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Dos relatos

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La huelga de los delincuentes

Todo comenzó con la sangrienta represión a Marcel Douvall, un célebre ladrón de joyerías llegado de Francia algún tiempo atrás.

Luego de perpetrar uno más de sus atracos, el francés se dio a la fuga, perseguido por una ristra de oficiales que habían tendido una infructuosa emboscada: con sagacidad, el ladrón dilucidó las trampas y escapó por una puerta trasera. Parecía escaparse una vez más de las manos de la ley.

Pero falló. Cuando intentaba subirse a un taxi y acelerar su escapatoria, el taxista reconoció su rostro —popularísimo en revistas y periódicos— y trabó las puertas del coche. El tiempo consumido en esta acción facilitó la operación de los oficiales que mantuvieron su velocidad y lograron alcanzar a Douvall, que retomaba su carrera.

La prensa cubrió los hechos con monumental algarabía. “Se acabó el terror”, “Cayó Douvall, retorna la paz” y cosas por el estilo eran las que salían en las tapas de los periódicos. Incluso una revista de resonada fama se apresuró a aventurar cómo sería la vida cotidiana, plácida y bucólica, de aquella comunidad, con el temido ladrón entre rejas.

Decían, en aquellas funestas líneas, que las personas ahora podían volver a caminar por las calles a altas horas de la noche sin necesidad de andar mirando intranquilamente a sus costados; que los adultos mayores podrían recuperar el viejo hábito de matear en la vereda; que los niños, fervorosos, harían su retorno a las calles y volverían a verse las pelotas y las bolitas, hasta conmovían con tono emocionado rememorando los cuidados que los automovilistas debían tener al pasar por el barrio para “no pisar las pelotas y pincharle el juego a los infantes”.

Tal fue el entusiasmo generado por la captura de Douvall —largamente buscado por las fuerzas de seguridad— que los agentes policiales confundieron sus bríos. Envalentonados por los festejos masivos, descargaron todos sus odios y resquemores sobre aquel escurridizo malhechor: lo golpeaban asiduamente y lo torturaban con sádico fanatismo. Los oficiales habían organizado “grupos de trabajo”, dedicados a planificar los azotes y vejámenes, y distribuirlos entre los equipos, como si se tratara de una competencia de kermese.

Douvall fue golpeado con látigos; sometido a fierros calientes en las plantas de sus pies, en sus manos y en su lengua; se le arrancaron las uñas con tenazas; se lo electrocutó con picanas; le practicaron el tortuoso ejercicio del “submarino”, consistente en sumergirlo en el agua justo hasta el momento antes de la asfixia, cuando el aire es tan escaso que comienzan a asomarse los síntomas del desfallecimiento.

En un primer momento, quizás intuyendo que la población recibiría alegremente esos vejámenes sobre el pérfido criminal, los oficiales publicaron algunas fotografías de los episodios. Sin embargo, al ver que la recepción despertaba algunas voces críticas que hablaban de derechos del hombre a cumplir su pena sin ser sometido a torturas ni humillaciones, dejaron de filtrar las imágenes a la prensa, pero no abandonaron sus hábitos mórbidos.

Esta situación era conocida por ciertos grupos de activistas que no tardaron en salir en defensa del presidiario. Reclamaban un mejor trato y condiciones dignas de existencia. Los delitos cometidos por Douvall no lo hacían merecedor de un trato inhumano. La justicia debía aleccionar y no castigar con instrumentos aun peores a los utilizados por los delincuentes.

Los oficiales y el poder público se mofaban de este minúsculo grupo de extraviados que no encarnaba ningún riesgo para el confort de sus posiciones.

Todo cambió cuando a estos activistas del humanismo se les acoplaron los ahora organizados delincuentes. Éstos, producto de la situación vivida por Douvall, habían conformado una suerte de sindicato, a partir del cual estipulaban acciones colectivas con el objetivo de garantizar ciertos derechos que consideraban elementales, como, por ejemplo, el derecho a cumplir las penas con las garantías de la ley.

