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Huerto del Cura

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La cafetería del hospital, a esa hora de la noche, estaba casi desierta. La única empleada bostezaba mientras ordenaba el contenido de las vitrinas. Diego Robayo estaba sentado al lado de una ventana por donde se veía un pequeño jardín con unas plantas a punto de ahogarse en la lluvia que caía inmisericorde desde hacía varios días en Bogotá. Tomó un sorbito de un café a cuyo sabor artificial ya se había habituado, consultó la pantalla de su celular y siguió hojeando sin ningún interés el periódico gratuito que alguien había dejado sobre la mesa.

—¿Le importa que le acompañe un ratico, señor Robayo?

Al levantar la mirada, Diego vio a una mujer de unos cincuenta años. Llevaba un conjunto de pantalón azul y un abrigo claro que estaba mojado en los hombros.

—¿Quién es usted?

—Soy la mayor Sanín —contestó la mujer, mostrando un carné—. Inspectora de policía.

—¿Y qué quiere de mí?

—Creo que me voy a sentar un momento —dijo la inspectora, sin contestar a la pregunta de Diego—. ¿Me permite?

Era una pregunta que no admitía ninguna respuesta razonable. Es curioso, pensó Diego, sintiéndose violentado, cómo la autoridad se suele disfrazar de cortesía para ser más autoridad.

Después de sentarse, la inspectora Sanín puso una botella de gaseosa y un vaso de plástico sobre la mesa y sacó una libreta y un esfero.

—No se preocupe —dijo, sonriendo de forma apenas perceptible—, no le voy a poner un comparendo. Sólo quiero hacerle algunas preguntas.

Sin embargo, no parecía tener prisa para hacerlas. Se sirvió gaseosa y se la tomó despacio.

—¿Cómo está su papá? —preguntó finalmente.

—Bastante mal. Está vivo gracias a una máscara de oxígeno. ¿Por qué me está preguntando por él?

La inspectora, además de no tener prisa para hacer preguntas, tampoco la tenía para contestarlas. Con mucha tranquilidad, volvió a llenar el vaso.

—¿Qué es lo que tiene exactamente? ¿Cáncer de pulmón?

—Enfisema pulmonar. Estadio final.

—¿Cuántos años tiene su papá?

—Cuarenta y siete. Y como usted no me diga ahora mismo de qué se trata todo esto, me voy —dijo Diego, haciendo un amago de levantarse.

—Tenga unos minutos de paciencia, se lo ruego. Le prometo que valdrá la pena. Primero, dígame una cosa. Si no estoy equivocada, usted nació en España, ¿cierto?

—Sí.

—En 1990.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

—¿Y en qué año vino a Colombia?

—En 1994, con mi padre.

La inspectora movió los dedos como si estuviera haciendo cálculos.

—¿Por qué volvieron ustedes a Colombia?

—Ese es un asunto privado que no le concierne.

—Señor Robayo, qué pena con usted, pero cuando una inspectora de policía hace preguntas, los asuntos dejan de ser privados.

La observación pareció inapelable.

—Mi madre se había marchado con mi hermana y mi padre no quiso quedarse en España.

—¿Eso se lo contó su papá?

—Sí, claro, pero eso fue años más tarde. Cuando volvimos a Colombia, yo apenas tenía cuatro años.

—¿Y adónde se había ido su mamá?

—No tengo ni la menor idea. Desapareció. Nunca volvimos a saber nada de ella ni de mi hermana.

—Y en España, ¿dónde vivían ustedes?

—En un pueblo muy pequeño de la provincia de Huelva. No lo conocerá.

—Calabazares —dijo la inspectora.

Diego la miró con sorpresa.

—En una finca llamada “Huerto del Cura” —continuó la inspectora Sanín.

—No, está usted equivocada —la interrumpió Diego—, así se llama una finca que tiene mi padre en Sucre.

—También.

La inspectora sacó una hoja de papel doblada que tenía guardada en la parte posterior de su libreta. Parecía una foto sacada de Internet. Se la entregó a Diego.

—¿Este es su papá? —le preguntó.

La foto mostraba un hombre de unos 30 años, con aspecto de labriego, una escopeta al hombro y fumando un cigarrillo. Detrás suyo, había un letrero pegado de cualquier manera sobre una valla que decía “Huerto del Cura”.

—Sí, es mi padre. ¿De dónde salió esta foto?

—De un blog que pertenece a un miembro de club de tiro y caza en Sucre. Ahí se dice que el club lamenta la enfermedad de su socio Jairo Armando Robayo y le desea una pronto recuperación. ¿Usted no conocía la foto?

—No, nunca la había visto. Sé que mi padre es socio de ese club pero la caza nunca me ha interesado. Yo estudio Artes Plásticas y no me agrada la caza, me produce repulsión. Tampoco sé cómo consiguieron esta foto. Debe ser de sus primeros años en España. Y no entiendo —añadió— para qué me la está enseñando. ¿De qué va todo esto?

La inspectora Sanín sacó otra foto de la libreta.

—Mire.

