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Mi comadre Panchita

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Cuando oí decir que Carrasco estaba paralítico, se me deslizó una sonrisa por los labios. “Eres una bestia”, dijo Magdalena. Nos hallábamos en medio de la plaza. Me parecía extraño que una bigornia como Carrasco hubiera podido quedarse así. No supe qué hacer y eché la noticia al aire. Sin embargo la noticia venía en serio y, por ende, me laceraba. Los médicos lo abrieron, para volver a cerrarlo. Azuzaba el oído, pero no quería fiarme de las palabras. Aquella figurilla me sabía arbitraria: Carrasco mal hecho, sin afeitar, después de un accidente —pierna arriba—, lo operaron del hígado, le extrajeron una piedra azul, dos piedras azules. Carrasco cosido en volandas, enmascarado con bolsas de oxígeno. Era una estampa mezquina, llena de borbotones y ayes. Maggi abría y cerraba la boca. Aquella consumación del espíritu no podía ajustarse a la dinámica de su naturaleza. No habían sido tiros románticos, sino que golpes; un solo golpe fortuito. Y por hacerle caso a las burlas de un niño. Se estaba echando una sopa de mariscos en la feria, por Semana Santa. El muchacho no tuvo la culpa. Carrasco se resbaló en la perseguida, y eso puede decirse fue el principio de su decaimiento. Terminó por quebrantarse a los seis meses y dejó a mi comadre Panchita sola, igual que una viuda sola, de diecinueve años, y con un ganso a cuestas, el Hernán chico.

Yo había estado con él por la Pascua, reconozco, saboreando la idea de que una vitalidad mitológica como la suya no tenía motivos para estar engarronada a la camilla de un operatorio. En el preciso segundo en que entré estaba Carrasco ensayando el truco de ubicar las posaderas de Panchita bajo un toldo de sábanas, sin que se notara demasiado.

—¡Me pillaste! —gritó.

En febrero lo vi salir del estadio. Yo andaba en bicicleta y me detuve. Le pregunté cómo le iba. “Estoy convaleciente”, dijo. Parecía un gigante trasojado. Al caminar, se le levantaban los huesos de la espalda. Después volvió a desplomarse. Esta vez de peritonitis. Por último, un choque en auto, la pierna, la bendita pierna, y la machucadura de la Semana Santa que empezó a fregarle. Nadie se esperaba un desenlace tan dramático: que lo fueran a poner bajo una cúpula de baquelita transparente sin esperanzas de recuperación.

Se me apretó la garganta.

Habíamos andado de farra en la pérgola de Limache, en el Gato Negro, en el café Don Romualdo, henchidos de venas locas y pujanza. Toda una noche. Recuerdo que a Carrasco se le ocurrió atajar un tren de carga que iba hacia Santiago y se paró en la línea con un pitillo en la boca. Salieron tres maquinistas a meterle cuco con un fierro. Amenazaron con echarle la locomotora encima. “¡Te vas a quedar sin dientes, jetón!”, le gritaban. Nos dormimos borrachos en la cuesta de San Pedro, esa vez, de puro reírnos. Pero atrás estaban esas horas mozas. Muy atrás también las horas en que trabajamos juntos en las bodegas del chino Ollén, en las curtiembres de San Isidro, con los artesanos de Peñablanca, y mientras yo iba camino de mi vivienda esa tarde llevaba en las retinas aún al Carrasco apuesto, al conde macizo que metía la nariz en los rodeos de Boco, que solía espantar a las niñas de trenzas con pelotas de agua, incluso cuando ya había pasado la época en que las niñas sentían terror por las pelotas de agua, lo llevaba adentro, ebrio de sol, allá en Quintero, nombrándome padrino de su criatura —yo no quería hacer de mono en las puertas de la iglesia (me negaba), no quería tirar moneditas al aire, pero Carrasco era una excepción y tuve que ser padrino y tirar moneditas.

Así que fui a verlo.

El pobre Carrasco daba lástima: movió los ojos, se rió con los ojos.

