Letras
Hasta la próxima

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Sus pies tenían un peso distinto. Por primera vez en su vida pisaba con fuerza, con firmeza. Miró al cielo y vio que todavía faltaban un par de horas para que llegara la noche. Tendría que apresurarse. Sacó las llaves del carro de su chamarra azul, vieja y desgastada, pero tan cómoda. La puerta tenía truco. No solía abrirse fácilmente. Había que trabajarla. Cuando por fin logró abrir la puerta de su Oldsmobile Toronado 1966, bajó la ventana y estiró su mano por un paquete de cigarrillos escondido debajo de la silla del conductor.

Sacó el mechero del bolsillo derecho de su chamarra y encendió el cigarrillo con dulzura. Aspira, aspira, aspira. Expira. La dicha, el confort, la ansiedad del vicio reencontrado. Dejó el cigarrillo entre sus labios y prendió el motor mal cuidado. Hacía más de un verano que usaba esta chatarra. Tal vez, sólo tal vez si lo hubiese cuidado como su padre le había enseñado seguiría recibiendo cumplidos. Pero de eso ya no quedaba nada. Su anterior carro se había estropeado con los años y a falta de tiempo había decidido ir por el viejo Oldsmobile olvidado. Aspiró una vez más y echó a andar hacia la ruta 4.

El clima estaba bastante agradable. Unos soleados 69ºF, o eso decía su termómetro imaginario. Le encantaba Florida en el invierno. Procuraba volver siempre. Usaba el pelo corto como el de un niño desde que tenía uso de razón. Nunca supo por qué, pero parecía natural dejarlo así. Llevaba casi 6 años huyendo. Hoy era un día más que debía correr, huir. Ya se lo tomaba con filosofía. ¿Para qué preocuparse? Era natural. Era su vida. Eran sus consecuencias. Era su estúpida impulsividad la que le había costado una vida de fugitiva. Rojo. Tercer semáforo que ignoraba.

Había andado alrededor de una hora cuando decidió comer algo. Salió por el primer éxit que encontró: 56, perfecto. Qué variedad. Hamburguesa, ensalada o sándwich. Descartó eso y empezó a buscar un Walmart. Prefería cocinarse algo más emocionante. Al final se decidió por puré de papas y un steak a la pimienta con un toque de cerveza. Arrojó los víveres al baúl del carro y retomó su viaje por la I-4. Al oeste, hacia allá me llevará febrero.

Todo había comenzado como un reto. Tenía 18 años, pero siempre había aparentado 30. Era de esas personas que logran combinar el alma vieja con un cuerpo joven. Inmutable, ella parecía ajena al tiempo. Pero definitivamente no pasaba por una adolescente alborotada por sus hormonas. Siempre terminaba en círculos turbios. No los buscaba, pero siempre los encontraba y, debía admitirlo, le encantaba. Era un pasatiempo personal para ella. A los 12 años sabía hacer cosas que criminales especializados no lograban. Lo que más le interesaba era el reto personal, la ansiedad y la adrenalina que le provocaba la huida. Había aceptado hacerlo por un par de cientos de dólares. Sabía que saldría ilesa. Hasta que estuvo ahí, y entendió la magnitud del engaño que le habían hecho.

Finalmente llegó a un motel familiar. Highway suites. Perfecto, una cocina, sólo necesito una cocina. Sacó los víveres del carro y con ellos dos maletines de rodachines negros. Pagó la habitación asegurándose de tener cocina y pidió que no le pasaran llamadas. Entró a su habitación y, para variar, era horrible. Pero había que ser modestos. El dinero se acabaría algún día. Se preparó una cena envidiable. Siempre cargaba con ella utensilios de cocina y ollas. Poca ropa, pero la cocina siempre tenía que estar abastecida, por lo menos con lo más necesario. Se comió su cena en un plato de papel con cubiertos de plástico. Extrañaba cenar en su vieja casa, con la familia que usualmente la ignoraba. Cuando terminó arrojó todo a la basura y decidió que era hora de chequear el efectivo. Contó durante media hora. Una y una y una y otra vez. Todavía tenía 326.202 dólares y 26 centavos. Cuánto daría por no tener nada de eso en los bolsillos, y en cambio lograr una rutina humana normal. Guardó esos pensamientos para nunca jamás, se quitó los jeans de bota ancha, la chamarra azul desgastada y la camiseta de I LOVE FLORIDA lo más rápido que pudo. Estaba agotada.

Cuando abrió los ojos y lo vio ahí su corazón dio un brinco. Había solicitado específicamente que no le pasaran llamadas y que no estaba para nadie.

—Bella —le sonrió. Ella lo miró atónita. Él llevaba el pelo corto, negro, agresivo, poderoso. Su cazadora era del mismo color turbio que sus ojos. Un verde negruzco que asustaba. Y la sonrisa. Esa sonrisa perfectamente tramposa.

—¿Hace cuánto estas ahí? —su corazón empezó a latir demasiado rápido. Miraba alrededor buscando algo que pudiera servir de arma. Cualquier cosa. Mierda, ¿cómo me encontró?

—Te estoy siguiendo desde hace un par de días. Me equivoqué, ¿sabes? Pensé que no podías ser tan predecible. Pero me equivoqué. No hay nada, Lidia. Lo saqué todo mientras dormías.

—¿Qué quieres?

—Lo sabes muy bien —sonrió otra vez y sacó un cuadernillo de su cazadora. Se lo arrojó—. Necesito que digas la verdad, Lidia. Basta de esta vida. No te estoy dando mucha opción, o vienes por tu propia decisión o te arrastro.

