Sala de ensayo
Aprender a esperar y a desesperar

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Ilustración: Rob Colvin

Nota del editor
Alfonso Ramírez de Arellano obtuvo con este trabajo, hace unos meses, el Premio Limaclara Internacional de Ensayo 2013, que convoca el sello argentino Limaclara Ediciones, según el veredicto al que llegó un jurado compuesto por los docentes Cecilia Durán Mena, de México; Antonio Sánchez-Bayón, de España, y Julio Rafael Silva Sánchez, de Venezuela.

Indefensión aprendida

Cuando ingresé en la Facultad de Psicología, los estudiosos del comportamiento llevaban décadas adiestrando a ratitas blancas de ojos rojos y a monitos Rhesus de ojos asombrados para que realizaran manipulaciones más o menos complejas a cambio de obtener un beneficio. En el caso de las ratitas, generalmente comida, pero en el caso de los Rhesus cosas menos tangibles como afecto y seguridad. Unas y otros habían aprendido a accionar palancas, recorrer laberintos y escoger colores. Anteriormente el perro de Pavlov había segregado saliva no ante un suculento solomillo sino por efecto del sonido de una campana que precedía a la comida.

Esas asociaciones ya estaban establecidas con carácter científico cuando yo empecé a estudiar, y traté de imaginar cómo pudo ser la cadena de acontecimientos que dio lugar al concepto de la indefensión aprendida.

Mi hipótesis sería la siguiente: los investigadores comenzaron a probar la posibilidad de no ofrecer beneficios a los animales del laboratorio sólo como parte de las condiciones de experimentación. A unos les aplicaban un programa basado en obtener beneficios o evitar un daño, y a otros no. Otra parte salía perjudicada hiciera lo que hiciera; pero no por maldad, sino para comparar resultados. Cosas de la ciencia.

Un día uno de los ayudantes de laboratorio se quedó contemplando una ratita triste y preocupada en un rincón de su jaula. No sé si la llamarían Luci o sujeto R1; en cualquier caso, el experimentador comprobó que Luci —nosotros la llamaremos así— ya no se movía histérica ante la disyuntiva de cuál camino elegir en su laberinto, ni tocaba alternativa y frenéticamente el botón rojo y el azul para ver si podía obtener su trocito de queso como en ocasiones anteriores. Ahora sólo giraba los ojos en dirección a esas alternativas, pero sin moverse de su sitio. Tampoco deambulaba por la jaula ensayando, en el vacío, conductas que en algún momento habían tenido éxito y que contempladas fuera de contexto daban la impresión de que se había vuelto loca. No, ya no se movía del lugar donde se había agazapado mirando asustada a su alrededor.

Cuando el ayudante comprendió lo que ocurría se le empañaron las gafas. Con paciencia fue anotando cómo el grupo al que pertenecía Luci iba pasando por una serie de fases entre el frenesí y el atolondramiento para culminar en un estado de apatía y depresión que años después el doctor Seligman denominaría como indefensión aprendida.

Efectivamente, la indefensión aprendida es la consecuencia de creer que nuestra conducta no tendrá ninguna influencia sobre los resultados. Esa creencia se aprende y tiene importantes consecuencias sobre nuestra conducta y nuestro estado de ánimo. Técnicamente se ha descrito como una expectativa que produce tres efectos: a) déficit motivacional para emitir nuevas respuestas, b) déficit cognitivo para aprender que las respuestas controlan los resultados y c) reacciones afectivas de miedo y depresión. El sujeto —nuestra Luci— aprendió a creer que estaba indefensa, que no tenía ningún control sobre la situación en la que se encontraba y que cualquier cosa que hiciera sería inútil. Como consecuencia permanecía pasiva frente a una situación desagradable o dañina, incluso cuando disponía de la posibilidad real de cambiar esas circunstancias.

El fenómeno se ha denominado de distintas maneras a lo largo del tiempo: desesperanza, indefensión e incluso pereza aprendida, arrojando esta última una sombra de culpa sobre la víctima.

Hoy el término indefensión está en boca de todo el mundo relacionado con las consecuencias más duras de la crisis económica: desempleo, desahucios y pobreza. También con los efectos de las políticas adoptadas por los gobiernos para hacer frente a la crisis caracterizados por sucesivos recortes de sueldo, de prestaciones y de derechos que recaen sobre los ciudadanos que nada han tenido que ver con sus causas, y que no entienden lo que ocurre.

En estos tiempos la palabra acude una y otra vez a nuestra mente cuando contemplamos a esos ciudadanos probando conductas que ya no tienen el menor efecto sobre la realidad, como buscar trabajo o protestar por su pérdida. También cuando sucumben ante la perplejidad o la desesperación y se les exhorta a ser optimistas y emprendedores culpándoseles de su desánimo, de su falta de iniciativa y hasta de su pereza. Cosas de la política.

Es cierto que los medios de comunicación suelen emplear la palabra indefensión en el sentido estricto de estar indefenso ante una determinada situación o en el sentido jurídico de haber sido desposeído del legítimo derecho a la defensa, pero no podemos evitar pensar también en los significados psicológicos del término.

