Letras
25 de agosto

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Era el 25 de agosto del 2013. Había llovido como siempre suele ocurrir en agosto. De hecho es agosto mi mes preferido justamente por eso, porque llueve. Y es que es cuando llueve cuando más deseos tengo de salir e ir al Centro. Me gusta caminar despacio, despacio, esa es la palabra. Luego de un rato me introduzco a un café o dirijo mis pasos hacia El Moro para beber un chocolate. Después salgo con el estómago caliente ya por la bebida disfrutada y camino un rato más hasta que pienso que es la hora de regresar.

Fue precisamente a mi regreso cuando me encontré con el hombre. Era un tipo de unos setenta años o quizá tenía algunos más pero por algún motivo no aparentaba su edad verdadera como pude saberlo más adelante. Estaba esperando en el andén el siguiente convoy cuando el hombre se aproximó y se detuvo a mi izquierda para esperar también el tren. A esa hora había poca gente en la estación, así que supuse que encontraría un asiento en donde no tuviera acompañantes alrededor y todo iría bien para mí el resto del viaje.

Finalmente el tren llegó y como de costumbre la gente se aproximó a las puertas para abordar con rapidez y conseguir los mejores asientos. Visualicé a través de los cristales el último asiento y una vez que abordé me dirigí hacia él y me coloqué justo en la ventana. Tenía al fin lo que deseaba, un asiento para mí solo para todo el viaje.

Había perdido de vista al hombre de unos momentos antes y ciertamente lo había olvidado enseguida, y hubiera seguido haciéndolo de no ser porque lo vi dirigirse hacia donde yo estaba después de haber fracasado en sus intentos de tener un lugar cercano a la puerta. Caminaba con paso torpe y parecía que todo su cuerpo le estorbaba a pesar de que por su apariencia no mostraba ser muy mayor y no era obeso, ni mucho menos aparentaba estar enfermo, era simplemente que parecía torpe y sólo eso. En todo caso se dirigía hacia mi lugar con toda su decisión y no había ningún otro asiento disponible, así que mi dicha por haber conseguido un lugar que parecía reservado para mí comenzó a esfumarse.

Pude ver que el hombre portaba un folder atiborrado de papeles con las orillas quebradizas y amarillas. Cuando por fin llegó al asiento se desplomó en él como si estuviera tremendamente cansado y cada uno de sus movimientos resultara más difícil de realizar que el anterior. Parecía venir de muy lejos. Luego me miró y me dio un saludo de buenas tardes el cual correspondí. Agregó sin motivo alguno que venía de hacer una visita desde el sur y que atravesar la ciudad era un suplicio pero que no tenía otra opción si es que quería ver a sus amigos. Yo le respondí a todo que sí para no faltar a la cortesía, pero también fui lo suficientemente claro como para dejarle ver que no estaba dispuesto a entablar una conversación con él más allá de esas palabras cruzadas.

El tren comenzó a moverse.

Miré hacia la ventanilla. La estación poco a poco fue quedándose atrás. El ambiente estaba húmedo y los techos escurrían agua lentamente. Las nubes oscurecían todo y la gente comenzó a encender las luces de los negocios por los que pasábamos. Así pasaron unos cinco minutos. El hombre permanecía callado en su asiento y de pronto abrió el folder, como ya había visto estaba lleno de papeles viejos que asomaban por las orillas. No pude evitar mirar de reojo lo que contenían esos papeles, recuerdos de viejo, pensé, y pude comprobar que estaba en lo cierto, pero lo que llamó mi atención fue la manera en que el hombre sostenía esos papeles, fragilizados ya por el paso del tiempo. Casi podría decir que sus manos temblaban debido a los sollozos que hacían estremecer su cuerpo, pero el hombre no lloraba, solo miraba los papeles con las manos temblorosas, y así se quedó mirándolos, leyendo y releyendo lo que estaba escrito en ellos. Más que leer más bien parecía contemplar una fotografía. Lo que había en ellos eran los nombres de los integrantes del equipo de béisbol Los Cuervos que habían resultado ganadores del torneo del año 1959 a nivel estatal. El cuerpo del documento se componía de las felicitaciones a los ganadores así como de las firmas de las autoridades que acreditaban dicha competencia. También había un diploma con el que supuse que sería su nombre y algunas fotografías en blanco y negro del equipo recibiendo el trofeo.

El hombre tardaba varios minutos en mover sus manos y cambiar las hojas. Cuando llegó a las hojas correspondientes al año 1960 pude ver que ese año no habían tenido tan buenos resultados y debieron conformarse con un sexto lugar en la competencia. De ese año tenía la foto pero sin trofeo. No hubo felicitaciones ni diplomas, sólo la tabla de posiciones con el primer lugar de la competencia ocupado por Los Osos y la lista de los equipos que se quedaron en el camino.

En 1961 las cosas les fueron mejor y consiguieron un tercer lugar. Para 1962 la caída fue mayor que el año antepasado y sólo obtuvieron el octavo puesto de diez posibles. No sé la razón, pero no hubo un año 1963 para ellos.

El hombre regresó al principio, a 1959, y se quedó observando las palabras ahí escritas por varios minutos. Luego sacó una fotografía que no había visto y resultó ser una copia de la original de 1959, pero con la diferencia que en esta, algunos de esos hombres tenían una cruz negra sobre sus cabezas. Habían muerto ya. De dieciséis integrantes más el entrenador y tres personas más, sólo quedaban vivos siete de ellos. Supuse entonces que el hombre venía de alguna reunión con sus antiguos compañeros de juego, los campeones de 1959. Las manos del hombre temblaban y regresó a la primera hoja en donde se asentaba que ellos habían sido los ganadores del torneo de esa temporada, cosa que quizá nunca más pudieron repetir, e imaginé que en su reunión unieron sus recuerdos de la gloria pasada.

Ya no pude seguir observando porque el hombre se había percatado de que yo estaba husmeando en sus papeles y adiviné sus deseos de comenzar a platicarme sobre ellos, pero la suerte estuvo de mi lado y justo en ese momento el tren llegó a una estación intermedia a mi destino y con prisa le pedí permiso para salir del asiento, así que bajé del tren para que el hombre siguiera aferrado a sus recuerdos, a sus glorias pasadas, a sus copas vacías que Los Cuervos no volvieron a llenar desde aquel torneo de 1959.