Era la misma foto, pero en papel fotográfico y con otra leyenda: Juan David Bernal Ospina. Llevaba estampado un sello de la Policía Judicial de Sevilla (España).

—Le explico —dijo la inspectora, ante la incomprensión que se reflejaba en la cara de Diego—. Yo me dedico a delitos de hace mucho tiempo, casos antiguos, los que parecen estar cerrados por falta de resultados pero que, de alguna forma, siguen abiertos. Esta foto nos llegó vía Interpol hace muchos años. Concretamente, en septiembre de 1994. Si me pregunta cómo la consiguió la Interpol, le diré que no lo sé. Supongo que la tendría alguien del pueblo, de pronto algún amigo de su papá. O quizás la foto se había quedado en la finca donde ustedes vivieron. De todos modos, la Interpol de España le pidió a la policía colombiana que buscara a este señor, llamado aparentemente Juan David Bernal Ospina, ciudadano colombiano de 29 años que se había marchado de su domicilio en Calabazares con destino desconocido a los pocos meses de haber denunciado la desaparición de su esposa y su hijita de dos años. La búsqueda acá en el país no tuvo resultados: encontraron a unas cuantas personas con ese nombre pero su aspecto no se correspondía con la persona de la foto ni habían vivido en España. Además, en aquellos años en la policía teníamos las manos llenas con otras cosas. Finalmente, el caso terminó en mi archivo. Pero, como le dije, los casos cerrados siguen abiertos y así pudo ocurrir que el mes pasado la policía española nos notificó que habían descubierto, en el “Huerto del Cura”, los restos de dos personas, una mujer y una niña.

Diego no supo qué decir. Le entró un fuerte afán de levantarse y salir de allá pero su cuerpo no quiso ponerse en marcha. La inspectora volvió a sacar una hoja de la libreta.

—Mire —dijo—, el caso incluso salió en la prensa local.

La hoja que le entregó era una fotocopia de una nota de un periódico de Huelva.

Los restos de dos cuerpos humanos, una mujer y una niña, han sido hallados en una finca de la aldea de Calabazares, en Almonaster La Real (Huelva), donde desaparecieron hace unos 18 años. La investigación está siendo desarrollada por la Brigada de la Policía Judicial de Sevilla desde hace algún tiempo, sin que por el momento se conozcan más detalles de la misma.

Los cuerpos aparecieron a finales de la semana pasada y corresponderían a una mujer y a una niña, según han indicado fuentes municipales. Los restos se hallaron en una finca abandonada, “Huerto del Cura”, propiedad de un hombre de origen colombiano y del que no se sabe nada desde hace muchos años.

Se investiga si las muertes de estas dos personas, allá por 1994, fueron accidentales o si por contra fueron violentas, y sobre el caso se ha decretado el secreto de sumario.

—¿Qué quiere decir todo esto? —exclamó Diego con vehemencia—. ¿Que mi padre es sospechoso de haber asesinado a mi madre y a mi hermana?

La inspectora Sanín no contestó enseguida. Volvió a llenar su vaso de gaseosa. Diego tiró la fotocopia de la noticia sobre la mesa.

—Le voy a decir una cosa bien clara, inspectora. Mi padre es un hijo de puta de mucho cuidado. No le importa nada ni nadie que no sean él y sus asuntos. Yo me fui de la casa con 15 años porque no lo soportaba más y trabajo todos los días para poder pagar mi carrera. Por eso sólo vengo al hospital en las noches. Pero también es verdad que mi padre se llama Jairo Armando Robayo y no Bernal Ospina, que me costó Dios y ayuda conseguir que le ingresaran en este hospital para que no se pudriera en un pasillo de un hospital de provincia y que no tiene a nadie más que a mí, muy a mi pesar. Sus supuestos amigos del club de caza y sus amiguitas de toda la vida no aparecen por aquí.

—Todo eso es verdad, señor Robayo, y lo comprendo, pero déjeme terminar la historia. Tengo un colega nuevo, una persona que trabajó en un grupo investigativo de la Fiscalía relacionado con delitos ecológicos. Es una persona con una excelente memoria visual. Hace algunos días, cuando estaba revisando algunos casos del archivo, me dijo, al ver esa misma foto que tiene usted allí: “Yo conozco a ese hombre, lo he visto antes, en alguna parte. Y me suena mucho también el nombre de esa finca”. Encontrar la foto en el blog que le mencioné antes le tomó muy poco tiempo. Resulta que el año pasado mi colega investigó a muchos cazadores en los departamentos de Sucre y Bolívar por un fraude de permisos de caza y por delitos de caza furtiva. Me imagino que su papá no le habrá hablado del asunto.

—Mi padre no me habla de ningún asunto.

—Bueno, el hecho es que solucionar el caso fue relativamente fácil: en los archivos del Ministerio quedaba constancia de que había inmigrado desde España alguien llamado Jairo Armando Robayo Vélez. Ingresó al país en julio de 1994, proveniente de España y en compañía de su hijo Diego de cuatro años. La policía nacional hizo algunas averiguaciones en Sucre y así supimos que a su padre le ingresaron aquí hace varios días. Tampoco fue complicado averiguar que su hijo pasa las noches en la cafetería del hospital.

