Letras
Dos poemas

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Laberinto

1

Condenada a la espera,
contemplo, relajada, los jardines.

Hay en el aire un poco de tibieza,
de sutil certidumbre insinuadora de un regreso.

Mientras las flores mecen, primaverales, sus pistilos.
Ellas presagian, sabias, que volverás un día.

 

2

Todos los laberintos
son prisiones silenciosas
con ojos tristes.

Sólo me alegran los prados de geranios
y las rosas multicolores en primavera.

Sólo la luz del sol alienta mis paseos
y la luna creciente me implora
que aguarde un poco.

 

3

En esta prisión alta
no hay príncipe
que venga a rescatarme.

Apenas cuatro muros
y una ventana larga
para imaginarlo desde aquí.

 

4

Un plato de atún frío, dos rodajas de col,
una lechuga fresca y tres lecturas sobre templanza antigua
sosiegan el espíritu y me hacen olvidarte,
aunque sólo por esta noche.

 

5

Todos los meses salgo al balcón 300,
en el mismo laberinto.
Allí espero a que salga la luna mensajera.

Y cuando está más viva,
toda creciente, menguante o renovada,

dejo una carta como un tributo a tu soberbia,
tomo mis manos y mis ojos afligidos.

Hoy, menguante.

 

6

Sumo las veces que te busco y tú no llegas,
como si fueran soles que brillaran cada tarde,
aunque aquí, adentro, la oscuridad enfría.

 

7

Ni quiromancia,
ni cartomancia,
ni runas,
ni astrología egipcia.
Nada responde sobre ti.
Sólo quimeras.

 

8

Dejemos de jugar a no ser Kafka,
Ariadna o Circe.
Nunca encontraremos la llave
de nuestro laberinto.

 

Cartas a Leo

1

Yo espero a un hombre alto y delgado que viste con trajes azules.
Un hombre que adelgaza cada vez más por el cáncer que lo consume.
Un hombre enjuto, es cierto. Pero él vendrá. Estoy segura.

 

2

No tengo montaña ni convento. Sólo banalidades solitarias
con que entretengo —como se distrae el hambre que anida en intestinos—
mi inevitable ansiedad de verte.

 

3

Un día me imagino con Mauricio.
Otro, con Alejandro. Otro más con René.
Hago novelas mentales casi a diario.
Así supero un poco la inevitable
condición de mantenerme célibe.

 

4

Nunca voy más allá de la mano
que me dan Toño o Arturo al saludarme siempre.
Nunca iré más allá de los votos sellados ante Dios un día.
Incólume hasta tu llegada. Así será.