Letras
Camino a la felicidad

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Faltaban 10 minutos para que diera la 1 de la tarde, cuando Elena desmontó frente a aquella sucia cantina. Imaginaba que a esa hora no habría mucha gente y se sorprendió bastante cuando atravesó las puertas y encontró a unos 15 hombres repartidos entre las 6 mesas, todos al parecer estaban borrachos y no hacían ruido. A nadie parecía incomodarle el penetrante olor a vómito y orina.

Elena ya se había acostumbrado a entrar en esa clase de lugares y después de dos meses ya se sentía cómoda vistiendo de hombre, aunque un viejo pantalón de algodón jamás se compararía con la suavidad de un vestido de seda.

Entró al lugar sin llamar mucho la atención, pues a la vista de los demás ella era un hombre muy joven, aún con cara de niño, delgado, de cabello negro y corto, que caminaba de forma muy desenvuelta con el ímpetu que le daba su edad.

Dentro de la cantina sólo bebió algo en un sucio, y pidió algunos informes, los cuales le sorprendieron bastante, ya que según el cantinero debía seguir avanzando hacia el norte, y cada paso en esa dirección la acercaba más al desierto.

Ensilló su caballo y volvió a montar. A pesar del ardiente sol, a Elena le encantaba montar, le gustaba cómo el viento rozaba su cara y sentir respirar al caballo debajo de ella la tranquilizaba. Mientras montaba, su mente se relajaba y podía pensar en su vida pasada cuando era joven, guapa y que sólo pensaba en casarse, como le habían enseñado. Pero mientras avanzaba a todo galope, podía reírse de lo ingenua y tonta que alguna vez fue, soñando con un inexistente príncipe azul y con llenarse de niños malcriados.

Pero ahora era libre, había dejado plantado en el altar a aquel muñequito de porcelana con quien su mama quería casarla. Aún recordaba el día de su frustrada boda, mientras se contemplaba en el espejo de su tocador, vestida con un amplio vestido blanco, de encaje y batista, perfectamente peinada y retocada con los más bellos capullos de rosas blancas. Mientras estaba ahí, sola, viendo a una mujer asustada en el espejo, sabía que si se casaba aquel día sería el inicio de su desgracia y de su infelicidad.

Ella no quería casarse con aquel hombre estúpido, que sólo sabía hablar de perros de raza, de dinero y de sus múltiples enfermedades, que a su parecer eran imaginarias. No, no se iba a casar, tenía que escapar.

Se quitó el vestido de novia y se puso el menos llamativo que tenía, cubrió su cabeza con un pañuelo y salió de la habitación. Le fue fácil salir ya que todos estaban afuera de la casa esperándola. Cuando llegó a la planta baja salió por una de las ventanas de la biblioteca, ya que si salía por la puerta principal o por la cocina lo más seguro es que la vieran.

En cuanto estuvo fuera corrió a la pequeña casa del velador, que estaba en el extremo del jardín. Entró fácilmente en la casita y tomó algo de ropa del velador; se puso unos pantalones color café, una camisa blanca y unas viejas botas negras. Ya vestida se miró en el pequeño espejo que estaba en una esquina de la ventana, y se dio cuenta de que el cabello la delataría, su largo cabello negro era un problema. Así que decidió cortarlo, finalmente era sólo cabello. Tomó unas tijeras de la cómoda y lo cortó por encima de sus hombros, y después lo aventó al pequeño fuego donde el velador tenía cocinando algunas verduras y carne.

Salió de la casita, robó un caballo del establo y salió a todo galope. Algunas personas la vieron, pero nadie la reconoció, todos pensaron que era uno de los peones contratados para la boda. Había tomado todas las joyas que tenía y ahora se dirigía a la gran laguna, aquella de la que su abuela le había hablado; seguro que en ese lugar encontraría la paz que necesitaba.

Ahora seguía avanzando hacia el norte, mientras el viento la acariciaba y respiraba el aroma de la tierra. Se sentía tan libre, tan animada y llena de optimismo y expectación. Era como si en ese momento pudiera hacerlo todo, cualquier cosa que quisiera hacer.

Todo se movía rápidamente a su alrededor, pero ella podía verlo y apreciarlo todo. Veía los árboles secos que dejaba atrás, veía las pequeñas piedras que el caballo pisaba y veía las blancas nubes que se movían con ella. Estaba tan alegre, se sentía parte de la naturaleza y arte del todo. En ese momento era indestructible y la idea de llegar a la laguna sólo la emocionaba más, le daba más energía.

Elena siguió por el mismo camino durante varios días, hasta que llegó al desierto, lo cual la desconcertó un poco pero pensó que tal vez la laguna estaría al final de toda aquella arena. Estaba provista de agua y algo de comida, pero ésta sólo duró tres días; su caballo resistió dos días más y después cayó muerto.

Elena siguió caminando a través del desierto sin agua y sin comida; aún tenía la esperanza de encontrar la laguna, pero sus piernas ya no podían más, y tirada sobre la arena soñó un par de horas con aquella laguna, se imaginó remando en un pequeño bote sintiendo las ondulaciones del agua, la suave brisa de fresco aroma y algunos patos flotando a su alrededor. Se sentía feliz en aquel mundo fantástico, donde nada la molestaba, nada la perturbaba y donde sólo ella decidía sobre sí misma.

Y así murió la pobre Elena, deshidratada en el desierto, exhausta y bajo el inclemente sol del mediodía. Pero murió feliz, soñando.