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Selva Almada
Selva Almada.
La textura poética de El viento que arrasa, de Selva Almada

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Selva Almada es una escritora argentina nacida en Villa Elisa, Entre Ríos, en 1973. Estudió letras en Paraná y reside, desde hace más de 10 años, en Buenos Aires.

El viento que arrasa (Mardulce, 2012), que es su primera novela (la segunda, Ladrilleros, acaba de ser publicada en abril), fue calificada como libro sorprendente por Beatriz Sarlo. La Revista Ñ la consideró la ficción del año. Novela preciosa, tiene todo para transformarse en un clásico —afirmó Oliverio Coelho. Podría decirse —expresó Nicolás Alonso— que se trata de un poema (largo y en prosa). La editorial Eterna Cadencia le otorgó el premio al Libro del Año. Además, la contratapa de la novela sostiene, entre otras no menos valiosas, la siguiente apreciación: Una escritura firme, segura, potente y, quizá por eso, profundamente poética.

Sin pretender ser original, entonces, este acercamiento procurará atender —de algún modo y parcialmente, claro— a la condición poética de esta joven y tan elogiada obra de la literatura argentina.

 

Trama y urdimbre

El viento que arrasa es una novela, una gran novela —ha dicho otro novelista—, y no le ha resultado obstáculo, por supuesto, la breve extensión de sus 160 páginas. Su trama es sencilla y su presentación queda dicha en el primer capítulo. Al descomponerse el auto en el que viajan el Reverendo Pearson y su hija Leni (Elena), llegan al taller del Gringo Brauer, quien los recibe junto a Tapioca, su ayudante. Pero si uno diera un salto al último capítulo (el 23), se encontraría con que, después de casi un día, aquéllos reanudan el viaje, acompañados por Tapioca, hacia Castelli, donde los aguarda el pastor Zack. Ya sabrá el lector qué ha ocurrido.

Esta trama sencilla de superficie, sin embargo, avanza acompasadamente con momentos de intensidad y hasta de tensión y junta sus hilos con los de una urdimbre narrativa que le aumenta más el alma a sus criaturas, al paisaje, al hábitat del detenimiento. Para esto la narración abre y suma, a las precisiones con que la acción va sucediendo, las ventanas de numerosos flashback que posibilitan ahondar la historia de los cuatro personajes, salirse de los límites del presente. Es así que esas ventanas al pasado no ocasionan al lector una demora de la acción sino una posibilidad de conocer más íntima y vivamente a sus actores, quienes casualmente se han encontrado en las cercanías del pueblo chaqueño Gato Colorado, en la frontera entre Santa Fe y Chaco, Argentina.

 

El arte compositivo de la novela

En sentido amplio toda obra literaria es un poema, un estético hecho verbal. Y el arte compositivo de Selva Almada lo ratifica plenamente. Es imposible, por lo tanto, no tenerlo en cuenta ya que también hace al interés de este acercamiento a su novela.

 

El manejo de los hilos narrativos

El motivo de la rotura del auto, que ha reunido a los personajes en el taller del Gringo Brauer, se va dando vuelta (¿convirtiéndose?) en lo que será el motor, no de la máquina sino de la novela: el intento del Reverendo Pearson de ganar para Cristo al joven Tapioca, de alma pura, de recién nacido. Y lo va consiguiendo gradualmente, hasta hechizarlo con sus ojos y sus palabras y con sus mensajes del Reino de los cielos y del Fin del mundo. Poco a poco el Gringo va observando el entusiasmo religioso de su ayudante e hijo, lo que lo contraría seriamente porque para él, que cree en la revelación de la naturaleza, la religión es cosa de débiles. Se apura en arreglar el maldito auto para alejar al pastor de su casa, pero una tormenta se interpone. Por su parte, el Reverendo empieza a operar tácticamente y se propone convencer al Gringo para que deje que Tapioca los acompañe, solo por unos días, a Castelli. La lluvia los lleva hasta a compartir un cuento de cada uno. Cuando el Reverendo explicita su intención, en cambio, el enfrentamiento recrudece hasta desembocar en pelea entre los dos, que terminan en el piso, boca arriba, con los brazos a los costados. Poco después el Gringo —que, derrumbado sobre una silla, al igual que su contrincante, empieza a sentirse viejo con la preocupación, nueva para él, del final de sus días— va comprendiendo que el chango era un hombre y que tenía derecho a andar su aire como él lo había hecho a su edad. El desenlace pone al auto otra vez en marcha hacia Castelli, el destino inicial, interrumpido que fue por la descompostura del móvil o sólo Dios sabe por qué, como pensaría el Reverendo. Aunque él también lo sabía.

