Artículos y reportajes
Más sabe el libro por viejo...

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Fotografía: Nation Wong

Hay quienes, pobres, se han comido el cuento de que tener muchos libros lo hace a uno más inteligente, más interesante, más sensual y apetecible, mejor en la cama y en la cocina y, en consecuencia, mejor persona. Para probar lo contrario, debería bastar la mención de las atiborradas bibliotecas de muchos tiranos, asesinos en serie, ex presidentes y políticos involucrados en procesos criminales, dirigentes deportivos y presentadores de televisión. Es vergonzoso tener que decir algo tan obvio, pero el hecho de tener libros en casa no significa necesariamente haberlos leído, haberlos entendido o haberlos disfrutado.

Aceptemos, pues, que ser dueños de muchos libros no nos hace mejores; pero para algunos, el saberlos cerca y sentirnos en su compañía es una de las cosas fundamentales, una de las pocas que dotan de sentido nuestra existencia. Hay libros que nos conocen mejor que esos amores arrogantes que se fueron creyendo habernos descifrado por completo y muchas veces, después de recorrer algunas páginas, constatamos que no se puede “leer para escapar”, porque el libro que escojamos, sea cual sea, sabrá hablarnos al oído de nuestros tormentos y tristezas.

Leer es tal vez la única actividad realmente transformadora dentro del repertorio de la especie, y muy a menudo, el placer de asomarse a la vida en los libros se acompaña de esa necesidad (necesidad con la punta del zapato en lo patológico) por adquirirlos como sea, obtenerlos con engaños burdos y espantosas mentiras, comprarlos, robarlos, cambiarlos por una libra de nuestra carne, y acumularlos sin preguntarnos realmente dónde los vamos a poner, cuándo los vamos a leer o para qué. Algunos simplemente necesitamos físicamente de los libros, no nos podemos resistir, si se da la ocasión, a la posibilidad llena de promesas e interrogantes de llevar otro libro a casa, como quien encuentra, al caer la noche, atravesando el bosque en mitad de la tormenta, un pájaro herido con una llave atada a una de sus patas.

Desde hace un par de décadas, compro tantos libros como puedo (nunca he podido tanto como he querido, a despecho de cierto machacado eslogan de libro de superación) y puedo usar, hablando de los libros, la frase que se atribuye a muchas divas del cine en blanco y negro hablando de diamantes: Tengo bastantes, pero nunca suficientes. Eso, por supuesto, me hace un visitante frecuente de librerías de viejo olorosas a trago y a madera, tienduchas de saldos y reventas llenas de revistas lúbricas literalmente manoseadas, mercados de las pulgas, tenderetes improvisados sobre andenes untados de sangre fresca, oficiales y proscritas Ferias del Libro y sus alrededores y donde sea que se presente la ocasión para que unos cuantos pesos abandonen mi bolsillo y me traigan a cambio un tomo encuadernado en relativo buen estado.

Compro muchos libros nuevos y, sobre todo, muchísimos usados. Quisiera, además de la razón evidente y nada trivial del precio, explicar por qué. Cuando se compra un libro nuevo, aparte, por supuesto, del placer o la decepción por la lectura de su contenido, las posibilidades de meterse entre los callejones de una aventura de la imaginación son pocas. El libro ha pasado por un aséptico proceso de impresión, compaginación, corte, encuadernación, embalaje y distribución que lo ha llevado, limpiecito, hasta el estante de la librería donde uno lo toma, lo hojea, decide llevárselo, paga si no hay más remedio y se va feliz, mientras el corazón palpita dentro de la bolsa; a menudo, antes siquiera de llegar a casa, lo desnuda de plásticos y cintillas con evidentes y trilladas asociaciones eróticas, lo huele, sí, sí, ya sé, como quien se asoma a un escote largamente deseado, lo comienza a leer en cualquier parte, sonríe, sonríe mucho... y poco más (como si fuera poco).

En cambio, si el libro es usado, si el libro es viejo, si viene de una mesa de saldos condenados al olvido, si es un libro que ha sido amado, como diría don Julio Ramón Ribeyro, si es un libro leído, para usar la afortunada expresión que muchos libreros han hecho suya, las posibilidades son infinitas, pues ese libro, desde que alguna vez fuera un mozalbete de márgenes inmaculados y puntas simétricas, ha vivido, lo recuerda y quiere contárnoslo, si es que sabemos escucharlo. Comprar en librerías de viejo tiene una pizca de arqueología, algo de ecología y mucho de resistencia frente a ese Darth Vader implacable y abstracto llamado las leyes del mercado; comprar un libro de segunda mano es como acoger un huérfano que llora abrazado a una manta raída. Los libros veteranos son ellos mismos personajes inquietantes de historias a las que apenas, a veces temblando, podemos asomarnos. Las manchas y rayones en sus páginas son como las cicatrices, que siempre revelan episodios de nuestro pasado.

