Sala de ensayo
Sobre El camino de Ida, de Ricardo Piglia
Escritos sobre la memoria incierta

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Ricardo Piglia

“Ahora soy todos los nombres de la historia.
Están en mí, en este cajón donde guardo mis escritos”
Ricardo Piglia (Respiración artificial)

“Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental,
y creo que tenemos derecho a esta tradición”.
Jorge L. Borges (El escritor argentino y la tradición)

Vivir varias vidas, como si fueran “secuencias autónomas”, es la confesión inicial de Renzi.

Munk, en el final de la novela, plantea la utopía de imaginar “varias vidas personales simultáneas, radicalmente distintas una de otra, y ser capaz de vivirlas”.

La multiplicación de las posibilidades de ser en el mundo o en los mundos imaginarios ocupa el centro de la narración: la relación entre Renzi e Ida, de lo intelectual a lo sentimental, termina disolviéndose en un tejido que la subsume: desde una perspectiva mayor, la tensión novelesca se suscita entre Renzi (permanente alter ego de Piglia, en esta ocasión recuperando parcial e imperfectamente el periplo docente del escritor en universidades norteamericanas) y Thomas Munk (a su vez espejando la biografía de Ted Kaczynski, The Unabomber, el terrorista norteamericano de ascendencia polaca que, entre 1977 y 1995, enviaba cartas y paquetes con bombas en su interior), con Ida Brown (prestigiosa y progresista profesora de la Taylor University) como puente, como camino de ida; desde una observación más microscópica, los textos, los inagotables intertextos que articulan la trama entre esos tres personajes disparan, vigorizan, inventan, semantizan los mundos posibles y potencian los pensamientos subversivos, anarquistas o revolucionarios que pueblan el ancho campo de disputas que la novela plantea.

No hay sitio, en la novela, para la construcción lineal: Renzi es un hombre de dos lenguas (como Hudson o Conrad) y de dos espacios (vive en EEUU y parece pensar siempre desde Bs. As.). Ida opera desde dos vidas paralelas que se tornan irreconciliables. Munk es un científico de prestigio y a la vez un terrorista que multiplica sus nombres (repitiendo personajes de Conrad) para esconderse. El desplazamiento es el centro gravitacional de la narración y la escritura, o las escrituras posibles del texto, obedecen a ese principio de cabo a fin. Hasta la focalización narrativa se desplaza de Renzi, el narrador, a Ida, para luego enfocarse en Munk.

En este desplazamiento como incerteza, en esta desviación del relato único, persiste, sin embargo, la búsqueda obsesiva de un orden, una razón o un sentido en la complejidad que entretejen las historias que desdibujan su perfil real o imaginario. La novela propone un punto donde confluyen el investigador y el analista o, mejor, el detective como lector. Que esa búsqueda sea finalmente infructuosa responde menos al sinsentido de la fragmentación que a la resbaladiza verdad que sostiene la existencia misma y que constituye la razón de ser del espacio literario.

La relación triádica de base (Renzi-Ida-Munk) se expande desde la aparición de la vecina rusa y la chica punk: dos mujeres disímiles pero invisiblemente unidas por la vocación antisistema. Nina Andropova, biógrafa del pacifista Tolstoi, militante de la revolución y testigo de persecuciones. Nancy Culler, una chica “Fogwill”, analista de Hitchcock, nómade rockera. Las dos, de algún modo, atraviesan las ideas, las luchas y las búsquedas de Ida, las dos, en ese sentido, son variables de Ida, desplazamientos o posibilidades de vidas simultáneas que interceptan la vida de Renzi y lo llevan inexorablemente a Munk, tejiendo el mismo tejido de Ida.

Munk parece pensar y escribir, en su Diario, el intento de comprensión total de los hechos, la escritura posible de la complejidad de lo real. La escena final de la novela dice esa comprensión desde la esperanza secreta y silenciosa de Renzi, tras la visita al penal, antes de la ejecución de Munk y su regreso a Bs. As.:

Pensé que Munk estaría también mirando la lluvia, con las manos en las rejas, tal vez podía ver a lo lejos, entre las tinieblas, el reflejo de una luz en la ventana de una pieza de hotel.1

¿Qué escribe Munk? ¿Cómo intenta desde su sitio incómodo narrar los hechos reales? ¿Qué lee, cómo lee, para ser quien es?

