Letras
Relación del perdido
Extractos

Comparte este contenido con tus amigos

Coronación de la piedra

¿Qué buena madre durmió la piedra?
¿Qué ángel la cuida que no despierta,
pese a la luz del pescado explayado en su lomo
o a que el niño sobre ella la convierte en atalaya?
Estrellas de agua caen sobre sus párpados.
Parece que nada la conmoviera,
mas su peso sabe de la partida del infante.
Lenta crece de soledad y ya no es torre
ni refugio ni balandra.
Sin embargo duerme la piedra.
Una mujer lanza agua sobre ella y la lava.
Duerme soñando la yegua,
el buque que fue.
Jamás regresará a ella el niño que la montaba.
No volverá para convertirla en potro.
La piedra se duerme en la lámpara que enciende el día,
en la vela que apaga la noche.
¿Qué buena madre la acuna?
¿Qué bello ángel le canta?
También la piedra tiene su soledad;
solo que dormida soporta su peso.
La piedra no huye,
no deserta;
simplemente se corona de dolor.

 

Intuición del agua

Nada sabe la luna de agua
y,
aun así,
se baña en el estanque.
Nada sabe de senderos y,
sin embargo,
persigue al niño.
Llueve luna sobre la sabana,
sobre el estanque dormido,
oscuro cofre de peces y tortugas,
de hojas derramadas que en la mañana soñaron
tornarse pájaros antes de la caída.
Nada sabe la bonga de hechizos y,
sin embargo,
una bruja se ahorca en su ramaje,
atrapa para siempre el corazón del inocente
y escribe en sus pupilas
un sonido con el que iniciar el poema.
Nada saben los peces de luz,
mas la atrapan en sus escamas
para iluminar los caminos
que surcan el estanque.
Como el niño,
nada saben los pájaros de poesía.
Aun así,
intuyen en las cosas un canto
que pretenden cantar.

 

Infancia y limonero

Una aguja y su hilo hacen posible el futuro poema.
El niño lee bajo el sol del limonero
un libro que ya no recuerda
pero que le salvó la vida.
Es el amor el que borda estos vestidos.
De amor y soledad se hace la transparencia de los días.
Juntos se hallan abandonados.
No obstante,
las manos y las frentes salvarán sus corazones.
Deber de cada quien tejer cada día su verso;
pulir el poema,
la vida misma.
La niña escribe versos tirando piedras en el patio,
acomodando la pobreza de sus juguetes.
La madre insiste en el poema con sus pies,
construye con hilos la geografía que no le pertenece,
camina anclada a los sueños que delega.
Para la felicidad basta un limonero;
no importa el olor amargo de los días.
Cuando llueve
una tierra dulce huele en el corazón,
un arcoíris traza el pensamiento.
Cuando anochece
los pájaros se refugian bajo la frente,
una estrella murmura al oído.
Con amor y soledad se construyen estos versos.
Por ahora nadie lee el poema.
Otro día regresará el niño e intentará con sus manos
sembrar en la tierra yerma
la fresca luz del limonero.

 

Agua mayor

Si buscas el pájaro más alto
indaga en tu corazón,
restriega en tus pensamientos.
El cielo no es más que una vieja canoa
transitando apacible el Sinú
o la tribu de cangrejos que entre el estiércol
funda los reinos de Caño Lobo.
La gracia de la mujer no se halla en su falda
ni en la dulce caricia que puebla tus noches,
sino en la forma de perfumar tu corazón,
de engendrar en tu piel
el río que navegaste en la infancia.
Cuando un hombre sufre recuerda que,
si tiene suerte,
allí están las palabras para nombrar su angustia,
para no atragantarse con la fruta amarga que se le ofrece;
pero también está el silencio,
antigua forma de decir ausencia,
de decir dolor,
abandono y soledad.
La vida es tan breve que no sabemos
cuánto duran sus cuchillos,
la plenitud del toronjil.
Bueno el empedrado si lo acompaña
la palabra de un amigo,
el transparente incendio del vino.
La boca construye sus propios versos.
La gracia de toda mano radica en lo que teje,
en lo que acaricia.
La gracia de todo pensamiento se sustenta en la bondad.
Nada vale el corazón que no sangra.
Todo ojo puede ver, contemplar,
aun si está cerrado,
aun si es ciego.
Lo contemplado te contempla.
Nunca acaricies a una mujer sin darte cuenta
y mucho menos sin que ella, como dormida,
lo perciba.
Triste placer aquel que no se regocija en sí mismo.
Toda agua transparente ha de hablar de ti,
de la piel de tu mujer,
de los ojos grandes de tu madre.
Si hallas el paraíso, disfrútalo;
quizá no dure más que un día.
Si tu pie pisa el infierno, no maldigas:
el infierno ha producido buenos versos.
Nadie que conozca el mar vuelve a ser el mismo.
Dichoso tú que aún pequeño conociste
un mar y cuatro ríos.
El mayor de todos comienza en tus pies.