedo estaba justificado en la respuesta que él diera—. Ole, ¿verdad que usted anda saliendo con la Mona? —lo miraste con ojos de inquisidor y él sin siquiera inmutarse volteó el rostro y sin mirarte te dijo:

—Sí. Por ahí estamos como saliendo.

Ah. Cómo te dolió esa respuesta. Entonces era cierto, ya no había duda, ella besaba los labios de tu amigo. “¿Y ahora qué?”, era tu pregunta. Qué ibas a hacer, cómo soportar que ellos estuvieran delante de ti. ¡Un beso, por Dios! No. Debías inventar algo para no presenciar eso nunca. Ya lo harías. En esos momentos te preocupaban más cosas.

Te inquietaba el cómo había sucedido eso, en qué momento fue que ella se fijó en él. Te causaba tanta curiosidad que en no pocas ocasiones intentaste preguntarle directamente a ella, te detenía por supuesto la cobardía, pero ganas de saber su versión no te faltaban. Cómo fantaseabas; noches y días enteros inventando historietas del porqué.

“Se sentía sola y pues él es un bacán”, “él desde hace rato la venía trabajando. Uf”, “como tú nunca le dijiste nada, pues claro se fue con él”. Venían las carcajadas llenas de dolor. Comenzabas con una de esas risas que aunque son reales, duelen más que el mismo llanto. “Ya no más de esto”, decías a cada despertar, tan solo querías dejar de soñar, querías que por lo menos uno de tantos sueños, de tantos cuentos, se convirtiera en un solo día de realidad. Esta posibilidad nunca estuvo cerca y por el contrario se alejaba a desenfrenada velocidad.

Pasaron muchas tardes de amigos en las cuales escuchabas de parte de él historias, anécdotas, en las cuales ella era una de las protagonistas, unas más bonitas que otras, pero en fin, momentos en los que ella estaba con él y no contigo. Fingías interés, tu cabeza perdida en sus cuentos y tu cuerpo perdido tu realidad.

Por ahora basta con recordar esto, nunca nos ha gustado hablar del ausente y menos si él es un amigo tuyo. Es suficiente con resumir su relación como una del promedio, con malos y buenos momentos, con tristezas y alegrías, con besos y demás rituales que te podrían doler. Fueron felices. Se acabó. Él por un lado y ella por el suyo. Y ¿tú? Igual, feliz por un lado y triste por el otro. Tú y tu rutina.

Pero no una rutina solo con relación a ella, no. Una de tu vida entera, salías de tu casa a la Universidad, con tus amigos, cervezas, charlas, verla, no tenerla, no besarla, quererla, tu novia, costumbre, dormir, quererla, no tenerla, en fin; una rutina que no sabías que existía. Pero esto pronto iba a cambiar. Y vaya cambio, uno totalmente inesperado. Era tu vida, ¿qué más podías esperar?

Un día cualquiera, estabas sentado en un cafetín, cuando un sonido agudo pero rimbombante te sacudió del letargo, temporalmente desubicado tomaste el teléfono, aparato que emitía dicho sonido. Era tu novia, quien con un tono moderado te pedía que se encontraran para contarte algo. Tú, como de costumbre, accediste a su pretensión sin llegar a imaginarte de qué se trataba.

—Hola —saludó ella.

—¿Cómo vas?

—Más o menos —respondió ella con la cabeza baja y con las pupilas dilatadas. Su figura lucía diferente, su voz sonaba un poco quebrada. De inmediato sospechaste que pasaba algo.

—¿Qué es lo que pasa? —preguntaste ya angustiado.

Ella contestó con una prosa de infinito tamaño, te perdiste de su explicación en el momento en que te dio a entender que ya se habían acabado las cosas entre los dos.

Cómo te dolió dejarla, o mejor, que te dejara. Pensabas en muchas ocasiones que todo eso era tan solo uno de los sueños que estabas acostumbrado a vivir. El dolor que sentías te demostraba lo contrario. Era real.

