Artículos y reportajes
Stravaganza, un poemario en clave plural

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Alberto Hernández
Alberto Hernández.

Nacido en Calabozo, Guárico, Venezuela, en 1952, Alberto Hernández lleva varias décadas difundiendo y proclamando su amor por la palabra. Al margen de su tarea docente, ha tenido a bien acercarse a todos los géneros literarios, y la narración, el ensayo, el artículo, la crónica, la crítica... le han acompañado de manera fiel. En la actualidad, reside en Maracay, Aragua, donde dirige el suplemento cultural Contenidodel diario El Periodiquito.

Pero, por encima de todo lo referido, está la filiación lírica de Alberto Hernández. La poesía ha ocupado —y ocupa— un lugar preferente en su corazón, y así viene demostrándolo desde que en 1980 diera a la luz La mofa del musgo, al que seguirían Amazonia (1981), Última instancia (1989), Párpado de insolación (1989), Ojos de afuera (1989), Bestias de superficie (1993), Nortes (1994) Intentos y el exilio (1996), etc.

En una entrevista aparecida en el número 27 de la revista BCV Cultural, el escritor venezolano afirmaba, rotundo: “Sin poesía es imposible la vida. La poesía es como el oxígeno. Es uno de los elementos naturales más vitales. Sin poesía no habrá respiración. No habrá polinización de la inteligencia (...). El día que muera la poesía, morirá el hombre”. Y desde esa premisa, ha ido creciendo su quehacer, su hondo caminar por los senderos del verso, los mismos que le han llevado a publicar meses atrás Stravaganza (Eva Edizioni. Colección Estrella Verde. Milan, Italia, diciembre de 2012).

Se trata de una edición bilingüe —la versión al italiano ha sido realizada por Teresa Albasini Legaz—, que bien podría calificarse como un íntimo itinerario por las regiones de Italia, y cuyo hilo conductor forman los paisajes, los protagonistas y las expresiones artísticas de este bello país: “Dejaré en este viento anónimo / el jardín, el río y un rostro que siempre olvido. / Italia, / sentada en los escombros de mi memoria. / Oh, regina viarum, / Amore mío”.

De ahí que el subtítulo del volumen, “Poemas italianos”, no sea sino el homenaje vívido y emotivo que sobrevuela estas 120 páginas plenas de ausencias, de silencios, de amores, de angustias, de cotidiana verdad. Porque Alberto Hernández sabe modelar con certero verso cada uno de los poemas aquí recogidos y dotarlos de una pulsión ensoñadora y pura: “Mi adolescencia duele, / la soledad del niño que aún era / me alcanza con el rojo sagrado de estos techos”.

Son muchos los territorios por donde el vate venezolano pasea su mirada y su verso; y así, Módena, Bari, Roma, Novara, Venecia, Bologna, Milán (“Un viejo mapa me llevó a Lombardía. / Supe de Santa María de Gracia / mientras el mundo destrozaba / la calle que perdí entre las manos”), van desnudando sus encantos, bautizando de madrugada y memoria estos textos.

No faltan, por supuesto, grandísimos creadores de esta península itálica, a quienes Hernández convoca con pluma firme y emocionada: Giotto, Boticelli, Da Vinci, Miguel Ángel, Vivaldi, Verdi, Dante, Ungaretti, Saba, Quasimodo, Montale, Pasolini (“Una postal trágica: / el cuerpo de un hombre ensangrentado. / Los ojos abiertos, / puestos en el lugar preciso. / La muerte entonces viajaba entre licores. / Al fondo, / Roma, los turistas, / El frenesí del tiempo, / el silencio”).

Y tampoco cae en el olvido la memoria de grandes protagonistas de la historia del país transalpino: Cicerón, Julio César, Francisco de Asís (“Francesco conoce el idioma del bosque, / el siseo de los reptiles, el canto innumerable de los pájaros, / la lengua áspera de los lobos, la fuerza aérea de los insectos, / la múltiple y a la vez dulce generación de los ruidos de la noche”).

En suma, un poemario diferente, en clave plural y crepitante y con un fondo de lírica extravagancia: “Toqué la muerte. / Toqué las arrugas del tiempo. / La pared del dolor, / los huesos de tanta carne desnudada”.

(Texto publicado en la página de la Asociación de Corresponsales de Prensa Iberoamericana, Madrid, España, julio de 2013).