Los activistas humanistas recibieron dispuestos la contribución del sindicato de delincuentes y los invitaron a participar de sus reuniones. Fue en una de éstas, precisamente, que se decidió la acción fundamental: los delincuentes entrarían en huelga general. Ya no harían atracos, ni se introducirían en hogares, ni asaltarían bancos, ni realizarían secuestros extorsivos, ni ninguna de las actividades que su profesión imponía. Se llamarían a silencio e inacción. Dejarían que todo funcione sin su participación hasta que se le reconozcan los derechos a Douvall.

En un principio, tras conocerse públicamente el comunicado de la organización, la población y las fuerzas de seguridad festejaron burlonamente, como dando por ganada la batalla contra el delito. Comenzaron a llevar adelante libre y relajadamente todas esas acciones que antes sólo podían hacer con la atención encendida: finalmente los viejos se sentaban a tomar mates en las veredas; los niños jugaban en la calle hasta ya entrada la noche; los adolescentes deambulaban desprejuiciadamente y sin temores a altas horas de la madrugada.

Pero el transcurso del tiempo confirmó lo que algunos referentes policiales advirtieron apenas leído el comunicado: si los delincuentes dejaban de actuar, ¿para qué continuarían ellos con su función? Tarde o temprano, la policía sería un gasto inútil y el poder público no tardaría en borrarla de su presupuesto. Si los delincuentes no actuaban y prometían no hacerlo, ellos carecían de utilidad social y se quedarían sin trabajo.

La estrategia de los delincuentes comenzaba a dar sus frutos: el Estado primero realizó algunos recortes en la fuerza pública, dejando a muchos agentes en la calle; luego redujo todo a una serie de patrullas que deambularían por las calles comprobando que los delincuentes cumplieran con su promesa de inactividad; pero al final, ante la evidencia de la pasividad extrema, el Estado debió abolir por completo a la policía. Fueron cientos de agentes, cabos, sargentos y comisarios que quedaron, de un día para el otro, sin nada que hacer. Estaban en la calle.

Los presos, al no haber guardiacárceles, fueron masivamente liberados. Sólo Douvall permaneció en cautivero, bajo estricto control y vigilancia de los custodios del intendente, que sentía una aversión personal por el francés que lo había llevado a tan compleja crisis.

Algunos pronosticaron que los policías expulsados serían quienes conformarían el nuevo cuadro delincuencial y saldrían a cometer los crímenes que los delincuentes sindicados no cometían, casi como una reacción de venganza. Pero esta situación dispondría un escenario hostil que no tardaría en convertirse en una guerra abierta entre los delincuentes tradicionales —miembros del sindicato— y los delincuentes policiales.

De hecho, algunos policías prescindidos del poder público se sumaron al sindicato de delincuentes, confesando haber cometido delitos mientras formaban parte de la fuerza pública y, por lo tanto, obteniendo su ingreso al gremio. Otros se abandonaron a la angustia y no fue difícil observar a ex comisarios y jefes de policía rondando las calles en ropas zaparrastrosas, mendigando monedas u ofreciendo mediocres talentos a cambio de una exigua recompensa, mayormente fundada en la piedad que en el reconocimiento de las virtudes artísticas.

Pero las desgracias no se limitaron al cuerpo de policías. Pronto los vendedores de seguro sintieron el impacto del cambio de época. La mayoría de las personas dejaba de pagar sus seguros de vida y de propiedades, ahora inútiles ante la ausencia de amenazas y peligros. Las empresas aseguradoras, una a una, entraron en terminales crisis y lentamente fueron cerrando sus puertas. Todos los integrantes de estas compañías, desde el más plano de los empleados hasta el más encumbrado de los jefes, se cruzaban ahora en las calles, pidiendo limosna junto con los antiguos patrones del orden.

