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Jaime Jaramillo Escobar

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Jaime Jaramillo Escobar

Cuando X-504 publicó Los poemas de la ofensa, que había ganado el año anterior el Premio Cassius Clay, sólo unos pocos espíritus atentos se dieron cuenta de lo que había sucedido, con sus versos, a la lírica llamada colombiana. Uno de ellos, Guillermo García Niño, prestigioso bardo hoy olvidado, celebró su aparición en una nota de las Lecturas Dominicales de El Tiempo, que dirigía Eduardo Mendoza Varela, otro de los admiradores del poeta, retando precisamente a Gonzaloarango a valorar los quilates de poesía que contenía el libro. Desde entonces, Jaime Jaramillo Escobar, que ocultaba su nombre bajo una chapa de placa de carro, es uno de los más notables poetas de la lengua, un digno camarada de los peninsulares Gil de Biedma, Caballero Bonald o Ángel González.

Es el más raro de todos los nadaístas —dijo Gonzalo Arango en 1966—, pues trabaja ocho horas al día, cobra quincena, paga impuestos religiosamente; tiene cédula, libreta militar y un certificado falso de buena conducta. Nunca lo han metido en la cárcel porque es muy metódico y ordenado; por fuera no tiene cara de sospechoso, ni de apache, ni siquiera de nadaísta, pues se hace motilar todos los sábados, lee la revista Cromos en la peluquería como cualquier parroquiano que se respete; paga el arriendo (también religiosamente) el último día de mes, y hasta comete la decencia de girar cheques con fondos. Él mismo se embola todas las mañanas antes de salir para el trabajo, y a las 8 en punto marca su tarjeta y le da los buenos días al patrón. Almuerza en lóbregos restaurantes para clase media donde no corra peligro de encontrarse con intelectuales, ni con poetas que tengan el desayuno envolatado. No habla mientas come, pero tampoco es glotón. No fuma, no bebe, no asiste a fiestas de intelectuales ni de sociedad. Su vida es, en todo, la de un anacoreta, salvo pequeñas aventurillas eróticas que cumple, no digamos arrojado en los hornos de la pasión, sino para estar a paz y salvo con la naturaleza. Pues hasta en esto del sexo él paga sus “deudas” religiosamente.

Jaramillo Escobar vivía en Barranquilla cuando ganó el premio y nunca cobró los cinco mil pesos que ofrecían. Tenía treinta y seis años, muchos de los cuales llevaba ya trajinados por buena parte de Colombia y varios de los pueblos de su Antioquia natal.

Nacido en Pueblorrico (1932) bajo el signo de Géminis, fue el mayor de seis de los hijos de Amalia y Enrique, un maestro de escuela y una señora ama de casa de Urrao, donde antes de iniciar el bachillerato ya había leído, en la biblioteca de la escuela de su padre y entre los libros de su madre, toda la buena poesía de entonces. Hizo la primaria en una aldea llamada Altamira y luego el bachillerato en Andes, en el Liceo Juan de Dios Uribe, alejado de su familia que había regresado a Urrao, a donde se llegaba tomando primero caballos hasta el río Cauca, luego un tren hasta Bolombolo y a continuación un bus de escalera. En Andes conoció a Gonzalo Arango y leyó en todos los libros que había en el colegio, porque como no podía ir a su pueblo durante las vacaciones, el rector del liceo le dejaba la llave del plantel y en compañía de un celador cuidaban del lugar. Con tan mala suerte, que antes de terminar el bachillerato le cancelaron la matrícula, teniendo que aceptar el cargo de secretario de la inspección de policía de Altamira, que la guerrilla liberal quiso quemar, pero un aguacero repentino impidió el asalto y el poeta en ciernes hubo de irse a Medellín, junto a su familia, como otros más de los desplazados de la violencia colombiana. Para 1953 el poeta estaba trabajando como técnico de las viejas computadoras IBM en la alcaldía de Bogotá y aburrido del frío capitalino se mudó a Cali, donde Gonzalo Arango fue a dar con sus huesos huyendo de los enemigos de Rojas Pinilla. Arango, que viajaba en ese entonces con un joven y bello Amílcar Osorio, le propuso crear el Nadaísmo, movimiento en el cual militó más como figura enigmática que como “compañero de viaje”. En Cali Jaramillo Escobar escribió tres de sus principales libros. “Me fui para Cali por curiosidad, porque a mí siempre me ha atraído Cali”, dijo a Luis Fernando Macías. “El destino preferido de los antioqueños era el Valle del Cauca. Todo el mundo se iba para Cali, porque allá dizque estaba el diablo”. Luego viviría por tres años en Barranquilla, trabajando al lado de Plinio Apuleyo Mendoza. Los setentas los pasó en Bogotá de nuevo en una agencia de publicidad de la cual fue socio con Gabriel Urrea Gómez: O. P. Institucional Ltda. (1970-1982). Quebrada la empresa el poeta se fue a vivir con su pobreza a Cali hasta que un gerente del Banco de la República le invitó, en 1985, a hacer un taller de poesía en la Biblioteca Piloto de Medellín, donde todavía vive y trabaja.

