Es ciertamente injusta la intrascendencia de la historia de este buen señor. El bien dispuesto ha dedicado su vida a una misión única y ha depositado en ella todos sus esfuerzos más dichosos y sus bríos caudalosos, tal como el mandato general nos induce a creer y, sin embargo, fue condenado —¿quizás intencionalmente?— al más remoto y lacerante anonimato.
Pero hagamos, entonces, hoy aquí, un poco de justicia con nuestro afamado (la fama, nos convencemos en este lugar, se refiere exclusivamente al mentor de la historia y no necesariamente debe expandirse por los espíritus que deambulan el mundo) y relatemos con las incapacidades incalificables que merecemos, su tan memorable historia.
Dígase que el hombre en cuestión no era más que un mequetrefe como tantos que caminan las calles y no exudan más cualidades que las que de tan corrientes se vuelven un tanto despreciables. Vivía en un piringundín de algún barrio cercano que nunca nadie conoció —las visitas suelen necesitar de una insustituible cuota de simpatía para con el visitado, atributo con el que no había sido congraciado el susodicho—. Tenía —pongámosle— sesenta años. Tal vez algunos menos, pero no importa a nuestro cometido: lo que queremos decir es que era un hombre cuyas expectativas no podían —por limitaciones biológico-sociales— superar las instancias de algunas mezquindades propias del género humano: algunas mujeres para unos últimos orgasmos, algún whisky nocturno, quizás alguna cama cómoda para gozar de un sueño medianamente plácido. Nada más trascendente que esas bajezas.
Sin embargo, el señorito (¡vaya a saberse por qué!) contaba con un inmejorable atractivo para la conversación trivial y espontánea. Era un genio, el mentado, un maestro del arte de la charla pasajera y efímera, al pasar, constituida básicamente por banalidades que en nada trastornan el desarrollo de los días ni alteran los ánimos de los más prevenidos. El personaje, con sus catalejos brillosos, andaba por las calles recogiendo desafectos varios e incitando las broncas más profundas en quienes pasaban a su lado. Pero, mágicamente, cuando lanzaba el primer comentario, el desvergonzado, los transeúntes incautos no podían contener sus ansias de estacionar su marcha y comenzar una conversación, tan rauda como insignificante. Pero el acto de la conversación (el hecho en sí) se les volvía inevitable, como una necesidad impostergable para poder continuar caminando sin complicaciones.
Todos, absolutamente todos, por muy dichosos e infatuados que parecieran, frenaban y se ponían a intercambiar futilidades con el señorito, que reía, el muy desgraciado, de su rapaz habilidad. Nada serio, digámoslo, pero perplejamente efectiva era su fórmula para conversar con los apurados que (suponía, se querían convencer a sí mismo, por inducción masiva) no contaban con suficiente tiempo para depositarlo en diálogos tan alejados de la productividad como de cualquier otro tipo de enriquecimiento.
Si alguno de ustedes, estimados lectores, alguna vez, en alguna situación que aquí no tendríamos por qué detallar, se cruzara con algunos de esos caminantes agitados que paraban para conversar con nuestro señor, éstos —estoy seguro— no encontrarían palabras para explicar las razones por las cuales ejecutaban aquellas acciones.
El hombre los tenía atrapados por un secreto encanto. A tal punto llegaban las proezas del muy patán, que muchos caminantes llegaron a desviar largamente el camino a sus trabajos o de retorno a sus hogares, a sabiendas del riesgo de encontrarse con el susodicho charlatán. Sabían, los cobardes y confundidos hombres, que sólo escapando de aquel señorial conversador llegarían a tiempo, ya que la práctica del diálogo y la conversación sólo con él eran llevadas a cabo. Luego, con nadie más conversaban, tan parcos y precipitados como estaban. Sólo aquel hombre (mejor no preguntemos por qué) era capaz de detenerlos y extraerles un comentario a sus siempre recatadas fauces.
La situación —imagínense— estaba volviéndose insoportable: las gentes debían cambiar sus recorridos, provocando retrasos, atoramientos y conflictos de todo tipo, mucho de los cuales llegaban a desembocar en cruentas reyertas, incluso con víctimas fatales (¡Dios los tenga en la gloria y los ampare!). Por lo que podemos suponer (¡Claro! ¡No somos idiotas para no suponerlo!) que la situación se tornó perentoria y las exigencias de respuestas a las autoridades ya eran flujo corriente en colectivos, paradas de taxis, reuniones de café o charlas de peluquería (es de imaginar que en otros ámbitos, tales como almacenes, escuelas, oficinas, verdulerías o centros de estética también podían escucharse comentarios al respecto... creo).
Y las autoridades, muy dispuestas a acudir cuando se las llama, tomaron las medidas requeridas: decidieron, tan pragmáticos ellos, expulsar de la ciudad a nuestro señor e impedirle las visitas por siempre —exceptuando días festivos, lo que incluía cumpleaños de parientes que no tenía o celebraciones por fechas comunitarias que desconocía.
