Letras
Cinco poemas

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Pero, al menos eso hay, eso queda...

Pero, al menos eso hay, eso queda
al cabo de cien mil jornadas de agua y fuego.
Una marca en el muro, en la madera.
Una marca de punzón, de punta de cuchillo.
Un somero abrigo bajo lluvias de carbón,
de piedra pómez, de aves disecadas
con sus huesos unidos por alambres.
Aquí el óxido del gozne,
el eco del eco de un átomo que apenas fulgura,
lo que, sabiéndose mortal,
empuja un carro sin ruedas
hacia el abismo que, adelante, se abre.

 

Me dice algo al oído...

Me dice algo al oído,
Me dice lo que no quiero oír.
Me lo dice y se desatan los perros.
La tormenta se desata.
La materia se disocia
y la locura pierde instancia, categoría.
Me lo dice como si al decirlo
la tierra se volviese infecunda
y el amor no se entendiese
y junto con el agua derivase hacia el confín.
Me lo dice y el mundo se reduce
al tamaño de un grano de arroz;
me lo dice y el mundo se expande
hasta ocupar el universo.
¿Qué no es tosco ahora, y superfluo,
qué no desencarna, se vuelve inútil, impreciso,
qué deseo no se inclina al reposo?
Del suelo y su abundancia, apenas un mapa.
De la velocidad, apenas un engranaje.
De lo prometido, un palo soterrado,
un efecto, azul o blanco,
un faro que se apaga
más allá del último sol, el último vestigio.

 

Sí, hay un tiempo para cada cosa...

Sí, hay un tiempo para cada cosa
y lo eterno se desdobla
para que el beato pueda copular en sueños;
si hay un dios, lo estimo flaco,
siempre en deuda hasta con el limo,
aunque pretenda manejar el compás
y terciar en el abrazo de los amantes.
Un momento para madurar para la vida
y otro para madurar para la muerte,
para cavar un momento
y otro momento para mirar a Venus;
el mismo niño que vio en el suelo
las extrañas sombras de las hojas, durante el eclipse,
sueña con una casa en llamas
y despierta temblando en plena madrugada.

 

¿Hay, abajo o arriba, una voluntad..?

¿Hay, abajo o arriba, una voluntad
capaz de reunir, en un mismo punto,
denso de toda densidad, cuerno y cifra?
En el preciso instante de la hoja seca,
¿dormita el puño atravesado por la espina
y se nutre el pecho ciego de azafrán y cábala?
No dura el pez en la tierra.
No dura el terrón bajo la lluvia.
No dura la mirada ante la luz que explota.
No duran. Sólo la noche es alta
y el día se disipa en su propia y constante radiación.
En lo oscuro, regurgita, ofrece
de su boca un bolo casi místico,
allí se congregan vestidos y desnudos,
presas de la fiebre, dando gritos.

 

En el vórtice, apenas sostenido...

En el vórtice, apenas sostenido
por un hilo de araña, intenta decirle su nombre
a una sombra; casi ahogado,
casi aplastado por el peso de cien elefantes,
procura decirle su nombre a esa sombra que pasa,
veloz, por única vez ante sus ojos;
Soy... y la sombra sigue su marcha,
tal vez porque no puede detenerse,
empujada por una fuerza irresistible;
tal vez porque esa sombra,
como toda sombra, carece de oídos, es sorda.