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Dos relatos

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El pez

Amada: el pez viene a ser un ente prodigioso que se desliza en silencio por el agua y por los sueños. Su inventor es el mismo que diseñó la naranja, la espada, el huevo y la bicicleta.

Lo mismo que la naranja, es el más remoto símbolo de la caducidad de los imperios, la veleidad y belleza de los adolescentes y la eternidad de las querellas entre los amantes.

Su vestidura ha sido creada a partir de una aleación alquímica entre la plata, el diamante y las lágrimas. Su ojo redondo representa al anillo de Saturno y por eso entre algunos disidentes coptos suele llamársele sábado.

El pez original, el padre de todos los peces, viaja invisible por las constelaciones. Le conocen en los nueve planetas y en todos es objeto de la misma veneración. El paso de los diluvios ha ido modificando la forma de su cuerpo y se dice que hoy es ya sólo una minúscula esfera transparente.

Debo decirlo todo: en el año del pez también te amo.

 

Fotografía

Prisionero sin horizonte
oigo los ruidos de la calle

G. Apollinaire

Esa es la mano deslizando la cortina suavemente. No esta mano, aquella. Un poco de perfil, más al fondo, quizá en la débil penumbra del taller, se adivina, sin distinguirse con claridad, la figura de la joven y bella mujer visitando, de tarde en tarde, al tapicero. Puede ser la esposa o una amante de las llamadas ocasionales, así son de frecuentes sus visitas, cuando el calor es más inclemente por estos rumbos y el único sonido rompiendo la tranquilidad y el silencio es el de la cortina al ser deslizada. Existe la terrible sospecha de que en la tapicería ellos hacen el amor encima de los muebles, jugueteando entre sedas y brocados. Tampoco se escucha ruido en el taller y eso puede ser peor. La mano corre la cortina suavemente en un murmullo del color de la ceniza y nadie siente el filo cortante de la incertidumbre.

El tapicero no muestra el torso desnudo, ni su silueta se dibuja en parte alguna. No aparece. Ahora bien, hace más o menos veinte años se le veía desde temprana hora elevar la cortina metálica y penetrar al taller. Veinte años, tal vez más. Su existencia sólo se presume, como la de la mujer. La mano vigilante es también vigilada. Hoy el calor es sofocante, muy parecido al calor de ayer, seguramente más.

Luego la mano reposa en algo parecido al descansabrazos de una silla de ruedas o de un viejo sillón adaptado para alguien enfermo, para alguna persona paralítica o casi paralítica que de cuando en cuando desliza la cortina con la mano derecha enfundada en un añoso guante de matiz amarillento. Su propósito es vigilar. Una vez más la mano corre la cortina, aparentemente de terciopelo verde o quizá de alguna seda o brocado. Algo que solamente podría definir el tapicero, ausente en este momento. El taller de tapicería continúa cerrado en medio de aquel infernal calor de la media tarde, cuando se supone alguien abre la cortina metálica, sigilosamente o no. Pero no ocurre nada.

Lucía, mientras tanto, deambula por la planta alta de la casa familiar, asoma al balcón y grita alguna frase y palabras sueltas en francés. Piensa en la mujer descorriendo la cortina y la asocia con aquella abuela húngara que cantó una canción sobre la juventud, la vejez y la muerte para el nieto moribundo en Nueva York. Las abuelas se parecen entre sí como dos gotas de agua y Lucía recita:

Ô ma jeunesse abandonnée
comme une guirlande fanée
voici que s’en vient la saison
des regrets et de la raison

Pero son palabras que casi nadie escucha. Y quien escucha no entiende o finge no entender, es necesario reconocerlo. Nadie escucha, porque la calle está desierta y sólo el borracho del pueblo, a quien Lucía ha identificado como Edgar Allan Poe, la mira desde lejos, recargado en aquel poste y agitando la mano de izquierda a derecha, suavemente, como si saludara desde la cubierta de un barco o desde la ventanilla de un tren a punto de alejarse o alejándose ya. Es un adiós para Lucía, intuimos, o para algún reconocible fantasma de ayer.

Ya no ajusta el guante en la mano. Pareciera haber sido adquirido para otra mano más robusta y no para esta, ya sólo piel sobre los huesos, víctima de una dolorosa rigidez exenta de elegancia y como de muñeca o como de niño, con dedos largos, finísimos y por supuesto blancos, marfileños, translúcidos ya, con delicadas venas azuladas. También persiste la memoria de que ayer esa mano fue besada con ternura, o así debió haber sido, al menos. Delicadamente, aunque ahora sea mano mustia y solitaria recorriendo por las tardes una cortina, con el propósito de vigilar la calle y en particular el taller de tapicería. Esa mano acarició tal vez otra mano o un cuerpo, todo ello en el riguroso fuego de algún combate amoroso. También. En la otra mano el inhalador.

