Sala de ensayo
Fidel FloresDiálogo preterido con el río
Notas de lectura: apostillas simbólicas a una vertiente de la poesía de Fidel Flores

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La condición insondable del mensaje poético es una premisa indispensable en toda aproximación honesta y profundizadora al poema. Esa honestidad es la clave de la veracidad —de la autenticidad— del nivel de la comunión (como decían los románticos) alcanzada por el lector con el sustento simbolizado en el texto poético. Y la profundidad lograda —siempre relativa y limitada por honduras recónditas— debe ser el resultado, de parte del receptor, de un sostenido esfuerzo de sintonía solidaria y desprejuiciada con la siquis profunda del emisor.

¿Terrenos de exigente y enigmática identificación? Así es. “La poesía empieza donde comienza el misterio”, han dicho algunos. Otros, con mayor acierto, han sentenciado: “Sólo hay poesía cuando la razón se hermana con la magia, e inclusive le cede su equilibrado lugar” (vale decir que la ortodoxia de la lógica se desvanece ante la heterodoxia del inconsciente).

¿Pretende lo anterior señalar que la creación poética no es un acto consciente? No. Solamente se busca, de entrada, incorporar la presencia de una doble condición enigmática en la cristalización de un poema. De una parte, en el origen, el estímulo autónomo, no concitado, de lo que simple y llanamente se llama la inspiración (o si se prefiere, el asalto incontrolable de una motivación sicohipnótica). Y en parte progresiva y culminante, está el mundo sustanciador de profundas, misteriosas, e inclusive impúdicas, asociaciones de ideas, reminiscencias culturales, fabulaciones anímicas, secretas derivaciones significativas, miedos, ensueños lúbricos, la dualidad afecto-rechazo; en suma el ámbito soterrado de lo imponderable, que no es propiamente memoria y que, de costumbre, sólo dura un instante, es irrepetible, y con frecuencia sólo tiene sentido pleno en la inmanencia de la concreción emotiva. En consecuencia, se apunta hacia la concepción del acto poético como de un hecho acontecido en sí mismo, que ya cuando trasciende a un lector (o a una relectura del propio creador) nunca podrá revelar la plenitud significante de su riqueza original semántica y anímica.

Pero conviene deponer estas armas conceptuales para centrar la atención en un corpus poético concreto y de particular estímulo estético.

En la obra poética de Fidel Flores cabe develar una simbología específica: territorio signado por la omnipresencia espiritual (¿exclusivamente simbólica?) del río. La conjunción poeta-caudal metafórico de las aguas incesantes es de resaltante evidencia y a la vez de secreta resonancia. Y ello justifica un seguimiento de lo tangible y de lo oculto de esta especie de anfibología de sombras chinescas de la identidad.

Los meandros del río se corresponden con los del signo poético: así como el cauce de las aguas no cumple una línea recta, por igual la relación entre significante y significado sigue tortuosos senderos en la sensibilidad y el intelecto del poeta. O más apropiadamente: el mensaje derivado del ímpetu poético nunca se evidencia a cabalidad; las figuras retóricas y el arte de ocultar más de lo que se muestra son factores constitutivos de su singular esencia expresiva.

Ahora bien, el supuesto anterior es la antesala del eterno misterio de la comunicación poética. Entre signos que se asoman y se retraen; entre presencias siempre parciales y ausencias que no pasan de ser inestables sugerencias sin destino previsible; ¿puede hablarse, propiamente, de un mensaje poético?

Parecería más acertado considerar la eventualidad de una multiplicidad de envíos (¿emisiones?): tantos como actos de sintonía reveladora se produzcan entre emisor y receptor. ¿Un mensaje para cada lector? No. Un mensaje para cada lectura.

De cualquier modo, para quien se aproxima al poema con ánimo analítico, o aunque sea modestamente proposicional, cabe la opción de tomar una vertiente caracterizadora dentro del conjunto simbólico y reafirmarla como un signo acumulativo de una identidad siempre incompleta. Esta perspectiva es la que permite deslindar, en emotivo seguimiento, en la poesía de Fidel Flores, un telúrico dialogar con el río.

