Letras
Lo propio del esperar (microrrelatos)

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Clasismo

El viento es muy caprichoso. No bambolea los árboles grandes, antiguos y altivos, sino aquellos más débiles que no le alcanzan a éstos más allá del ombligo.

El caso es que así la realidad parece otra. ¿Por qué no todos los árboles, al unísono, zarandeándose al capricho ventoso que viene de lejos, bien se sabe, desde más allá del mar y sus caprichos? ¡Sería un espectáculo tan emocionante; casi mitológico! Pero no.

Entonces me digo: ¿es que acaso el viento, esa libertad, también es clasista?

No sé. Me siento triste.

 

Derecho laboral

Nunca había presumido de ir al trabajo con ilusión y aquel era su primer día en la nueva empresa.

Sintió un picor momentáneo y pasajero en la frente, en la vertical misma del ojo derecho, allí donde se traza esa curva de significado oculto: frente de bobo o frente inteligente.

Se miró al espejo y observó exactamente allí, donde la fisonomía del bobo o inteligente se agazapan, un círculo negruzco que por momentos parecía crecer en anchura y en altura.

—¡Mala pinta, vive Dios!

No dolía, no escocía pero ahí estaba la huella (mortal, pensó por un instante), indeleble.

—Un mosquito tigre, sin duda —pensó, inteligentemente para sí.

Procuró serenarse. Se lavó, como un hábito sencillo, con agua y jabón.

—¿Sin más?

—Sin más.

Luego aplicó el antídoto; dejó la empresa (previa denuncia, firmada, por exceso de material agresivo: mobbing pernicioso-activo, se le denomina técnicamente).

—Seguro que tigres había más, muchísimos más —pensó mientras disfrutaba la cerveza al apacible sol de una terraza callejera.

 

El meteorito

Dicen las agencias de noticias que el pasado catorce de febrero ha caído, muy fragmentado, un meteorito que ha causado un gran impacto en la tierra.

Muchos corazones, a buen seguro, habrán notado su efecto (y algunos habrán sufrido daños, tal vez irreparables).

 

El pañuelo

Una mañana de mayo encontró un pañuelo violeta.

La mañana guardaba todavía en el horizonte marino algo de un tono soltero que le había dejado el lento amanecer.

Guardó el pañuelo sin pensar en nada.

¿O tal vez sí?

Pensó en cómo le gustaría que fuese su propietaria. (La juventud le llevaba a pensar que había de ser una mujer decidida, tal vez muy importante en su vida. De hecho ya lo era desde el momento en que comenzó a pensarla para sí).

Ya en casa, su madre le dio las gracias. ¡Qué despistada! —le dijo.

(...)

 

La bicicleta

Iba en su bicicleta nueva.

Por fin era capaz, por sí solo, de mantenerse en vertical. Desde allí, desde esa altura veía las flores del camino, las hierbas, incluso la inacabable acequia como algo menor, casi insignificante. ¡Es el vértigo de las alturas, seguramente!, pensó.

No obstante, cuando una piedra inoportuna en el camino de sirga le llevó al suelo hasta el punto de que sus ojos, ahora, veían la humilde flor un poco más arriba, se ruborizó.

La flor, discreta, no dijo nada, pero su gesto era de silenciosa ironía.

 

La sabana

¿A qué huele en la sabana?

Huelen los animales, esto es: excrementos, sudor, la tensión permanente en que viven para resguardar sus vidas de un ataque inesperado. Huele la piel herida por el ataque de los parásitos; huele la carroña después de las hienas, antes de los buitres...

Huele vagamente a sangre derramada y mezcla híbrida de pasto seco y vaharada de calor; el mismo que confunde en los olores; en el color; en la percepción del peligro, la ubicación: la exterior y la interior.

 

Monarquía

Mi mujer ha enloquecido.

Esta mañana, en el desayuno, me ha dicho: “¿Quieres algo más, mi rey?”.

(Eso: locura a secas o que la monarquía, tal como me temo, ya va en desuso).

