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Poemas

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Aquelarre en Macayepo

Hoy cayeron piedras del cielo.
Cayeron tantas veces que nuestros cuerpos tomaron forma de cantera:
A su choque con el suelo daban gritos de agonía.
Cayeron como truenos cortando hasta el aire en nuestras bocas.
Hoy cayeron piedras del cielo y las ramas deshojadas de los árboles cobraron vida.
A cada paso de su danza vespertina nos quebraban los brazos, las piernas, la voz
y el cuerpo en la montaña ya no era nuestro.
Los montes se alzaron imponentes para ser testigos de la fiesta de los hombres:
Ramas estacadas en los vientres, filos que salían de las venas, piedras en los ojos,
llantos sin destino... Todo en la vitrina de la muerte, todo en el lienzo de la tierra ya salada, ya de cal.

Hoy cayeron piedras del cielo.
De su paso por aquí solo queda el rastro de unas sombras y los campos removidos
y las huellas de los niños y esta mano de algún anciano que partió sin ella.

 

Otoño en San José de Apartadó

Algo había escuchado sobre el otoño, pero no sabía lo que era.
Que las hojas caen como muertas de los árboles;
Que caen secas, lentamente, dijo la profesora.
Esta noche no es como las otras.
Un viento fuerte se abre paso entre las ramas
arrancando brazos, tumbando hombres.
No sabía lo que era el otoño. Ahora lo comprendo,
ahora que veo cómo caen los míos sobre el césped,
ahora que yo mismo caigo como hoja muerta en el camino.

 

Rosa de los Vientos

Al norte:
fuego, llanto, lluvia.
Al sur: llanto, humo, frío.
Al oriente: humo, ceniza, lluvia.
Al occidente: ceniza, río, nada.
Las montañas corrieron llevando la noticia.
Sólo el cielo nos llora. Sólo el río nos nombra.
La rosa de los vientos no es algo que use cualquiera,
pero, para nosotros que morimos todos los días, es importante:
Con ella encontramos el sitio exacto donde se ubica
la tumba de la cual nadie es digno.

Todo parece indicar
que no tenemos mucho
de dónde escoger.
Todo parece indicar
que estamos
jodidamente
olvidados.