De hecho, en el cauce fluyente está sembrada la raíz del espíritu iniciático: el curso del río es único, irrepetible; por ello el agua es una, hoy, aquí. Su pasado y su futuro son inciertos: tan inestables como su eterna andadura. Por ello, el diálogo ha de darse en tiempo presente: esa dinámica, ese eterno fluir, obliga a intermediar a través de palabras que se dicen una sola vez. Así como la plenitud de la corriente es símbolo de vida, el cauce seco remite —ya en la Biblia— a la idea de inconstancia, inclusive de muerte. El río se hace mar o deriva de él un anuncio de eternidad (¿la inmensidad es inagotable?). Navegar en el río es, a fin de cuentas, un convenimiento con una fuerza superior: es, en lenguaje coloquial: seguir la corriente o ir a contracorriente.

La fascinación ritual relativa al río no ha tenido igual significación en todas las culturas. Parecería un motivo evidente, al respecto, el de la poderosa presencia de un río a plenitud, o su ausencia. Quizás por ello no es de extrañar que en el Antiguo Egipto la compleja ambivalencia de veneración y temor ante el Nilo condujera a relacionarlo con la fuerza magnética, no ya de un dios, sino de una constelación, la de Eridamus. Así como tampoco que fuera la misma onda extraterrestre la que regía para el Éufrates, entre los babilonios.

En esta línea de pensamiento, no sería difícil seguir una ruta venerante —o mágica— en la percepción del tributo pagado a la imagen del río, que se hace etérea inspiración, a lo largo de los tiempos. Así surge en la ritualidad simbólica de los alquimistas: detrás del sol y de la luna, detrás del gallo y la gallina —alegoría del huevo del origen— completan el conjunto originario un río y su afluente, en pintura de Michael Maier, de comienzos del siglo XVII. Mientras, en pleno Romanticismo surge la majestad emotiva de un poema sinfónico descriptivo del origen, acuerpamiento y florecimiento de un río, como el creado, en feliz tributo, por el compositor checo Bedrich Smetana, a su amado y seductor Moldava.

En la poesía popular de tradición oral el himno al río es canto frecuente. Desde el llanero Portuguesa, donde los caballos bravíos se espantan con el pecho los caimanes; hasta el cumanés Manzanares, en cuyas orillas el poeta-cantor se pone a pescar estrella y al cual hay que rogarle el permiso antes de pasarlo.

Si bien la invocación del río como asombro y pasión hace camino en la poesía venezolana, con precisos y extraordinarios cantos de alabanza y culto, como los de Andrés Eloy Blanco y de Juan Liscano, en comprensible éxtasis total ante la imagen espléndida —historia y cuerpo presente— del soberbio Orinoco; en particular importa referirse a un poeta náufrago de la fortuna y de las aguas propiciadoras. Y ello, en especial, por ser originario del mismo estado Anzoátegui, lar de Fidel Flores. Se trata de Tomás Alfaro Calatrava, quien exalta en su poderosa y original voz poética las potencialidades y los enigmas fascinantes del río: “Dame, Amor, forma de río. / Dame, Señor, tu Jordán”; “Y es que no debe del río / esperar peces el mar”; “De caracola y rocío / y estulticia y agua lenta, / se formó su piel violenta / con el aluvión del río”; “Aquí tienes, hijo mío, / para tu mínimo aliento; aire de mi pensamiento, / un claro sorbo del río”. ¿Coincidencia anímica entre dos poetas paisanos generada por el efluvio protector de ríos inomitibles: el hermano Neverí, el padre Orinoco?