Ahora sabemos que la indefensión puede ir más allá del hecho concreto de una situación, que se puede aprender y se puede reproducir. Se puede aprender a perder, a no tener esperanza, a no ver soluciones donde existen potencialmente. Esto explica, al menos en parte, situaciones tan graves como las que experimentan las mujeres que son víctimas de violencia de género sistemática; por qué es tan difícil revertir la pobreza cuando se vuelve crónica —aun cuando las condiciones económicas hayan cambiado—, o por qué muchas personas sin hogar (homeless) se resisten a reintegrase socialmente. No es que estén bien como están, es que han perdido la esperanza y tienen miedo de volver a sufrir.

Se avecina un panorama muy sombrío sobre las consecuencias de esta crisis si se prolonga demasiado en el tiempo.

 

La resiliencia

Afortunadamente los seres humanos podemos aprender otras cosas que a sentirnos indefensos; también aprendemos a tener esperanza, a confiar en nosotros mismos y en los demás, a ser optimistas y a desarrollar respuestas creativas incluso en las condiciones más adversas. Esta capacidad de protegernos y adaptarnos creativamente a un medio hostil se ha relacionado con un concepto de difícil adaptación al castellano denominado resiliencia. La resiliencia ha sido definida de muchas maneras. Desde el aforismo de Nietzsche: “Lo que no me mata me hace más fuerte”, hasta la definición de Luthar, uno de los promotores de la teoría, de “un proceso dinámico que tiene por resultado la adaptación positiva en contextos de gran adversidad”. En definitiva un mal comienzo o una mala racha no tienen por qué tener un mal final.

Trabajando en un programa de salud con ancianas judías, Aaron Antonovski comprobó que un grupo de ellas, que había conseguido sobrevivir a los campos de concentración nazis, disfrutaban de un estado de salud mental extraordinario. Buscando una explicación a por qué algunas personas son capaces de salir indemnes e incluso reforzadas de situaciones muy desfavorables, desarrolló un modelo que denominó “salutogénesis” y que relacionó con determinadas características de los individuos para recuperarse, para crecer saludablemente y para resistir las condiciones hostiles.

Antonovski estudió, por una parte, lo relativo a la fortaleza de los individuos, ya que no todos tenemos la misma capacidad de resistencia ante determinadas condiciones ambientales y, por otra, el significado que cada individuo atribuye a la situación estresante a la que se enfrenta, ya que cuando los humanos vivimos etapas difíciles importa mucho el modo en que las interpretamos y el sentido que damos a nuestra conducta para resolverlas, rendirnos o adaptarnos a ellas.

Agrupó esas características en dos tipos: la capacidad de resistencia y el sentido de coherencia. La capacidad de resistencia la relacionó con recursos biológicos, materiales y psicosociales, y la coherencia la basó en tres factores: 1) comprender lo que ocurre, 2) manejarse con lo que acontece y 3) dar un sentido a lo que se hace.

Incluso entre los animales siempre se encuentra un grupo de individuos más resistentes a la indefensión aprendida. El mismo Seligman describió un subconjunto de perros en sus experimentos que, a pesar de recibir descargas eléctricas indiscriminadas, supieron sobreponerse y no caer en el abatimiento.

En el caso de los animales habría que buscar la explicación en la primera parte de la fórmula: la capacidad de resistencia, que en ellos está muy influida genéticamente, pero entre nosotros es la segunda la que cobra un valor diferencial. En nuestro caso la seguridad del instinto es sustituida por la búsqueda de sentido.

¿Podemos abordar el sentido de la vida desde un punto de vista psicológico además de filosófico o religioso? Y en caso afirmativo, ¿cuáles serían los elementos que determinarían la búsqueda del sentido y el desarrollo de una actitud positiva ante las adversidades en los seres humanos?

Según Bowlby, los seres humanos necesitamos desarrollar, sobre todo en la infancia, lo que él llamó un apego seguro, algo que se consigue básicamente contando con alguien que confíe en nosotros, que nos quiera incondicionalmente y que partiendo de esa seguridad nos aliente a explorar e investigar por nuestra cuenta. Es muy importante desarrollarse en un ambiente seguro y afectuoso, pero no basta, también es necesario aprender a explorar. Tienen que animarnos a investigar, o al menos no desalentarnos por miedo a los riesgos, de lo contrario podremos llegar a ser ciudadanos adaptados, previsibles, que sigamos los procedimientos correctos, pero no muy interesados por hacer las cosas de la mejor manera posible aunque desafíen las convenciones, ni preparados para encontrar alternativas donde aparentemente no las hay.

Cuando se ha adquirido ese aprendizaje se pueden resistir con más probabilidad de éxito las dificultades de la vida y las situaciones de alto riesgo, porque la confianza en uno mismo y la esperanza también se aprenden y se trasmiten. En cierto modo la confianza y la seguridad en nosotros mismos está ahí porque alguien previamente las depositó.

