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Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 29, del 4 de agosto de 1997

Las letras de la Tierra de Letras


Extractos de "Al roce de tu lenguaje"

Yadira Pérez

Vengo por el pudor perdido
desde adentro
y me tocó la distancia

Abajo nuestros destinos se unen
el sueño muere
y comenzamos el viaje
tras las huellas
del herido pájaro

Que escapa de tu boca.


Ahora no hay distancia en tu vestido
éste cae suave a tus pies
que son entrega árida
Luego voy de amaneceres turbios

Enfilando el alma

Por eso la ternura no volverá

Por no morir

Por no ser.
Tu huella es mi nostalgia
que canta en el extraño país del exilio.

He olvidado la senda del retorno
por eso pregunto a mi sombra en alta voz

¿Dónde queda la lluvia?
¿Dónde?
¿En qué camino de tu ropa?

He buscado en lo más profundo
de nuestra rutina.

Pero paso
invisible de tu asombro.


Lamento no tener el destino
sin embargo
reconozco las absurdas pretensiones
de los ancianos que visitan los templos

En la entrada han cubierto el piso
con pétalos de diversas flores
y tras los muros
tus ojos se borran aturdidos.

Entonces en el ritual de siempre

y con solícito esmero te persigo.


Nunca me diste oportunidad
aún así lo sé fue mi culpa.

Al abrirme
abriste la venganza en hidálguica alianza
palpitó el silencio hundido en mí.

Entonces
al final con la mano extendida
tomé mi nombre callado para siempre.


Mordido en vuelo
tiemblo al roce de tu lenguaje

Hoy he bebido el sosiego.

Dices que robo los ojos de nuestras conciencias

al contrario.

Si el paisaje se extiende a través de las manos
el pecado es antiguo.

Nada queda en las huellas
que hunden la luz
lejos del rencor.

Ven sin miedo
ven

Juntos hallaremos la entrada del ave.


Dispuesto
tras muchos afanes
desciendo hasta la agonía
entonces y ahora el miedo es el mismo
que se esparce y grita con angustia
en los más apartados rincones.

El camino hecho polvo nos reconoce
en la página, en los bordes, en la breve
y terca lucha que permite otro latido.

Mientras me hundo en las arcas.


Déjame reconocerte en el dolor.

Anoche era la estancia oscura
resonaba tu voz.

La ropa interior en el suelo
despojada de vergüenza.

El temor de las níveas caderas
en el arte de la ofrenda.

Me diste, un temblor
cuando dentro de ti, el brioso corcel
pudo redimirte.


Dame la palabra empeñada.
Devuélveme el cuenco lleno que nos anuncia la llegada.

La hora se acerca
la que ha de marcar de nuevo nuestras vidas.

No olvides abrirte toda y enseñar las costillas.

Muéstralas.

Hay siglos de sangre vertida en este duelo.


Como esclavos vamos tras la voz del profeta.

Somos las ruinas de una ciudad,
que perece al filo de la espada.
Sin embargo en la oscuridad el viento levanta
tu saya de doncella.

Y ofrendas el cáliz
abierto como flor de loto.

Detrás vienen los que miden el pecado del mundo.


Lentamente
el inhóspito paisaje se cubre de tu aliento.

Hemos venido desde el Mar Rojo y ya nos recordamos
las grietas.

Débiles como éramos entonces
fuimos arrastrados hasta el altar.
Donde venían hombres y mujeres a diario
a ofrecer sacrificios.

Y vieron su cuerpo marmolíneo.

Uno de ellos, el más grande de todos, habló
de pecados y destierros.

Recogimos las hojas para vestir el cuerpo
y marcháramos por el desierto que nos cubre.


Yo ciertamente
he levantado el velo que cubre tu rostro.

Te he expuesto al escarnio desde días
pasados.

Es mi culpa.

Si soy hombre, soy fuerte.

Y he dejado en la casa fría, cercada por un
círculo de sal, la fruta prohibida.
Que heredé de mi padre.


El hombre que bebe el agua clara
él es mi padre.

Se acerca a diario
con premura, para reconocer las habitaciones
que guardan tu virginidad.

Levanta la túnica que cubre tu miedo.

La fábula
que como ave de rapiña aguardo para clavar mi
garra.

       


Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983