A Eglé y Pepe
La casa del poeta
Sólo es justo que la poesía se cumpla.
Desde mi montaña húmeda de pájaros discretos,
disparando incertidumbres en la neblina seca,
leo tus versos, Poeta.
Sólo es justo que amanezca en la calle,
con los hombros alegres de trasnocho,
recordando esa noche de bucares y apamates
cuando las patas de una silla verde
parecían anclarte a la tierra.
Otros escriben odas a tu poesía,
yo te recuerdo como parte de la noche.
Ráfagas del verbo trujillano
escritas en París con lápiz mongol.
Yo sólo recuerdo dos palabras:
Casa y Bienvenido.
Desilusión
¿Dónde palpita el rojo inerte que llamas carne?
Sordos arpegios en la pieza politonal de Occidente.
Gritando ¡Libertad! todos los días a la misma hora,
disciplinados obreros en la fábula del individualismo.
Disfrazados de “verdes” con los ojos rojos;
reciclando su abono infértil en los mismos salones,
masticando versos ajenos y escupiendo silogismos.
Quienes no pudieron verse en el espejo de la noche
y salieron a disfrazarse de tornillos en la máquina del día.
Cuando gritaban “Imperio Asesino”
Parados sobre el cadáver del mestizaje,
aspirando las cenizas de África
en las esquinas empedradas de huesos.
Con la piel tatuada en mercancía del bazar revolucionario
con tinta china y acuarela vieja.
Los magos del “si” condicionado
acomodando la Comuna de París, el genocidio y el alunizaje en un solo verso.
Gritando “Viva Robespierre” sin conocer la sangre
hasta cerrar los ojos cuando nadie mira
y escuchar el eco de 8 cilindros de inyección directa
rugiendo salvaje en el cemento.
Soltando el “por ahora” que cargan en los brazos,
para agarrar las llaves y hacerse bolsillo.
Salieron a juzgar con piedras en las manos
buscando profetas en los recogelatas.
Terminaron limpiando el semen del confesionario
con las páginas del manifiesto comunista.
Pobres de quienes gritaron “No”
con ojos desesperados en trasnocho y angustias.
Salieron con los hombros destrozados en fuga trasatlántica,
golpeados por la tercera ley de Newton.
Tocando Villa-Lobos en plazas histéricas,
sordas tarimas de consignas mudas.
Para quienes piensan primero en sus estatuas
cuando mastican dientes buscando elogios.
La desilusión llenó mis huesos de latidos infecundos.
La desilusión me llevó de madrugada nuevamente al 23 de enero.
La desilusión soy yo, no ella.
No tengo
La soberbia madrugada.
Entre dormido y despierto,
los ojos nadan en silencio hermoso.
Roto el silencio,
en coro de miseria,
veo adornado el ruido
llamado promesa.
Colección de esqueletos
en la acera de la vida,
el volumen de los gritos
les da fuerza.
Estas palabras sin eco.
En el origami de mis carencias,
desean el diluvio sin saber,
que soy mi propia lluvia,
que me ahogo con las crecidas.
Porque el hombre no es más que hombre,
Humano sólo quien puede.
Siguen allí los recuerdos que me dan frío.
Llamada ajena II
Mira las luces que nos llaman.
Es de noche,
no puede ser de otra manera.
Mis latidos te llaman gritando;
en su palacio de membranas temerosas
angustiadas por tus venas.
Y por tus ojos,
que me miraron una tarde
entre sorbos de café amargo y dulce.
Tuyo,
profundamente tuyo,
un jueves cualquiera.
Noche Pemón
Duermo la noche Pemón.
en mi hamaca de ríos
apago todas las luces
tejidas en la noche.
Mastico bocados suaves,
cocinados en vidrio
a gas directo.
Alegro mis oídos con faros distantes.
Recuerdo el casabe duro con picante
en el calor de Kamarata.
No tengo techo,
ceno con la muerte,
perdono hasta mis raíces.
Tengo una sola mejilla
pero la pongo dos veces
Canto mal,
me enamoro de voces
llevo ilusiones y puentes en los bolsillos.
Mi lápiz es de Managua,
dice que va a la escuela
¿José? ¿Antonio? Gustavo...
era de noche y no recuerdo.
Bebía apresurado su almuerzo en cervezas.
Me da nostalgia el futuro,
rompo cristales cuando río,
y miro desenfocado.
Espío mis notas jugando a la guerra fría.
Me declaro sujeto de poco interés.
Borro mis notas y sigo adelante.
Tengo el alma corpórea llena de parches,
varios huesos rotos y cicatrices graciosas.
Mis rodillas suenan prematuras.
Mi mente camina sola y sin muletas.
Se tienen
Se tienen demasiado y no lo saben.
Se construyeron a diario
sobre el mármol de las plazas,
habitando ferias y libros usados.
Borrachos en las tardes andinas.
Se miran, se extrañan,
tratan de entenderse y se rinden.
Esculpen con humo las calles empinadas,
caminan con frío la madrugada.
La luz negra de un cuarto ajeno les da risa.
Se separan para siempre.
Ayer,
Siempre se tienen.