Letras
Dos poemas

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El feroz encuentro en el lago del águila y el somormujo (I)

Kennebunk Pond, Maine

Aunque parecen un ganso de pico alargado y plumas marrón, los somormujos pasan toda su existencia en el agua o en el aire (prefieren no tocar tierra), y son mucho más territoriales que los gansos.

Una pareja se es fiel de por vida —hay pocos animales monógamos—, y el macho no permite ni que sus propios hijos se asienten en el mismo lago. Al cumplir cierta edad, el padre les da dos opciones: o morir en duelo, desangrados, o buscarse otro lago.

Esta tarde, a eso de las cuatro, un somormujo en el agua a la derecha mía empezó a llamar. Su llamado, contrario al del ganso, es eufónico: tiene algo de prehistórico y algo de mujer que llora; una mujer prehistórica que llora, o como debió sonar un pterodáctilo.

Era la hora prima de la pesca. El macho a mi derecha le avisaba a la hembra, invisible pero no inaudible al otro lado del lago, que un águila calva invadía su cielo, sobrevolando, con intención de abalanzarse y robarle un róbalo o una perca.

El águila calva es, por supuesto, el ave nacional de los Estados Unidos, y el somormujo la del estado de Maine, donde estábamos. E incluso yo, que no soporto las alegorías, supe que en aquel momento, frente a mí, aunque ajeno a mí, se desplegaba un poema, el de...

 

El feroz encuentro en el lago del águila y el somormujo (II)   

El macá tobiano vio al mercurio sublimándose en su lago y dijo no,
aquí no. Aquí no a la cadmia verdosa, sujeta a clasificación más adecuada. Pitriforme, aquí no. Yo que di a mis zampullines dos opciones —o la ida, o el lavanco—, echándolos, no consiento que acuatices. 

Robusta la cabeza, el águila de cardenillo descendió cerca, haciéndole fiero a la huala, queriendo pero no pudiendo alzar en vuelo a presas. La huala daba alaridos que se reproducen en Europa, en los capiteles de los templos de Júpiter. Tanto poderío como la belleza no cabe en este lago, donde ya vivimos dos.

Chordata, la hembra le devolvía al macho su alarido, apoyándolo: El joven es rayado.

Consensuada el águila se alejó hacia el bosque, donde habitan los cuadrúpedos:

No hay criatura tan temible como una mujer prehistórica que llora, y que mata a sus hijos si deciden quedarse.   El evangelista lo sabe.

 

Orangután

zoológico de Nueva Orleans

Un animal tan grande
ha de tener un alma
una cosa muelle y por dentro
como la fibra de un cojín

Un animal tan grande
ha de tener bondad una mano
agarrándole el mentón a un crío asegurándole
el camino

Un animal tan grande
ha de tener malicia cogitar
por las noches
modos de escaparse, de vengarse y conquistar
el mundo, domeñándolo como en la jungla a una liana, porque
un animal tan grande
ha de soñar con la selva
con los gritos de su madre, con el trauma, con la yerba

Un animal tan grande
ha de tener humor
una sonrisa que saluda plátanos podridos
un ingenio
que deshace nudos

Un animal tan grande
ha de querer tocarse
los dedos de los pies y un instrumento
ha de querer pintar
ha de hacer chistes, tendrá antojos, preguntarse
qué sería poder volar

Un animal tan grande
ha de creer en lo sagrado
colectar
en lo más hondo de esa cueva
cáscaras de coco, huesos, palos,
florecitas con olor. Un animal tan grande ha de poder hablar con sus ancestros
—los nuestros— y contarles
de la vergüenza que somos, esta nueva especie
desencorvada y sin jaula