A estas necesarias abstracciones, que sólo apuntan a los núcleos narrativos principales, hay que sumarles tres prédicas o sermones, que no llevan numeración y aparecen intercalados. Entre los capítulos 7 y 8, el de las palabras. Entre el 12 y el 13, el del cuerpo como templo de Cristo. Entre el 15 y el 16, el del futuro es ahora o el momento de cambiar la vida. De algún modo estos textos en cursiva, que son como resonancias de los sermones del Reverendo y apuntalamiento de su misión, ya son prefigurados en el epígrafe inicial de la novela, en el que se adelanta casi el título de la obra: Nosotros somos el viento y el fuego que arrasará el mundo con el amor de Cristo. El lector atento lo asociará, seguramente, con el final del capítulo 8, del que transcribo el párrafo entero: “Pensar en esto lo fortalecía, lo reafirmaba en su propósito. Volvía a sentirse una flecha encendida con la llama de Cristo. Y el arco que se tensa para lanzar esta flecha lo más lejos posible, en el punto exacto en que la llama se haga incendio. Y el viento que propague el fuego que arrasará el mundo con el amor de Jesús”.

 

El arte de narrar

Selva Almada pone su imaginación creadora en manos de una narradora que conoce presente y pasado de sus personajes. Muchas veces, incluso, su voz se une a la voz del hablante, sin que haya indicación alguna de su intervención. El lector puede constatar, a medida que avanzan los capítulos, la firmeza de sus trazos descriptivos o informativos o temáticos, que nunca se contradicen sino que prosiguen tallando las figuras o ahondando las ideas o sentimientos o gestualidad de sus criaturas. Y podrá admirar los diálogos escenas, a veces de sobria ternura o ligera ironía. Y hasta sonreirá complacido con las invenciones de su fantasía o se quedará pensando, sin dejar la lectura, en la hondura existencial de fondo.

El mecánico tosió y escupió un poco de flema.

—Tengo los pulmones podridos —dijo pasándose la mano por la boca y volviendo a inclinarse bajo el capot abierto.

El dueño del auto se secó la frente con un pañuelo y metió su cabeza junto a la del hombre. Se ajustó los anteojos de fina montura y miró el amasijo de hierros calientes. Después miró al otro, interrogante (Cap. 1, 9).

Son los primeros renglones de la novela y ya aparecen diferencias culturales entre Bruaer, el mecánico, y Pearson, el dueño del auto. Compruebe el lector la persistencia —matizada— del contraste, en los textos siguientes. Recuerde que los dos hombres, de algo más de cincuenta años, acabarán peleándose.

El Gringo se sirvió un poco más de vino y encendió un nuevo cigarrillo.

—No tengo tiempo para esas cosas.

El Reverendo sonrió y lo miró fijo.

—Vaya. Y yo no tengo tiempo para otra cosa (Cap. 5, 32-33).

 

—Está bien. Usted con sus ideas.

—Sí. Yo con mis ideas y usted con las suyas (Cap. 19, 131).

 

Aunque esa noche era diferente. Estaban ahí, atrapados por la lluvia. Y el otro quería conversar. Y estaba bien que fuera así. Acaso se iban a quedar chupando como dos perros, mirándose de reojo. Buscaba conversación. No parecía un mal hombre. Por más que estuvieran en veredas distintas (Cap. 19, 132).

 

—(...) Quizá usted no sea tan buen tipo como quiere hacernos creer, Pearson (Cap. 21, 147).