Fueron muy pocos los que consiguieron trabajo en otras ramas: no abundaban los empleos. Los comerciantes, como sabían que nadie les robaría, atendían ellos mismos sus locales, dejando las puertas abiertas aun cuando salían a realizar un mandado o colocaban carteles con los precios de cada producto, de modo que los clientes, como en un autoservicio, tomaban los artículos de su interés y se cobraban a sí mismos en la caja. Esto convirtió en prescindibles a los empleados de comercio, que ahora integraban, también, las listas de mendigos que recorrían las calles en busca de consuelos o procuraban algún ingreso realizando changas de todo tipo, recurso de breve efectividad, dada la multiplicación exponencial de las ofertas de plomeros, electricistas o gasistas improvisados.

Los bancos también se resintieron con el impacto social de la medida adoptada por los delincuentes. Ya no había necesidad de guardar los dineros en cajas fuertes ni utilizar cuentas corrientes: todas las personas almacenaban sus ahorros en sus casas, en lugares a la vista de todos, sin complejos ni reparos.

Pero todo era mucho más aburrido: casi toda la clase media había perdido sus temas de conversación. Ya no tenían de quién sospechar ni nadie para apuntar con el dedo. En los almacenes y en las peluquerías había soporíferos silencios. Las calles estaban opacas. Las personas caminaban cabizbajas, angustiadas, sin miedos, aletargadamente rutinarios.

Las entidades bancarias se convirtieron sucesivamente en simples casas de cambio y préstamos menores, los cuales fueron desapareciendo paulatinamente merced al receso experimentado en la actividad económica. Había mucho menos dinero circulando, ya que había muchísima menor cantidad de gente empleada y, por lo tanto, los bancos carecían del capital para expedir préstamos que tampoco eran demasiado solicitados.

El Estado también sufrió una dura conmoción: los contribuyentes se redujeron cuantiosamente y prácticamente no tenían utilidad las oficinas de impuestos: permanecían abiertas durante interminables horas sin que nadie ingresara a ellas para aportar sus cargas fiscales. Los dirigentes políticos de turno no tardaron en exigir un recorte y esas oficinas cerraron y sus empleados fueron despedidos, junto con otros tantos de otras áreas del gobierno.

La situación se tornaba insostenible. El intendente de la ciudad determinó una reunión de urgencia. Largo rato deliberaron en aquella reunión de la que formaron parte todos los referentes políticos y sociales —los que todavía conservaban sus posiciones. Finalmente, se dictaminó la solución: el Estado crearía el Cuerpo de Delincuentes Profesionales, para reactivar el normal curso del orden social. Este equipo de delincuentes estaría compuesto por los más expertos y avezados hombres del delito, que se postularían en concurso y serían seleccionados por eminencias del crimen internacional. Para promover la participación de los delincuentes en este cuerpo público, el Estado prometía sueldos de privilegio y concesiones de diversos tipos. Nadie en su sano juicio, pensaban los hombres de Estado, puede rechazar una oferta de esta índole.

Las cartas solicitando la participación en el concurso fueron llegando con parsimoniosa timidez. No todos los delincuentes confiaban en la propuesta y el sindicato se partió internamente: algunos proponían acceder a la iniciativa, concursar, pero exigiendo que uno de los miembros del sindicato formara parte del jurado. Otros, más extremistas, negaban toda cooperación con el Estado, al que declaraban su enemigo y que proponían abolir radicalizando la medida de inactividad.

Las diferencias de opiniones fueron definitivas para la organización gremial. No hubo manera de conciliar posturas: los delincuentes a favor de la moción de participación, concursaron; y el resto intensificó su huelga.

El Estado eligió a los mejores delincuentes y les otorgó una suculenta partida presupuestaria para que comiencen su actividad. Enseguida volvieron los hurtos, los robos a mano armada, los asaltos a comercios, atracos en salideras bancarias, etc. También se volvió a conformar la policía y los presos fueron recapturados. Los delincuentes que habían radicalizado su huelga, al ver los provechos que sus pares obtenían —era difícil recuperar la desconfianza para la población y, por lo tanto, las cosas estaban sumamente simplificadas para el delito— decidieron abandonar sus reclamos y se lanzaron nuevamente al delito y al crimen.