El Manifiesto, con todas las intenciones de ser un programa político, aparece además como un relato futuro. El Diario de Munk, en ese orden, adquiere el perfil de un archivo del pensamiento por venir, pero escrito de un modo que solamente podrá leer un lector diseñado por ese texto porque su prosa, sus signos claves, su estilo, serán mutantes, dinámicos, distintos según la hora del día o el lugar desde donde se lo lea. Un diario en la línea del Finnegans de Joyce,2 una escritura que parece plagiar a Macedonio o mejor, al mismo Piglia de La ciudad ausente, donde se inventa una máquina capaz de reproducir y producir los relatos pasados y futuros. En el principio constructivo de su Diario, Munk piensa en esos códigos móviles, en frases que se transforman, en la invención de mundos imaginarios que coincidan con su táctica de evitar el blanco fijo eligiendo “la dispersión, el retroceso” frente al enemigo sistémico, que también es un lector voraz (los empleados del FBI, los peritos policiales expertos en estilos literarios). Como Arocena en Respiración artificial,3 interceptando escritos desde su lectura incesante y paranoica.

Narrar para que los signos cambien con cada lectura. Imaginar mundos posibles para completar los mundos reales. Entender esas intersecciones (que son los cruces de textos, las reescrituras, las sobreimpresiones de la narrativa literaria, las lecturas expansivas, abiertas). Para entender los hechos reales es preciso, parece decir la narrativa de Piglia desde su formulación en Respiración artificial hasta aquí, reinventar la escritura, desplegar las posibilidades de un lenguaje nuevo que diga la experiencia nueva, redescubrir para la producción literaria una función que la coloque, desde la mirada periférica, en perspectiva y en intersección con la producción universal, construir un lector que indague la cuestión nacional en la perspectiva de la experiencia política, cultural y literaria del mundo.

Ya que la experiencia no era suficiente, hacía falta construir ficciones teóricas (pág. 183).

Thomas Munk escribe en un territorio donde todos escriben y leen. Una pequeña sociedad cuyos sentidos penden de los hilos cruzados, de las metamorfosis de la escritura plural. Munk lee El agente secreto, de Conrad, para inspirar su periplo de plagio, invención, rebeldía, fuga, planificación y terrorismo; sus crímenes tienen como vehículos las cartas-bombas (otra vez la escritura, el atentado como acto del escritor moderno).

“El camino de Ida”, de Ricardo PigliaEscribe también el “Manifiesto sobre el capitalismo tecnológico” donde justifica sus atentados como una manera de escribir la violencia para escapar del mar de textos y palabras que se producen y se pierden en el ciberespacio. Decir desde las bombas (“el mal en estado puro”, postula Munk) para expresar “las ideas que ponen en cuestión a la sociedad entera”. Carga contra los científicos, sus colegas, a quienes responsabiliza del último y más peligroso estadio del capitalismo, lo que denomina “la frontera psíquica” y cita a Wittgenstein: “La era de la ciencia es el fin de la humanidad”.

Los libros que circulan a partir de las relaciones personales traman el horizonte del sentido textual posible: para escapar del sistema de administración y dominación presente las lecturas desandan los sitios del precapitalismo. El abanico es multicolor: el trío que estructura el relato (Renzi-Ida-Munk) se descompone en referencias que imperceptiblemente proponen el escenario común del paisaje y las formas no avasalladas por el sistema hegemónico. Renzi estudia a Hudson (Allá lejos y hace tiempo, Los 24 ombúes, entre otros), su pasado en la pampa entre gauchos e indios, y vuelve a Horacio Quiroga, narrador de la selva dominante. Lector insomne, traduce “El cuervo”, de Frost, vuelve a Thoreau y su prosa subversiva.

Ida escribe sobre las relaciones de Hudson con Conrad y se interesa por “los que se oponían al capitalismo desde un aposición arcaica y preindustrial”, como los populistas rusos, la beat generation, los hippies, los ecologistas. Lee, apunta y subraya El agente secreto para construir otro texto, cifrado, en el que parece registrar el programa anarquista de Munk; en las manos de Renzi, ese trabajo es la revelación inequívoca de la conexión secreta y de la probable e inquietante dilucidación del accidente.

Entre los personajes que se suman para enriquecer la trama, la vecina rusa, Nina, escribe sobre Tolstoi, su ascetismo pacífico, su influencia sobre Wittgenstein. D’Amatto, amigo y amante de Ida, trabaja con la obra de Melville (otra vez en vínculo con Hudson: la blancura de Moby Dick en Días de ocio en la Patagonia). John III, aventajado estudiante de la universidad, estudia A Cristal Age, de Hudson, y descubre allí “una réplica del paraíso”). La chica Culler, otra estudiante de letras, obsesionada con Los pájaros, de Hitchcock (entrevista como un registro de “terrorismo ecológico”), y la generación beat.