—¿Qué tal, viejo?

En el sarcófago de plástico apenas si podía caber uno enrollado.

—Más o menos. ¿Y tú?

Al salir de su casa, recuerdo, Panchita se arrojó a mi cuello con sus lágrimas y boca quemantes. Alguien la sujetaba por detrás para que no fuera a desarmarse: su primo Raúl; la tía Nela quería que se tomara una píldora, el padre le decía que no exagerase la nota...

Fue una escena. ¡Diablos!

Habrían transcurrido unos nueve meses de lo dicho, cuando una mañana religiosa de diciembre —rabiaba a morirse el sol en los patios— me trajeron al mundo un desatino de golpes y un remezón frenético que batían la puerta de mi casa; se me cayó el hisopo de las manos —yo quería afeitarme y salir al centro a dar una vuelta, pero descascaban mi hacienda. ¿No será algún telegrama?, me dije, y eché a correr por el pasadizo, se habrá muerto mi tío Felidio. Me había levantado de un humor tremendo, entorné un ala de la puerta me acuerdo y vi a Panchita, a mi comadre Panchita, en persona, al otro lado del umbral, inmóvil, embozada hasta los ojos con un pañuelo, forcejeando por aguantar un torbellino de pesadumbre.

—¿Está doña Gracia? —indagó por la nariz.

Distinguí un arco caprichoso en sus cejas —mi madre había ido a la feria—, pareció no oír mi respuesta y se mordió la boca subiendo y bajando un pañuelo; acto continuo, levantó un vértigo de fugacidad alrededor suyo —una especie de fragancia enojadiza—; coleó con el ruedo de sus polleras negras por mi lado, fría —al entrar—, el pecho en alto; empujó la vidriera del comedor que estaba bajo llave y arrojó un improperio; después siguió de largo y empezó a fisgar pieza por pieza: el depósito de los cachivaches, la buhardilla de los gatos, tropezó con el fantasma de abuelo que tenemos encerrado: el viejuco dio un brinco, creyó que llegaba el café con leche —Panchita abría, espiaba—, volvió a toparse conmigo, en una esquina, pero no quiso darme la vista: experimenté la lastimosa sensación de que había perdido el juicio. Ya Panchita se encontraba a punto de soltar el llanto, los ojazos le ardían, cuando en eso halló mi cuchitril abierto de par en par y allí se metió a toda batalla.

No sin asombro escuché al término de su carrera una rabieta loca de sollozos, el derrumbe macabro de unos vasos, de la lámpara del velador, mi catre crujía al compás de su figura entristecida...

—¡Panchita!

Fui a la cocina por agua.

Casi no me podía el aflojamiento de las piernas.

Al regreso me impresionó su estado.

—¡Panchita!

Tumbada sobre un montón de ropa, en mi cama, vuelta carnero, acentuando de modo accidental las sinuosidades de su cuerpo, la vi estremecerse de quebranto. Me pareció que sus verraqueos alargaban el catre. “Tome agua, comadre”, le dije. Ella hundió los tacones de sus zapatos en el fondo de una almohada y se llevó el vaso a la boca —yo oía su ahogo caliente, el retintín de sus argollas, el fuego de sus labios—, sostuve sus manos húmedas entre mis manos, sorbeteó a ciegas el líquido de una taza, con la sed de una espadaña agónica (no quería darme los ojos), y una vez que se hubo cansado, tirando una suerte de reproche a mi cuenta, aulló: “¡Qué vida más infame!”. Volvió después a girar cabeza abajo, a la postura hereje de hace poco, seguida de unas blasfemias tremebundas, que no me quedó otra cosa —en previsión de lo que pudieran creer los vecinos, u oír— que enderezarme de un salto y cerrar la puerta del dormitorio.

Los minutos corrían, corrían. Me acerqué a su lado y ahí estuve. Estuve en cuclillas, cerca suyo, sin ocurrírseme jamás que podría ser tragado por el revoltijo fascinante de sus cabellos: me puse a hilar sus cabellos, uno por uno —el tiempo no existía—, hasta que ella se deshizo de la jugarreta y saltó como fiera:

—¡Todos los hombres son iguales!