Pero, ¿qué ocurre si no adquirimos esa seguridad y confianza de pequeños? ¿Estamos condenados a la indefensión? No necesariamente; como adultos el proceso que seguimos para adquirirlas es básicamente el mismo que de niños, aunque requiere de unas condiciones especiales. Todos los procesos terapéuticos, reeducativos o resocializadores, orientados profesionalmente o apoyados por nuestro entorno personal, tienen en común la necesidad de disponer de un vínculo que ofrezca la confianza suficiente para atrevernos a experimentar nuevas alternativas vitales. Un suelo desde el que ponernos en pie, mirar a nuestro alrededor y probar sin sentirnos paralizados por miedos internos o por temor a la censura social. Afortunadamente nuestro destino no se forja en los primeros cinco años de vida, como han sugerido algunas teorías psicológicas y han creído muchos padres incautos. Los hombres y las mujeres contamos con toda nuestra vida para realizarnos si disponemos de las condiciones mínimas, que dependen enormemente del modelo social en que nos desarrollamos.

 

Condiciones sociales de la resiliencia

La adquisición de un conjunto de habilidades con las que hacer frente a las adversidades y con las que resistir las situaciones estresantes forman parte de nuestro aprendizaje social; por eso resulta tan relevante el sistema en el que nos socializamos.

No todos los modelos sociales influyen de igual modo en la resiliencia; unos la favorecen y otros la dificultan. Hay modelos cooperativos y modelos competitivos; los hay que interpretan las diferencias como elementos enriquecedores de una igualdad básica y los hay que hacen de la diferencia la legitimación de la desigualdad.

La sociedad capitalista en la que nos hemos socializado ha creado una cultura que concede demasiada importancia a la competitividad. La cultura capitalista cree que la competitividad es el motor del desarrollo económico, de la historia y hasta de las relaciones humanas. Es más, la presenta como la ley natural que gobierna todos los órdenes de la vida, proyectando la imagen de una lucha por la supervivencia que se parece demasiado a los antiguos reportajes sobre naturaleza donde el pez grande siempre se come al chico y el león a la inocente gacela. La competitividad a ultranza deja poco espacio para la colaboración y las segundas oportunidades, sencillamente porque, según su lógica, las cosas no funcionan así.

Pero esa visión no deja de ser parcial, una interpretación ideológica del funcionamiento de la naturaleza y de la sociedad, ya que científicamente existen los mismos argumentos —si no más— sobre la importancia de la cooperación en la evolución biológica, psicológica, económica y social. También podríamos proyectar reportajes basados en la colaboración entre elefantes, que son unos animales muy inteligentes, en los tiburones y las rémoras o en los insectos que intervienen en la polinización de las plantas. Cada vez disponemos de más modelos científicos basados en relaciones mutualistas productivas, en interdependencias, en equilibrios ecológicos y progresos cooperativos en los campos no sólo de las ciencias sociales sino también en los de la biología, la genética, la economía, la evolución, las ciencias cognitivas, el aprendizaje, la computación, etc. Hasta en el mundo de la moderna empresa se habla de cooperación, de considerar a los clientes y a los proveedores como aliados y colaboradores, y a los competidores como actores necesarios y no como enemigos a batir, sin que por ello deje de ofrecer beneficios.

No estamos obligados a aceptar interpretaciones de la sociedad como una jungla en la que sólo sobreviven los más fuertes, como el escenario de una competición con pocos campeones y muchos fracasados, o como un laboratorio dirigido por científicos sádicos o por fuerzas oscuras. De hecho, cuando la mayoría piensa así, solo se benefician unos pocos frente a esa mayoría.

Nada nos impide impulsar un modelo educativo que, basado en el principio de la cooperación y la solidaridad, ofrezca segundas oportunidades a quienes no han tenido suerte durante los primeros años de vida o en algún tramo de la misma. Una sociedad más basada en la colaboración que en la competición, sin que por ello deje de ser eficiente y productiva.

Según Cirulnyk, otro defensor de la resiliencia y víctima también cuando niño del nazismo, todo lo que hace falta para no descartar a los vencidos es que alguien confíe en ellos incondicionalmente, valore su trabajo y los anime a buscar. Ese es el motor de la confianza que da sentido a la vida y sirve de base para la exploración. Pero no se trata sólo de autoestima y confianza en uno mismo, todo proceso de socialización o de resocialización implica adquirir confianza en los demás. El reconocimiento del otro es básico para el desarrollo comunitario pero también para una adecuada integración personal.

Quizá la cuestión va más allá de confrontaciones ideológicas, quizá el profesor Carlos Duarte tiene razón cuando afirma que estamos asistiendo a un cambio de paradigma cuyo eje se estaría desplazando desde la competición a la cooperación (El Huffington Post del 6/7/2012). La cooperación como núcleo de un paradigma emergente basado en la solidaridad y la empatía social, aspectos de los cuales nuestra sociedad —no el Estado— ha dado muestras más que suficientes a pesar de la crisis, de las restricciones económicas y los desaciertos políticos. La cooperación como una poderosa fuerza creativa capaz de inspirar nuevos modelos de desarrollo y de convivencia. Modelos en los que no sobra nadie; en todo caso, las actitudes agresivamente competitivas y excluyentes. Un modelo, en definitiva, que sea cosa de todos.