Lo mismo ocurre con la caracterización de Leni, tan acertadamente calificada como enfurruñada en su primera aparición (Cap. 1, 10). Se podría seguirla por toda la novela y dar con la misma pintura y hasta conocer las causas vitales de su actitud. Basten las palabras de su propio padre al Gringo.

—Mire, mi hija es una muchacha difícil. No nos estamos llevando bien. Supongo que es la edad, le agarró no sé qué rebeldía conmigo. Está siempre enojada, como reprochándome cosas (...) (Cap. 20, 142).

Trascendentales, sin duda, los siguientes textos que señalan la relación del Reverendo con Tapioca.

Tapioca levantó la vista y el Reverendo se vio reflejado en los ojos grandes y oscuros, húmedos como los de un cervatillo. Las pupilas del muchacho se contrajeron con un atisbo de curiosidad (...).

Pearson levantó el vaso grasiento y sonrió. Esa era su misión en la tierra: fregar los espíritus mugrientos, volverlos prístinos y llenarlos con la palabra de Dios (Cap. 3, 20).

 

Encontrar un muchacho como Tapioca lo llenaba de fe y esperanza. Un alma pura. Él iba tallar esa alma con los cinceles de Cristo e iba a hacer con ella una obra hermosa para entregarle a Dios (Cap. 8, 63).

 

—(...) Cuando lo vi a Tapioca, me vi a mí mismo hace cuarenta años. De repente comprendí que, en realidad, el destino que Jesús me había deparado era encontrar a ese muchacho y salvarlo (Cap. 21, 148).

En realidad son muchos los pasajes antológicos. Entre otros: diálogo telefónico de Pearson con Zack; luego, el Reverendo en plena escena oratoria (Cap. 4), Leni lavando los platos, acompañada por Tapioca y, después, los dos escuchando música (Cap. 5), la pedagogía del Gringo para con Tapioca niño a través de los autos viejos (Cap. 7), el bautismo del Reverendo (Cap. 9), el respeto por la naturaleza (Cap. 11), el perro Bayo presintiendo la tormenta (Cap. 16), ella, la tormenta, y la comunión de los personajes (Cap. 18), la lluvia, la introspección y los relatos biográficos de Brauer y de Pearson (Cap. 19), la pelea (Cap. 21).

Transcribo el texto siguiente, en el que la narradora va transmitiendo un recuerdo del Gringo con Tapioca, como breve muestra.

Dos por tres se internaban en el monte y observaban su comportamiento. El monte como una gran entidad bullente de vida. Un hombre podía aprender todo lo necesario solamente observando la naturaleza. Ahí, en el monte, estaba todo escribiéndose continuamente como en un libro de inagotable sabiduría. El misterio y su revelación. Todo, si uno aprendía a escuchar y ver lo que la naturaleza tenía para decir y mostrar.

Pasaban horas, quietos debajo de los árboles, desentrañando sonidos, ejercitando un oído tísico que fuera capaz de distinguir el paso de una lagartija sobre una corteza del de un gusano sobre una hoja. El pulso del universo se explicaba por sí mismo (Cap. 11, 79).

El lector encontrará los motivos índices de los ojos, la mirada; de la risa o sonrisa —en ocasiones entre dientes—, rara vez carcajada, como creadores de una atmósfera de medio tono, de fascinación, reproche, miedo, satisfacción, contrariedad. A ellos podría agregárseles el de los perros, amigos habituales del hombre de campo. Nosotros y los perros —le cuenta Tapioca al Gringo, alegre por la salvación eterna de sus animales, según le había asegurado el Reverendo. Con frecuencia, ellos, entre los que sobresale el Bayo, animal sensible y personaje, sirven como término de comparación gestual con los hombres: Tapioca lo miró con la cabeza ladeada, como los perros cuando uno los llama (8, 57-8), Cerró la llave y sacudió la cabeza, como los perros, para escurrirse el pelo (13, 90). Creo que el siguiente fragmento habla a las claras de la capacidad de la autora para visualizar, casi cinematográficamente, una situación doméstica.