Lo que encontramos entre las hojas de los libros viejos es más literatura en forma de huellas de recorridos vitales: anotaciones intrigantes en los márgenes, estampitas de santos condenados al fuego entre libros de Sade o de Bukowski, números telefónicos (alguna vez, hace años, marqué el número que encontré en un papel amarillento entre las páginas de un libro de Cortázar, esperando escuchar una voz suave pero ronca, a punto de derrumbarse y a la vez segura, como suelen serlo las voces de las lectoras de Cortázar. Escuché el timbre un par de veces y... tuve que colgar, nervioso, asaltado por el terror a que fuera mi propia voz la que contestara al otro lado de la línea), recetas de cocina, trozos de cartas de amor y desamor que jamás se enviaron, separadores de librerías que no sabíamos que existían, que no sabemos si aún existen, cifras borrosas que tal vez estén por ganar la lotería, recibos de compra por espaguetis, vino y preservativos, reflexiones íntimas que nos hacen, al mismo tiempo, sonrojar y sonreír, dedicatorias que nos dejan la tarde anegada en lágrimas o intranquila de preguntas, abundantes restos de marihuana y todo tipo de pequeñas ventanas, de retazos de vida y de lecturas.

Hace un par de meses, por ejemplo, compré por la cuarta parte de su valor en librerías de nuevo, La pista de hielo, la novela de Roberto Bolaño protagonizada por Enric Rosquelles, ese funcionario gordo, metódico e insignificante enamorado dolorosa y demencialmente (¿acaso vale la pena enamorarse de otra forma?) de Nuria Martí, la rubia patinadora olímpica que derrite el hielo con la estela de sus piernas perfectas, que no tolera preguntas personales y que a veces llora mientras hace el amor, obviamente, jamás con Rosquelles. El libro, cosa que lo salva de la irritante perfección de los libros de Anagrama, está marcado con letra adolescente como perteneciente a DanielaVenegas, así, sin espacio entre nombre y apellido, y tiene numerosos subrayados en las primeras veinticuatro páginas trazados con resaltador fluorescente, a veces rosa, a veces verde. Lo más fácil sería pensar que Daniela, a quien imagino casi tan hermosa como Nuria Martí, se resistió a ser seducida por la prosa de sátiro sediento de Bolaño, no entendió un carajo, se aburrió y se refugió en YouTube o en Glitz, pero, ¿y si no fue eso? ¿Por qué dejó de leerlo? ¿Abandonó la novela porque le contaba su propia historia? ¿Perdió el libro, lo que la obligó a dejar inconclusa su lectura? ¿En qué circunstancias lo perdió? ¿Alguien o algo hizo que Daniela no llegara nunca hasta la parte del crimen? ¿Descubrió algo que significó su perdición? ¿Acaso la bella, la inefable DanielaVenegas corrió con la misma suerte de Carmen González Medrano en la novela, esa cantante loca asesinada por haber visto demasiado? ¿Será posible que los subrayados, que torpemente juzgué inocuos y chapuceros, frases aparentemente sin misterio como “A esa misma hora, más o menos, la calma descendía sobre las tiendas” escondan una verdad terrible y el más atroz de los crímenes, el secreto del mundo? Hay noches, se los juro, en que esas preguntas no me dejan dormir.

Hace unas semanas, un domingo que habría sido otro más de no ser por ese encuentro, levanté del pavimento, a pocos pasos de la bogotana esquina de la 23 con 7ª y me traje a casa, por dos mil pesos, El Museo de la Inocencia, de Orhan Pamuk, en impecable edición de Mondadori. No hay, prácticamente, marcas en el libro, están casi intactas las 648 páginas, salvo por esta cita, subrayada con azul ultramar, en el segundo párrafo de la 286: “El auténtico dolor de amor se instala en el punto más esencial de nuestro ser, nos atrapa bien fuerte por nuestro punto más débil y, uniéndose íntimamente a los demás dolores, se disemina por nuestro cuerpo y por nuestra vida de manera imparable”.