Un proceso significativo que sobresale como de gran interés coincide con el señalado por el profesor e investigador de la Universidad de Tolosa (Francia), nuestro buen amigo Jean Andreu, a propósito de la presencia del agua y del río en la obra del novelista paraguayo Augusto Roa Bastos, cuando afirma que el paralelismo entre los valores humanos y los valores simbólicos puede conducir de una simbólica general a una poética integrada; o sea: que se pasa de la trascendencia a la inmanencia. Sólo cabe agregar que la poesía de Fidel Flores, de suyo, en su origen, hace del símbolo general una corporeidad poética tangible. Lo que Andreu, acertadamente, señala como un camino a ser andado en Roa Bastos, en nuestro poeta es asunción originaria.

Los encantos —también duendes, en algunas zonas— por tradición popular se encuentran en un manantial, en una poza, en un río. O sea: siempre ligados a una fuente de agua. Y es obvia la relación con el origen o con la purificación. Pero, por igual, resalta la presencia del misterio. El encanto que habita en las aguas viene de la fertilidad imaginativa, del inconsciente colectivo o de la revelación. Pero cualquiera que sea su origen, hay un hecho cierto: es magia seductora. ¿Y no es la magia esencia de la poesía? ¿El agua encantada y el encanto del agua no son la misma cosa en viceversa semántico?

De igual modo, están a la vista los signos naturales que se convierten en voces de advertencia. Así, la Piedra del Medio —un nilómetro, según Humboldt— se ha cargado de toda una simbología en el Orinoco: según el nivel de las aguas que marque para Ciudad Bolívar, es señal de tranquilidad o de alarma.

 

Interrogantes y diálogo interior

El río. ¿Origen? ¿Purificación? ¿Impermanencia? ¿Eternidad fluyente? Siempre perdurará la incógnita de la afinidad simbólica profunda del poeta. En cualquier caso, resalta cómo Fidel Flores se hermana con el hálito intangible de las aguas primigenias; mientras conjuga en su palabra de tiempos de bajíos y de crecientes la totalidad de significados ocultos y de luces viajeras que subyacen y espejean en la corriente reverencial que logra la armonía imposible entre la vida y la muerte. La pura y elocuente simbología que define el vínculo del poeta con el río llega en profundidad —secreto y revelación— al espíritu apercibido del lector: singular experiencia de vida originaria y de íntima afinidad, a partir de la extraordinaria conjunción de palabra al tacto y de sugerencia libre, fluyente, de un poeta de raíz sembrada en la eternidad telúrica, haciendo de la intensidad notable de su arte una sutil muestra de naturalidad, tan íntima, tan auténtica, que permanece como una emblemática impronta en la percepción del lector: hay poesía ostensible, hay vida memoriosa, hay autenticidad imborrable.

No obstante, como se ha señalado, el diálogo entre Fidel Flores y el río, de suyo natural y necesario (como la bondad en la eucaristía cristiana), definitivamente permanece preterido. ¿Cómo cerrar la fuente de la que manan agua y vida (leche y miel bíblicas) apenas con humanas palabras restañadoras, aun siendo tributarias de la munificencia poética?

El poeta va abriendo, paulatinamente, su caleidoscopio (¿mosaico bizantino?) de identificaciones con el río, ante la sensibilidad propicia del lector.

La imagen se adosa al muro de los presagios:

salta entre las aguas;
una piragua en las tinieblas del río negro.

(De: De las manos que parten y se pierden, 1977-1980).

El equilibrio es instancia emocional que deriva de la contemplación de las aguas seculares:


frente al río
conjuras la prisa que sacude al mundo.

(De: Textos de ausencia, 1990).

Si el río es la ruta abierta y constante —verdadero camino que camina—, su hendidura en la tierra es separación infranqueable. Pero no es posible que su destino sea dividir y separar. El hombre —¿Dios por mano intermedia?— desató las amarras de su ingenio y concibió un río sobre el río, sutil imagen del poeta apercibido:

El puente
un río por donde pasan caballeros de correaje extraño
...
imaginaste puentes para el dulce río de la memoria

(De: Poemas del asesino, 1990).

La memoria impetuosa va imponiendo sus reglas de ansiedad y propósito, a las cuales el poeta responde con el sobrio vigor expresivo que le es característico, para disfrute del lector:

Que tus ojos cerrados,
                     apacibles
fluyan como remota cascada al encuentro de mis manos

y mis puertos eran largos ríos donde bogaba la sangre

(De: Remero del adiós, 1991-1996).