En el ya no tan diáfano, sí vaporoso universo de Lucía, se van traslapando las imágenes y lo mismo está sentada en el café parisino, donde dice haber visto una plaquita, no sabemos si de latón o de bronce, indicando que ahí pasó febriles noches Apollinaire, a quien muchos apenas estamos comenzando a leer y en cuya identidad encontramos vagamente un rasgo de la personalidad de Lucía. O bien ahora ella mira la lluvia lavar los cristales del departamento de la gran ciudad, en donde continuamente fuma taciturnos cigarrillos y escucha interminables noches a los amigos diciendo siempre las mismas cosas, leyendo a los mismos poetas, casi siempre malditos de aquellos años y de estos días, bebiendo en los mismos vasos y copas las mismas bebidas fuertes y dramáticas.

Súbitamente, sin advertencia, alguien ha reabierto el taller de tapicería, modificando el rumbo de los silencios. La mano vuelve a correr la cortina y una mirada cansada pero crítica atisba por la separación existente entre los dos lienzos. Pesada quietud lo envuelve todo; dentro del taller nada se mueve. Luego, del fondo, proviene un rumor de sedas y alguien adivina la figura de la esposa o la amante del tapicero, vistiéndose de manera apresurada con una gran sonrisa en el rostro, sonrisa producto de algo más allá de una satisfacción quizá pecaminosa. Sudorosa, agitada la respiración, entrecortado el aliento, brillante aún la mirada y algo así como el eco de un anhelo no totalmente satisfecho. A lo lejos, una cigarra lanza al vacío su melancólico lamento. Sabe que después de adulto solo vivirá un verano, por eso la estridencia y monotonía del sonido que emite.

Pero en otro tiempo, antes o después de eso, a Lucía tú y yo la hemos acompañado con excitación creciente en una profusión de maletas, paquetes inverosímiles, olvidos, cabelleras desordenadas, maquillaje disperso y angustias y confusiones y cartas y mensajes y recados de última hora hasta la estación de ferrocarril, porque antes de irse a París necesita despedirse de la abuela asmática y de la familia perdida en un pueblo polvoriento del norte, aun a sabiendas de que cuando llegue allá nadie tendrá la seguridad de reconocerla. Todos la mirarán con curiosidad y no faltará quien pregunte quién es esta mujer tan encantadora, como de película o como de sueño, o de qué pariente irreconocible se trata, y nadie sabrá responder. Embelesados la mirarán llegar, sonreír, charlar, mover las manos en ademanes infantiles y abrumadoramente bellos. La escucharán tararear canciones desconocidas pero hermosas y de pronto la verán irse con la misma viveza con que llegó, como un vendaval de esos tan frecuentes por aquellos rumbos. Luego, de acuerdo a lo previsto, los trenes se dispersarán, corriendo hacia la noche. Y ninguno hacia ti o hacia mí.

Entre todas las aventuras emprendidas por Lucía, la más fascinante es aquella de los viajes terrestres, y visitar a la familia para despedirse de ella parece ser sólo un pretexto para justificar la travesía en tren hacia los páramos desolados donde dice haber gozado una infancia y desde luego una pubertad feliz, plena de belleza y libertades. Pero ninguno, ni el más imaginativo de nosotros, cree en la existencia de esos páramos bíblicos, y todos sospechamos que se trata de otra invención de ella, como con toda seguridad es también el caso de la plaquita de bronce o latón en la mesa donde se supone que bebió café o tomó ajenjo Apollinaire, a quien nadie termina de leer entre nosotros. A algunos parece un ser deslumbrante y a otros no logra conmover con sus extravagancias. Hay quien sostiene repetidamente que Lucía es un dulce reflejo del poeta, estemos todos o no de acuerdo.

Mientras tú y yo reconstruimos la imagen de Lucía pretendemos ordenar los fragmentos de nuestra vida, tratamos de cimentar el precario equilibrio donde nos mantenemos, para no derrumbarnos y disolvernos en la nada, en el olvido, en los desencuentros. Por eso para ti y para mí es importante no perder detalle de sus pasos, de su existencia errabunda, de sus últimos días en este territorio de quebrantos y pesares. Necesitamos reelaborar minuciosa, amorosamente, tal vez con dolor, esas últimas horas para desentrañar la sinrazón de su muerte. Así reencontraremos nuestros pasos y podremos fijarlos en este difícil ahora, cuya carga nos resulta casi siempre intolerable.