La población recuperó sus temas de discusión, sus pánicos y su ritmo habitual de vida. En los almacenes se volvieron a escuchar las conversaciones, los lamentos y las persecutas de las clases medias, estigmatizando vecinos y desconfiando de cualquiera.

Los bancos reabrieron sus puertas, las aseguradores reaparecieron y gozaron de ingentes hileras de personas que querían recontratar los servicios. Las escuelas volvieron a enseñar a los niños a desconfiar en base a prejuicios sociales y a meterse a casa corriendo apenas cae el sol.

Douvall continuó preso, pero ya nadie se acordó de él.

 

Los Muertos sabrán conspirar

“¿Y qué si la Vida sólo es la Muerte de otra Vida?”.
Raymond Lambert.

La idea de que el Mundo de los Muertos es un lugar que responde a los caracteres elementales de este mundo —llamémosle: el de los Vivos— con parques y espacios públicos donde los muertos bien pueden conversar, divertirse o atosigarse, tal como lo hicieran durante su vigilia en la mediana eternidad de la vida, es una de esas habladurías que, por tan mentadas, poco se advierten sus implicancias. No se trata de despreciar iniciáticamente la superstición que versa sobre ese mundo a imagen y semejanza, sino de percatar sobre un olvido demasiado funesto: los Muertos, también, son capaces de conjurar. Y los Vivos (tan holgadamente festivos por la insistencia de su tránsito) olvidan con pena esa posibilidad.

El Mundo de los Muertos suele concebirse como un sitio donde se gozan las bellezas de la vida, pero no se padecen los tormentos y abatimientos cotidianos. Es decir: es un lugar conformado según las fantasías presentes de los Vivos, que pretenden dispensarse para remotos tiempos futuros las comodidades inverosímiles que no disfrutan en sus existencias terrenas.

Pero aquel mundo inhóspito y hostil no merece mayores reconocimientos en el orden de la comodidad y la displicencia. El Mundo de los Muertos, habitado por seres que supieron pertenecer a la raza de los Vivos, soporta idénticas circunstancias: mezquindades, disputas triviales, repentinos enamoramientos y, fundamentalmente, la irreparable competencia por escalar posiciones en una patética carrera hacia ninguna parte. Pero los Muertos (Vivos que han perdido su condición pero se niegan a aceptarlo) pretenden asumir posiciones de dominancia dentro de un mediocre esquema conformados por sus propias ensoñaciones. Para los Muertos, entonces, existirá un tiempo futuro donde las miserias del Mundo de los Muertos se transformarán en deleites indefinibles.

Pero los que nos ocupa a los fines del relato no son las avaricias de los Muertos, sino su irrevocable determinación vengativa hacia los inadvertidos Vivos, incapaces, los pobres, de notar siquiera la compleja trama de conspiraciones que se teje en contra de ellos y que los recibirán a su tiempo, cuando llegue la infausta hora y no haya compañías en el ingreso a las tinieblas del más allá. Quizás esa remota conciencia del devenir subyace entre los Vivos y justifica la repulsión escandalosa (incomprensible si se la mira desde otros puntos de vista menos cargados de prejuicios infantiles) que guardan hacia el hecho de morir.

Metámonos, entonces, de lleno en la historia.

Cuentan esas leyendas sobrevaluadas (tal vez con razón) que allí, en las oscuridades profundas del Mundo de los Muertos, los muy desgraciados se reúnen para contemplar sobradoramente los acontecimientos del Mundo de los Vivos, ese universo particularmente finito que ya no los cuenta entre sus integrantes más que como vagos recuerdos en algunas memorias de singular (¿y lóbrego?) sentimentalismo. Y esa contemplación que hacen los tan pillos no se trata de un mero divertimento con el simple e inocente objetivo del pasatiempo. Es, más bien, un acto de rencor, una cuidadosa pesquisa que tiene como función la detección de injusticias sobre sus memorias (la tan mentada memoria de los Muertos).