Autor del libro de poemas más notable de la segunda mitad del siglo XX —los otros son Ritos (1914), Libro de crónicas (1924), Tergiversaciones de Leo Legrís, Matías Aldecoa y Gaspar (1925), Si mañana despierto (1961) y Morada al sur (1963)—, Jaramillo Escobar concibió y redactó los cuarenta y cuatro desencantados textos de Los poemas de la ofensa (1968) a la manera de los versículos bíblicos, con un tono exuberante, rico y sentencioso, tiznado de ironía y quizás como exorcismo a los cotidianos apocalipsis que vivíamos entre el fango de clericalismos y leguleyadas restauradas por el Frente Nacional, cuando cada mañana cientos de hombres y mujeres campesinas eran acuchillados y mutilados, entregados a sus dolientes con sus sexos en las bocas y los vientres abiertos.

Jaime Jaramillo EscobarSorprende, entonces, cómo en una sociedad y unas escuelas literarias como las colombianas de mediados del siglo pasado, que entendían, de muchas maneras, el propósito último de los vanguardismos como un elogio del progreso y los llamados avances de las tecnologías, Jaime Jaramillo Escobar decidiera ignorar los lenguajes del presente y navegar por las aguas arriba de las edades eternas, haciendo de los ritos y sus movimientos, la forma de su poesía. Los poemas de la ofensa es un libro en el cual predominan los temas eternos a la búsqueda de un presunto destino a la existencia, con un desencanto y sarcasmo encarnados en parábolas y simbolismos que dan cuerpo y dejan entrever una visión maldita del hombre, esa criatura deplorable, peligrosa víctima de sus propios engendros del mal, los crímenes y las guerras. La muerte, en últimas, como lo más banal y cotidiano de nuestra existencia, porque de lo que se trata verdaderamente en la vida es de la carne y del espíritu, es decir, del cuerpo, donde se suman y se restan todas las posibilidades del poema, allí donde yace su origen y su fin. Un largo recorrido por las apariencias de la muerte y los males del hombre culmina en los poemas de Jaramillo Escobar, los de ayer y los de hoy, en la celebración de la carne y sus lenguajes.

Desde Los poemas de la ofensa hasta sus libros más recientes, así su decir se haya ido extendiendo hasta llegar casi que a una narrativa de juglar, los argumentos que han interesado a Jaramillo Escobar bordean zonas como el regusto por lo mórbido, la vida errante y marginal, los climas tropicales, la exaltación de los comportamientos y formas de la belleza de la raza negra y la burla y el sarcasmo de las pasiones eróticas. Los decorados de estos asuntos serán unas veces lugares de miseria y ruina, abandonadas estaciones de ferrocarril, viejas y empolvadas y mugrientas oficinas estatales, prisiones, remotas playas paradisíacas y calurosos lugares de la selva y el mar Pacífico, que en comparación con aquellos lugares citadinos ofrecen al poeta una comunicación directa con el corazón y la médula de la poesía.

