Letras
Penal y gol

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A Raúl Barbero

Esta es una historia sencilla, de las de antes. De la época gloriosa del fútbol amateur. Cuando Uruguay reinaba en el mundo del balompié y los muchachos jugaban por la camiseta, por un plato de sopa o un puchero. Sucedió allá por los años 20 y me la contó mi tío Teodoro, uno de los fundadores del Club Atlético Bella Vista, amigo íntimo del “Mariscal” José Nasazzi, de los hermanos Melogno y unos cuantos cracks más, muchos de ellos campeones olímpicos en el 24 y el 28.

Ocurrió en una canchita del Prado, una tarde soleada pero fría del invierno montevideano. Allí se habían juntado dos equipos del barrio, el Montevideo Forever y el Unión del Paso Molino, para dirimir sus diferencias. Ninguno de los dos existe hoy y tampoco fueron famosos en su época. Eran más bien equipos de amigos que se juntaban los domingos para correr tras la pelota y soñar con ser estrellas del deporte rey.

Los jugadores se reunían en la cancha, luego de haber comido un buen plato de tallarines o ravioles con tuco en casa de sus padres o tíos. Y algún vasito de vino tinto también raspaba sus gargantas, con la excusa de que debían quitarse el frío. Sus clubes no tenían sede y como mucho los equipos se juntaban en alguna parrillada cercana para degustar un asado colectivo, si el partido era importante.

Ese fue el caso aquel día. Así sucedió y así me lo contaron. El Unión invitó a sus rivales de turno a compartir un asado en el quincho del “Chongo” Gutiérrez, cercano a la vía del ferrocarril y junto a la cancha que habían alquilado entre todos. La rivalidad existente entre ambos equipos era archiconocida. Llevaban varios años luchando unos contra otros por la supremacía barrial y sus parcialidades a menudo solían dirimir sus cuentas pendientes, al acabar los noventa minutos, con los puños o a cascotazos. Esta era casi una costumbre preestablecida o un ritual. Dos tribus urbanas disputándose el trono vecinal.

Sin embargo en esta ocasión, al arquero del Unión, que también era el capitán del equipo, se le ocurrió una treta más sutil y devastadora para superar a sus oponentes. Sabiendo que la estrella del equipo rival era su centro delantero y que sin él, los demás jugadores se desvanecían en un tumulto desorganizado e inseguro, decidió fingir una inesperada confraternidad y ofreció a sus contrincantes (con una sonrisa que le iba de oreja a oreja) junto con el asado de rigor, un plato de sopa minestrone muy caliente, utilizando la excusa del intenso frío que reinaba aquel mediodía. Los muchachos del Montevideo Forever (en aquellos años era común que los clubes tuviesen nombres en inglés), sorprendidos por la aparente bonhomía de sus rivales de turno, se bebieron la sopa con sumo placer. Todos disfrutaron con el gesto del golero, incluso el capitán contrario, que no sabía que en su plato iba añadida una fuerte dosis de laxante.

Acabado el almuerzo, ambos equipos caminaron juntos hacia la cancha y bajo unos árboles se vistieron con la indumentaria adecuada. En realidad era poca cosa, unos pantalones hasta la rodilla, confeccionados con bolsas de almacén (adonde venía el azúcar importado de Cuba), preferidas por ser suaves y resistentes. Pantalones cortos a veces atados a la cintura con una cuerda, una tosca camisa o buzo, medias de lana gruesa tejidas por las madres o hermanas y casi siempre alpargatas de yute o simplemente descalzos. Eran tiempos de inmigrantes y por lo tanto, de escasos recursos. Pero todos miraban con fe y esperanza al porvenir. El país crecía y con él sus habitantes, muchos de ellos escapados de la hambruna europea, de la recientemente acabada primera guerra mundial o de algún genocidio salvaje.