Éstos, sentados en vaya a saberse qué objeto, observan con atención cuidadosa cada una de las acciones que los Vivos desarrollan y cómo éstas honran u omiten sus memorias y protegen el sagrado (sí, los Muertos también pueden ser tan lamentables) recuerdo de su persona.

Cada uno de los actos de los Vivos, aun cuando los ruines despistados no lo adviertan, es fiscalizado con celosía por seres en otras instancias inimaginables desde los limitados alcances de las conciencias medias (y no es precisamente Dios quien lo controla, preocupado seguramente en labores más importantes que las oscilaciones de unos seres chiquitos e insignificantes en un perdido rincón del vastísimo universo). Los Muertos todo lo miran desde sus largos ratos de tedio insoportable, acostumbrados como están a los tiempos del Mundo de los Vivos y, por lo tanto, inhabilitados para amoldarse a los ritmos y costumbres del nuevo mundo que les toca habitar. Sólo algunos pocos sagaces y bien dispuestos son capaces de asimilar la nueva concepción del tiempo y acomodar sus hábitos al del Mundo de los Muertos, evitándose sufrir las inclemencias y el sopor que los más reacios (sí, aunque no lo crea, incluso después de muertos, algunos creen que resulta útil rebelarse contra lo inevitable, desocupando, gracias a esos lacrimosos menesteres, cuestiones algo más importantes) padecen con martirizante y estúpida voluntad.

Pero no nos apiademos aquí de la suerte que tienen los voluntariosos que no pueden reconocer sus propios límites (necios hay en todos lados) y continuemos con los detalles de la trama.

Se preguntará, a esta altura del relato, sobre los motivos que conservan los Muertos para realizar tan agobiante acto de vigilancia y, si es usted memorioso (dudo que lo sea, al menos en estas circunstancias que lo colocan en el papel de lector) recordará que le he advertido que los Muertos preparan conjuras que funcionen como venganza. Saben, los muy perspicaces, que los Vivos, tarde o temprano, morirán (sé que parece una obviedad destacarlo, pero hay Vivos que aún no lo han terminado de comprender y reconocer). Preparan, entonces, los tan meticulosos, curiosas redadas para recibir a los neófitos y hacer de sus días en el Mundo de los Muertos una tortura mucho mayor a la que ya implica estar en un mundo deseando ser de otro (para que pueda figurarse usted, lector, qué significa eso, represéntese los tormentos y adversidades del Mundo de los Vivos).

Los primeros días de los nuevos Muertos se convierten en calvarios irresistibles, sufriendo vejámenes y humillaciones impensadas por cualquier mente racional (nos referimos a la racionalidad del Mundo de los Vivos, que es incapaz de representar los alcances de la maldad en otros mundos... de hecho, tiene problemas, la muy moral y regulada, para comprender los alcances en el propio Mundo de los Vivos). Los iniciados suelen echarse a llorar durante semanas, deseando nunca haber muerto y nostálgicos, tan románticos ellos, de sus pasados tiempos de existencia terrenal. Rememoran, con aguachenta melancolía, incluso aquellas cosas que detestaban durante sus tiempos de vigilia existencial: filas para trámites, salas de espera, consultorios médicos, jornadas laborales, relaciones humanas indeseadas, etc.