¿Cómo no agradecer a quien haya sido por señalar esa frase hermosa, como un regalo adicional al ridículo precio del libro? ¿Por qué dolor de amor se quejaba él o ella cuando encontró, enredada entre el huerto de palabras del autor turco, esa afirmación que la o lo define, que nos define a todos? ¿Esa noche, tuvo que ser una noche, qué provocó que usara precisamente ese color para señalar la cita? ¿Cómo llegó a sus manos la novela del Premio Nobel de Estambul? ¿Lo compró esperando que su lectura le ayudara a olvidar el roce y el sabor de unos labios? ¿Fue acaso, como sucede tantas y tantas veces, un regalo de aquel o aquella que con el puñal de sus caricias abrió la herida de amor? ¿Lloraba como quien se despide, tal vez para siempre, de su ser amado, a orillas del Bósforo? Y de nuevo, ¿por qué demonios, cómo y cuándo se deshizo o se separó del libro que está en este momento sobre mi escritorio? Habrá que creer, aunque sea un cliché, quizá justamente por eso, que son los libros los que ejercen su soberana voluntad, que son ellos quienes nos escogen y a menudo deciden abandonarnos, como a un bote podrido y débil, que no habrá de llevarlos a ninguna parte.

No tengo idea qué me voy a encontrar entre los próximos libros que compre, pero por ahora quisiera terminar con lo que me gusta llamar el affaire Giardinelli-Bonnett. Hace ya un tiempo, sobre una mesa de promociones en otra de las librerías del centro de Bogotá, encontré un libro cuya portada no es lo que se diría atractiva, que no está particularmente bien editado y cuyo papel e impresión no son los mejores, pero que en muchas formas resume lo que he querido decir aquí. Se titula El fomento del libro y la lectura y es la compilación, editada en 2001 por la Fundación Mempo Giardinelli y el Centro de Altos Estudios Literarios y Sociales del Chaco, en Argentina, de una serie de conferencias y reflexiones presentadas entre 1996 y 1999 por diversos invitados, justamente alrededor de los múltiples matices en la relación entre libros y lectores. El volumen incluye disertaciones de autores como Ana María Shua y Antonio Sarabia, entre muchos otros, y una charla de Piedad Bonnett llamada De la literatura por deber y otras aberraciones. Hasta ahí, la cosa no pasa de ser un muy interesante hallazgo; sin embargo, el libro está dedicado y autografiado así: Con un beso para Piedad Bonnett, de su amigo Mempo. Bogotá, 2005.

No cabe duda, el libro fue o quiso ser un regalo afectuoso del novelista argentino a la poeta colombiana, que a lo mejor no había visto la edición que incluye su conferencia de años atrás. Pero entonces, ¿cómo llegó a la mesa de promociones donde lo encontré? ¿Acaso la autora de El hilo de los días lo olvidó en algún café, distraída por otros libros y otros besos? ¿Acaso él, el hombre que escribió Luna caliente, sintió un ataque tardío de timidez y no entregó el libro? ¡Ni pensarlo! Eso es imposible y ridículo, pues es bien conocida y documentada la galantería de los argentinos cuando hay colombianas cerca. ¿Acaso, puesto que la dedicatoria incluye un beso, y tanto Giardinelli como Bonnett saben, con Kafka, que los besos por escrito jamás llegan a su destino, se los beben en el camino los fantasmas, es posible que se haya entregado el beso mas no el libro? (¡Oh!) ¿Cómo culpar al escritor, en ese caso, cómo no sentirse atraído por el dulce rostro, por la acariciante sonrisa de Piedad, por esa forma tan suya de hacer el gesto oficial de los intelectuales, llevarse un par de dedos a la mejilla? ¿Acaso ella olvidó el libro a propósito, o lo regaló, decepcionada por algún desaire del autor de Santo oficio de la memoria? ¿Alguien, celoso, o envidioso, o simplemente perverso, robó el libro del bolso (pero no del corazón) de la profesora Bonnett?

Con seguridad, lo que realmente pasó fue mucho más pedestre y cotidiano, normal, aburrido, si se quiere, que el pastiche de culebrón insinuado; pero pensar en eso, con el libro en mis manos, me hace sonreír y forma parte del placer de su lectura.

Por eso necesitamos de los libros. Porque a la vida a diario le hacen falta colores y palabras. Porque es posible que no exista una mejor imagen del amor a los libros que las peripecias de un libro que habla del amor a los libros dedicado y autografiado, con un beso, de un novelista para una bella poeta. Porque los libros, como dicen que hacen los dioses, se mueven por caminos misteriosos.