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Instante, fragua, depredación y éxtasis en la obra de Gabriel Jiménez Emán

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Gabriel Jiménez Emán

El mundo de un poeta transita en el universo concreto de las reconciliaciones, de los desvaríos y del hastío que produce el acontecimiento ordinario. Ludovico Silva exalta la prosa de Gabriel Jiménez Emán como el esfuerzo que realiza el lenguaje por aprehender lo diverso, lo misterioso. El lenguaje es una tea que alumbra en el laberinto de las posibilidades del conocer. Ese escrutar se realiza en lo medular del hombre, el instante fragua lo que no se ha dicho. Las palabras nos representan en nuestros silencios, somos el infortunio y la alegría, nada nos quebranta en el viaje interior. Se viaja al interior de la conciencia, lubricamos las imágenes que están allí desde el remoto tiempo incandescente, nada ha comenzado, ni el término se avizora en su cercanía. El hombre simplemente discurre en el tiempo, como lo expresa Salvador Garmendia todo transcurre en lo inusitado, se impone la pesadilla, el desenfreno y el aturdimiento.

La escritura se vuelve aventura en la prosa de Gabriel Jiménez Emán. Tal se nos ofrece en los cuarenta acercamientos a su obra presentes en el volumen Gabriel Jiménez Emán. Literatura y existencia. Valoración múltiple de su obra (Ediciones Imaginaria, 2012). Para este escritor somos lo insólito, lo que no se detiene. No conocemos el límite ni el escarnio, vivimos en el juego, en la ductilidad de las intuiciones. No podemos ser precavidos, descendemos todos los días más allá de nosotros, somos la sindéresis y la aventura. Los escupitajos laceran nuestras certidumbres, pero seguimos avanzando, pues no hay territorio seguro para el ser humano. El ser se decanta en el lenguaje, el tiempo desgarra, nos convierte en seres de la incertidumbre, de lo inexplicable. El hombre es un ente de soledades, de silencios, de augurios. Los Dioses no se han esfumado; transitan con nosotros circularmente en la naturaleza, en el espíritu, en los cantos, en el sufragar de la existencia como fiesta y tragedia.

 

El lenguaje de Gabriel transita por el mundo de lo absurdo, de lo oscuro. El hombre es una sustancia contingente, pero llena de marasmos, de oquedad. La vida aparece como lo absurdo. Lo inesperado se le presenta a ese ser de las preocupaciones que es el hombre. El lenguaje connota y da sentido al despilfarro de los hechos. Los desatinos forman parte de la existencia, del instante en el cual escogemos un rumbo. El hombre acepta su destino, se esculpe a lo que se le presenta. La imaginación discurre en lo que la presenta. Cada quien es un destino, un peregrinar. El mundo se da como trazado de antemano sin otra palpitación que el estar. De las tinieblas de la existencia marchamos hacia otras que no conocemos y no nos serán dadas. Ida Gramcko habla del placer de la ensoñación en Gabriel Jiménez Emán; importa lo desconocido, lo que no tiene un itinerario preestablecido.

Hay mundos alucinantes en Gabriel Jiménez Emán, se trata de descubrirlos, explorarlos, caminar entre tinieblas espanta el miedo. Nos acercamos al lenguaje no regularizado que juega y salta a todo lo ancho de la vida. El escritor se muestra como un visionario, como un escrutador de tinieblas, de juegos y peripecias donde nada acaba. La obra de Jiménez Emán dialoga con las preguntas eternas, permanentemente está ante el acertijo del decir, sabe que faltan cosas que expresar, también sospecha que lo ha dicho todo y allí el mundo se le vislumbra gris en su propia precariedad e infortunio. La escritura es el miedo y el transitar ante lo desconocido.

En Consuelo para moribundos las vidas naufragan ante proyectos distintos que no se encuentran nunca. El narrador trabaja el tema del amor, cada quien traza su destino sin más resignación que el azar. Cada individuo ignora al otro, le cruza en la esquina sin sospechar los asaltos de su conciencia. El cuento Trama amorosa somete a escrutinio la conciencia de los actores que fallan con sus juicios sobre el otro sin conocer la conciencia de la otredad de ese yo que se le muestra al frente suyo. Los hombres se rozan y se acusan de los desatinos o decisiones del otro atribuyéndoselos como culpas propias. La vida se vuelve una sustancia huidiza, no es posible regir una educación sentimental para nadie.

 

“Gabriel Jiménez Emán, literatura y existencia. Valoración múltiple de su obra”, varios autoresEl narrador nos regala la urdimbre de pasiones que envuelven a los seres humanos. Los seres están asediados por el último instante. El tedio es otra de las grandes vicisitudes del hombre, todo se esfuma. Los individuos desaparecen como una exhalación, las convicciones no sirven para nada. La vida es la incertidumbre, se impone el desencanto y la fortaleza de nada saber. El hombre ante las preguntas es asaltado por el desasosiego y el escepticismo. La conciencia no logra atenuarse con sus convicciones, no le son suficientes. Gabriel Jiménez Emán podría decir, como Nietzsche: “Nosotros los que conocemos somos desconocidos por nosotros mismos”. No sabemos con exactitud hacia dónde vamos, sobre la muerte y el más allá lo desconocemos todo. Nos manejamos sobre la base de ficciones. “...Es inútil pensar. Todo es imposible. A lo sumo podemos imaginar, hacer o edificar algunas cosas en el mundo para no perdernos antes de tiempo” (Testamento nihilista, p. 17).