La historia real de Kaczynski, la biografía desplazada del propio Piglia como Renzi, son también (en el cruce con los textos literarios) “los materiales de los que la literatura se apropia para construir su propio sistema de representación”, como señala Martín Kohan, que agrega: “Cuando la literatura no resigna su propia conciencia de ser narración, de ser ficción, de ser escritura, bien puede tomar ciertos materiales que provienen de la historia, pero lo hará necesariamente para someterlos a otros sistemas de representación y para contar, de ese modo, otra cosa”.4

Para Renzi, que referencia constantemente el accionar de la policía y el FBI con la experiencia argentina de los setenta y los modos de la represión invisible de la sociedad norteamericana con su vivencia de la Argentina del “Proceso”, este universo semiótico en el que está involucrado, esta manera de entender y entenderse en la rebeldía contra un sistema que agobia y deshumaniza, configura también una perspectiva distinta para “leer” la dicotomía sarmientina de “civilización o barbarie”. Todo lo que los personajes leen, registran, escriben, hipotetizan o sueñan, visto en conjunto, es un desplazamiento radical de la idea hegemónica de pensar a la civilización como progreso y a la barbarie como atraso, al menos en sus consecuencias ulteriores. La experiencia occidental se decodifica en la experiencia nacional como una constante en la obra de Piglia, que convierte la cuestión de la tradición desde donde se escribe en interrogación permanente de su narrativa. Agrega Jorge Fornet: “¿Desde qué tradición narrar? Esta parece ser la pregunta que, en apariencia ante todo, intenta responder la obra de Ricardo Piglia, así como, a partir de ahí, qué estrategias deben seguirse para variarla y darle una inflexión propia y personal para insertarse y separarse de ella al mismo tiempo”.5

Esa es la clave de lectura de Respiración artificial, en la que, además, los “hechos reales” son indagados desde la ficción literaria, que abre posibilidades de sentido contra el relato lineal y compacto de la versión oficial. El imaginario encuentro de Kafka escuchando a un joven Hitler impulsa la decisión de escribir El proceso como relato futuro en paralelo al intento de la misma novela de constituirse en aparato desde donde leer el horror de la dictadura, inscribiendo al texto en las tradiciones europea y argentina a la vez.

El procedimiento aparece ya en La loca y el relato del crimen,6 texto que recupera la tradición del policial negro americano, donde Renzi, como periodista, escribe un cuento (el mismo cuento que leemos) para decir la verdad de un asesinato que no se puede contar con el lenguaje de la crónica.

En El camino de Ida los relatos de la ficción se entremezclan para dejar ver “la verdad” de los llamados “hechos reales”, aun cuando el resultado de esa revelación sea una visión todavía incompleta, parcial, cambiante y a veces inasible, como suele ser la compleja realidad, tejida entre los discursos del “mundo real y el universo imaginario”, como dice Munk, quien intenta “experimentar con las vidas posibles y las vidas ficcionales”, es decir, asumiendo plenamente la tarea del lector que comprende el valor de esas ficciones, el papel esencial de su constitución como memoria incierta e incompleta y del escritor que inventa los modos de continuidad posible (“recordar lo que nunca hemos vivido”) en ese mar tan fascinante como evanescente que siempre es el espacio literario. Munk es, entonces, por decisión y por fatalidad, el hombre que encara la tarea imposible de completar, en las arenas movedizas de lo real, esa memoria incierta.

 

Notas

  1. Piglia, R., El camino de Ida, Anagrama, Bs. As. 2013, p.285.
  2. En El último lector, de 2005, dice Piglia sobre el Finnegans: “Es un laboratorio que somete la lectura a su prueba más extrema. A medida que uno se acerca, esas líneas borrosas se convierten en letras y las letras se encimen y se mezclan, las palabras se trasmutan, cambian, el texto es un río... la unidad de sentido es ilusoria”.
  3. Piglia, R., Respiración artificial, Bs As., 1980.
  4. Kohan, M., “Historia y literatura, la verdad de la narración”, en Historia crítica de la literatura argentina, tomo 11, Emecé, Bs As, 2000, pág. 257
  5. Fornet, J., “Un debate de poéticas: las narraciones de Ricardo Piglia”, en Historia crítica de la literatura argentina. Emecé, Bs As. 2000; pág. 345.
  6. Piglia, R., “La loca y el relato del crimen”, en Nombre falso, Bs As, 1975.