Ella lo miró con absoluta determinación. No podía echarse para atrás. No podía. Esos 6 años de correr sin sentido habrían sido todos en vano. Y su orgullo. Siempre estaba el volver a casa, después de una sentencia que muy probablemente sería bien larga. Odio a los cazarrecompensas.

—Ok. Vamos —se levantó para buscar su ropa, pero él tenía razón, no había nada.

—Están en el carro. Hay que aceptar que sigues teniendo un cuerpazo. Te he traído algo un poco más... seguro —le dio unos pantalones de sudadera anchos y una camisa de fuerza. Joder.

Lidia no dijo nada y se puso los pantalones, pero cuando recogió la camisa se quedó quieta, pensando. Él esperó un par de minutos, pero ella no se movía. Qué cosa más rara de ser humano. Llevaba meses rastreándola en realidad. Desde que le habían solicitado asistencia con el caso en junio había estado olisqueando sobre Lidia Gustav. Hija de inmigrantes legales, genio matemático y literario al tiempo. Pero asocial. Violenta. Y bella. Qué peligro de mujer. Por fin ella se movió y lo miró con fiereza. Bella.

—No puedo ir contigo. Pero tampoco puedo quedarme. Dime qué quieres de mí y negociaremos algo.

—Lidia, Lidia. Ya tengo la plata. Me darán más cuando te haya entregado. Además hay un cierto halo de misterio alrededor de tus continuas desapariciones, traer tu cabeza tiene un precio bien alto en mi reputación. Y eso, querida, no lo puedes comprar con tu plata robada.

—No me refería al dinero —él la observó por largo rato. ¿Hasta dónde estaría dispuesta a ir?

 

No quería recordarlo. Habían sido los dos peores días de su vida. Y el solo pensar en que tendría que repetirlo la próxima semana, o cuando la llamara, la hacía vomitar. Le dolía todo el cuerpo. Estaba llena de moretones, cortadas en la piel y un dolor de cabeza estrepitante por el llanto. Hubiese querido no llorar. Pero no podía evitarlo. Se acarició las muñecas y los tobillos de donde la había tenido fuertemente amarrada por gran parte del fin de semana. Apenas si podía caminar. ¿Cómo terminé aquí, así? Se aseguró de darle la espalda todo el tiempo mientras él se cambiaba.

Lidia, la joven brillante y sabelotodo de Virginia, jamás se habría imaginado que sería sometida de forma tan brutal e irremediable ante su propia sumisión y sugerencia. Se había equivocado. Su padre tenía razón. Era bruta. Lo había juzgado muy mal. Su sonrisa cálida y plácida, su corte de pelo y barba recién afeitada la habían engañado. No sabía qué clase de degenerado bastardo podía llegar a ser una persona que parecía agradable. Tenía su cabeza en una bandeja de plata. Si no hacía lo que él decía, se vería entregada a las autoridades y a pasar una vida en prisión, encerrada y aburrida. Si hacía lo que él le decía, bueno, tal vez llegara a acostumbrarse. Quizá con el tiempo hasta lo disfrutara. Y sería libre. Había leído que los sádicos disfrutaban con la sumisión y el sufrimiento ajeno, pero nunca había pensado que llegaría a esos extremos. Pero también había leído que existían masoquistas que se libraban del deseo sexual con el dolor. La confusión entre el dolor y el placer los excitaba. Suspiró. Estoy jodida.

 

Él la conocía de principio a fin con solo mirarla. Bueno, tenía que admitir que había investigado toda su vida y que no había hecho sino pensar en Lidia Gustav desde junio. Jamás imaginó que aguantaría tanto. La podría entrenar. Seguro que la podría entrenar. Se miró una última vez en el espejo y cerró la puerta del cuarto de motel tras él.

No había dormido desde que lo había visto sentado ahí frente a su cama el sábado en la mañana. No había salido tampoco. Y no había comido. Todo le dolía aún, y no tenía con que curarse. Nada de ánimos, de ayuda, de amigos, de confidente, de plata, de nada. Estaba sola y desamparada y maltratada. Un toquetón en la puerta la distrajo de sus pensamientos. Miró de reojo la puerta y permaneció en silencio. Él dijo que llamaría. No debe ser él. Suspiró. ¿Cómo había terminado aquí? Sabía que él estaba en la habitación de al lado, constantemente vigilándola, haciendo crecer su deseo y aumentando el morbo que le provocaba controlarla. Cerró los ojos y se quedó dormida.

La volvió a despertar el mismo toque en la puerta, pero más fuerte. Pasaron una flor aplastada por debajo de la puerta. Era una rosa blanca. La curiosidad le ganó a la depresión y se levantó. Tomó la rosa en sus manos, la olió y comprobó que estaba todavía fresca pero aplastada, presionada contra su voluntad. La dejó sobre la mesa del televisor y abrió la puerta. Ella estaba desnuda, pero no le importaba, cuando sintió el frío de la noche exhaló con desaliento. Alguien había dejado un paquete en su puerta. Lo recogió con dificultad, el dolor en su ano no disminuía con los días, y cerró la puerta. Abrió el paquete en la cama con dedos temblorosos. Para su sorpresa tenía compresas que podía enfriar en el minibar, agua, pastillas para el dolor, para dormir, algo de comida para calentar en el microondas y algo de ropa limpia. No había nota, sólo una hoja de calendario con unas fechas circuladas.