El Gringo se alejó despacio. Uno de los perros fue detrás suyo y Brauer, sacando el trapo que siempre llevaba enganchado al cinturón para limpiarse las manos, le amagó unos chirlos. El perro, juguetón, se paró en seco y empezó a saltar queriendo agarrar el pedazo de tela. El Gringo hizo flamear el trapo cada vez más alto, casi por encima de su cabeza. El perro saltó y ladró mostrando los dientes hasta que por fin se lo sacó de la mano y echó a correr. El mecánico lo corrió unos metros y tuvo que detenerse, echando los bofes a causa de la tos (Cap. 13, 94).

 

“El viento que arrasa”, de Selva AlmadaLa textura poética

El lector ya habrá comprobado cierto uso poético del lenguaje en algunos de los textos aquí transcritos de El viento que arrasa. Pero la novela no queda en el ejercicio solo de la función poética.

El desarrollo de este análisis propone a la consideración lectora dos modos —o formas— de manifestación de lo poético en la novela de Selva Almada. Dos modos que la particularizan entre tantas otras obras de su mismo género. Dos modos de su textura.

 

La textura palpable

Recurro —como nexo con lo referido al arte narrativo— al ejemplo de dos comparaciones para que el lector pueda notar enseguida la presencia más evidente de la puesta en práctica de la función estética.

El corazón, adentro del pecho, parecía un gato en una bolsa (Cap. 3, 21).

El Reverendo se contorsiona. Los huesillos de su espina dorsal se mueven como una serpiente debajo de la camisa (Cap. 4, 27).

Es notable, la novela está escrita con un profuso empleo del lenguaje coloquial, regional, como algo también ya se habrá observado, y el mismo convive fraternalmente con el literario. Hay adjetivos como descuajeringado o expresiones como la calor o parejas como oído tísico (usado aquí con propiedad), chamameces maceta, palabras meloneras, insertas sin ningún complejo de inferioridad, más otras trasladadas con naturalidad —como el combustible de Cristo— hasta convertirse en metáforas: La tormenta se aleja con la cola entre las patas (...).

Pero en la novela se hacen palpables, además, textos propios de la prosa poética o cercanos al poema en prosa, si no poema. Y los hay con la disposición, el ritmo y recursos de la poesía en verso.

—Padre, ¿cómo era ese versito del Diablo y la hora de la siesta?

—¿Eh? ¿Versículo?

—No. Versito. Poemita. A ver, pará, era gracioso (6, 43).

Es Leni quien habla con su padre en el flashback de la rotura del coche. Y es interesante tener este texto en cuenta porque no sólo muestra la relación unilateral con lo bíblico por parte de Pearson, sino también porque aparecen, aunque en diminutivos, el poema, los versos. ¡Y los versículos!

Las prédicas, que crearán una atmósfera casi sobrenatural y apocalíptica de sus palabras y envolverán con su aureola la figura del Reverendo, fueron escritas con la novela ya avanzada, según ha contado la propia autora. Esto permite conjeturar que tal vez el origen de las mismas esté en la descripción teatral del Orador en acción, especialmente cuando empiezan las anáforas y el texto es pura transparencia retórica.

Mira de tal manera que aunque uno esté en la última fila siente, sabe, que el Reverendo lo está mirando. (¡Es Cristo quien te mira!) Comienza a hablar. (¡Es la lengua de Cristo la que se mueve adentro de su boca!) Los brazos empiezan su coreografía de ademanes, lentas al principio sólo se mueven las manos, como si estuviese acariciando las frentes agobiadas. (¡Son las yemas de Cristo en mi sien!) (...) (Cap. 4, 26).

Más adelante, cuando recuerda el día fundamental de su bautismo, retornan las repeticiones en un pasaje que desacredita al predicador que lo bautizó y que motivará, después de las reiteraciones, como marcado contraste, la afirmación de la creencia fervorosa de Pearson, el muñeco por quien habla Cristo, el gran ventrílocuo del universo (Cap. 9, 71).

Traiga lo mejor para Dios, era la frase que escuchaba, repetida como un salmo, mientras los ayudantes pasaban entre los fieles con una lata entre las manos. Traiga lo mejor para Dios y las monedas se precipitaban como una lluvia de sapos. Traiga lo mejor para Dios y los billetes planeaban, silenciosos, en el interior de la lata (Cap. 9, 70).

