Letras
Dos cuentos

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La larga noche

El suave zumbido de las máquinas es la única música que me acompaña en el viaje, casi puedo sentir cada pieza de información transmitida a la tierra, a cientos de años luz ahora; el pensar en el tiempo que tardarán esas señales en llegar a su destino dejaría sin aliento a cualquiera, generaciones pasarán y quienes lanzaron la sonda de investigación ya serán simple polvo.

A veces paso el tiempo recordando partes de mi vida; mi infancia suele ser un tema recurrente, me habría gustado ser más consciente de lo efímero de ésta y haberla disfrutado más, habría pasado más tiempo con mi abuela y mi mamá y no tanto con gente que al final no valía la pena. La señal de emergencia parpadea, un fragmento de roca ha rozado la superficie de una de las antenas. El sistema se reinicia y comienza el escaneo en busca de daños físicos y posible pérdida de información.

A veces especulo sobre qué sucedería si abandono la sonda, preguntándome si podría alcanzar la Tierra, a fin de cuentas soy un ente inmaterial, pero siempre me atemoriza la perspectiva de quedar estancado en el vacío, flotando en un punto fijo del espacio. En cierta forma mi situación no deja de ser graciosa, soy un espíritu atrapado en una sonda espacial, la razón es simple; en un compartimiento de la máquina, en una pequeña cápsula de metal, reposan mis cenizas, y en un lugar visible en el exterior del aparato una brillante placa conmemorativa con mi nombre, mis logros en esa efímera vida humana que tuve y el año de lanzamiento del explorador espacial.

Supongo que mi esposa ya murió, no puedo saberlo. Nunca fui un hombre de preocupaciones metafísicas, nunca me interesó saber si había vida después de la muerte o si existía un dios; ahora ya no importa, al menos sé que al morir tales preguntas no son contestadas. Es irónico, ahora soy el fantasma en la máquina, o como dirían algunos de mis amigos propensos a los chistes: el fantasma del espacio.

El espectáculo más hermoso hasta ahora fue pasar por la Vía Láctea, me habría gustado compartirlo con alguien, con mi esposa o mis hijos. En estos momentos todo es oscuridad y el brillo de estrellas a la distancia es una larga noche, y yo permanezco despierto, observando, esperando.

 

Punto de vista

La roca sobre la que descansaba estaba caliente por el sol, era una magnífica mañana para disfrutar. Se acomodó un poco, las antenas descansando sobre su espalda, ya no existían depredadores aéreos que temer.

Con un fuerte ruido la máquina apareció levantando nubes de polvo por la maltrecha carretera. Se puso alerta, esperaba que el vehículo pasara sin importunarle.

Se detuvo a unos metros y bajó una de esas criaturas bípedas y desgarbadas que se autodenominaban humanos. De la parte trasera del todoterreno descargó una serie de artefactos con los que comenzó a trabajar.

La curiosidad le impidió continuar disfrutando del baño de sol; bajó de la roca y con esa velocidad tan característica de los suyos se acercó al lugar donde se encontraba el humano. Mantuvo, sin embargo, por aquello de los pisotones, una prudente distancia.

El hombre estaba muy molesto y revisaba una y otra vez los datos que arrojaban los indicadores.

Apuntó sus largas y sensibles antenas hacia el humano y atisbó en sus pensamientos. Rabia y frustración, sentimientos muy comunes en ellos por lo que había podido comprobar con el paso del tiempo.

El hombre se cubría con un grueso traje que le daba un aspecto grotesco, aunque no tan desagradable como esos mutantes de las cuevas; los humanos vivían temerosos de algo que llamaban radiación.

El humano hizo un gesto en su dirección por lo que rápidamente buscó refugio en una hendidura. Falsa alarma; el hombre caminaba de un lado a otro gesticulando y hablando consigo mismo, luego de un rato se arrancó la máscara, los gruesos guantes y aullando como demente se alejó corriendo hasta ser un simple punto en la distancia.

Qué extraños eran esos humanos, pensó mientras volvía a su roca, al menos estaban en vías de extinción. Era una hermosa mañana, sin duda.