Tríptico a los sueños
“no hay nada frente a mí, sólo un instante
rescatado esta noche”
Octavio Paz
I
Continente salado.
Ahoga mis pupilas ese azul intenso.
Bordea la ciudad que crece en los acantilados
y tatúas en ella su nombre.
Es el mar que me asecha.
Ulises ante el incesante canto de las sirenas.
II
Es la otra la que despierta.
Puerta de entrada al inconsciente.
Imperceptible el susurro de su voz, mi abuelo negro.
Risa de verano, tierra, olor a lluvia,
crujir de la mecedora al atardecer.
La casa de madera se disolvió en el tiempo.
III
Laberinto de palabras, el reloj que no se detiene.
La memoria extraviada en un monólogo ahogado,
mana toda la noche profecías en el oscuro dialecto de los ángeles.
Caída libre sin paracaídas,
sobresalto que contrae los músculos.
El frío se aloja en el pecho
como en la mirada de los amantes
justo antes del fin del mundo.
Tríptico al silencio
Si me notan dispersa
debe ser que la psicología
no ha podido dar con la raíz de mi silencio
Mayda Colón
I
Más allá de lo que los ojos no ven
es el silencio.
El espejo no miente.
La que se asoma no me reconoce.
¡Ha pasado tanto tiempo!
Perdida en el piélago de sus ojos
los (des)encuentros,
un tú a tú de inquietas miradas.
En el espejo quedaron colgados los adjetivos.
II
Dice que de noche no duermes.
Penélope tejiendo y des-tejiendo tu mortaja.
Tanto silencio te ensordece.
A lo lejos el lento paso de las hormigas,
sobre la mesa, cóctel de medianoche.
Ambien para dormir las penas.
III
Una casa muda.
La mecedora rue-que-que-rue-que,
adentro llueve nostalgia.
El vientre plano, los pechos secos,
los dedos que tocan la nada,
la cicatriz del disimulo.
Tu recuerdo despierta si cierro los ojos.
Sobre la inocencia del poeta
Duermo.
Las palabras transitan.
Revolotean.
Despierto.
Mis manos buscan en la oscuridad.
Un rayo de luna desvela.
Observo.
Descubro el misterio
de reconocerme.
Existo.
Sonrío.
Sobran palabras.
Tus ojos ríen.
Abrazo.
Extiendo mis límites.
Respiro.
Sigo viva.
Soy ceiba centenaria.
Escribo.
(Re) invento la realidad.
Me prohíbo olvidar.
Bailo.
Contoneo de caderas.
Sacudo mis miedos.
Camino sobre las huellas
ya no me pertenecen.
Me exilio.
Viajo.
Esparzo mi presencia.
Estreno nuevos ojos.
Pienso.
Encapsulados los recuerdos.
No existe el tiempo.
Leo.
Escucho el canto del silencio.
Las ideas emigran al sur.
Lloro.
Llueve en mi interior.
Canto.
Conjuro las sombras.
Doy a luz un verso.
Siento.
Con mis cinco sentidos buceo.
Me sorprendo.
Amo.
Me poseo a mí misma.
Saltan rosas de mis manos.
Vivo.
Soplo de los dioses.
Renazco entre mis piernas.
Decir tristeza es…
Decir tristeza es sentarme a la mesa acompañada de mis muertos.
Sonreír en apariencia, mientras se estrangulan las palabras en la garganta.
Pensar en la tragedia diaria de mi país; ver cómo se marchita la esperanza.
Sentir que mis genes han confabulado contra mí; mis células me desconocen.
Caminar a tientas en la tarde bajo un aguacero de septiembre al experimentar el olvido.
Padecer de una sed insaciable de justicia.
Leer a Ángela María y que se me inunden las manos de angustia.
Recordar a mi abuelo negro y la casa que se disolvió en el tiempo.
Palpar el vientre de mi madre; reconocerla mortal.
Reconocer en los ojos de mi amante el temor a la amnesia.
Acunar el vacío ente mis manos mientras invento mentiras sobre pasados mejores.
Escuchar la lluvia caer desfigurando las rutas inventadas.
Elevar una plegaria para aplacar mi hambre de exorcismos.
Escribir, conjugando la tristeza de estar vivo.
Será que el tiempo se detuvo
Será que el tiempo se detuvo o
la mariposa negra se posó sobre mi boca.
Las palabras se escurrieron
por todos los rincones de mis huesos.
Poco a poco me inundó la angustia.
(¿Cuántas veces se puede hablar de soledad
sin que se vuelva delatora de otras?)
Cada palabra me arrebató la cordura y
la fiebre del olvido derrotó mi memoria.
Entonces comencé a buscar
el nombre exacto de las cosas.
Tres golpes en la ventana. No hay sorpresa.
Tampoco gritos, ni llantos,
ni hija al pie de la cama
para escuchar mi ahogada voz.
Allí yacen mis despojos
como tristes recuerdos de un naufragio.
Mi nombre no figuró en las esquelas.
Parece que mucho antes que el tiempo se detuviera
o que la mariposa se posara sobre mi boca
ya estaba muerta.
Inexistencia
Con Alfonsina en el recuerdo…
Las dulces mensajeras de la tristeza son...
son avecillas negras, negras como la noche.
¡Negras como el dolor!
Alfonsina Storni
¿Cómo nombra lo que nunca fue?
Más allá de líneas de tus manos
un fallido simulacro de vida.
¿Con qué adjetivos describir el intento de salvarte
“entre un par de maletas a medio abrir
y las manecillas del reloj”?
¿Qué verbo conjugaría el dolor de ser vivo?
Las alas rotas, el pecho vacío.
Esa insistente obsesión de mar.
La llamada se extravió
entre los pliegues de la ausencia.
Una lágrima silente recorre tu rostro.
Tus ojos cansados no soportaron tanta realidad.