Letras
Rimbaud en Catia

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A Manuel Cabesa

Me encontré con Rimbaud en uno de esos bares de mala muerte de la plaza de Catia. Lo pude reconocer a pesar de su vistoso atuendo de cuero vino tinto, las gafas Dolce & Gabanna y un pequeño bolso Louis Vuitton que colgaba de su flaco hombro. Pude notar, cuando se puso de pie para recibirme, que usaba una pierna de palo. Le dije en francés que vestido así era un imán para los ladrones; me dijo que ya no le importaba perder nada, pues ya había perdido el alma que era lo más importante que alguna vez tuvo. Rimbaud parecía de esta época, y si lo miraban era porque los gays llaman la atención y la curiosidad del común de la gente, aun en estos tiempos.

Le pregunté, después de pedir dos cervezas de las negras, qué hacía en esta ciudad tan lejana de su tierra. Y sin modestia alguna me contestó que su universalidad y el hecho de estar muerto le permitían estar donde se le daba la gana. Al preguntarle por Verlaine, su rostro ojeroso y pálido brilló por un segundo, pero en un instante se tornó adusto y con una mueca de desprecio me dijo que no lo veía desde hacía más de cien años cuando coincidieron el entierro de Antonin Artaud.

Verlaine fue mi Dios y mi demonio particular (C’était mon Dieu et mon Diable), dijo con tristeza. De esos días quedaron Iluminaciones y Una temporada en el infierno. En realidad él era un canario atrapado en el cuerpo de un hombre muy triste.

Su rostro lleno de amargura se hizo pálido como al principio. Y con un ademán de la mano izquierda me dio a entender que la entrevista había terminado. Una pequeña lágrima asombrosamente azul como sus ojos rodó por su mejilla.

Atrevido le hice una última pregunta. Poeta, ¿a dónde vas ahora? Poniéndose de pie, su cara hizo el intento de una sonrisa y me dijo: Voy a donde alguien recuerde mis versos, y salió del bar rumbo a la avenida Sucre.

Rimbaud cojeaba y miraba hacia el cielo. Tal vez decidiendo su destino incierto de poeta errante. Por los siglos de los siglos.