Nuestro erguido señor se retiró entonces, caminando, de la ciudad, no sin abandonar su pícara sonrisa de astuto cachafaz. La ciudad entró en un aliviado sosiego de tranquilidad, donde todos los paseantes circulaban desacomplejadamente, de aquí para allá y de allá para acá, sin temores ni riesgos, más que los propios de cualquier urbanización mundana. Los caminantes ya no sentían el asecho de un charlatán en busca de compañías ni la asfixia del compromiso de escuchar y repetir en cataratas vocablos que podían salir de sus bocas cientos de veces y nunca llegarían a tener otro efecto que el del relleno circunstancial de una conversación por completo olvidable.
Pero la tranquilidad, queridos amigos, es atosigante. Los caminantes se pasaban por al lado, casi que se atravesaban, y ninguno emitía sonido alguno, como a riesgo de provocar el comentario inoportuno en el otro. A pesar de que el gobierno había declarado oficialmente la liberación y multiplicación de las voces, que todos, ahora, sin el molesto hombre que concentraba en sí mismo todas las expresiones posibles del parloteo ultraterreno, podrían hablar y hablar sin problemas ni restricción alguna. Era la libertad absoluta para las expresiones de los hombres. Y, sin embargo, los tan quejosos hasta entonces ningún uso hicieron de esas facultades otorgadas, y decidieron continuar enmudecidos, aterrados por el riesgo de que surgiera otro tal como nuestro olvidado hombrecito.
Iban y venían por las calles, por los bares y restaurantes, por los puestos de trabajos y clubes recreativos, como si nadie existiera, apenas esbozaban algún sonido gutural o un somero gesto para saludar y evitar descortesías innecesarias. Pero ninguno emitía articulación de sonido que aun el menos exigente de los lingüistas podría reconocer como una palabra que establezca una comunicación. Nadie se sentía capaz de decir algo lo suficientemente inteligente como para merecer las atenciones de los otros, tan singularmente turbados y atemorizados como para emular el gesto. Ninguno de los simples y vulgares percibía en sí mismo las necesarias virtudes como para lanzar un comentario que estimule réplicas de similar relevancia y evite la perorata patética y bizantina.
Ninguno de los miedosos y recatados se veía conducido por el resto a hacerlo, imbuidos como estaban todos en sus espantos que los prevenían de callar antes que hablar y despertar el fulgor de banalidades insufribles que sólo harían que apareciera como colonizador del caos estúpido otro señor como el ya dejado en el olvido señor parlanchín. No querían decir nada que no supere la digna inteligencia y, por lo tanto, preferían continuar con su letargo de atroz mutismo.
Ya las parejas casi no conversaban en sus propios aposentos, por espanto de ser escuchados por sus vecinos y que eso provocara las vergüenzas generales y las burlas (sería terrorífico andar por las calles y escuchar, en incordiosos cuchicheos, algo tal como: “ahí va el heredero del viejo conversador”, aunque para escuchar eso debería existir un comentario y, por lo tanto, el contrasentido es evidente, aunque a los fines de las vergüenzas, estas consideraciones carecen de absoluta relevancia). Las clases de las escuelas eran impartidas fundamentalmente mediante gesticulaciones y exageraciones en los modales, aunque no eran necesarias demasiadas muecas y excentricidades, ya que los niños permanecían calmos y callados, gracias a la advertencia recibida (a través de susurros) de sus padres de que no dijeran nada, quizás retraídos por la potencial gestación de un charlatán.
El viejo parlanchín, el tirano de la palabra y el comentario, en fondo más oscuro, de las cavidades espirituales de aquellos hombres —seamos sinceros—, comenzaba a ser extrañado. Era una nostalgia angustiosa que se dejaba ver entre esos melancólicos silencios que acometían las reuniones e impedían tantísimas acciones indispensables para el correcto funcionamiento de una ciudad. (Figúrese usted a un policía tratando de llevar adelante su trabajo y detener a un ladrón en completo silencio; incluso, recree lo difícil de la tarea del propio ladrón que, pobre desgraciado, debía realizar sus atracos sin lanzar ningún grito de intimidación, apelando a la comprensión muda de sus víctimas).
La vida en aquella infortunada ciudad se volvió insoportablemente hostil. El silencio abrumaba e incomodaba, pero nadie juntaba la gallarda valentía necesaria para soltar las primeras palabras y correr el riesgo de provocar el balbuceo persistente y ensordecedor y, todavía más, hasta ser el responsable del descubrimiento de un nuevo parlanchín que emboscara desde las calles a los relajados y piadosos que erraban, fatigándolos con insuperables conversaciones que, pese a lo soporífero e irritantes, eran inevitables, curiosa e inexplicablemente necesarias.
Fue por esa sencilla razón (¡por el miedo, despistado lector!) que aquella ciudad eligió el silencio de la posibilidad multiplicada arbitraria y desorganizadamente, el hartazgo del silencio ante el hartazgo de la charla obligada e insoslayable. Es curioso que de nuestro sibilino señor nunca más nada se sepa, aunque dicen los que fueron que, cuando uno anda por las calles de la ciudad, siente que, con los ojos llorosos, los que caminan le preguntan por él y le suplican que, si lo ve, les mande un fraternal saludo.