La intrusión en la historia de aquel hombre moreno con una gran cicatriz en el rostro, visitándola una noche en su departamento, cubierto con una chamarra negra empapada por la lluvia, es totalmente inverosímil, y la descripción de su aspecto hecha por algunos vecinos no se ajusta a nadie conocido por nosotros, aun cuando los pinceles de una exaltada inclinación lo perfilen como un oscuro adonis de arrabal o un guapo siciliano diestro en contiendas de navaja. Alguien trata de convencernos de esa posibilidad, pero muchos, tú y yo sobre todo, nos resistimos a creerlo, porque Lucía nunca, nunca.

Pareciera todo suspendido en la calle, pues la mano ha desaparecido tal vez momentáneamente de la ventana y solo el dolorido canto de algún pájaro extraviado se escucha con monótona persistencia. Es un canto no exento de claridad. Sí, perdido por ahí. Lo mismo da escuchar su canto surgiendo por entre las ramas de algún árbol o tras las rejas de alguna jaula, así de triste es su melodía en esta hora inmóvil y soporífera.

Lucía debe estar hojeando algún álbum fotográfico en la planta alta de la casona, para descubrirse niña de nuevo o adolescente, de pie, recargada en una mesa alta de madera oscura, con el puño de la mano derecha en la mejilla, mirando enigmáticamente por encima de la cabeza del fotógrafo, más allá, con su adorable media sonrisa, esa que desde hace un tiempo suele asaltarnos por la noche y quebrantarnos el intermitente sueño.

Aquel a quien conocimos como O. también desapareció de nuestras vidas. Su bello semblante se desvaneció entre lo que suele llamarse la nada. O. es un mal recuerdo enredado en nuestra memoria, como una telaraña pegajosa que quisiéramos eliminar, pero para ello los dedos no bastan. La misma Lucía no lo mencionaba ya los últimos días y raras veces le vimos reflejarse en sus bellos ojos oscuros, como al principio, cuando no eran tan difusas las imágenes del rostro varonil. La tarde aquella se fue simplemente sin motivo claro y sin un comentario, sin despedirse de ella ni de nosotros. En ese entonces ya se empezaban a pronunciar en voz alta las palabras resistencia, revolución y anarquía. Nosotros, como la mayoría, teníamos miedo, y cuando quisimos recuperar algo de aquella época, era demasiado tarde. Lo más inexplicable es que ya no había un suspiro evocando a O., ni una lágrima perdonándolo. Era una ausencia total, una herida cauterizada en medio del pecho.

Y parece que ya no hay ni habrá más personajes en este recuento. Tampoco la hora cruel de la media tarde será modificada. Quizá sólo el paisaje parecerá una especie de postal móvil, algo así como las imágenes cambiantes de lo que solemos llamar la magia del cinematógrafo o algún paisaje soslayado desde la ventanilla de un tren dirigiéndose hacia algún mar muerto o hacia ninguna parte llevando a Lucía, mientras la mano parece descansar y no corre la cortina porque es de noche, cuando las ausencias causan más pesadumbre y la calle está tan solitaria como siempre. Ni siquiera los pasos tambaleantes de Allan Poe se escuchan en el empedrado. A esta hora, en este sitio, nadie canta canciones de amor ni mira las hojas de los árboles, casi marchitas, ligeramente acariciadas por una brisa nocturna, brisa incapaz de disipar el terrible calor cuya repetida ceremonia es la de agobiar los sentidos todo el día, abrasar hasta los más pequeños recuerdos. Especialmente desde la media tarde que tornará una y otra y otra vez hasta el fin de los tiempos en estos infames arenales.

Infames arenales donde suelen ocurrir las extrañas historias contadas por Lucía. Como la del hijo mayor de la abuela asmática, aquel que un mediodía se desnudó en la plaza y así, desnudo, salió del centro del pueblo y empezó a caminar rumbo al desierto, llevando en la mano izquierda un ramo de flores blancas y un libro en la derecha. Decía la abuela que le habían visto caminado en línea recta hacia los arenales, con el propósito de adentrarse en ellos. Unos niños le habían perseguido, riendo y cantando alrededor de él, provocándole con bromas acerca de su desnudez. Él, impasible, había seguido caminando. Más tarde, cuando los niños eran interrogados, juraban haberle visto desintegrarse poco a poco, tal como si fuera un algodón de azúcar en el agua, de esos algodones rosados que venden en las ferias, o como una nube de verano disolviéndose en el cielo hasta desaparecer. Nadie le volvió a ver; sólo de entre las sábanas de soltero cuarentón, el día siguiente de su desaparición, emergió una pequeña mancha de sangre perfectamente circular y no hubo quien se atreviera o intentara siquiera explicar el asunto.