De la admiración a la entrega hay sólo el paso de la concesión anímica; el poeta transita esta distancia sin reparos. La visión es tan íntima, recóndita, que se iguala con la maravilla del poder fluyente —¿fantasía desbordada?, ¿lágrimas inferidas?— de los ojos; pero no sólo de los suyos, sino sobre todo perceptible en el dominio compartido que los de ella ejercen. La simbología sutil va abriendo camino emotivo al lector.

caigo hasta el río
                me quedo solo
...
cauce seco
...
sus ojos esconden un río
...
siento el río que vive en sus ojos

(De: Días de azar, 2011).

El río muestra y oculta, se anuncia y desaparece, es abrigo de recuerdos y amenaza de mortal olvido, es eternidad pero no permanencia. ¿Cuál es, entonces, el tributo que le rinde el poeta a ese constante devenir, siempre de viaje sin un puerto reposante? Es una lealtad a toda prueba (a pesar de los llamados tentadores del mar); es una autenticidad que conmueve.

Lógicamente el río exige, por derecho, su espacio propio, bien definido y acuerpado. Fidel Flores cumple este requerimiento concediéndole todo el ámbito de un poemario: Papeles del río (2005; Premio de la Bienal de Poesía Ciudad de La Asunción, 2004). Varios de sus libros de poemas han sido galardonados en concursos; pero, como es lógico, para nuestro propósito resalta el merecimiento recibido por esta intensa correspondencia emotiva, visceral, que con transida letra puebla los papeles que van al río como mensaje con destino. Sencillamente, es una constante que se venía gestando en su poesía, y que, lógicamente hace eclosión en Papeles del río.

El solo inventario temático y situacional es ya un enunciado anímico y estético del libro.

  • El comienzo: Nada te detiene / en silencio inicias el viaje /.../ Vienes de una tierra incógnita.
  • La memoria: Tú que habitas el recuerdo / la memoria de ancestrales tribus / cuentas los secretos que guardan las piedras.
  • Las sombras viajeras: ...sombras que navegan.
  • La conjunción río-mar: Río que en sal te diluyes / te vuelves gaviota / pez vela.
  • ¿El río es de sangre o es la sangre?: y este mar de recuerdos /.../ Un río de sangre.
  • El retorno: Tus aguas vuelven /.../ aromas de tempestad.
  • Lo coloquial: Déjate llevar por la corriente.
  • Las aguas aciagas: ...las aguas se vuelven oscuras / pesadas.
  • El habla telúrica de la corriente: El rumor de tu corriente es el pájaro pespé / Río /               isla.
  • El tránsito fatal hacia el mar: Recuerdos /.../ que arrastra la corriente / hacia un mar de espanto.
  • El cántico constante: Ese es tu hábito cuando desciendes / cantando.
  • El río mítico, purificador: Estas no son las aguas sagradas del Jordán / pero es un rito sumergirse / hurgar en tu fondo / la ancestral plenitud de la tierra.
  • La inversión de la ruta: Tu insomnio va a contracorrientes.
  • El tributo babilónico: Vuelve a la sal / trasciende el umbral de Babilonia.
  • Los secretos insondables: Extraños secretos palpitan en el pulso de tus aguas / en la vasta densidad de la sombra / en el salitre.
  • Las aguas acogen los reclamos: Este es el río de mis lamentos.
  • ¡Hacia el mar!: Peligros ignorados / temores que se diluyen en el mar /.../ Ya no hay puertos ni barcos en este río /.../...¿quién interrumpe el olvido / que gira lento hacia el fondo terrible del mar?
  • La consecuencial humanización: Si en tus manos se detiene la espuma /.../ Busca los rincones sensuales del agua / acarícialos / que fluya el espíritu de la sal.
  • El origen se hace retorno: Siempre volvemos al río / te descubre / te conquista.
  • La permanencia, en fin: Siempre el río / sus marcas / y atavíos / entre las piedras.
  • También es el término, la muerte: Allí sucumbes.
  • No es río bíblico, etéreo; es cuerpo al tacto: Ni Tigris ni Éufrates /.../ Pero fascina igual / y es corpóreo: se puede tocar
  • El hermano río: el Neverí.
  • De nuevo el origen: De Este a Oeste es tu camino / desciendes desde allá / donde copulan la nube y el trueno / y vive el pájaro de todos los colores /.../ En la bruma / las piedras se suavizan cuando las roza tu cuerpo memorioso y frágil / Larga serpiente que atraviesa la montaña del caracol dulce.
  • La boca del río, donde se une al mar y comparten sus voces: Cerca del mar / en la boca del río /.../ florece la vida de un / poblado que sería historia.
  • La conjunción, la síntesis: todos los ríos habitan en ti.

