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Esencial Tàpies

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Exposición “Tápies desde el interior”

Hasta principios del mes de noviembre de este año 2013 tendremos la ocasión de contemplar de nuevo al siempre nuevo Tàpies.

Un Tàpies mirado desde una perspectiva de interiores, como el enunciado de la exposición, “Tàpies desde el interior”, subraya.

Desdoblada en dos partes y en dos sedes, por un lado la intimista y austera formada de materiales pobres y objetos cotidianos, en un periodo que abarca desde 1946 hasta el año 2009 que puede recorrerse en la fundación que lleva su nombre en la calle Aragón de Barcelona, y por otra, el Tàpies más abierto a lo matérico o mural en el Museu Nacional d’Art de Catalunya de la misma ciudad, donde es posible contemplar ampliamente la evolución del artista en las diferentes etapas de su vida con obras que arrancan desde mediados de los años cuarenta hasta 2011.

Allí, en las salas dispuestas por la luz necesaria y los amplios espacios del MNAC, es posible rastrear esa búsqueda estética que el artista siguió incansablemente. Labor de aprendizaje infinito del proceso creador desde la huella de la sabiduría que nunca se detiene ni se estanca.

Antoni Tàpies
Antoni Tàpies.

Como en un recorrido contradictorio y único nos seduce esta obra. Un laberinto donde todo es claridad y a veces el hermetismo de lo oscuro, la eterna lucha del yin y el yang en las contradicciones aparentes, los contrastes profundos, hasta alcanzar la síntesis final que todo lo revierte en armonía. Nos gana este silencio metafórico tan arraigado en la Naturaleza y en la naturaleza de las cosas, del hombre mismo inmerso en esa apuesta personal donde encuentra sus límites, salta sus propios muros y es a un tiempo materia y espíritu, caos y orden, verdad e impostura. Casi táctil, rozamos las estrías del cartón ondulado, y qué revolucionario nos parece su tosquedad tan expresiva.

Frente a frente y en diálogo constante se tensa la mirada para hollar los motivos que nos conducen desde el pesimismo inicial de estas obras donde se reflejaban situaciones dramáticas, la iracundia de un estado de ánimo en las devastaciones de un espacio marcado por las guerras y las enfermedades y aislamientos, etapas para el artista definitorias y complejas donde fue reescribiendo su personal memoria, los cimientos de un presente, el armazón de un futuro donde encontraría constelaciones, estrellas luminosas y oscuras, verdades para seguir; un Picasso, o esa luz permanente de Miró, lo intuitivo de Brossa, el afinamiento de una sensibilidad extrema agudizada por la gravísima enfermedad que Tàpies padecería, las conversaciones con amados amigos, la soledad que acrecentó ese germen inicial cuyos frutos ahora la humanidad disfruta y, como telón de fondo, esa muerte que marca la palma de la mano, solemne simetría de la M que él maneja e invierte transformándola en vida, en lucha permanente encarnizada contra dificultades y contra adversidades. Y ahondar en la belleza de las cosas humildes con agradecimiento, en los íntimos deterioros, como gastados utensilios que transparentan la luz, en los caminos y las rugosidades, en cualquier brizna apenas, mirada como un Cosmos donde es posible un mundo, la cercanía de un universal lenguaje donde todos podamos reconocer lo sagrado y lo inmenso del Universo entero. Lo vivo mínimo, la belleza en la aparente sencillez, esa esencial estética donde Tàpies extrae su propia e inimitable ética.

Prendido de las ramas de aquel árbol que roza el firmamento, escarbar las raíces del fondo de la tierra manchándose del barro, de ese profundo humus que abona el pensamiento, la madera que resuena y que canta como soporte de sus propias obras donde vibra y alienta con el alma del mundo en esa metafísica de lo inmanente, donde la realidad cruza por las manos del tiempo sin más explicación que el interior que dicta su secreto de vida, desvelándolo.

La mutua concesión entre el espectador y la creación comunica la fuerza de ese muro tapiano, la manipulación de los conceptos, presente en esos platos apilados que aguardan comensales fuera de su contexto, miradas que saborean otro alimento sólo apto para el espíritu iniciado que se esfuerza en saber, en sentir que esa finalidad es comunicación con la sabiduría. Un bastón sobre el íntimo soporte nos ayuda a caminar entre los cuadros, hace reflexionar; hay reversos del lienzo en ese bastidor que guarda las esencias, que nos escamotea lo creado, otra forma de ver como así mismo la lección de Duchamp tan asumida como homenaje, mas bajo nuevo enfoque que conquista un espacio, transparencias fundidas en las redes del tiempo y de lo humano. Y las contradicciones, los íntimos naufragios, las cruces que señalan y que a veces abrazan o te abrasan; el zen, el tao, Heidegger y Suzuky, Hegel, Leibniz, la transgresión que imponen los alambres, las cuerdas de tender, la estopa o los metales, y también lo antiguo y lo moderno de aquel polvo de mármol que usaban los románicos para sus frescos místicos. Todo tiene cabida en el mundo de un Tàpies donde nos sumergimos sin apenas respiro donde las obras laten, al mismo tiempo la paz y la armonía acompañan con un sonido de cañas de bambú, o tal vez como el roce sereno de las hojas del Montseny y el agua que recorre las venas de la tierra, la sencillez del gesto, los ojos que dialogan...

Tàpies es ese prestidigitador tan conocido y tan desconocido que nos invita a ser mientras estamos, hay una magia luminosa y táctil en el propio interior, y en cada obra, un secreto que sólo sabe quien las ha creado, aquel que persiguió el enigma infinito del espejo en lo que se contempla mientras se reflexiona o se medita: desde el interior. Desde el vacío...