Entrevistas
Javier Moro, autor de El imperio eres tú:
“Yo quiero insuflar vida a una página de la historia”
Eduardo Rubilar Aravena
Fotos: Álvaro González Jiménez

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Javier Moro
“Lo que me gusta más es gente normal puesta en situaciones críticas”.

Javier Moro, autor reconocido de best-sellers como Pasión india y El sari rojo, cuenta aquí los prolegómenos de su último libro —El imperio eres tú (Premio Planeta 2011)—, donde narra los desasosiegos de Pedro I como emperador de Brasil cuando la corte de Lisboa decide trasladarse a Río de Janeiro huyendo de las bombas y proyectiles napoleónicos, conformando así un caso único en la historia de los países de la América Latina. Lo entrevistamos a propósito de su presencia como invitado en la última versión de la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile.

—¿Por qué Brasil? ¿Por qué Pedro I?

—A mí siempre lo que más me extrañó fue que no hubiera más escritos sobre Pedro I. De hecho, cuando un amigo me señaló ese tema, yo dije eso debe estar superescrito. Nada menos que se trata del fundador de la patria, un personaje tan atractivo, tan contradictorio, tan dramático, tan literario. Pero resulta que no. Se ha escrito mucho sobre él, mucho por historiadores, mucho fragmentado, pero no aparecía un libro que contara la épica de la independencia del Brasil y de la historia fabulosa de esta familia portuguesa, de manera comprensiva, de manera global. Siempre había una información por una parte aquí y otra parte allá, parcelada. Yo quería darle un big picture a todo eso.

—¿Le gustan las historias aristocráticas? El sari rojo es una historia aristocrática.

—Sí, lo que me gusta más es gente normal puesta en situaciones críticas, de alta responsabilidad, lo que literariamente es muy dramático. A mí lo que me interesa es buscar el punto de conflicto, el punto literario en todo. Yo, si cuento la historia, es desde un punto de vista literario. Yo no soy un historiador, a mí no me interesa tanto la exactitud de la fecha como que el libro sea fiel al espíritu de la época.

—Pero si una persona que no conoce nada de la historia brasileña lee su libro, ¿puede usted responsabilizarse de lo que ha escrito tiene fundamento histórico?

—Oh, por supuesto, está todo basado en fuentes históricas, en fuentes secundarias y en fuentes primarias. Absolutamente. Lo que pasa es que yo hago una interpretación literaria de esto. Pero los personajes son descritos en mi libro tal y como han existido. Yo no he inventado nada en ese sentido. O sea que el rey Joao VI se pasease con pollitos asados en los bolsillos de su chaqueta y fuese hablando con sus ministros y escupiendo los huesos y que luego se limpiase —porque era un guarro—, eso está dicho, está escrito, son datos. ¿Es que lo tengo que inventar? ¡No! Es que lo increíble de este libro es que no hay que inventarse nada.

—¿Le parece que la historia del Brasil es toda literaria?

—Mucho.

—¿Que casi no es necesario inventar nada?

—Muy poco, porque es un país con tantísimo contraste, con una historia absolutamente increíble. Piense que la familia real portuguesa constituye un único caso en la historia europea en que una familia real se muda a las colonias; y al hacerlo, convierte a Río de Janeiro, entonces centro político de la colonia, en capital del Imperio. Eso salva al Imperio Portugués. Entonces la historia de esa huida, la historia de esa decisión es ya de por sí distinto a todo lo demás. Yo si hubiera hecho este libro como novela pura, estoy seguro de que me lo hubieran tirado por la cabeza. ¡Esto es totalmente increíble! Esto no puede existir, me habrían dicho.

—Eso si lo hubiera inventado de punta a cabo.

—No me lo hubieran admitido. Pero resulta que esto es verdad. Fíjese en un detalle: Pedro I nació y murió en la misma habitación del mismo palacio, de Queluz, con 36 años de diferencia. Hasta eso es literario, eso no parece real. Todo es literario. Lo que quiero decir es que, en este caso, la historia de él era especialmente literaria, los padres que tiene, la madre como era...

Eduardo Rubilar Aravena (izq.) y Javier Moro
Javier Moro, entrevistado por Eduardo Rubilar Aravena: “Yo le propongo al lector un viaje en el tiempo y en el espacio, que lo haga conmigo, y procuro dar vida a esa página de la historia”.

—¿Tuvo que viajar por Brasil y noticiarse para escribir este libro?

—Yo siempre viajo. Viajé primero a Portugal y luego a Sao Paulo y a Río de Janeiro, que es donde más cosas hay porque allí está la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro, donde, si buscas, hay un cajón con documentos. Entrevisté a varios historiadores. Pero lo máximo son fuentes escritas, fuentes secundarias, muchas.

—¿Alguien le estimuló a escribir precisamente este libro o había un interés propio personal?