El destino no está en manos del hombre, su intervención en el mundo alivia la trama de la vida, pero no la decide. En todo esto hay un realismo trágico del hombre ante los grandes acertijos y las grandes preguntas de la existencia. Los Dioses, la patria y la familia son nuestras grandes invenciones que mitigan y hacen soportables nuestros dolores. El hombre es un ser de la dereliction, de la orfandad. Este testamento nihilista nos retrotrae a las viejas preguntas. El sujeto es un gran cataclismo, es un río difuminado en el tiempo. Al hombre lo acecha el tiempo y se hace consciente de su finitud, sabe de su precariedad, navega en la incertidumbre de no poder resolver nada. El mundo es tenido por Gabriel como una gran equivocación de Dios, todo ha sido hecho desde el sueño.

La escritura de Gabriel está dominada por la ironía, Dios es presentado en toda su imperfección. Jorge Luis Borges asoma como figura que entendió que la novela sería su pesar. Cuando empezó a escribir su novela se quedó sin vista, a esto le contrapone a la poesía como un gesto de mayor penetración y comprensión. El narrador sabe que la vida no se puede regir por absolutos, hay un escudriñar profundo de los seres humanos, sus pensamientos le desmalezan el camino que mejor les conviene. Los hombres afrontan la vida con los recursos que tienen para no perecer de nostalgias, de soledad, de ausencias. El hombre de la casa sola es un poema que nos muestra a un mortal que repite sus hábitos, para no hastiarse camina de una esquina a otra de su cuadra y fisgonea por la ventana para ver a los suyos que han muerto hace mucho tiempo. Los hombres circundan en redondo sus vidas, viven con el pesar de las lejanías y de las ausencias.

Los objetos inanimados toman fuerza por sí mismos, buscan su destino, giran por los aires hasta recomponerse y preservarse. Hay cosas que no se pueden destruir, allí están sus moléculas acechándonos. El oficio de escritor puede ser perturbado por un suceso fortuito o el golpe de un destino incierto. La vida se va mostrando como una incertidumbre, como una acechanza, como un constante muestrario de eventos sobre los cuales no tenemos control.

La finitud y la muerte son tematizadas como momentos importantes en los que el narrador resalta la posibilidad que tiene el difunto de relatar el último instante, de contar para la posteridad la vida de los que se han ido. Las reuniones que se dan entre los muertos en el valle de los difuntos. Desde allí observan la vida de sus semejantes abrumados por la cotidianidad, por los quehaceres de todos los días. El escritor ficciona lo que será después del postrer momento. Gabriel se pierde en la carne de mujeres hermosas que evocan estallidos primigenios. Los senos son un portento donde se contornean los deseos, igual los muslos o los labios bajos que aportan soluciones viscosas al furibundo deseo del amador, quien perdido de antemano navega en la sinuosa ciénega del amor.

El cuerpo es la vida y es la muerte. La lascivia es el parpadear de los deseos. Las carnes se vuelven brumas deseadas de cuerpos que un día no lejano no serán sino polvo de los caminos. Gabriel nos narra el amor embriagante en las osadías del sexo. La posesión se vuelve contacto desprevenido con el barrio, con los amigos, todo sufraga felicidad y corazón henchido y pletórico. El amor ha salido fuera de sí, se ha vuelto sideral, contagioso, orgía de lo cotidiano. El pequeño relato describe las artes de seducción de un poeta que embriaga a su presa en la anodina cola de un banco. En ese momento la palabra se vuelve seducción, arrebata, no hay momento que perder para el canto, para la propiciación de lo que se debe materializar. Para conquistar una mujer perfecta el corazón del hombre se acerca a lo más cardinal que es el temblor de la existencia, es un viaje donde en el diálogo se pierde y se gana en instantes.

 

El cuento brevísimo de Gabriel Jiménez Emán señala los dislates de la palabra, está en juego el hombre en su vida, en sus artes amatorias y en su muerte. La palabra es la reconciliación con lo extraviado, con lo plural, con lo hermoso de la fecundidad de la imaginación, todo marcha hacia la fusión, hacia la vida, hacia lo germinal. La vida se ha convertido en el centro de todo lo que ha de ser proclamado como verdadero. En Gabriel la imaginación es un tejido de sueños profundos, de raudales que marchan de los tiempos preteridos hasta el hoy. En los relatos de Gabriel el instante es un gran hacedor y componedor de la vida. Los hombres juegan desde un tejido incierto donde ganar o perder depende de la fuerza de las decisiones, espero a aquella mujer con la cual apenas he cruzado palabras en la oficina bancaria para que se convierta en real, y en un imaginario que la ha presentido.

La impronta de Jorge Luis Borges como escritor figura en la prosa de Gabriel. Entre lo soñado y el soñante no hay diferencias, desde otro lugar alguien podría estar soñando los dislates de mi mundo efímero. El escritor anhela la eternidad del sueño de la muerte, allí no hay ventanas, todo es continuo y eterno. Todo se convierte en ficción, en aventura donde lo fantástico se debate en el miedo de la finitud. El narrador y el sueño se hacen unidad. La vida termina por convertirse en una constelación de dubitaciones y de incertidumbres.