Este enunciado se integra en una amalgama de sentidos que destilan una esencia inequívoca: la autenticidad. La conjunción poeta-río no es una unidad admirativa, emocional. Mucho menos contemplativa. Fidel Flores hace de las aguas errantes un sustento creativo. El cauce del río encuentra en él, sencillamente, un interlocutor; al menos al paso viajero de su presente.

¿Es, en el fondo, un monólogo críptico? Quizás es más propio hablar de un proceso que va de la palabra inferida del emisor al receptor privilegiado, que no resulta otro sino él mismo. Sin embargo, ¿no es ésta la esencia de la poesía? Si ya comunicar, de una parte, y captar, de la otra, lo que se escribe en prosa, no sólo es difícil, sino siempre parcial o inacabado, en el caso de la poesía es, de hecho y por derecho, un imposible. Es el hecho de la sugerencia. Es el derecho de la introspección.

Según los criterios asomados al inicio de estas notas, a lo sumo, el diálogo del poeta apunta a lo natural (la naturaleza) o al artificio (sus propios fuegos artificiales). Sin embargo hay un hecho incontestable: el diálogo de Fidel Flores es con el río. Hemos respetado, pues, esta plática in rectore, introvertida. Y lo que hemos hecho es situarnos, discretamente, en las riberas del discurso poético, desentrañando algunos signos escuetos y ciertas aventuradas significaciones.

 

Al final

El río. Como signo fluyente de vida, ha ejercido siempre en el ser humano una poderosa fascinación, espontánea o reflexiva.

Seguramente, Heráclito no hizo más que redimensionar un mito ya vulgarizado.

En la mitología mesopotámica, sin duda de las más antiguas conocidas, no está ausente el hecho de que el propio nombre, Mesopotamia, significaba en las lenguas remotas —el arameo, el persa antiguo— “Tierra entre dos ríos”. Y en la literatura babilónica sobresale una obra en particular: El que ha descubierto el manantial. Seguramente el río y el barquero, así como el diluvio, devienen en símbolos de un inconsciente colectivo que da origen y permanencia a todo un mundo mítico (¿onírico?) a través de la historia.

No cabe duda de que el Nilo fue el epicentro de toda una vasta y trascendental cultura: de cuyas aguas nació, de cuyo tránsito se benefició y a cuyos desbordes temió. Las aguas purificadoras del Jordán se van incrementando desde el Monte Hermón hasta Jericó; y allí acogen a los peregrinos que acuden en el mes de abril a beneficiarse del efluvio dejado por Jesús en el lugar de su emblemático bautizo. Es el río purificador privilegiado por el Purificado. El río pleno era, para los israelitas, sinónimo de vida; el río seco era la señal de la inconstancia y de la muerte; o sea la desaparición de la fe.

Y no es excepcional, como hemos comprobado, que súbditos de la región orinoquense hayan escogido, inclusive luego de largo viaje, la seductora inmensidad de las aguas patriarcales del Orinoco, para suicidarse (¿fascinación funesta o pasionaria?).