—Entonces, a ver, si mi padre se llama Jairo Armando Robayo, ¿qué me está hablando de ese tal Bernal?

—Es que, desgraciadamente, no consta en el Ministerio de Relaciones Exteriores ni en la Embajada de Colombia en España ni en ningún consulado la expedición de un pasaporte a alguien llamado Jairo Armando Robayo Vélez. Conclusión: el pasaporte era falso. ¿Por qué? Porque su papá no quería viajar bajo su verdadero nombre. Repito la pregunta: ¿por qué?

—¿Me lo está preguntando a mí? Si usted parece tener todas las respuestas.

—Debe usted entender que, después de la desaparición no explicada de una mujer y su hijita pequeña —continuó diciendo la inspectora Sanín—, el primer sospechoso es el esposo, a no ser que lo podamos descartar al cien por cien. En este caso, no fue posible descartarlo, aunque la verdad es que, hasta la fecha, tampoco se pudo probar que su padre fuera el causante directo o indirecto de la desaparición. Perdone la terminología, señor Robayo, pero a veces los policías hablamos así. Por cierto, en aquel entonces lógicamente no se hablaba aún de homicidio pues no había cuerpos. En todo caso, me imagino que su padre no quería salir de España bajo su nombre verdadero porque no sabía si la policía lo permitiría. En algún lugar debió conseguir un pasaporte falso y, desde entonces, ha vivido aquí como Jairo Armando Robayo. Y usted como Diego Robayo.

La inspectora calló. Diego miró hacia el jardín y permaneció un largo tiempo en silencio. Finalmente, se dirigió a la inspectora.

—Mi padre nunca me ha hablado de nuestra vida en España. No sabía que la finca de allá se llamaba también “Huerto del Cura”. Realmente, no sé nada de mi mamá ni de mi hermana. Ni siquiera tengo fotos de ellas. Mi padre sólo dijo algo una vez, como a los dos o tres años de habernos venido de España. En el colegio, un compañero me preguntó por qué yo no tenía mamá y cuando se lo pregunté a mi papá, me dijo: “Tú no tienes mamá ni hermana porque desaparecieron. Tú tienes un papá y eso debe ser suficiente. Si te vuelven a preguntar en el colegio, contesta así”. Y me enseñó el puño de la mano derecha.

La inspectora se levantó.

—Señor Robayo, le deseo mucha suerte estos días. Perdóneme por molestarlo.

—¿Qué? ¿Se va así no más?

—Sí, aquí yo ya no puedo hacer nada. A no ser que quiera que capture a una persona a la que sólo le quedan algunos días de vida.

—¿Y yo? —pregunto Diego—. ¿Yo qué voy a hacer ahora? Si no soy Diego Robayo, ¿quién soy?

—Esa es una cuestión administrativa, señor Robayo, y también psicológica, por qué negarlo. Soy madre soltera con un hijo que tiene su edad, así que lo entiendo perfectamente. Pero no es un asunto policial. Permiso.

La inspectora recogió la libreta y el esfero, tiró el botellín de gaseosa y el vaso a un cubo de basura y salió de la cafetería. Diego consultó su reloj: casi las once y media de la noche. Cogió la fotocopia de la noticia que se había quedado sobre la mesa, la volvió a doblar, la metió en la chaqueta y se dirigió a los ascensores.

La habitación de Jairo Armando Robayo estaba casi a oscuras, a excepción de una pequeña lamparita encima de la cama. Su padre parecía estar dormido. Diego se sentó en la silla al lado de la ventana, ensimismado, reflexivo, aparentemente tranquilo, escuchando el ligero y regular gorgoteo de la máscara de oxígeno. Cuando, quince minutos más tarde, su padre abrió los ojos, Diego se paró al lado de la cama, sacó la fotocopia de la chaqueta, la desdobló y la mantuvo ante los ojos de su padre. Un repentino centelleo cruzó las pupilas de Robayo. Abrió la boca y murmuró algo.

—¿Qué ha dicho, papá?

Diego levantó ligeramente la máscara de oxígeno.

—Tu hermana no era hija mía —articuló Robayo con dificultad. Intentó toser, pero sólo le salió un hilillo de flema.

—Tu madre era... una maldita puta.

Hizo un esfuerzo desesperado por coger la fotocopia y la arrugó con vehemencia. Diego se la quitó, la alisó y la volvió a meter en el bolsillo de la chaqueta. Luego, miró a su papá. Vio los mismos ojos de siempre, llenos de rabia. Puso la mano sobre la llave del oxígeno. Para cerrarla, sólo hicieron falta dos vueltas. El gorgoteo dio paso a unos sonidos oscuros de ahogo, de asfixia. Luego, silencio total.

Diego volvió a abrir la llave y la limpió con un pañuelo de papel que se guardó en el bolsillo del pantalón. Luego, salió de la habitación y bajó en el ascensor. En el hall de recepción del hospital, vio a la inspectora Sanín que estaba sentada en uno de los bancos al lado de la salida.

—Murió —le dijo Diego al pasar y salió a la calle.

Seguía lloviendo.