—¿Cómo?

—¡Unos machos desgraciados!

Se me rompían los tímpanos.

Su lloro era blando: un vagido sensual. Me era imposible no oírla. Además yo tenía los ojos puestos en el baile de su amargura, entre mis sábanas; encima de eso —y debido probablemente a esta admirable desgracia de haber nacido macho— me abandonaba sin cesar al hambre maligno de aquietarle su pena con la idea de una caricia.

La rodeé.

La rodeé de un modo tan grácil que ella prefirió hacer la vista gorda al apego de mis dedos en el talle. Así permanecimos un rato, en silencio, con la llama activa de mi verbo en su oreja y la palpitación de su cintura en mi sangre. Mudos. Cuando se incorporó, por fin, para sonarse las lágrimas, bullendo siempre de inquietud, dijo, a la par que se desabotonaba la blusa con cierta negligencia irreflexiva, como si estuviera enferma de asma:

—A tu comadre Panchita le han faltado el respeto.

La fiebre le rompía los labios.

—¿Cómo?

Trató de ocultar su repulsión.

—¿Quién?

Sentí que me hinchaba —fue contando los hechos con aquel extraño reposo que sucede a la tempestad—, se me agolpó una bolsa de odio bajo la lengua, escuché el frufrú que me hacían los suspensores en los músculos del tórax: estaba tieso, sin hablar, helado de rabia —oía resoplidos de indignación, insultos de no sé dónde—, imaginé que descargaba un revólver, fui hacia la cómoda y removí y tiré los cajones buscando un revólver a sabiendas de que nunca había tenido un revólver, fuera el mundo, sin poder hallar mi natural aliento.

—¡Lo mato!

Se trataba del fresco Chivas.

Panchita sufrió un ataque de hipo. Volé hasta la cocina, saltando en un pie, y le traje agua. Me rechinaban los dientes. Su confesión era grave, grave, me escocía el orgullo: en sus ojazos lindos vi dolerse al fresco Chivas; yo lo tenía agarrado del cuello, cerca de una pileta, en la plaza de armas —era inútil que implorara misericordia porque lo iba a estrangular. “No lo tomes tan a pecho”, dijo ella. Me acerqué a Panchita con la venganza deshecha en mis pupilas y la cogí de una mano. Era necesario consolarla. Panchita necesitaba de un regazo. Yo era su compadre.

—¡Le abro la cabeza!

El fresco Chivas, ¡quién podía creerlo!, un donjuán pinta de bohemio que pasaba las tardes de vago jugando con un autito de mala muerte en las calles del centro.

Todo había sucedido después de San Carlos.

—...y por ser tonta, por ser crédula, nada más...

—¡Qué cerdo!

Volvió a gimotear.

Su desconsuelo era tan profundo y expresivo, que, sentándome a su diestra, le di mi palabra de hombre que apenas me topara con el hipócrita ese le iría a dibujar un infierno en el rostro.

—¡Molerle las costillas sería poco!

Mi comadre Panchita terminó por acurrucarse en mi pecho. Envuelta en mis brazos. Y así lloró, lloró envuelta en su fino capullo de dolor; lloró mansamente, luchando por contener el hipo y los suspiros. Luego la oí subir hacia mis labios, en busca de lo que yo decía, de verdad muy afectada, y quedé mojado con la sal de sus lágrimas por la boca: era un cielo de agobio y daba lástima, por lo que tuve que besarla repetidas veces en la cabeza y susurrarle “pobrecita, pobrecita”, al oído.

—¡Tranquilícese, comadre!