Y existe todo un capítulo en el que el ritmo se torna sinfónico, aunque la partitura se componga de sólo notas olfativas con algunas sinestesias. Es tan señaladamente poético que sospecho que cualquier lector hará el guiño que calladamente espera la narradora y lo leerá o lo escuchará como si la batuta estuviera en manos del Bayo, ese perro de sensibilidad perfeccionada con las décadas vividas por su especie (¿por qué en los animales ha de ser diferente que en los hombres?). ¿No es —acaso— ese sensible animal quien ejecuta y anaforiza los múltiples olores que acerca la tormenta?

Ese olor era muchos olores a la vez. Olores que venían desde lejos, que había que separar, clasificar y volver a juntar para develar qué era ese olor hecho de mezclas.

Estaba el olor de la profundidad del monte (...).

El olor de las plumas que quedan en los nidos y se van pudriendo por las lluvias y el abandono (...).

El olor de la madera de un árbol tocado por un rayo, incinerado hasta la médula (...).

El olor de los mamíferos más grandes (...).

El olor de los ranchos mal ventilados, llenos de vinchucas. El olor a humo de los fogones que crepitan bajo los aleros y el olor de la comida que se cuece sobre ellos. El olor a jabón en pan que usan las mujeres para lavar la ropa. El olor a la ropa mojada secándose en el tendedero.

El olor de los changarines doblados sobre los campos de algodón. El olor de los algodonales. El olor a combustibles de las trilladoras (...) (Cap. 16, 116-117).

 

La textura humana

En El viento que arrasa lo poético va más allá de las formas externas (prosa, verso). En la novela se lee, por ejemplo, que está cambiando el viento (Cap. 13, 94), y —unas páginas más adelante— el Reverendo recuerda un momento de su bautismo en el que el predicador les hablaba de tomar la determinación de cambiar el resto de la vida de cada uno (Cap. 13, 97). Al terminar el capítulo 15 aparece la prédica con ese mismo tema y la urgencia de no postergarlo para mañana, porque mañana es ahora (p. 112).

Fundamentalmente la acción de la novela tiene que ver con lo que pasa en el interior de cada uno. El cambio tomará cuerpo en Tapioca, que ha reconocido en la voz del Reverendo la misma voz que en la infancia lo llenaba de dicha, y afectará la vida futura del Gringo Brauer, que va sintiéndose —extrañamente— más meditativo sobre sus días últimos, y llenará —al parecer— la existencia del Reverendo, que proyectará sobre el muchacho lo que él no pudo ser, redimiéndose así de esos errores que le zumban en la conciencia. En Leni, en cambio, nada ocurre, salvo un aumento de su malestar ante las contradicciones que le provoca la admiración por el Reverendo y la desestimación de su padre, al mismo tiempo. No se dará en ella lo que en ocasiones se preguntaba: (...) si alguna vez el Reverendo la tomará de la muñeca y la llevará al frente, si morderá su pecho y le arrancará de una vez por todas esa cosa negra que siente por la noche en la cama de hotel o durante el día, en el coche, mientras viaja con su padre (Cap. 10, 75).

Y todo sucede en algo menos de un día, en un hábitat limitado, representado —sobre todo— por el Gringo, su taller chaqueño poblado de chasis rotos, su vida de trabajo, sus gestos descuidados, el lenguaje dicharachero, la música chamamecera, su gustito por la cerveza y su filosofía vital, porque —a pesar de su escasa primaria— tiene una postura tomada ante la existencia. El Reverendo había notado que Brauer era un hombre que se había hecho a sí mismo, a los golpes (Cap. 13, 93).