 

Ella

Tarde o temprano, estoy seguro, pensarán algunos que ha sido por ella; que mi vida, impropia para las conciencias acomodadas, haya estado motivada, con todas las actitudes personales añadidas, por la desidia de ella (no escucha), por su arrogante independencia: lo que, se pensará, me ha sumido en un desarraigo de seriedad y melancolía, de una grave tristeza.

Alto sería el motivo si así fuese, alto y digno pienso yo, pero, en honor a la verdad, no me ha movido a todo esto, a haberme dejado ir, más que la indiferencia, la indiferencia y... ¿el miedo? ¿Tal vez el orgullo que me pudiera corresponder a tenor de las circunstancias de que mi vida haya venido ya tasada por su intervención?

No lo sé; no lo sé.

(Ella, la muerte, lo sabrá. La muerte es la certeza).

 

Olor a naranja

Su expresión era de dignidad y tristeza. Iba vestida con estricta humildad.

Al pasar a mi lado me llegó, perceptible, el olor a naranja que se iba comiendo.

Luego se inclinó a recoger las dos bolsas donde transportaba todas sus pertenencias. Yo reparé en la bolsa de basura en la que ella había hurgado para recoger la naranja.

 

Recortes

Estamos en tiempos de recortes, así que me callo.

 

Soñó

Pensó que dormiría.

Sin embargo soñó.

Un gran barco de tonos oscuros cruzaba, insomne, por la lejanía.

A su ritmo escuchaba una hermosa melodía que duraba el tiempo de su estela... Era una rara canción imaginaria que hablaba de amor.

Él, durmiente, era el mar.

 

Tarde de fútbol

Una llamada indeseada; en el momento menos oportuno.

—No. ¡No!

El árbitro principal, al oír una opinión tan rotunda por el sistema interior de comunicación, negó la existencia de un penalti, evidente para todos, en el último minuto. Y además al equipo que iba perdiendo.

El linier se quedó de piedra:

—Mamá, ¡no me llames cuando estoy en el trabajo, te lo he dicho mil veces! ¡Y no, no quiero otro abrigo! —lleno de rabia, guardó el móvil. Otra vez se le había olvidado dejarlo en el vestuario.

“¿Y ahora como rectifico una decisión tan injusta?”.

 

Un arma para la eternidad

Odiaba la vulgaridad, los gritos... Y esa mujer lo tenía todo.
James Linthey

Aquella mañana, en la cafetería, cuando ella comenzó a hablar, primero alzó la vista, sorprendido. Luego de un breve examen se le notó un rictus amargo.

Trazó el dibujo del arma, lo más fiel posible, y lo recortó con esmero.

Se acercó el cañón a la boca, disparó, y el horror del eco todavía resuena...

 

Crisis

—¿Y cómo hago? —me dije, más meditabundo que cabizbajo.

Ya está. Malo será que pueda contratar a un flechilla de esos de la calle dispuesto a una aventura con riesgo. Y así lo hice.

La cuestión era burlar a un mendigo que, para desgracia de mi orgullo, tenía siempre los bolsillos de su chaqueta deformados como un colgajo debido a la cantidad de monedas que recibía. “Y yo así —me decía al pasar a su lado—, pobre por servir como plumífero a un Sistema en el que no creo. No puede ser”.

Dicho y hecho. Le amenacé, le insulté para herir su orgullo de extranjero. Y él respondió: se quitó la chaqueta para pelear.

En ese momento el chaval echó mano de la chaqueta con el contenido de sus bolsillos.

Ahora desde aquí, desde la celda, me digo a dónde huyó el muy... ¡Ya daré con él!

 

El milagro

Hace frío.

He visto la rama desnuda y me ha entrado frío. Sin embargo sé que esa rama desnuda está engendrando una pera.

Es como un milagro.

Este año volveré a robar una. ¡Estaba tan dulce y como soñadora..!

 

Viaje al cielo

Al pasar junto al crematorio he visto salir un hilo de humo que hacía como un requiebro en el aire; semejaba un juego de seducción.

Seguro que era mi abuela. Se murió ayer y todos sabemos que siempre fue muy presumida.