Bueno, al igual que con su historia resumamos lo que sucedió. A estas alturas ya nada podía ser peor, se pensaría. Pero no. Eres tú, el arlequín que hace gozar a la vida que mira desde la gradería cómo tu tragedia se convierte en comedia. Ella se metió con “un muy buen amigo” tuyo, todos lo sabían, fuiste el último en enterarte. Bueno, y si esto fuera poco, la vida te tenía preparada otra pequeña sorpresa. Ella estaba esperando un retoño fruto del profundo amor de dos meses que se tenían tu ex novia y tu ex amigo. ¡Que vengan las risas y que aplauda la vida!, y, como diría un personaje de la televisión, este fue el final del segundo acto.

Pero no todas serían malas, algo bueno tendría esto para ti. De alguna forma la vida tenía la obligación de resarcir el daño causado, tan solo era necesario esperar un poco de tiempo.

Éste pasó y nada. Solo soledad y tristezas. Mejoraste un poco la amistad con tus compañeros, subiste un poco tu promedio académico, estuviste más tiempo con tu familia, pero de compañía femenina, nada de nada. Te preguntas hoy el porqué no la buscaste en esos momentos. Cómo fue que no se te ocurrió aprovechar que estabas solo y confesarle que desde hace mucho tiempo sentías unas enormes ganas de permanecer a su lado, de acariciarle su cabello, de tomar su mano, de besar sus labios, de conocer sus problemas, de saber de ella a diario. ¿Qué pasó? ¡La cobardía de nuevo!

Solo y cabizbajo llegaste a la puerta de la facultad intentando averiguar tu calificación en una de las materias de ese semestre. Regularmente, para ese tiempo, las notas las publicaban en un papel que adherían a la puerta del salón en donde se había desarrollado la asignatura durante todo el semestre. Al ser el fin del periodo académico, los pasillos de la facultad permanecían solos, tan solo unos pocos como tú, tratando de conocer sus calificaciones. Viste tu nota, con satisfacción se anunciaba que habías aprobado, saliste a las escaleras de la facultad y comenzaste a ver cómo tu día comenzaba a lucir soleado, viste un resplandor que opacaba cualquier luz que se atreviera a encenderse en ese momento. Ella estaba sentada allí. Sola. Mirando al horizonte como quien le hace un reclamo al mundo por lo que considera es una tremenda injusticia (tú conocías de esto, tú eras el querellante número uno de este mundo).

—Hola, Monita —saludaste con una cara opaca que cubría tu alegría de encontrarla sola.

—Hola, ¿cómo te fue en administrativo? ¿Pasaste?

—Claro —respondiste con cómica arrogancia—. Me imagino que tu también.

—Claro que sí —respondió ella con esa sonrisa que tanto te gustaba.

El tiempo se detuvo. No querías que ese momento pasara, querías seguir hablando con ella. No querías que se fuera, te viste en la obligación de superar un poco tu cobardía e invitarla a algo. La conversación seguía y cada vez veías más cerca la despedida, no se te ocurría nada, una excusa, cualquier cosa que impidiera que ella partiera.

—Mona, ¿nos tomamos un tinto? —preguntaste con voz firme, pero con manos sudorosas y con rodillas gelatinosas.

—Bueno. Vamos fuera de la universidad, estoy mamada de estar acá —completamente comprensible ya que estábamos al final de semestre, ni ella ni nadie quería saber nada de clases o algo por el estilo.

Saliste con ella hacia una panadería que quedaba cerca al Alma Mater, un lugar tradicional para beber cerveza, pero que también servían café. Caminaste a su lado sosteniendo una conversación que aunque era politemática se podría resumir como un exorcismo individual, cada quien con su memorial de agravios, penas y penas, injusticias y desaciertos, errores y penas.

7 de diciembre, día de las velitas. Tus recuerdos familiares en tu pueblito natal, prendiendo velas al frente de tu casa y jugando con tus hermanos, primos, vecinos y demás. Todos felices, una fiesta nacional. Un día en el que estabas con ella, caminando hacia una panadería de la capital a tomarte un café.

—Tomémonos una cerveza mejor —interrumpió ella tu olvidado quejido.