La vida de los personajes allí, enriquecida por las ventanas de los recuerdos, tiene algo de trágico porque ellos están condicionados, principalmente, por la experiencia del abandono: Pearson no conoció a su padre, un aventurero americano que estafó a su familia. Al mismo tiempo, él dejó a su esposa en la ruta; de allí que Leni padezca el abandono de su madre cuando ella —que llega a la casa del Gringo con 16 cumplidos (la misma edad de Tapioca)— tenía unos 6 años. Tapioca fue entregado a Brauer por su progenitora, que le asegura que era hijo suyo, cuando el niño iba por los 9. La madre del muchacho, a su vez, expresa que se va a Rosario. Y agrega: Todavía no sé dónde voy a parar (Cap. 5, 34). Y el Gringo, que no había tenido abandonos que le dolieran, termina solo, con los perros, porque se va su chango.

Y ellos abandonados también por la tierra, como lo percibió Leni, mientras esperaba con su padre algún socorro en la ruta.

Este sí parecía un sitio abandonado por la mano de los hombres. Paseó la vista por el paisaje de árboles achaparrados, secos y retorcidos, los pastos pinchudos que cubrían los campos. Desde el mismo día de la Creación este había sido un sitio abandonado por la mano de Dios. De todos modos estaba acostumbrada. Toda su vida había transcurrido en lugares así (Cap. 6, 41-42).

Y para completar esta fusión entre el abandono del hábitat y los personajes, dos citas. Una que corrobora lo afirmado por la muchacha y concede un plus al ministerio del Reverendo Pearson. La otra, lo que sabe el Gringo que sucederá después de la lluvia y la responsabilidad del terruño para con su mala salud.

Rara vez accede a trasladarse a las grandes ciudades. Prefiere el polvo de los caminos abandonados por vialidad nacional, la gente abandonada por los gobiernos (...) (Cap. 9, 71).

(...) Siempre era así por acá. Primero el castigo de la sequía, después el castigo de la lluvia. Como si esta tierra no dejara de mandarse macanas y debiera ser castigada todo el tiempo. La tierra se le metía a uno en las fosas nasales y en los pulmones. Por eso él tenía los pulmones podridos, de tanto chupar este polvo de muertos (Cap. 21, 146).

Los personajes, efectivamente, cambian durante la breve narración y hasta representación de sus vidas, pero —sobre todo— cambian para el lector que los va estimando cada vez más humanos, universales, puesto que los va acompañando en las distintas pujas con el hado de sus historias. Universal y consecuente, la compasión que junta lector y criaturas.

Y ahí está el sentido último de lo poético en El viento que arrasa. Lo que a los personajes les sucede es algo que les puede suceder a los hombres, como sostenía Aristóteles. Y esta íntima relación con lo humano es la que lleva a pensar en ellos, en las posibilidades de su destino.

¿Acaso no es verosímil que un chico de 16 años tome una decisión que cree va a plenificar su vida? ¿Acaso no es verosímil que una chica como Leni no quiera volver a ver lo que ha vivido en tantas partidas y le pida a Jesús que, si existía, lanzara sobre ella un rayo fulminante? ¿Acaso el lector no se queda cavilando sobre el futuro de la chica, el menos previsible de los personajes, y desea que se le cumpla lo que ella ha tenido, aunque sea fugazmente, en mente?

Algún día se treparía a un coche y se alejaría para siempre de todo. Atrás quedarían su padre, la iglesia, los hoteles. Quizá ni siquiera buscaría a su madre. Solamente echaría el auto hacia adelante, siguiendo la cinta oscura del asfalto, dejando, definitivamente, todo atrás (Cap. 14, 106).

Y el lector aguarda algo así porque ha sufrido con ella —la más acorralada— su intento de liberación, al pretender quedarse con el Gringo (penúltimo capítulo). Intento fallido por inadecuado y por el temor a que su padre repitiera con ella el abandono de su madre en la ruta.

Y quizás sonría el lector —humana, fraternalmente— al recordar que el Reverendo Pearson también temía, como queda sugerido en su pregunta al Gringo, cuando éste mencionaba una afirmación de su padre.

(...) Él decía que la sangre busca la sangre y que el día menos pensado la changuita se volvería con su familia por más bien que estuviese con nosotros.

—¿Y usted también cree eso? —interrumpió el Reverendo, tal vez pensando en Leni y su ex mujer (Cap. 19, 33).

¡Oh mundo de los hombres y su poesía, en el coche del destino por la ruta de la vida!