El árbitro para la ocasión no apareció aquella tarde y alguien dijo que estaba en cama con fiebre por culpa de una gripe inoportuna. Por lo tanto le sustituyó un muchacho que observaba desde una esquina de la cancha y que no parecía estar en todos sus cabales. Ese detalle no importó demasiado a los jugadores, ya que ellos acostumbraban a cobrar las faltas al grito y poco caso le hacían a los jueces de turno. Incluso en más de una ocasión, les habían expulsado de la cancha por sancionar algún penal inexistente. Un veterano que siempre acompañaba al club Unión prestó un silbato al joven demente, que comenzó a correr alrededor de la cancha para entrar en calor, dando pitidos mientras los veintidós jugadores se miraban perplejos ante la actitud irracional de quien les iba a dirigir esa tarde.

Finalmente los dos capitanes sujetaron al árbitro corredor, lo arrastraron hacia el centro del campo de juego y se formaron los dos equipos. Frente a frente, prestos para dar la gran batalla, ante la sonrisa bobalicona del joven repentinamente convertido en juez de fútbol. La confraternidad inicial había quedado olvidada y ahora sólo valía el triunfo ante el odiado rival.

Por sorteo le tocaba mover al centro delantero estrella del Montevideo Forever y, justo al empujar éste el balón hacia un compañero, sintió un leve retorcijón en su estómago. No le hizo caso y supuso que sería el vino barato que había bebido durante el almuerzo. Las ansias de triunfo eran tan grandes que se olvidó muy pronto de ese incidente estomacal. Jugó como lo hacía siempre, como un dios alado sobre el escaso césped de la cancha, que en un extremo daba hacia el arroyo Miguelete. Los rivales le veían pasar con envidia e intentaban hacerle zancadillas o derribarle con patadas alevosas, pero él con saltos ágiles y felinos les esquivaba. Trayendo y llevando el viejo balón como si fuera parte de su anatomía. Sin embargo, el resto de su equipo no parecía estar inspirado y muy pronto se encontró luchando casi solo contra once feroces oponentes, que le deseaban ver muerto o mal herido sobre el campo de batalla.

Mi tío Teodoro fue testigo presencial de tan desigual lucha y jura que el poco público que había ido esa tarde a contemplar el partido, quedó maravillado del juego desplegado por aquel fuera de serie. Transcurrió todo el primer tiempo y el empate se mantuvo a pesar de las embestidas de los jugadores del Unión y de los peligrosos tiros a puerta del genial centro delantero, que comenzaba a sentir cada vez más intensos dolores de barriga.

Llegó el esperado descanso y mientras arengaba a sus desanimados y agotados compañeros, dudó entre ir a los matorrales para evacuar su vientre o esperar prudentemente hasta el final del partido. Era evidente que el infeliz astro del fútbol no sabía qué le sucedía ni que el laxante iba aumentando su efecto a medida que pasaban las horas... o quizá atribuyó su malestar estomacal a un enfriamiento.

El árbitro bobeta mientras tanto jugaba con la cuerda que sujetaba el silbato alrededor de su cuello y de vez en cuando soltaba alguna ridícula carcajada. Nadie parecía hacerle caso pero él brincaba y correteaba feliz por la cancha, a veces hacia la ubicación de la pelota y en otras en dirección opuesta. No había cobrado casi ninguna falta y tampoco se lo habrían permitido, especialmente los jugadores del Unión, que luchaban enfurecidos, procurando perforar la valla de sus alicaídos rivales. Evidentemente gozaban de un estado físico superior.

Comenzó el segundo tiempo y todo continuó igual, un dominio aplastante del equipo de Unión contra un oponente que se refugiaba atrás y sólo atinaba a lanzar furtivos pelotazos hacia su máxima estrella, que avanzaba una y otra vez, causando pánico entre sus contrincantes.

