Letras
Dos relatos

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¿Qué pasa contigo?

La araña me vio de reojo. Su mirada inquisitiva y voraz me provocó escalofríos que me hicieron castañetear los dientes. No parpadeó. Tampoco disimuló su intención de devorarme. Estaba implícita en los infinitos hilos que hábilmente había enrollado en mis tobillos y muñecas mientras yo dormía.

Podía sentir la sangre estancada por las abrazaderas que apretó con maña y pericia. Traté de romperlas pero fue inútil. Semejaban acero deteniendo los caudales rojos de mis venas y arterias. Mis fuerzas menguaban con cada esfuerzo que hacía por liberarme. Los dedos de mis manos y mis pies estaban insensibles e inflamados y parecían morcillas ahumadas. Asustada, yo los veía transfigurarse de rosa a violeta y de éste a un verdoso azul sucio y desagradable. Ante la sangre detenida mi corazón se encabritó. Palpitó desfogado para llamar mi atención. Su ímpetu dolía. La araña no me quitaba el ojo de encima. La sed se apoderó de mi garganta. El aire se espesó en la habitación derrumbada por los reflejos calcinados del sol. Mi vejiga no soportó la presión de la incertidumbre y se vació sin contemplaciones. Un amarillo inexplicable, con aspiraciones de lago, me formó alrededor un mísero charco. Mis nalgas se humedecieron y a lo largo de los minutos sólo quedó el inconfundible olor a amoníaco.

—¿Qué pasa contigo? —la espeté—. ¿Acaso no has visto tu ridículo tamaño? ¡Es ridículo y estúpido que te pienses con capacidad suficiente para terminar conmigo! —le dije tratando de que mi voz pareciera segura y convincente. Y al verla flaquear agregué con desprecio—: ¡Sabes muy bien que una sola de mis uñas bastaría y sobraría para terminar con tu esmirriada figura!

La araña optó por no proferir ningún sonido. Me miraba con insistencia haciendo caso omiso de mis palabras. Su silenció me contrarió y me estimuló a seguirla increpando.

—¡Si te acercas no me quedaré indiferente! ¡Tengo armas ocultas para derrumbarte al primer movimiento que hagas!

La araña respondió a mi provocación moviendo una por una sus ocho patas desafiantes. Su prominente torso se elevaba y con cada movimiento cobraba protagonismo. ¡Y contra todos los pronósticos se encaminó directa y decididamente hacia mí!

Con sus ojos saltones me ensartaba sus miradas de filo. Mi corazón se desesperó. La rabia fue desplazada por un miedo oscuro. A cada paso que la araña daba mi fragilidad se tambaleaba y me imaginaba siendo devorada por ella con lentitud y satisfacción.

Me atormentaba al pensar que iba a ser testigo de la desaparición de partes importantes de mi cuerpo, ojos, lengua, nariz, oídos, dedos, pezones, vulva...

De pronto una luz brilló con fuerza y contundencia en mi pensamiento.

¡Si la araña era venenosa sería mi salvación! A la primera mordida me anestesiaría y con un poco de suerte yo moriría sin darme cuenta. Ahora sólo me quedaba esperar que así fuera.

En mi cuerpo todo se calló. Hasta mis miedos.

Sus ojos y los míos se encontraron desnudándose de sus temores y provocaciones. Las cartas estaban echadas y la partida definida de antemano. Lo comprendí cuando tuve a la araña a un palmo de narices y ella abrió la boca y ésta creció, y creció y creció como un cráter insoportable ante mí. Sentí su aliento vegetal. Vi sus grutas húmedas refocilándose ante el banquete inmóvil y jugoso que tenía a su disposición. Sentí la caricia libidinosa de su lengua oscura y abarrotada de espinas como tuna madura.

Todo estaba decidido. Eran mis últimos segundos en este mundo y no sabía si llorar, gritar o simplemente abrir los ojos para terminar con esta pesadilla de una vez por todas.

