Artículos y reportajes
Fotografía: Lawrence ManningUn asunto de familia

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Y mis padres por fin se dan cuenta de que he sido secuestrado y se ponen en acción inmediatamente: alquilan mi habitación.

Woody Allen

Carecer de familia es poseer muchas papeletas para la desdicha. Tenerla, también. Aparte de la propia (si no somos huérfanos) y las de alrededor, los enfermos de literatura hemos conocido otras muchas familias: los Lear, los Karamazov, los Thibault, los Malasangre, los Buddenbrook... hemos tenido noticias de Medea, que se cargó a sus retoños para vengarse de su marido. Un joven escritor dice que sin el rencor hacia su padre no hubiera sido lo que es. “Mi madre es la causa de todo el mal de mi vida”, revela Balzac. Marguerite Duras fue obligada a prostituirse por la suya. Scott Fitzgerald despreciaba a sus padres y de niño mató a su madre en un cuento y se inventó un árbol genealógico lleno de celebridades. Muchos niños creen haber sido comprados a una tribu de gitanos.

Existe un libro de Maggie O’Farrelles sobre las relaciones familiares y lo que pasa cuando se ponen las convenciones sociales por montera, más bien doloroso. La extraña desaparición de Esme Lennox hace recodar la película antipsiquiátrica de Ken Loach, Family Life (vista en los setenta con gran emoción por los jóvenes sensibles del aprobadillo raspado y la erudición cinéfila), claramente deudora de las ideas de Laing y Cooper sobre las causas sociofamiliares de la esquizofrenia, en donde una madre destructiva hacía sufrir de manera indignante a una pobre chica llamada Janice. Eran años en que se veía al psicótico como héroe contracultural, en que se amotinaban locos liderados por Jack Nicholson (que sería castigado con una lobotomía) en One Flew Over the Cuckoo’s Nest... Eran años de intelectualismo histérico, de obras plagadas de psicodrama familiar, el tono catártico.

La novela, editada por Salamandra, de gran intensidad dramática y magníficamente escrita, con diferentes voces narrativas, trata de padres autoritarios y puritanos que transmiten valores con aplicación digna de mejor causa. Aquí a la protagonista la torturan psicológicamente primero, luego la meten en un psiquiátrico y más tarde le arrebatan un hijo fruto de la violación a que fue sometida por un joven respetable para entregárselo a la hermana “buena”, cuyo marido no parece seducido por los encantos de la cópula. Se mostró agudo Adler al resaltar la importancia caracterológica de la posición del niño entre sus hermanos según el orden de nacimiento (también es determinante la distancia temporal), para explicar su competitividad, sus hosquedades, sus agarradas periódicas.

En la película de Loach, Janice es obligada a abortar “por su bien”. Al final, en vez de escribir una “carta a la madre” se desmorona psicológicamente bajo un diluvio de reproches y culpabilizaciones. El público salía del cine en el que se refugiaba de la oprimente mediocridad con aire apesadumbrado, algo así como el del “rebelde sin causa” Jimmy Stark, decidido a evitar toda camisa de fuerza, a regirse de acuerdo con sus propios prejuicios y no con los heredados, con ideas fijas sólo de su cosecha... Family Life estuvo inicialmente prohibida en Francia, patria de la libertad, lo cual dejó a más de un francófilo con las cejas tan arqueadas que casi llegaban hasta la coronilla...

Terminada la lectura se descubre en la bibliografía un libro editado por el Fondo de Cultura Económica, Cordura, locura y familia, cuyo autor es ni más ni menos R. D. Laing, de tanta influencia en varios sitios, sobre todo en Italia: acabaron cerrando todos los manicomios con consecuencias, suponemos, devastadoras. Cabrera Infante, cuyo abuelo mató a su abuela y luego se suicidó, fue siempre partidario del electroshock como método curativo. Cabe recordar que Cabrera Infante tomaba mucho litio. Y cabe pensar que ni un montón de diplomas, ni cinco Miss Universo, ni mucho dinero en Suiza bastan para desprenderse del niño asustado que se agazapa languideciendo en el interior de cada mortal.

Si esa mujer de aspecto gótico, Amelie Nothomb, ha escrito un libro que se titula Matar al padre. Colm Tóibín, para no ser menos, acaba de publicar otro con el elocuente título de Nueve maneras de matar a tu madre. Entre otras cosas, en este último se habla del enmadrado bibliófilo Borges, nos descubre la crueldad con que un famoso William Butler Yeats ignora las cartas en las que su fracasado padre le habla de sus esfuerzos literarios, en busca de aprobación, y lo que Elisabeth Mann le dijo a Golo: “Una vez cumplidos los treinta hay que dejar de culpar a los padres de cómo somos”. Cheever no compartía esa idea y culpaba de todos sus males a los suyos.

“Nada puede ensamblar de nuevo esas piececitas y el tiempo pasa a toda velocidad, y entonces sólo queda una maraña de cables rotos, que no sirven para nada porque al final no son capaces de emitir ni de recibir señales”, escribe Sebastian Barry sobre la capacidad lesiva del padre. El discurso sobre la familia dura desde hace una eternidad. Para unos es un refugio imprescindible, para otros es un invento reciente que tiene como fin permitir la transmisión de dinero y símbolos nefastos. Los etnólogos se complacen en profetizar su carácter efímero, entre los modelos clásicos y los que están apareciendo... Probablemente todavía queda alguien que la considera una institución que tiene su lado bueno, pero es evidente que está en crisis para complacencia de modernos. Todo el mundo, católicos, luteranos, se quejan de algo, de educación agobiante, rigores draconianos, padres que muestran poco afecto, dioses patriarcales, yugos de los que habría que emanciparse. Ahora se cuenta que más del noventa por ciento de los menores que pasan por los tribunales proceden de familias deshechas, de la abolición del rol ejemplar del padre, de una sociedad que pierde entereza sin un corpus de fundamentos morales compartidos... Podría afirmarse sin caer en la demagogia que hemos pasado del ordeno y mando al cachondeo pedagógico, del autoritarismo al desnortamiento, de familias que “rezaban unidas”, y por lo tanto, “permanecían unidas”, a los esperpénticos personajes de Todd Solondz...