
Abajo nuestros destinos se unen
el sueño muere
y comenzamos el viaje
tras las huellas
del herido pájaro
Que escapa de tu boca.
Enfilando el alma
Por eso la ternura no volverá
Por no morir
Por no ser.
Tu huella es mi nostalgia
que canta en el extraño país del exilio.
He olvidado la senda del retorno
por eso pregunto a mi sombra en alta voz
¿Dónde queda la lluvia?
¿Dónde?
¿En qué camino de tu ropa?
He buscado en lo más profundo
de nuestra rutina.
Pero paso
invisible de tu asombro.
En la entrada han cubierto el piso
con pétalos de diversas flores
y tras los muros
tus ojos se borran aturdidos.
Entonces en el ritual de siempre
y con solícito esmero te persigo.
Al abrirme
abriste la venganza en hidálguica alianza
palpitó el silencio hundido en mí.
Entonces
al final con la mano extendida
tomé mi nombre callado para siempre.
Hoy he bebido el sosiego.
Dices que robo los ojos de nuestras conciencias
al contrario.
Si el paisaje se extiende a través de las manos
el pecado es antiguo.
Nada queda en las huellas
que hunden la luz
lejos del rencor.
Ven sin miedo
ven
Juntos hallaremos la entrada del ave.
El camino hecho polvo nos reconoce
en la página, en los bordes, en la breve
y terca lucha que permite otro latido.
Mientras me hundo en las arcas.
Anoche era la estancia oscura
resonaba tu voz.
La ropa interior en el suelo
despojada de vergüenza.
El temor de las níveas caderas
en el arte de la ofrenda.
Me diste, un temblor
cuando dentro de ti, el brioso corcel
pudo redimirte.
La hora se acerca
la que ha de marcar de nuevo nuestras vidas.
No olvides abrirte toda y enseñar las costillas.
Muéstralas.
Hay siglos de sangre vertida en este duelo.
Somos las ruinas de una ciudad,
que perece al filo de la espada.
Sin embargo en la oscuridad el viento levanta
tu saya de doncella.
Y ofrendas el cáliz
abierto como flor de loto.
Detrás vienen los que miden el pecado del mundo.
Hemos venido desde el Mar Rojo y ya nos recordamos
las grietas.
Débiles como éramos entonces
fuimos arrastrados hasta el altar.
Donde venían hombres y mujeres a diario
a ofrecer sacrificios.
Y vieron su cuerpo marmolíneo.
Uno de ellos, el más grande de todos, habló
de pecados y destierros.
Recogimos las hojas para vestir el cuerpo
y marcháramos por el desierto que nos cubre.
Te he expuesto al escarnio desde días
pasados.
Es mi culpa.
Si soy hombre, soy fuerte.
Y he dejado en la casa fría, cercada por un
círculo de sal, la fruta prohibida.
Que heredé de mi padre.
Se acerca a diario
con premura, para reconocer las habitaciones
que guardan tu virginidad.
Levanta la túnica que cubre tu miedo.
La fábula
que como ave de rapiña aguardo para clavar mi
garra.