Promediando la segunda parte, hubo un saque desde la portería del Montevideo Forever que llegó hasta las proximidades del arco contrario. El balón, de cuero reseco, agrietado y cosido una y mil veces por el zapatero del barrio, subió y bajó como una esfera de plomo. Allí abajo le esperaba una vez más el genial centro delantero, que lo paró con el pecho, lo bajó y casi como atado a su zapatilla, emprendió una veloz carrera hacia la portería contraria. En el camino se le cruzó un vasco grandote y cejijunto, con boina encasquetada hasta las orejas, que jugaba descalzo y se dejaba crecer las uñas de los dedos gordos de sus pies hasta que parecían las puntas de un puñal. Y con ellas cortaba a diestra y siniestra las piernas de los rivales con los que chocaba. Pero en esta ocasión, erró su puntazo y cayó despatarrado en la tierra, levantando una gran polvareda, ante el aplauso y la risa de todos los espectadores.

Entonces se oyó un alarido desaforado y atronador:

—¡Mío! —surgió el grito desde el fondo y el capitán y guardameta rival, sin contemplaciones arrasó con el delantero, volteándolo y pisoteándole adrede, mientras rechazaba con furia la pelota hacia campo contrario. El público se enardeció con esta agresión brutal e injustificada y se oyeron los primeros gritos de protesta. El guardameta del Unión los ignoró, haciéndole gestos soberbios al centro delantero para se levantara y continuara jugando.

—¡Levantate, cagón, que no te hice nada!

Éste, dolorido y con un corte en la frente que comenzaba a sangrar, rechazó la mano que ofrecía su rival y se incorporó con evidente dificultad. Los gritos del público continuaban, mezclados con varios insultos hacia el árbitro, que recién entonces pareció darse cuenta de que debía pitar algo y de que la falta había sido dentro del área. El demente se acercó al punto penal y fue ahí cuando el arquero lo sujetó del cuello y le gritó:

—¡Que cobrás, tarado! ¡Eso no fue penal!

El público indignado invadió la cancha y se cruzaron varios puñetazos y empujones entre jugadores y espectadores, seguidos de insultos, gritos y hasta algún escupitajo. Todos protestaban y sin embargo el árbitro, impávido, seguía señalando el punto penal mientras murmuraba:

—Fue penal, fue penal, fue penal...

Finalmente se recuperó la calma y el centro delantero recogió la pelota y la colocó con parsimonia bien estudiada en lo que se suponía era el punto penal. Todo pensado para poner nervioso al golero. Pero al agacharse, sus tripas se quejaron y oyó un murmullo preocupante que procedía del estómago y que amenazaba con un próximo y embarazoso desastre. El astro apretó sus glúteos, intentó concentrarse en la ejecución de la pena máxima y miró fijo al guardameta contrario. Éste le sonreía, como si supiera lo que estaba ocurriendo. Como si fuese, que lo era, el causante de este malestar tan desagradable como inoportuno. El repentino descubrimiento de la fechoría cometida por su competidor aumentó la rabia del delantero, que “haciendo de tripas corazón”, y nunca mejor dicho, dio cuatro pasos hacia atrás y respiró hondo. Por su frente corría un sudor frío. Ya era casi imposible sujetar toda esa explosión de materia fecal que luchaba denodadamente por salir despedida. Si corría hacia la pelota, podía perder el control de su esfínter, pero si no lo hacía, casi seguro que erraría el penal...

Terrible disyuntiva que prolongó más de lo esperado la ejecución del tiro, hasta que oyó algunos silbidos del público, que quizá interpretaba la demora como una treta dilatoria para “ventajear” al arquero rival. Entonces decidió que era más importante el triunfo de su equipo que el escándalo que podía ocasionar su desventura y tensando los músculos al máximo, dio cuatro pasos y disparó con toda su fuerza y maestría. Pero no se detuvo allí, su pie impactó en el balón y él comenzó a correr hacia el arco, viendo como el arquero se zambullía hacia un lado y la pelota entraba en la valla por el costado opuesto. Y siguió corriendo a toda velocidad... apretando sus puños y dientes pasó por el medio de la portería, que por supuesto no tenía red y continuó su carrera alocada, ahora con un estilo chaplinesco más parecido al de los pingüinos, luchando por soltarse el cinturón de cuerda, hasta perderse entre la escasa pero salvadora protección de los matorrales junto al arroyo, mientras oía las risotadas de sus rivales y los gritos de gol de sus fanáticos seguidores.