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“Clases de literatura: Berkeley, 1980”, transcripción de clases de Julio Cortázar
Clases de literatura: Berkeley, 1980: las sesiones "improvisadas" del Cronopio mayor.
Publican un libro sobre curso dictado por Julio Cortázar en Berkeley
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El sello Alfaguara acaba de publicar Clases de literatura: Berkeley, 1980, una edición que contiene la transcripción de las cintas en las que fueron grabadas las sesiones que sobre las claves de su obra impartió Julio Cortázar, entre octubre y noviembre de 1980, en la Universidad de California en Berkeley, y que en 2005 llegaron a manos de la viuda del escritor, Aurora Bernárdez.

“Tienen que saber que estos cursos los estoy improvisando muy poco antes de que ustedes vengan aquí: no soy sistemático, no soy ni un crítico ni un teórico, de modo que a medida que se me van planteando los problemas de trabajo, busco soluciones”. Así introduce Cortázar la primera de sus clases.

El autor de Rayuela dictó este curso respondiendo a la petición de su viejo amigo Pepe Durand, quien le presentó una propuesta que implicaba “trabajar poco y leer mucho”; tanto, que le permitió escribir “Botella al mar. Epílogo a un cuento”, que Cortázar incluiría en su último libro de relatos, Deshoras.

Además, después de rechazar propuestas similares en los 60 y 70, para no dar pábulo a la fuga de cerebros, Cortázar “habría obtenido un medio permiso de Cuba a pesar del papel norteamericano en la entonces muy convulsa Centroamérica”, apunta Carles Álvarez, encargado de la edición, buen conocedor de la vida y obra de Cortázar y anteriormente editor editó su correspondencia y organizador de Papeles inesperados (2009).

El inédito volumen de clases y la reedición de sus primeras novelas publicadas de manera póstuma (Divertimento, El examen y Diario de Andrés Fava) son el anticipo de lo que vendrá el próximo año. Con el nombre de “Año Cortázar 2014” se conmemorará el centenario del nacimiento del escritor argentino nacido en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914, y fallecido en París, en 1984, a los 70 años.

“Si les sirve de algún consuelo, yo estoy más incómodo que ustedes, porque esta silla es espantosa y la mesa más o menos igual”, les suelta en la tercera clase Cortázar, quien impartirá las ocho sesiones (15 horas) sentado. No le dejan dar la clase en el campus debajo de un árbol, “donde pudiéramos hacer un círculo y estar más cerca”, y lamenta no compartir más tiempo con los alumnos: “Tengo la impresión de ser un dentista que estoy esperando cada media hora a un paciente y el estudiante también se siente un paciente”, dirá.

Durante el tiempo que dura el curso se verá forzado a doblar su presencia en el despacho que se le habilita los lunes y los viernes, durante casi tres horas cada vez por las mañanas. “En esa época, Cortázar ya está consagrado hace años y mueve multitudes”, apunta Álvarez. Quizá eso explique la alta afluencia de alumnos, próximos al centenar, con gente procedente de América Latina, así como la presencia camuflada de profesores y de algunos críticos.

Con marcada voluntad de ir a contracorriente de los tiempos barthianos o derridanos, sin aparente dogmatismo, el escritor argentino va exponiendo su corpus todos los jueves, de dos a cuatro de la tarde: primero, una hora de fluida charla, sin digresiones; luego, descanso y 30 minutos finales aproximadamente de preguntas de los alumnos.

Aun debiendo ponerse bastante a la altura de un alumnado veinteañero y mayoritariamente estadounidense, el nivel mostrado por Cortázar es simple en las formas, pero profundo en el fondo y con una muestra de conocimientos infinita: demuestra que ha leído a fondo a Gómez de la Serna, Lezama Lima, Payró, a los surrealistas Buñuel y Dalí...

En clase, Cortázar va soltando claves riquísimas de su trayectoria literaria —su concepto de la fantasía real, el desdoblamiento de sus personajes en el tiempo siempre, la génesis de sus cronopios, la construcción azarosa de la estructura de Rayuela—, siempre con un envidiable sentido del humor que deja más de una vez estupefactos a sus oyentes, que no saben si el profesor bromea o no. Como cuando asegura que si hay tanto muerto en su obra es porque él es “un asesino freudiano”.

“Les dejé una imagen de rojo, tal como la que se puede tener en los ambientes académicos de los Estados Unidos , y les demolí la metodología, las jerarquías profesor/alumno, las escalas de valores...”, reporta a su amigo Guillermo Schavelzon al hacer un balance del curso. Pero los alumnos quieren que hable sobre Cuba y Fidel Castro, sobre el caso Padilla o su posición ante la que parecía una inminente invasión norteamericana de Nicaragua y El Salvador: “Puedes tener toda la seguridad de que no voy a estar esperándolos con un ramo de flores”.

Cortázar se tomó esa estancia en Berkeley como unas vacaciones. Se alojó en un apartamento frente a la bahía de San Francisco. Con los alumnos llegó a presentarse, a la una de la madrugada, a una fiesta de Halloween con peluca y dientes de Drácula a pesar de haber rechazado inicialmente la invitación.

Álvarez señala que la clave de su felicidad se llama Carol Dunlop, segundo gran amor de su vida, 32 años más joven que él, quien le acompaña en un periplo de seis meses fuera de París, una receta del escritor para poner distancia tras la ruptura con su segunda compañera. Cortázar tiene ya 66 años, está a cuatro de su muerte; pero lo peor es que seis meses después Carol caerá enferma, muriendo en 1982. Para Álvarez, “esas clases en Berkeley serán para Cortázar el último momento feliz de su vida”.

Fuente: El País