 

Ritual de atracción

Ignacio tiene todo el panorama de su espalda para sus ojos y sus ansias. Con el whisky en la mano la observa. Ella está de pie, apoyada sobre el mostrador del bar, indiferente al trajinar de esa hora. Nadie tiene cabida en su vida esta noche. Con su actitud distante y altiva aleja cualquier intromisión. Sólo el bartender se acerca y le cambia la margarita cada vez que vacía la copa. Ella lo mira y le agradece sin expresión. El hombre se aleja desconsolado. Ignacio puede ver sus uñas azules y fosforescentes entre sus dedos pálidos cuando acerca la copa a su boca. Con la lengua recoge la sal de la orilla. Él mira la punta rosa, húmeda y delgada recorriendo sus labios encendidos de rojo. La imagen es insufrible y no puede controlar las dos extensiones más importantes de su cuerpo. Su lengua y su sexo se llenan de brío. Su lengua cobra vida y recorre sin darse cuenta (al igual que ella) todos los extremos de sus labios, y su pene, exaltado por la indescifrable felicidad, intenta emerger de su lasitud habitual.

Ignacio busca el coraje para acercarse y despojarla de sus resistencias y con un poco de suerte, luego de unas horas, tal vez de su ropa. Pero no encuentra el coraje por ninguna parte.

Con los ojos se anticipa a desnudarla. Le baja el zíper hasta media espalda y al confirmar lo que esperaba se sobrecoge. Debajo del vestido negro inundado de florecillas amarillas sólo la cubre su piel. Tiene el vestido pegado a ella como un beso. Le acaricia la espalda salpicada de minúsculos lunares que marcan una constelación de posibilidades infinitas. Sus vellos de oro juguetean con la luz. Su espalda se cimbra oferente. Sus ojos (los de él) le bajan el cierre un poco más y descubren agradecidos la consagración de sus deseos. La línea de profunda promesa de sus nalgas delineando el paraíso de su sexo. Sus ojos trazan con urgencias las redondeces descaradas de sus nalgas y se posan en ellas con ansiedad. Ya no puede soportarlo más. Apura el whisky sin dejarlo reposar en su boca y siente la vaporosidad confundiéndose con su saliva. Se relaja. Enciende un cigarrillo y pide otro trago. La mujer sigue inalterable. Su cabello suspendido en una cola de caballo en lo alto de la cabeza. Algunos rizos se escapan formando anillos dorados. Sus ojos juguetean con ellos. La fantasía se fortalece en sus ganas y se imagina lamiéndola desde la nuca a la base de su cuello, una y otra vez. Los vellos de la mujer se erizan. Se siente observada pero no tiene voluntad de volver la cabeza. Su cuello es joven y firme, tanto como el falo eréctil que a él le exige copular. Bajo la gabardina coloca su mano en el bulto todavía incipiente y trata de aplacarlo, de congratularse con él pero sin crearle expectativas que lo entusiasmen demasiado.

Sus ojos siguen fijos en su espalda.

Su exaltación empieza a menguar. Es febrero en el calendario. Afuera el invierno no parece darse cuenta. El clima está desbordado en desconciertos. La lluvia cae con ímpetu. Los truenos son un escándalo en la noche. Las alarmas de los autos se suman a la orquesta que estalla.

—¡Esta mierda de calentamiento global! —piensa—. ¡Todo lo trastorna, todo lo cambia..! ¡Mira que llover en febrero!

Y él sin paraguas. Y el auto tan lejos en el parqueadero de la vuelta y ella tan hermosa desnuda entre sus ojos.

La mujer se pone de pie y deja unos billetes en el mostrador. Saca del bolso una sombrilla y se encamina a la puerta. La enciende como si se tratara del sol y desaparece en la tormenta.

Su mano decae flácida entre sus piernas. Mañana... si no llueve, tal vez tenga mejor suerte.