—Pues sí, es mejor. Pidamos una cerveza, igual hace rato que no tomo —dijiste, tratando de justificarte.

La conversación, con el pasar de las cervezas, ganaba fluidez. Recuerdos de los primeros semestres, chismes de la facultad, burlas de compañeros y tragedias amorosas completaron la tertulia. La sentías más cerca que nunca. Sin lugar a dudas, desde que tienes uso de razón hasta hoy, ese sería el mejor 7 de diciembre que hayas podido pasar. La cerveza te llenó de alcohol y de valor temporal, a tal punto que llegaste a confesarle que ella te parecía mucho más que atractiva y que en ti reposaba un sentimiento un poco más cualificado que la misma amistad. Viste cómo a ella la cerveza la llenó de no sabes qué, pero en ese momento se mostraba algo receptiva a tus tardías y ebrias confesiones.

—Les puedo servir la última cerveza, porque ya vamos a cerrar —dijo el dueño del improvisado bar, apuñalando sin ninguna clase de compasión uno de los momentos más alegres y esperados de tu vida.

Lentamente saliste junto a ella en búsqueda de un taxi que la llevara hasta su hogar. Para ese momento tus pasos se alivianaron hasta el punto que no sentías tus pies, cuando te diste cuenta, estabas tomado de la mano con ella, unas manos gloriosas, suaves, pequeñas, de un perfecto tamaño. Sus dedos se entrelazaban con los tuyos, podías sentir cada uno de ellos, los detallaste y los memorizaste, suavemente movías tus delgadas falanges tratando de acariciar y contemplar hasta el último milímetro de esa angelical extremidad. La mano más hermosa del planeta estaba tomada por la tuya, una común y ordinaria que se sentía intimidada y abrumada, pero que estaba dispuesta a llegar a donde fuere necesario para no soltar aquel milagro.

Pensabas en que todas las tragedias, tanto las pequeñas como las de mayor tamaño, que te había causado la vida, en ese momento las considerabas saldadas. Estabas a paz con la vida, nada se comparaba con ese momento.

Los taxis pasaban libres, pero las manos no se separaban para detenerlos, tan solo se soltaron para dar inicio a un momento que parecía sacado de una de las historias de amor perfecto que se relatan en los cuentos de hadas. Te viste junto a ella a tal punto en que entre los dos no cabía el más corto suspiro, no había lugar a un adiós, fue un abrazo lleno de historia y cargado de la ilusión de años y años. No volaste en ese momento porque es físicamente imposible, pero sentías cómo en tu cabeza algo te impulsaba a dar saltos de alegría, brincaba la reconciliación con la vida, brincaba la felicidad, la ilusión era imposible de controlar y el amoroso júbilo era el señor y amo de todo tu cuerpo entero.

Poco a poco, y en medio de un sentimiento que sobrepasa con creces la felicidad, tu cuerpo se fue despegando del de ella, se hacía tan lentamente que se alcanzaba a oír el roce de la tela de su saco con la de tu camisa, se podía sentir las caricias que sus mejillas le donaban a las tuyas, no eras capaz de abrir los ojos, pues en el fondo creías que todo esto se trataba de un sueño.

De alguna forma sentiste que estabas en el país de Alicia y que eras capaz de pensar seis imposibilidades antes de comenzar el día.

Una. Que pueda existir en este mundo una mujer perfecta, llena de luz, brillo e inteligencia. Dos. Estás con ella y con solo ella, en medio de otras muchas personas, pero solo los dos. Tres. Llegar a mirarla a los ojos y confesarle parte de tus sentimientos, no importa que fuera inducido por algunas cervezas. Cuatro. La llevas tomada de la mano por un largo periodo de tiempo. Quinto. Le diste el más largo y placentero abrazo de tu vida. Sexto. Volabas por encima de la ciudad junto a ella, mirando con los ojos cerrados las oscuras calles y los brillantes edificios. Por fin después de tanto tiempo, de tantos sueños, de tantas pesadillas, de tanta ilusión. La estabas BESANDO.