—Había un interés mío, pero me empujó mi amigo Ramón Menéndez que es un director de cine que vive en Hollywood, que es cubano, y que me dijo “es un historión, métete en ello”. Yo lo miré y me asusté al principio pensando que este era el mito fundador de un país, y dije: “Ya debe estar hecho”. Y la verdad es que no, no tanto. A mí me interesa mucho el vínculo entre España y América Latina. Estaba contando que ayer estuve 14 horas en un avión, venía de París. Ya de por sí esto me parece un milagro, esto de estar en un avión, estar confortabilísimamente instalado y llego a la otra mitad del mundo. Y me encuentro con gente que habla mi idioma. También me parece extraordinario. No es que llegue a la otra mitad del mundo y me encuentro con pigmeos; me encuentro con el mismo mundo que he dejado. Eso es el gran capital que tenemos nosotros.

—Esta es una novela sobre la colonización del único país de habla portuguesa de toda América Latina. ¿Qué hubiera ocurrido si los portugueses hubieran conquistado toda América Latina? ¿Sería todo distinto?

—Sería, yo creo, un continente más unido. Brasil tendría que haber acabado como los otros países de la América Española, o sea disgregándose en multitud de países pequeños porque había grandes tensiones indigenistas: estaba la Confederación de Ecuador en el norte, estaba Nuevo Portugal, que se reclamaba de las Cortes de Lisboa, y en el sur estaba la República de los Farrucos. Todo eso iba a estallar, como iba a estallar la América Hispana. Era el mismo proceso. Pero, ¿por qué no estalló en Brasil? Porque allí se mudó la familia real. Esa fue la gran diferencia. Si Carlos IV hubiera ido a México —como quiso en un momento dado, pero ya era demasiado tarde—, le aseguro que las fronteras latinoamericanas hoy, de los países de habla hispana, serían muy distintas. A lo mejor no habría un solo país, pero habrían dos, tres o cuatro.

—Habría varios Brasil.

—Sí exacto, pero no cincuenta como muestra el mapa de Centroamérica.

—¿Fue la colonización portuguesa más salvaje que la española, o fueron iguales?

—No, la colonización es un momento histórico y entonces se hicieron salvajadas en todos lados. Ahora que estoy estudiando otro tema, sé de las salvajadas que cometieron los ingleses impregnando de viruela las sábanas que luego entregaban a los jefes de las tribus en Norteamérica. Se tiene que todo eso es comparable, es la civilización nuestra que avanzaba con ese salvajismo y en nombre de la religión. Si usted ve la colonización brasileña encuentra una cantidad infinita de esclavos, lo que explica por qué Brasil es un país tan desigual. Es el país, creo, más desigual del mundo, según no sé qué organismo internacional. Lea el libro. Ahí está. Es un país hecho por los esclavos, donde la gran mayoría eran esclavos. Los negros llegaban al puerto de Valongo (la antigua ensenada de la Bahía de Guanabara) —y lo describo en el libro—, los enterraban de pie en el Cementerio dos Pretos Novos —cementerio del final del siglo XVIII y principio del XIX ubicado en el antiguo mercado negrero de Valongo en el litoral carioca, y que todavía está en Río de Janeiro— para ahorrar espacio y tierra. Un día llegó un barco con todos muertos, no sobrevivió nadie. Entonces fue cuando alguien puso manos y empezó a decir que eso no podía ser y que había que asumir algunas medidas de control sanitario en los barcos. Quiere decir que todo eso fue muy salvaje.

—Novela histórica. ¿Le gusta ese género?

—Yo no hago novela histórica, yo novelo la historia que no es lo mismo. Yo hago historia novelada. Yo no invento, aquí no hay personajes inventados, no hay escenas inventadas, no hay batallitas inventadas...

—Entonces es como un reportaje.

—No, es como una adaptación televisiva, es una dramatización. Está más cerca de la adaptación televisiva de una serie que de una novela histórica. Porque una novela histórica es una trama de ficción, con personajes de ficción, que evolucionan en un entorno histórico. Y a veces los haces hablar con Napoleón y eso. Yo no hago eso. Nunca he hecho eso. Todas mis historias son basadas en hechos reales, investigadas o comentadas, procurando acercarme siempre a la fuente, para darle un poco de rigor. Yo creo que de eso el lector se da cuenta, que finalmente sin darse cuenta está aprendiendo algo de historia. Pero sin darse cuenta, porque a mí lo que me interesa es darle una forma literaria a todo esto. Yo quiero insuflar vida a una página de la historia. No me interesa contarla como un historiador porque no soy historiador; me interesa apelar a la emoción del lector para que pueda vivir esa época como si estuviera allí.

—¿Es como una telenovela?