Reiteramos nuestra proposición sustantiva: todo poema (¿la poesía?) cristaliza en torno a una nervadura anímica que integra temas, símbolos y signos, vertidos en el cauce expresivo de la sugerencia. La vertiente de la poesía de Fidel Flores que se nutre de la mitología, la historia y la geografía del río —privilegiando la imagen imponderable del Neverí— es tan poderosa, que no dudamos en afirmar que es un potencial creativo —sin término— que alcanza la trascendencia.

El poeta cierra su ciclo cumpliendo una escala valorativa de su propio tránsito hermanado con las aguas. ¿Conclusiones? Quizá sí. Pero, sustancialmente son un cántico de espiritualidad, de misterio y de poesía. Cubramos esa ruta final, ascendente, hasta la cima de las palabras, con la pura sensibilidad del lector apercibido.

El misterio para siempre oculto:

Río
escucha el fondo descompuesto del alma
en atropellado ritmo.
Sólo nos queda tu lenguaje
      la geometría accidentada de tu cauce
el reino que dejas a tu paso
tropel de caballos y centellas.
...
Hay algo oculto en tu corriente

Integración: la fusión poeta-río:

Búscame en el río
en el sitio del ánima
donde la lechuza rompe el silencio.

El río es poesía:

Acompáñame.
Resucita en mis palabras
fluye en el poema

De costumbre se considera que el río es el tránsito de la memoria hacia el olvido, representado éste por las profundidades avaras, insondables del mar. (Por allí ronda, sin descanso, la sentencia venerante de Jorge Manrique). Y esto no deja de ser cierto. En el fondo marino se atesora la fugacidad que llevan las aguas heraclitianas. El río es signo de vida permanente, fluyente. El río es señal de la purificación. La simbología tradicional recoge que la purificación —y la destrucción del mal— vienen de la voracidad del fuego o de la incontención de las aguas. El río representa la vida cuando respeta su cauce normal: el eterno devenir, las sinuosidades del destino, la reavivación constante de la esperanza de lo distinto. Y es símbolo del desastre en sus dos extremos: la sequía y la creciente; tal como son devastadores los extremos de la vida-muerte. Divinizado en la India, el Ganges —devenido femenino, como la diosa Ganga— es veneración de pobladores y peregrinos, inclusive de intocables.

Y de tal modo podría hilvanarse una continuidad sacramental. Así, entre los ríos del Hades, en la mitología griega, se encuentra el temible Leteo, cuyas aguas, al ser bebidas, producían el más completo olvido: de allí que se le llamara el Río del Olvido. Y no deja de ser significativo (¿aleccionador?) que para Fidel Flores, el río, cargado de signos vitales, de voces del camino, de historias con nombres de personas, sea la representación del recuerdo, siendo el Río de la Memoria.

 

Coda

El efluvio poético de Fidel Flores cursa al lado del río, se sumerge en él, desciende a sus profundidades, se remonta a sus orígenes, se adelanta hasta su desembocadura; y, a la postre, es el río mismo. Lo que se inicia como una invocación termina siendo una comunión.

Es la clave de este diálogo sin tiempo. Comienza y no tiene fin, ni puede tenerlo. Es más, el poeta no lo pretende; es parte sustancial y permanente de su siquis profunda, ad perpetuum.

El río está allí: siempre incitando: “ven”; siempre ausente: “no me verás de nuevo”.

No hay presente. El diálogo, cada vez, es preterido. Así, nunca ocurre y siempre ocurrirá. Perseguir el agua del río es retar el infinito. El curso puede ser el mismo; pero jamás su corriente, su fascinante carga de luz y fuerza. Esta agua es distinta de la anterior y lo será de la que venga después.

La recompensa que recibimos al cabo de nuestras riesgosas notas de lectura, en forma de apostillas, nos la da Fidel Flores: poesía auténtica, con economía metafórica y certera y convincente depuración estética.

El poeta sabe que su diálogo con las aguas del origen siempre ha de ser preterido. Pero no hay renuncia. Habrá un después. No lo ha sido. No lo es. Pero, lo será.

Y esto es y ha de ser. Por los ríos de los ríos. Amén.