Lo amaba —así se lo había asegurado— pero el otro era un rico industrial y él solamente un escritor desconocido.
Quiso que tuviera algún recuerdo de ella y, como regalo de despedida, le llevó una caja de sándalo recubierta por un cristal opalescente. Cerrada. Ofelia le entregó también la llave, pero al hacerlo le dijo:
—Nunca la abras. Adentro está mi corazón.
Cuando partió hacia la isla lejana cuyas palmas hacen cimbrear el tibio aliento del Caribe y donde las aguas transparentes permiten ver fosforescencias de filosos y estáticos corales y medusas ondulantes y escurridizas, llevaba la caja en su maleta, la pequeña llave pendiendo del cuello, y un agujero en el alma.
Se instaló en la zona alta, más tranquila, más fresca. Y en él, se instaló la rutina.
La rutina. Había avanzado ya la mañana cuando despertaba, invariablemente enredado en el mosquitero (de puro masoquista había ido a verla salir de la iglesia, un nimbo de tul). Se afeitaba —o no— y se metía bajo la ducha. Con la toalla atada a la cintura se dirigía a la galería y allí tomaba una especie de brunch: mango, palta, un sándwich y mucho café. Después un té de hybiscus que —la vieja criada negra aseguraba— era bueno para el resfrío y para el mal de amores. Quedaba maravillado cuando el color pardo de la infusión se tornaba rosado al echársele unas gotas de limón, como si en el fondo de la taza amaneciera.
Luego encendía la pipa, y a escribir. Cuando el sol en ascuas se acercaba a la línea que une el horizonte con el mar, descendía a la ciudad para tomar ron en el bar frente a la plaza, animada a esa hora, donde parloteaba en creole con el dueño o con cualquier parroquiano de esos que pasan la vida mirando la vida que pasa.
A la vuelta admiraba desde la subida cómo lucía la buganvilla bajo el farol del porche.
Y adentro, el centelleo de la caja. La caja y su secreto... Tras acariciarla como a un gato, se iba a acostar.
El tam-tam, que en la lejanía llamaba al vudú, era para él como una nana que lo iba induciendo al sueño, del que emergía a la mañana abrazado otra vez al mosquitero, al tul de Ofelia.
Y así todos los días.
Y así todas las noches. Con una sola variante, su visita semanal al burdel. Cuestión de higiene.
Rutinario hasta en esto, pedía siempre por Otilia, la dominicana, la blanca. Y siempre hacían el amor de la misma manera. La primera vez ella inquirió acerca de la llavecita y él contestó:
—Es la de mi corazón.
El tema no se volvió a tocar.
Esas veces que regresaba del burdel, sus caricias tenían una sensualidad demorada sobre la caja de Ofelia. Frío era el cristal, pero a él le transmitía el calor de la piel de una mujer.
Monótonos transcurrieron los meses hasta que una vez, encontrándose en el lecho de Otilia, le pareció notar que un gesto de la muchacha, una comisura, cierta manera de arquear las cejas, le traían una vaga reminiscencia. —¿Será idea mía? —pensó, descartándola al fijarse con mayor atención.
Pero al retornar la otra semana, nuevamente advirtió la semejanza, reforzada ahora por una inflexión en la voz.
Esa noche sobó la caja con mayor intensidad.
Demoró en dormirse. Al día siguiente estuvo tumbado en la hamaca con la mirada perdida.
Esperó que atardeciera y —ya no una semana— para ir a verla, pero, cuando la mandó llamar, le comunicaron que era su día franco.
Llegó a la casa sudando su ansiedad. Tomó la caja cuidadosamente y la llevó al dormitorio, depositándola junto a su cama. No podía distinguir si lo que oía era el batir de los tambores lejanos o la inquietud de su corazón. O si provenía de la caja que parecía reverberar con intermitencias de luciérnaga.
Por la mañana resistió al primer impulso. Además sabía que abrían al anochecer. Esperó y su impaciencia hizo que el paso de las horas fuera denso y pegajoso como la melaza.
Otilia ya era el calco de la imagen que de Ofelia había conservado en su retina. Hicieron el amor como nunca, quebrando el ritual. Se mordieron, gritaron, lloraron. Rieron también. Al despedirse la hizo jurar que se iría a vivir con él, a lo cual ella respondió que solamente podría hacerlo después de hablar con Madame Dupuy.
Mañana mismo.
Mañana mismo.
El sol asomaba por encima de la montaña cuando se marchó enarbolando un estandarte: la promesa de Otilia.
Entró a su cuarto. La caja resplandecía. Quizás porque un rayo, filtrándose por la persiana entreabierta, la destacaba en la penumbra.
Era de día y sin embargo el tam-tam, ancestral voz nocturna, retumbaba cercano, tenaz. Como queriendo transmitir un mensaje.
Se arrancó la llave de un tirón.
La caja, al abrirse, emitió un quejido. Él miró. Y salió corriendo.
Golpeó y golpeó hasta lastimarse los nudillos. Finalmente, semidormida, con la cara embadurnada y en bata, apareció Madame Dupuy, la imponente criolla.
—Otilia... Ofelia.
—¿Qué dice? ¿Está loco? —su mal humor era evidente. Casi peligroso.
—O... Ofelia, sí. O... tilia... necesito verla.
—Aquí no hay ninguna Otilia ni ninguna Ofelia —gritó furiosa Madame Dupuy, cerrándole ya la puerta en las narices.
Él, ofreciendo resistencia con el antebrazo, insistía:
—¡Cómo que no! Otilia, Ofelia, O... la chica dominicana..., la blanca.
Entonces Madame Dupuy se hizo a un lado y, con los brazos en jarra, le espetó:
—Pase si quiere, mesié. Aunque las chicas duermen a esta hora, pase y fíjese bien en cada cuarto. En ca-da cuar-to —y agregó, jactanciosa—. Aquí no hubo jamás ni blanca ni dominicana alguna. Todas mis pupilas son de nuestra raza. Y a mucha honra.