Todo está cada vez más allá de la mano corriendo la cortina para vigilar a la pareja del taller de tapicería, más allá de Allan Poe agitando la mano mientras realiza un grotesco giro de la cintura para no caer, en esa calle con casas cuyas puertas y ventanas parecen haber sido cerradas, selladas para siempre. En tanto, Lucía permanece allá lejos, mucho más allá, en la ciudad aparentemente en ruinas, como bombardeada, con calles y avenidas nuevas, donde hay gente nueva inventando cosas nuevas. Quizá en otro sitio, también Lucía, con una copa a medio llenar de una bebida aromática y ligeramente dorada, mira absorta la plaquita de latón adivinando para sí no sé qué cosa, y responde claro, sí, a las preguntas formuladas en un pésimo español por sus parisinos compañeros de juerga. Nadie tiene seguridad, pero a lo mejor en ese momento regresa de la bruma el hermoso rostro moreno de O. y le sonríe como solía hacerlo, mirándola fijamente a los ojos. En su afiebrada imaginación, ella ve cómo extiende la mano con aquel gesto entre amistoso y enamorado, para tocar, acariciar la negra cabellera de Lucía. Puede ser que en la ventana la mano enguantada corra la cortina por última vez, buscando encontrar a la pareja del taller de tapicería, para ver si es posible verlos ahora sí. Pero el silencio persiste.

Quizá en esos instantes, poco antes de que, bajo la mesa, el filo de la navaja se deslice cortando las finas venas de la muñeca derecha, Lucía evoque su pueblo agobiado por un sol inclemente que no volverá a padecer. Tal vez recuerde la casona familiar por cuyos balcones gritaba incomprensibles palabras en francés, aquella media tarde solitaria, cuando por compañía tenía únicamente a Edgar Allan Poe, mirándola desde la tibia turbia nube del alcohol, mientras con toda seguridad éste repasaba una historia de horror o un poema. Probablemente también Allan Poe, el otro exiliado, levante la mano por última vez en un adiós, gesto que ahora sí tú y yo sabemos con absoluta certeza va dirigido a Lucía. Y es dolorosamente improbable escuchar tu nombre y el mío, juntos o por separado, aflorando de sus labios.

No, no serán murmurados ni se deslizarán por el suave arroyo de su memoria. Porque en otro momento tú y yo con seguridad estaremos rasgando sobres para releer sus cartas, andaremos sacudiendo libros para encontrar entre sus páginas viejas o recientes fotografías de ella y del grupo de amigos, donde tú y yo aparecemos invariablemente. Descubriremos flores rosadas, blancas, amarillas y azules disecadas, envueltas en rectángulos de papel de seda; extenderemos, de rodillas en el piso, pliegos de papel nacarado o de color ligeramente violeta, donde escribió mensajes y largos poemas amorosos. Andaremos manoteando en un mar de presentimientos, pero sin ser capaces de captar el mensaje de su muerte, hasta que una fotografía complementando la pequeña nota de un periódico o un telefonema a medianoche nos lanzan de golpe contra este interminable dolor en espiral. Ese dolor apenas unas horas o unos días antes de hoy supuestamente exorcizado.

Ya nada será. Ahora es la mano derecha deslizando el filo de la navaja por las venas de la muñeca izquierda y un gesto mínimo, un pequeño rictus de dolor en el inmensamente bello rostro pareciera delatarla. Pero en medio de aquellas conversaciones casi siempre frívolas y pretendidamente profundas, nadie se da cuenta de lo ocurrido a los demás y la sangre fluye manchando la falda oscura de Lucía, sus medias azules. Ella sonríe.

Acá nadie se derrumba en la angustia, sólo tú y yo. No se crispa la mano cuando descorre la cortina y en algún lugar de la gran ciudad, donde quiera que se encuentre O., no se fractura ningún espejo, ninguna ventana lanza astillas de vidrio por el aire, no cae ninguna lámpara, ninguna carta de amor es devorada por las llamas. Nadie lee un poema.

El paisaje ya no es tan nítido como se intentaba que fuera al principio. Ya no lo será. Nunca más.