Ella se afianzó de mis hombros, algo temerosa, y me pidió que le contara los latidos del corazón porque le parecían muchos. Yo, entonces, arrimé mi cuerpo a su cuerpo, y muy luego entendería cuán difícil era ponerle un número exacto a las palpitaciones de una mujer triste: me dio la sensación de que me perdía en la exuberancia de sus pechos; le abrí un claro respetuoso entre la blusa, y así me quedé, una buena hora, cazando latidos, con los labios pegados en la comisura que allí hacía su carne, prisionero de su corazón, hasta que por fin, habiendo aprehendido una cifra razonable, le dije: “Ciento sesenta”. Ella gritó: “¡No es posible!”. Me hundí de nuevo, y me hundí una tercera vez, y una cuarta, y una quinta, y cuantas veces lo hice fue para oírla repetir: “No sabes contar, tontito”, mientras me frotaba los cabellos, ya no tan llorosa como denantes sino al contrario, riéndose de las cosquillas que le provocaban el roce de mis dedos en el macizo de su pierna, sin hipo ya, y a tal punto tranquila y juguetona, que no frunció ni las cejas cuando la blusa se le esculló del busto por arte de magia, al paso que yo luchaba por destrabarle un óvalo de azúcar y flores que escondía la maternidad de su hechura —Panchita suspiró—; comprendí que me revoloteaban las pupilas (siempre he perdido el juicio por las enaguas), yo estaba completamente transpirado, sorbía sus pétalos de mujer —la palabra bellaco cruzó nuestro descuido, era un franco reparo hacia la conducta de Chivas—, la oí lamentarse con un tambor de ropas a la cintura, acezosa, tanteé su mocedumbre fresca —Panchita se encaramaba por mi torso probando liberarse con los talones del cambucho de género que la defendía de los hombres—, hubo una especie de blanda oposición, o una queja, y caímos luego los dos yuntados por el flujo del placer.

Cuando abrí los ojos vi que Panchita andaba gateando sobre la cama detrás de sus prendas. Me hizo un gesto para que mirase hacia otra parte, y se vistió, sin despegar los labios, meditabunda, como revisando las telarañas del cielorraso: se le caían las lágrimas. Terminó por envolverse, metió los pies en sus tacones, y dijo:

—¡Todos los hombres son iguales!

—¿Cómo?

—¡Unos machos desgraciados!

Anduvo algunos minutos, todavía, por la pieza, de una esquina a otra, vacilante, con un trapo recogido en la garganta, los ojos lacres, rezongando que ya no le quedaban amigos, que ya no podía confiar ni en los curas, que estaba sola, que era una buena tonta, una pobre ilusa, antes de sacudirme las narices con sus polleras, enfierecida, y de estrellar la mampara. Adrede.

Saltaron chispas de los vidrios.

Todo sucedió muy rápido.

La seguí por el corredor vistiéndome a la diabla, pisé un conejo suelto; de nervios quizá —la llamé a gritos—, pero Panchita casi me deja inválido con el portazo endemoniado que me dio en la cara, a la salida.

En aquella ocasión almorcé con una lámpara de júbilo arriba de la mesa —puse de cabecera al viejo loco de tío que tenemos encerrado hace veinte años y le ofrecí un trago de vino para que me contara chistes del terremoto del 1906—, y por la tarde me fui a parar cerca del quiosco, en la plaza de armas, a ver si aparecía algún compinche de la asociación rentista para ir al baile del Liceo de Niñas.

—¿Qué tal, Gaete?

Me di vuelta y me choqué con el farsante Chivas, en persona.

Eran dos metros de masa rebolluda de greñas y kilos de cabeza.

Llegó a estrujarme los dedos.

Venía a que fuéramos al cumpleaños de Maggi.

—Aquí tengo el cacharro —dijo.

No había forma de hacerse el tonto

—Súbete.

Paseamos un rato, circulando por la plaza. Chivas aprovechó de poner en acción una bocina macabra que tenía el auto y noté de súbito que los viejos jubilados se agitaban, espavoridos en los asientos, noté que la gente sufría, de que el mundo era un solo disparate. Ya después no me acuerdo mucho. Hicimos la grande en ese cumpleaños. Ese cumpleaños quedó en la historia de Quillota.

Con el Chivas no se pasa mal en ningún lado.