Su estancia en el Mundo de los Muertos es imposible. En esas condiciones no toleran ni una sola micromilésima de segundo más. Es entonces cuando entran en contacto con otros Muertos que también padecen los lamentos de la angustia insostenible y encuentran la solución del desvío místico, inventando nuevos cielos y nuevos dioses, fantaseando con futuros de esplendores en mundos especialísimos, donde los ingenuos vivirán cómoda y alegremente, sin tener que atravesar las pruebas que este novedoso Señor les impone para que ratifiquen su confianza en Él y obtengan esa suerte de credencial que los habilita como de los Elegidos. Así, por ende, los Elegidos se pasean por el Mundo de los Muertos, contentos de sufrir las vejaciones que los otros Muertos, los Conjuradores, les imponen como cínica venganza a los infames agravios que aquéllos les dispensaron cuando murieron pero aquéllos siguieron con vida.

Se sorprenderá el lector, intuyo, cuando sepa que los Conjuradores, tan sátrapas e impúdicos, sin embargo, otorgan la posibilidad de una redención a los neófitos que aún no han decidido volcarse al club de los Místicos. Pero esta oportunidad redentora no es, pese a todo, un acto de grandeza, sino que confirma la voluntad de subordinación de aquéllos. Los muy pícaros de los Conjurados obligan a los neófitos a jurar lealtad a la causa de la conspiración y a comprometerse con las misiones que les sean designadas, con el solo objetivo del triunfo de la causa de la venganza sobre los Vivos. Les piden, en definitiva, un juramento de transformación. Es por eso que, quienes aceptan este juramento y doblegan sus fuerzas ante los Conjuradores, son conocidos como los Conversos (Vivos que han aceptado su abdicación y decretan su pase a las filas de los Muertos, de los más retorcidos de éstos).

Los Conversos, seres de triste sometimiento, son quienes merodean y tejen las chanzas maliciosas que los Muertos preparan a los Vivos en su propio mundo. Son —los Conversos— eso que los Vivos tan cándidamente llaman “espíritus” y que invocan en simulacros lúdicos de bastante (y enternecedor) patetismo. Son algo así como los peones de los Conjuradores, que diseñan las estratagemas y despliegan el arsenal teórico al servicio del tormento a los Vivos.

La inoperancia de los Vivos sobre los designios infamemente preparados por los Muertos está basada, fundamentalmente, en su irreparable carencia de agresividad: no cuentan, los inermes Vivos, con recursos suficientes para ocasionar, al menos, daño mínimo a los Muertos. Éstos, aventajados, pueden ganarlos para su plantel provocándole la muerte (matándolos de un susto, por ejemplo). Pero los Vivos, pobres, no pueden hacer nada para defenderse y lastimar a los Muertos, más que desear fervorosamente que los evite el rencor de los fallecidos y comportarse debidamente, rindiendo una secreta pleitesía a los que se han ido del mundo físico de los Vivos hacia el otro mundo (también físico, no sea ingenuo, lector) de los Muertos.

Los Vivos, pobrecitos los muy tremendos, están condenados sin saberlo a una atroz esclavitud y sus tiránicos dueños, los muy malvados Muertos, les harán sentir esa inferioridad de las formas más horrorosas y agudamente viles. Tal vez algunos Vivos más incisivos hayan comprendido alguna de estas perplejidades y, por eso, anhelan con insistencia la muerte, para poder comenzar su carrera en las filas de los Conjuradores y, entonces sí, desempeñarse en puestos de dominio, pero sólo parcial y condicionado, ya que los propios Conjuradores sospechan de otros mundos y lagrimean los aciagos designios de otros Muertos, más lejanos, que en sus otros mundos también tejen conspiraciones para complicarles las vidas y avisarles, muy recónditamente, que no son más que piecitas tan míseras y bizantinas, de universos enormes e inabarcables.

Pero todo esto, estimado lector, quizás no sea más que puro cuento de algunos seres insospechados que nos exigen, por remotas casualidades inconseguibles por nuestras inteligencias, desviarnos de nuestros cursos con estas especulaciones y, así, torpes como buenos Vivos, detenernos en mundos futuros y propósitos prometidos lejanamente. Quizás todo esto, mis amargados lectores, no sea más que una pequeñísima porción de una gran espiral. O tal vez sea sólo una patraña. Usted sabrá decidir...