Este hombre ordenado y tímido —ha escrito J. G. Cobo Borda—, surgido en medio del apocalipsis nadaísta, se ha convertido así, paradoja última, en el autor de una obra que sin renegar del nadaísmo lo prosigue a un más alto nivel y a la vez más profundo: el de la auténtica poesía.

 

Yairo contra mi ingle

Mi cuchillo debajo de mi vestido, su vaina contra mi ingle.
Las flores de tu jardín temblaban en sus tallos.
Miré tus ojos junto a la reja. Dijiste: “Me vas a matar”.
Te precipitas sobre el timbre.
Se enciende la luz detrás de los cristales.
Te escondes en tu alcoba.
Mi cuchillo piensa: El amor y la muerte duermen juntos a los quince años.
Tu sangre corriendo por mis manos entre el pulgar y el índice.
Resurges mágicamente cuando el relámpago acuchilla el firmamento.
Hoy eres un presidiario, pero yo compuse un libro de amor en honor a tu adolescencia.
“El libro de Yairo” fue quemado y el humo subió derecho al Cielo,
pues era el sacrificio del puro Abel a su perverso dios.
En las noches de invierno te veo correr por la hierba húmeda, descalzo.
Hace diez años yo era un charco de amor en el invierno.
Tú chapoteando en las charcas en octubre.
Muchachos desnudos jugaban pelota en el campo de hierba mojada.
Tú preferías correr y mirar por los corredores.
¡Ay mi cuchillo!

El poeta dice:
Si de un amor queda un poema está muy bien:
eso indica que nos conmovió;
pero si no queda nada tanto mejor:
eso indica que no nos dejamos conmover.
Ay, pero él es tan sólo un poeta; no un amante.

 

La búsqueda

El enamorado busca su amor aun allí en donde sabe que no está,
como el aventurero busca su tesoro aun allí en donde no se encuentra,
y así como el hombre busca a Dios en toda parte y lugar sin hallarlo nunca,
aun apostado esperando en los huecos de la esquina de la sala, por donde salen los ratones,
y muere con la sonrisa de quien no encontró nada pero buscó mucho,
hasta morirse.
Así yo he venido hoy domingo y te espero sentado en un pedazo de sol.
Días y noches de búsqueda por los más ignorados lugares,
preguntando en altas casas desde cuyos umbrales se divisa a lo lejos la ciudad entre la bruma,
con el objeto de obtener un dato, una pista para seguir tu rastro y dar con el lugar de tu paradero,
oh tú, por quien el pastor daría sus noventa y nueve ovejas restantes.
Aquí pongo a secar al sol los paños de mi angustia más íntima.
Buscadora de ausentes mi soledad quiere comerse su propio amargo vientre.
Y hoy domingo busco en tu nombre antiguo y en tus ojos asiáticos el tiempo,
mientras los siglos pasados me levantan, con peligro de Dios, en brazo inmenso.

Pero tus bellos ojos no aparecen... y me voy a cansar.

 

El deseo

Hoy tengo deseo de encontrarte en la calle,
y que nos sentemos en un café a hablar largamente de las cosas pequeñas de la vida,
a recordar de cuando tú fuiste soldado,
o de cuando yo era joven y salíamos a recorrer juntos
la ciudad, y en las afueras, sobre la yerba, nos echábamos
a mirar cómo el atardecer nos iba rodeando.
Entonces escuchábamos nuestra sangre cautelosamente y nos estábamos callados.
Luego emprendíamos el regreso y tú te despedías siempre en la misma esquina
hasta el día siguiente,
con esa despreocupación que uno quisiera tener toda la vida,
pero que sólo se da en la juventud,
cuando se duerme tranquilo en cualquier parte sin un pan entre el bolsillo,
y se tienen creencias y confianzas
así en el mundo como en uno mismo.
Y quiero además aún hablarte,
pues tú tienes dieciocho años y podríamos divertirnos esta noche con cerveza y música,
y después yo seguir viviendo como si nada...
o asistir a la oficina y trabajar diez o doce horas,
mientras la Muerte me espera en el guardarropa para ponerme mi abrigo negro
a la salida,
yo buscando la puerta de emergencia,
la escalera de incendios que conduce al infierno,
todas las salidas custodiadas por desconocidos.
Pero hoy no podré encontrarte porque tú vives en otra ciudad.
Mientras la tarde transcurre
evocaré el muro en cuyo saliente nos sentábamos
a decir las últimas palabras cada noche,
o cuando fuimos a un espectáculo de lucha libre y al salir comprendí que te amaba,
y en fin, tantas otras cosas que suceden...

