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Ajedrez

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Habían cambiado los muñecos de Superman y de Batman por figuras de próceres; los objetos bélicos por herramientas de fábrica; a la Barbie le pusieron anteojos y, a partir de su modelo, idearon una muñeca nacional, que venía con escritorio y libros de Lenin. Ya no había tampoco cocinitas, ni heladeritas, ni sets de limpieza, ni nada que implicase algún tipo de sexismo ideológico o lingüístico.

Ahora era el turno del Ajedrez.

—La idea de un rey, de caballos y alfiles, es demasiado militar, anacrónica y aristocrática —explicaba el portavoz del gobierno, frente a los representantes de la Cámara del Juguete—. Por eso, y por el bien de los niños, que son el futuro, nos vemos en la imperiosa necesidad de democratizar también ese juego, que sabemos tanta pasión ha generado siempre, y al que seguramente todos los aquí presentes han jugado alguna vez.

El auditorio lo escuchaba en silencio. Algunos asentían y preparaban las manos para el aplauso. En otra época, muchos hubiesen quedado perplejos, pero ahora ese tipo de decisiones no sorprendía a nadie.

—La figura del rey —continuó el orador— será reemplazada por la del presidente. La de la reina, por la del vicepresidente. Ya no habrá más alfiles sino ministros de economía. En lugar de los caballos pondremos algunos sindicalistas y, a las torres, se las cambiará por diputados, porque la desmonarquización del juego, mis estimados, debe ser total y absoluta, y ya no habrá tampoco blancos ni negros, sino rojos y blancos, como debe ser.

Entonces muchos se pusieron de pie y hubo un aplauso efusivo, que duró un largo minuto. Cuando se hizo de nuevo silencio, uno de los fabricantes de juguetes se levantó tímidamente y, casi con miedo, preguntó:

—¿Y los peones? ¿Qué se debe hacer con ellos?

—A los peones —respondió el portavoz— habrá que llamarlos “obreros”, o bien “trabajadores”, según se prefiera. Dejo a ustedes la libertad de decidir entre uno y otro, porque al fin y al cabo esto es una democracia y a nosotros nos gusta que participen todos.

Otra vez el auditorio estalló en aplausos y el portavoz, ya sin más que decir, se fue saludando y sonriendo, con la misma sonrisa trabajada que uno podía ver en los afiches.

Una semana después, en las jugueterías ya no quedaba ningún ajedrez. Algunos se vendían todavía en el mercado negro y otros fueron exportados a Hong Kong por el magnate chino Wang Lee. Los fabricantes ya se habían puesto a trabajar en el diseño de los nuevos modelos, cuya aprobación gubernamental era indispensable.

Sin embargo, cuando llevaron al Ministerio las primeras muestras se encontraron con un “no” rotundo, que los dejó con la boca abierta.

—Creo que tendrán que disculparnos —les dijo un secretario, que había llegado casi corriendo y tenía, por eso, la respiración dificultosa—; pero me acaban de informar que hubo un cambio. Lo siento, pero me temo que habrá que volver a modificar algunas cosas.

—¿Qué cosas? —exclamó, absorto, uno de los fabricantes.

—Bueno, eso se les anunciará a su debido tiempo. Sin embargo, creo les puedo adelantar algo: la figura principal ya no será rey, pero tampoco presidente. Ahora... será un emperador. Un grande y majestuoso emperador.

Los empresarios se quedaron callados por un momento; después, anotaron ávidamente la nueva información en sus libretas y, sin perder tiempo, pensaron la forma que tendría el nuevo diseño. Mientras se iban, de fondo, comenzaron a escucharse los primeros acordes de la marcha alemana de San Lorenzo.