—Yo le propongo al lector un viaje en el tiempo y en el espacio, que lo haga conmigo, y procuro dar vida a esa página de la historia, y para eso se utilizan recursos de la literatura. Y estudias cómo son los personajes y procuras ponerte en su piel e intentas saber cuáles son los conflictos a los que se han enfrentado y hacer literatura con esa página de la historia. Yo procuro mantenerme siempre en un estrecho límite para no tener que inventar nada que no sea plausible. Me da como pudor.

—En literatura brasileña, ¿tiene algún autor preferido?

—No tengo autores preferidos. Yo era muy fan de Jorge Amado, que yo no sé por qué ahora ha caído como en el olvido. Ahora ya como vendió muchos libros, parece ser que ya no merece ser tratado. Él es un gran tipo, un gran escritor. Él realmente mostró el Brasil profundo. ¿Autores brasileños actuales? He leído a Joao Riveiro, que es interesante.

¿Se siente influenciado por alguna corriente literaria, europea o latinoamericana?

—Yo antes de empezar un libro siempre tengo que leer algunas páginas de García Márquez, para el sonido, para la respiración, para el tono. O de Isabel Allende, que también lo hace muy bien. En sentido general, no, en absoluto. Los grandes del boom latinoamericano me influenciaron mucho en mi época, pero también tengo influencias de la literatura francesa. Yo estudié en un liceo francés. A mí a los quince años me obligaban a leer a Stendhal, a Balzac, a todos los grandes novelistas del siglo XIX. Luego, yo soy sobrino de Dominique Lapierre y he trabajado con él como investigador en varios libros y he escrito un libro a medias con él. Eso también ejerce influencias.

—¿Su próximo proyecto?

—¿Mi próximo proyecto? No lo tengo todavía muy claro, pero quiero contar una de las grandes expediciones científicas españolas del siglo XIX en América. Todo lo que no tiene nada que ver con la conquista y también se hizo y no se conoce nada.

—Le gustan los temas ignotos, poco explorados...

—Sin quererlo me he especializado en historias verídicas, que han ocurrido y que están medio olvidadas. Yo soy como un buscador en un cubo de basura, a ver si encuentro algo que se pueda limpiar, reordenar, rearmar y decir ¡mira, tenemos aquí un diamante y nadie lo había visto! Porque la gran historia de Pasión india (Seix Barral, 2005) es eso. Nadie se había ocupado de esa historia, la de una bailarina que se casa con un maharajá y se va a vivir a la India. Parece una historia de un cuento de hadas, pero que fue verdad. Un exitazo editorial enorme.

—¿Le produce alguna emoción ser best-seller, o usted no lo busca?

—Es que best-seller es todo y nada. Best-seller es El Quijote, es Vargas Llosa. ¿Que me gusta tener muchos lectores? ¡Claro! Obviamente. Porque... si eso me permite no más seguir...

—En este mundo de hoy, ¿no es necesario bajar la calidad de lo escrito para tener muchos lectores?

—No es un problema de calidad. Creo que es un problema de encontrar o tener la suerte de tocar una fibra del lector en ese momento. Mira a Umberto Eco con El nombre de la rosa. No me puedes decir que era literariamente un libro con poca calidad y mira el best-seller que fue..., bestial.

—Al final de sus días, ¿qué le gustaría escribir?

—Seguir en lo que estoy haciendo, si encuentro historias que me vayan inspirando, que me vayan transportando... porque en el fondo yo disfruto escribiendo, porque me meto en este viaje.

—¿Cree que así se puede vivir de la literatura?

—Yo lo he conseguido y algunos amigos que tengo también. Yo creo que ahora sí.

—¿Hay más posibilidades para los literatos hoy día que hace cincuenta o cien años atrás?

—Sí, hoy es muy difícil que se tenga un manuscrito que merezca ser publicado y no lo sea.

—¿Qué opina de la digitalización de los textos? ¿Facilita la lectura o es un impedimento para ella?

—Bueno, yo soy de los que leen en el iPad, yo quería comprarme el libro digital de Bolaño, el de Los detectives salvajes, y no está. Entonces tuve que comprarlo en papel. Pero si no, para un viaje así en avión, yo leo en el iPad.

—¿Es ese camino el del fin del libro como lo conocemos actualmente?

—Yo creo que el libro se mantiene eternamente, lo que pasa es que esta es otra forma, pero es otra forma que nos puede matar a nosotros los escritores. Porque a mí me piratean todo, el 80 por ciento: los libros están en la red de manera ilegal y los bajan. Por uno que vendo, cinco se los bajan ilegalmente.

—¿Eso es bueno o es malo?

—Una catástrofe, yo creo, porque la cultura no es gratis. A mí no me importa que se bajen mi libro siempre que me dejen ir a su casa por un filete de carne cuando tenga hambre.

—El Nobel, ¿le emociona? ¿no se siente en esa carrera?

—No, no, en absoluto. A Alice Munro, mira, la empecé a leer cuando le dieron el Nobel. Estoy leyendo un libro suyo de cuentos, hace como un mes, pero fue ese día, porque no la conocía realmente.