 

El rey Darío

Darío era pequeño,
con un gran billete de cien en el bolsillo,
y poseía algunos de los más bellos potros brillantes de la ciudad,
sobre los que se sentía tan grande como su billete de cien.
Darío poseía un anillo, reloj y cadena de oro
(la cadena brillando sobre su pecho),
pero Darío no ofendía a sus amigos, simplemente se mostraba entre ellos,
todo constelado y adorable con su pequeña estatura,
como una estatuilla modelada y adornada por la perfección del arte antiguo,
con sus quince años bien formados y su agilidad propia y natural.

Yo en mi retiro de las montañas, cuando me alejaba del Liceo,
me pasaba todo el invierno recordándolo entre sus ademanes de oro,
como un icono en su santuario,
rodeado de todos sus compañeros que lo amaban,
y entre quienes él repartía sus sonrisas como monedas.

Después transcurrió un lustro durante el cual no lo volví a ver más,
pero en mi memoria seguía conservando sus quince años
y sus pantalones ajustados cuando me daba la mano para despedirnos,
su mano de corazón bajo los ceibos y los almendros del parque.
Mas luego lo volví a ver,
perdida la infantil vanidad,
haciendo su carrera de hombre,
elemental como un potro desbocado.

Poco después, en un camino,
una alambrada de cuchillos detuvo su carrera
por una mujer.
El pavor del puñal entrando veloz en su pecho como el rayo de Jehová en el becerro de oro
que había profanado la virginidad de una hija de Israel.

Amigos:
La noche y yo medimos nuestras varas de espanto.
Dios es una estridente carcajada seguida de un profundo silencio.

 

Bibliografía de Jaime Jaramillo Escobar

Alheña & azúmbar, Medellín, 1988; Extracto de poesía, Bogotá, 1982; Los poemas de la ofensa, Bogotá, 1968; Poemas de tierra caliente, Medellín, 1985; Poemas principales, Valencia, 2001; Sombrero del ahogado, Medellín, 1984; X-504, poeta (selección y traducción: Paulo Hecker Filho), Porto Alegre, 1987.

 

Bibliografía sobre Jaime Jaramillo Escobar

Andrés Holguín: “Jaime Jaramillo Escobar”, en Antología crítica de la poesía colombiana, Bogotá, 1979. Darío Jaramillo Agudelo: “Jaime Jaramillo Escobar”, en “La poesía nadaísta”, Revista Iberoamericana, Nº 128-129, Pittsburg, 1984. Gonzalo Arango Arias: “El poeta X-504, un artista con placa de carro”, en Cromos, Bogotá, Nº 2.538, mayo 23 de 1966. J. G. Cobo Borda: “Jaime Jaramillo Escobar”, en Historia de la poesía colombiana, Bogotá, 2003. Joaquín Mattos: “Escolios a la poesía de Jaime Jaramillo Escobar”, Boletín cultural y bibliográfico, Nº 10, Bogotá, 1987. Juan Liscano: “El acto poético de Jaime Jaramillo Escobar”, El Nacional, Caracas, septiembre 5 de 1983. Oscar Collazos: “Jaime Jaramillo Escobar”, en Historia de la poesía colombiana, Bogotá, 1991.